Letralia, Tierra de Letras
Año VIII • Nº 106
5 de abril de 2004
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
Dos relatos
Marco Vinicio Padilla Arceo

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Teorema de la mirada

...Lástima que ya estoy muerto y no pueda decírtelo personalmente. Soy de esa especie de muerto que vive pensando que ya murió, que lo único que hace es arrastrarse en el papel para dejar regada toda la parafernalia que no dijo cuando vivía. A eso me refiero con la poesía maldita, que da el giro copernicano en la vida del poeta, pues pasa de ser un mar tranquilo, claro, a un abismo sin fondo y forma...

El lugar ya no importa. El tiempo tampoco. ¿Para qué? Si el amor no se mide en segundos sino en pensamientos. Y hace ya muchos pensamientos que no encuentro la puerta para salir de tu recuerdo. Uno de repente mira tanto detrás de la mirada que concluye que los ojos sólo distraen para percatarse de lo más importante. Y vaya que los tuyos tienen un poder inefable de distracción, vaya que son causantes de incontables digresiones y culpables también de la gestación de muchos versos.

La poesía se torna a veces un mar de oleaje torvo que pudiese resultar contraproducente para quien escribe. Los poetas me darán la razón, y si no, espero dármela a mí mismo cuando sea poeta. Los versos apuñalan, dan cuenta de lo vano que es escupir los sentimientos que uno trae metidos en la garganta, y que no lo dejan a uno respirar. Así me sucede contigo. Pero eso de hablar de mí es muy trillado. Hablemos de ti. Me tendieron una trampa. Sé que fueron ellos, lo sé porque los veo y sigo cayendo. Son tus ojos, esos que dicen todo y dicen nada, que acarician sin tu anuencia. Ellos son los culpables de estar aquí escribiendo a las diez de la nostalgia, una de esas poesías desencantadas que nunca son entregadas. Porque el poeta debe entregar la poesía a su dueño, a su verdadero creador. Tus ojos son propietarios de todos mis poemas, de todos los poemas que no sabemos quién haya escrito y de todos los que no se han escrito. Me gusta eso de dártelos, pero cuando llegó la timidez y se presentó no supe cómo evadirla, me envolvió. Por ello los poemas siempre van a ti dedicados, o mejor dicho a tus ojos, pero la firma siempre brilla por su ausencia. Sé que los lees, lo sé porque tus ojos me lo gritan. Lo que no sé a ciencia cierta es hasta qué punto te volviste una parte accesoria. Son tus ojos y tú, y no tú y tus ojos. Es eso que escondes tras la cortina de pestañas rizadas, eso que pretendo dilucidar y no puedo. Uno entonces cae en cuenta del amor. Porque es amor, estoy seguro.

Resulta hasta cierto punto interesante ser golpeado por la mañana esperando el instante, ése que es efímero pero eterno. Has de saber que mi vida enfrenta muchos avatares cotidianos que exigen una concentración profunda e ilógica, pero ese instante verdugo aniquila todo lo que en ese momento está ordenado, con uno de esos órdenes absurdos. El instante se presenta, viene de traje, de prisa, saluda, hace lo suyo, se despide y se va. El instante no tiene nada que ver con el tiempo, es más, dice que es de idiotas suponer ello, dice que el tiempo le hace mala fama. El tiempo pregona que el instante es un sueño apresurado, un corcel cabalgando a la velocidad de la luz. No es cierto. El instante me lo confesó, me lo demostró incluso. Respirando tu mirada fue como el instante desplegó sus argumentos de perpetuidad. Yo estaba en lo mío, tranquilo, viendo pasar eso que llaman vida, se me atravesaron tus ojos, esos culpables de la irrupción cataclísmica y estentórea. El instante hizo lo suyo, como ya dije, y se fue. Y desde aquella primera vez no soporto los mientras tantos y lo espero como nadie lo ha esperado. Se mofa de mi espera, se burla de eso que sólo él puede burlarse, de mi desesperación por que vuelva. Y aquí es donde uno concluye que uno no busca al instante, sino el instante lo encuentra a uno. Eso de andar buscando siempre ha sido una pérdida de tiempo, porque uno es estático, sólo espera, todo lo demás llega y se presenta porque lo andaban buscando a uno.

Lo importante después es atrapar la sombra del instante y encarcelarla en las fosas del pensamiento, hacerla trizas, desgarrarla y comérsela a versos. Uno tiene que torturar la sombra del instante para sacarle todo lo que desprende. Las musas se encargan de eso. Ellas hacen el trabajo sucio, y lo anotan todo en el cuaderno inspiración, lo exprimen y obtienen estrofas, o cuentos, odas, novelas o momentos. Así las cosas a diario atrapo las sombras de los instantes, te imagino conmigo, devorando las pupilas miel, traspasando la barrera de tus ojos, invadiendo tu contexto y entendiendo al universo.

El problema ahora es la timidez, centinela que vigila que ningún texto sea firmado al entregarse. Mantiene la distancia, no sirve de nada. Sólo elevará tu elevado ego de princesa codiciada. Pero no importa. La vida transita, aunque hace ya muchos suspiros que me faltas, aunque nunca te haya tenido. Y es amor, eso lo sé de antemano. Platón estaría orgulloso de mí al saber que sus leyes se cumplen veinte siglos después. El hombre ama más lo que no tiene y al tenerlo deja de amarlo. Yo te amo. Amo tus ojos, qué más puede amarse de ti que tu puerta de entrada. Te amo con amor rencoroso, con amor ferviente, amor desfasado, doliente, desesperado, que quisiera tomarte y secuestrar esos ojos, dejarte tirada, llevarme sólo tu mirada, su aroma, sus caricias. Es amor, lo sé. Y qué hay que hacer con este anhelo y con tantos pensamientos etéreos que tengo de ti, escultura repentina. Maldita timidez, más fuerte que yo, más fuerte incluso que el batallón de versos que me defiende y no sirve de nada. De qué sirve entonces tenderle trampas al instante si la timidez seguirá teniéndome en el anonimato. Vaya poeta, vaya amor éste que siento, cobarde para enfrentarte.

Ayer recibí la noticia. Te irás. Pronto. Eso no es bueno pues ya no seré testigo de tu mirada a contraluz. Qué hacer entonces. Ayer mismo tu mirada y mi mirada dijeron todo sin tener que hablar de nada. De nada sirven las palabras. Son ociosas de hecho. Sólo dicen lo que tienen reservado decir, lo demás lo callan. Callan todo lo que no está en su lista de decires. Y qué bueno, nadie las necesita. Yo no las necesité, tampoco tú. Entendí perfectamente que las estrofas ya llevan mi nombre, aunque no lo escriba. Hoy la felicidad está alcanzada. Pero te vas. Y qué haré ahora. Alcancé la cima, supongo. Pero te vas lejos. Qué hay ahora de las sombras de los instantes y de los mientras tantos, de tu mirada color miel, de los poemas que faltan por escribir, de la longitud de los pensamientos. La timidez sigue ahí, no se va ni se irá. Me preocupan tus ojos, nadie los mirará como los míos se reservan mirarlos. Me preocupa el hecho de saberme atado a ti aunque no haya nada de por medio, sólo ese par de soles incandescentes que aplastan mi equilibrio.

Sin embargo si han de suceder milagros en las épicas historias costumbristas, no veo por qué en un panfleto narrativo no suceda lo mismo. Y es que recibí de tu parte un escrito, un folio metido en un sobre y en un misterio. De tus manos, de tus ojos. Temblé cual erupción sentimental. Sólo hiciste eso, me lo diste y te desvaneciste entre mis sueños. Pero y qué contiene el papel, eso mismo me pregunto yo, y se lo pregunta también la timidez imbécil, atónita. Se lo pregunta el instante que no se ha ido, se quedó para ser testigo. Se lo preguntan los versos que no se han escrito y mis pensamientos. Y te fuiste, no sé si volverás. El papel me dará la respuesta. Y te seguiré. El lugar ya no importa, el tiempo tampoco.

Tus poemas son hermosos, lo dijo tu voz callada, tu mirar con decoro.
Tus poemas son hermosos, ya imagino los besos, los colores y los tronos.
Tus poemas son hermosos, lo gritaban tus ojos y tus cabellos al tono.
Tus poemas son hermosos, ya te veo prendido en la esquina de un sueño,
de mis devociones el dueño.
Tus poemas son hermosos, ya te amo al extremo, ya te amo al abismo.
Tus poemas son hermosos, mi novio piensa lo mismo.


Metapoesía

"El soñador deja de serlo cuando advierte que está soñando"
Jorge Luis Borges

Y el poeta tomó el lápiz con el movimiento drástico con el que el sol lanza sus rayos al contexto humano. Y escribió. Tal vez el poeta ni siquiera sabía qué escribía. Eran las tres de la mañana con cuarenta y tres minutos, sábado ya. Una mujer, una media luna que brilla al oscurecer apareció en el desfile de disfraces y antifaces que la vida humana vislumbra entre sus personajes, hundidos en su vanagloria y en su compasión propia. La conoció en la escuela, ese ente que lo sabe todo y no conoce el yerro. De semblante perfecto, de contornos delineados, de matices pintados con sueños utópicos. Sus labios misterio, sus pasos eternos.

Y la conoció, supo su nombre. Hablaron del tiempo, de tempestades, de todo. Conforme siguieron hundidos en el trato cotidiano el poeta abría una grieta que jamás imaginó encontrarse. De un lado dio cuenta de lo abstracto de la poesía que no es otra cosa que fantasía, la vida hecha trizas para luego pegarla a mordidas de tinta. Del otro lado la realidad. Vaya concepto. Tan efímero, tan vago. Pero así de vago era la vaga concepción de la realidad que tenía todo mundo, el erga omnes como dice San Derecho. Era la concepción de realidad que también tenía la dama luna. Era ya una confusión, un dilema. Ir por la pasión lírica o ir por la pasión lunar. ¿Qué es entonces la poesía para el poeta? La manera más sutil de darse cuenta de que realidad y versos no congenian. Entre más se versa, más se aleja. La poesía es entonces el cuchillo que se clava en lo que la misma construyó en sueños etéreos. "La ciencia explica, de manera que todos entendamos, lo que no se sabía antes. La poesía, todo lo contrario". El poeta lo leyó de algún lado. Su premisa se hace hipótesis, teoría, certeza. Y se inclinó del lado del teorema del poema, sus sentencias, infinitos, sus esquemas. Así entonces el poeta con poesía le quitó el antifaz a la señorita luna, menguó y al fin desapareció, al amanecer de su comprensión, apareciendo una cara vacía. —Así son todos, ¿no lo sabías? —contestó con el reflejo de su rostro. ¿Qué es entonces el amor para el poeta? La utopía, inalcanzable, la teoría de Tomás Moro. Nunca entonces encontrará al sentimiento abismal. Nunca. Sólo escribe. Y escribe "un poeta enamorado es un niño jugando a solas en las olas de la mar desmesurada".

Son las tres cuarenta y tres de la mañana y escribo, sólo escribo, pensando en la poesía y en la dama luna, en los avatares y la condena de los sueños, las cadenas de las letras pintadas en lienzo, de papel y lo poco práctico de este placer.


       

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Creada el 20 de mayo de 1996 • Próxima edición: 19 de abril de 2004 • Circula el primer y tercer lunes de cada mes