Teorema de la
mirada
...Lástima que ya estoy muerto y no pueda decírtelo personalmente. Soy de
esa especie de muerto que vive pensando que ya murió, que lo único que hace
es arrastrarse en el papel para dejar regada toda la parafernalia que no dijo
cuando vivía. A eso me refiero con la poesía maldita, que da el giro
copernicano en la vida del poeta, pues pasa de ser un mar tranquilo, claro, a
un abismo sin fondo y forma...
El lugar ya no importa. El tiempo tampoco. ¿Para qué? Si el amor no se
mide en segundos sino en pensamientos. Y hace ya muchos pensamientos que no
encuentro la puerta para salir de tu recuerdo. Uno de repente mira tanto
detrás de la mirada que concluye que los ojos sólo distraen para percatarse
de lo más importante. Y vaya que los tuyos tienen un poder inefable de
distracción, vaya que son causantes de incontables digresiones y culpables
también de la gestación de muchos versos.
La poesía se torna a veces un mar de oleaje torvo que pudiese resultar
contraproducente para quien escribe. Los poetas me darán la razón, y si no,
espero dármela a mí mismo cuando sea poeta. Los versos apuñalan, dan cuenta
de lo vano que es escupir los sentimientos que uno trae metidos en la
garganta, y que no lo dejan a uno respirar. Así me sucede contigo. Pero eso
de hablar de mí es muy trillado. Hablemos de ti. Me tendieron una trampa. Sé
que fueron ellos, lo sé porque los veo y sigo cayendo. Son tus ojos, esos que
dicen todo y dicen nada, que acarician sin tu anuencia. Ellos son los
culpables de estar aquí escribiendo a las diez de la nostalgia, una de esas
poesías desencantadas que nunca son entregadas. Porque el poeta debe entregar
la poesía a su dueño, a su verdadero creador. Tus ojos son propietarios de
todos mis poemas, de todos los poemas que no sabemos quién haya escrito y de
todos los que no se han escrito. Me gusta eso de dártelos, pero cuando llegó
la timidez y se presentó no supe cómo evadirla, me envolvió. Por ello los
poemas siempre van a ti dedicados, o mejor dicho a tus ojos, pero la firma
siempre brilla por su ausencia. Sé que los lees, lo sé porque tus ojos me lo
gritan. Lo que no sé a ciencia cierta es hasta qué punto te volviste una
parte accesoria. Son tus ojos y tú, y no tú y tus ojos. Es eso que escondes
tras la cortina de pestañas rizadas, eso que pretendo dilucidar y no puedo.
Uno entonces cae en cuenta del amor. Porque es amor, estoy seguro.
Resulta hasta cierto punto interesante ser golpeado por la mañana
esperando el instante, ése que es efímero pero eterno. Has de saber que mi
vida enfrenta muchos avatares cotidianos que exigen una concentración
profunda e ilógica, pero ese instante verdugo aniquila todo lo que en ese
momento está ordenado, con uno de esos órdenes absurdos. El instante se
presenta, viene de traje, de prisa, saluda, hace lo suyo, se despide y se va.
El instante no tiene nada que ver con el tiempo, es más, dice que es de
idiotas suponer ello, dice que el tiempo le hace mala fama. El tiempo pregona
que el instante es un sueño apresurado, un corcel cabalgando a la velocidad
de la luz. No es cierto. El instante me lo confesó, me lo demostró incluso.
Respirando tu mirada fue como el instante desplegó sus argumentos de
perpetuidad. Yo estaba en lo mío, tranquilo, viendo pasar eso que llaman
vida, se me atravesaron tus ojos, esos culpables de la irrupción
cataclísmica y estentórea. El instante hizo lo suyo, como ya dije, y se fue.
Y desde aquella primera vez no soporto los mientras tantos y lo espero como
nadie lo ha esperado. Se mofa de mi espera, se burla de eso que sólo él
puede burlarse, de mi desesperación por que vuelva. Y aquí es donde uno
concluye que uno no busca al instante, sino el instante lo encuentra a uno.
Eso de andar buscando siempre ha sido una pérdida de tiempo, porque uno es
estático, sólo espera, todo lo demás llega y se presenta porque lo andaban
buscando a uno.
Lo importante después es atrapar la sombra del instante y encarcelarla en
las fosas del pensamiento, hacerla trizas, desgarrarla y comérsela a versos.
Uno tiene que torturar la sombra del instante para sacarle todo lo que
desprende. Las musas se encargan de eso. Ellas hacen el trabajo sucio, y lo
anotan todo en el cuaderno inspiración, lo exprimen y obtienen estrofas, o
cuentos, odas, novelas o momentos. Así las cosas a diario atrapo las sombras
de los instantes, te imagino conmigo, devorando las pupilas miel, traspasando
la barrera de tus ojos, invadiendo tu contexto y entendiendo al universo.
El problema ahora es la timidez, centinela que vigila que ningún texto sea
firmado al entregarse. Mantiene la distancia, no sirve de nada. Sólo elevará
tu elevado ego de princesa codiciada. Pero no importa. La vida transita,
aunque hace ya muchos suspiros que me faltas, aunque nunca te haya tenido. Y
es amor, eso lo sé de antemano. Platón estaría orgulloso de mí al saber
que sus leyes se cumplen veinte siglos después. El hombre ama más lo que no
tiene y al tenerlo deja de amarlo. Yo te amo. Amo tus ojos, qué más puede
amarse de ti que tu puerta de entrada. Te amo con amor rencoroso, con amor
ferviente, amor desfasado, doliente, desesperado, que quisiera tomarte y
secuestrar esos ojos, dejarte tirada, llevarme sólo tu mirada, su aroma, sus
caricias. Es amor, lo sé. Y qué hay que hacer con este anhelo y con tantos
pensamientos etéreos que tengo de ti, escultura repentina. Maldita timidez,
más fuerte que yo, más fuerte incluso que el batallón de versos que me
defiende y no sirve de nada. De qué sirve entonces tenderle trampas al
instante si la timidez seguirá teniéndome en el anonimato. Vaya poeta, vaya
amor éste que siento, cobarde para enfrentarte.
Ayer recibí la noticia. Te irás. Pronto. Eso no es bueno pues ya no seré
testigo de tu mirada a contraluz. Qué hacer entonces. Ayer mismo tu mirada y
mi mirada dijeron todo sin tener que hablar de nada. De nada sirven las
palabras. Son ociosas de hecho. Sólo dicen lo que tienen reservado decir, lo
demás lo callan. Callan todo lo que no está en su lista de decires. Y qué
bueno, nadie las necesita. Yo no las necesité, tampoco tú. Entendí
perfectamente que las estrofas ya llevan mi nombre, aunque no lo escriba. Hoy
la felicidad está alcanzada. Pero te vas. Y qué haré ahora. Alcancé la
cima, supongo. Pero te vas lejos. Qué hay ahora de las sombras de los
instantes y de los mientras tantos, de tu mirada color miel, de los poemas que
faltan por escribir, de la longitud de los pensamientos. La timidez sigue
ahí, no se va ni se irá. Me preocupan tus ojos, nadie los mirará como los
míos se reservan mirarlos. Me preocupa el hecho de saberme atado a ti aunque
no haya nada de por medio, sólo ese par de soles incandescentes que aplastan
mi equilibrio.
Sin embargo si han de suceder milagros en las épicas historias
costumbristas, no veo por qué en un panfleto narrativo no suceda lo mismo. Y
es que recibí de tu parte un escrito, un folio metido en un sobre y en un
misterio. De tus manos, de tus ojos. Temblé cual erupción sentimental. Sólo
hiciste eso, me lo diste y te desvaneciste entre mis sueños. Pero y qué
contiene el papel, eso mismo me pregunto yo, y se lo pregunta también la
timidez imbécil, atónita. Se lo pregunta el instante que no se ha ido, se
quedó para ser testigo. Se lo preguntan los versos que no se han escrito y
mis pensamientos. Y te fuiste, no sé si volverás. El papel me dará la
respuesta. Y te seguiré. El lugar ya no importa, el tiempo tampoco.
Tus poemas son hermosos, lo dijo tu voz callada, tu mirar con decoro.
Tus poemas son hermosos, ya imagino los besos, los colores y los tronos.
Tus poemas son hermosos, lo gritaban tus ojos y tus cabellos al tono.
Tus poemas son hermosos, ya te veo prendido en la esquina de un sueño,
de mis devociones el dueño.
Tus poemas son hermosos, ya te amo al extremo, ya te amo al abismo.
Tus poemas son hermosos, mi novio piensa lo mismo.
Metapoesía
"El soñador deja de serlo cuando advierte que está
soñando"
Jorge Luis Borges
Y el poeta tomó el lápiz con el movimiento drástico con el que el sol
lanza sus rayos al contexto humano. Y escribió. Tal vez el poeta ni siquiera
sabía qué escribía. Eran las tres de la mañana con cuarenta y tres
minutos, sábado ya. Una mujer, una media luna que brilla al oscurecer
apareció en el desfile de disfraces y antifaces que la vida humana vislumbra
entre sus personajes, hundidos en su vanagloria y en su compasión propia. La
conoció en la escuela, ese ente que lo sabe todo y no conoce el yerro. De
semblante perfecto, de contornos delineados, de matices pintados con sueños
utópicos. Sus labios misterio, sus pasos eternos.
Y la conoció, supo su nombre. Hablaron del tiempo, de tempestades, de
todo. Conforme siguieron hundidos en el trato cotidiano el poeta abría una
grieta que jamás imaginó encontrarse. De un lado dio cuenta de lo abstracto
de la poesía que no es otra cosa que fantasía, la vida hecha trizas para
luego pegarla a mordidas de tinta. Del otro lado la realidad. Vaya concepto.
Tan efímero, tan vago. Pero así de vago era la vaga concepción de la
realidad que tenía todo mundo, el erga omnes como dice San Derecho.
Era la concepción de realidad que también tenía la dama luna. Era ya una
confusión, un dilema. Ir por la pasión lírica o ir por la pasión lunar.
¿Qué es entonces la poesía para el poeta? La manera más sutil de darse
cuenta de que realidad y versos no congenian. Entre más se versa, más se
aleja. La poesía es entonces el cuchillo que se clava en lo que la misma
construyó en sueños etéreos. "La ciencia explica, de manera que todos
entendamos, lo que no se sabía antes. La poesía, todo lo contrario". El
poeta lo leyó de algún lado. Su premisa se hace hipótesis, teoría,
certeza. Y se inclinó del lado del teorema del poema, sus sentencias,
infinitos, sus esquemas. Así entonces el poeta con poesía le quitó el
antifaz a la señorita luna, menguó y al fin desapareció, al amanecer de su
comprensión, apareciendo una cara vacía. —Así son todos, ¿no lo sabías?
—contestó con el reflejo de su rostro. ¿Qué es entonces el amor para el
poeta? La utopía, inalcanzable, la teoría de Tomás Moro. Nunca entonces
encontrará al sentimiento abismal. Nunca. Sólo escribe. Y escribe "un
poeta enamorado es un niño jugando a solas en las olas de la mar
desmesurada".
Son las tres cuarenta y tres de la mañana y escribo, sólo escribo,
pensando en la poesía y en la dama luna, en los avatares y la condena de los
sueños, las cadenas de las letras pintadas en lienzo, de papel y lo poco
práctico de este placer.