La tradición oral latinoamericana, desde su pasado milenario, tuvo innumerables iriartes, esopos y
samaniegos que, aun sin saber leer ni escribir, transmitieron las fábulas de generación en generación y
de boca en boca, hasta que aparecieron los compiladores de la colonia y la república, quienes, gracias al
buen manejo de la pluma y el tintero, perpetuaron la memoria colectiva en las páginas de los libros
impresos, pasando así de la oralidad a la escritura y salvando una rica tradición popular que, de otro
modo, pudo haber sucumbido en el tiempo y el olvido.
No se sabe con certeza cuándo surgieron estas fábulas cuyos protagonistas están dotados de voz humana,
mas es probable que fueron introducidas en América durante el siglo XVI, no tanto por las huestes de
Hernán Cortés y Francisco Pizarro, sino, más bien, por los esclavos africanos traídos como mercancía
humana, pues los folklorólogos detectaron que las fábulas de origen africano, aunque en versiones
diferentes, se contaban en las minas y las plantaciones donde existieron esclavos negros; los cuales, a
pesar de haber echado por la borda a los dioses de la fecundidad para evitar la multiplicación de esclavos
en tierras americanas, decidieron conservar las fábulas de la tradición oral y difundirlas entre los
indígenas que compartían la misma suerte del despojo y la colonización. Con el paso del tiempo, estas
fábulas se impregnaron del folklore y los vocablos típicos de las culturas precolombinas.
Algunas fábulas de la tradición oral son prodigios de la imaginación popular, imaginación que no
siempre es una aberración de la lógica, sino un modo de expresar las sensaciones y emociones del alma por
medio de imágenes, emblemas y símbolos. En tanto otras, de enorme poder sugestivo y expresión lacónica,
hunden sus raíces en las culturas ancestrales y son piezas claves del folklore, pues son muestras vivas de
la fidelidad con que la memoria colectiva conserva el ingenio y la sabiduría populares.
El folklore es tan rico en colorido, que Gabriela Mistral estaba convencida de que la poesía infantil
válida, o la única válida, era la popular y propiamente el folklore que cada pueblo tiene a mano, pues en
él encontramos todo lo que necesita, como alimento, el espíritu del niño. En efecto, los niños
latinoamericanos no necesitan consumir una literatura alienante y comercial llegada de occidente, ya que les
basta con oír las historias de su entorno en boca de diestros cuenteros, que a uno lo mantienen en vilo y
lo ponen en trance de encanto, sin más recursos que las inflexiones de la voz, los gestos del rostro y los
movimientos de las manos y el cuerpo.
Desde tiempos muy remotos, los hombres han usado el velo de la ficción o de la simbología para defender
las virtudes y criticar los defectos; y, ante todo, para cuestionar a los poderes de dominación, pues la
fábula, al igual que la trova en la antigua Grecia o Roma, es una suerte de venganza del esclavo dotado de
ingenio y talento. Por ejemplo, el zorro y el conejo, que representan la astucia y la picardía, son dos de
los personajes en torno a los cuales gira la mayor cantidad de fábulas latinoamericanas. En Perú y Bolivia
se los conoce con el nombre genérico de "Cumpa Conejo y Atoj Antoño". En Colombia y Ecuador como
"Tío Conejo y Tía Zorra" y en Argentina como "Don Juan, el Zorro y el Conejo".
Los personajes de las fábulas representan casi siempre figuras arquetípicas que simbolizan las virtudes
y los defectos humanos, y dentro de una peculiar estructura, el malo es perfectamente malo y el bueno es
inconfundiblemente bueno, y el anhelo de justicia, tan fuerte entre los niños como entre los desposeídos,
desenlaza en el premio y el castigo correspondientes; más todavía, para que la moraleja y la nobleza de
los diálogos adquieran mayor efecto, se ha recurrido al género de la fábula, cuyos personajes, aparte de
ser los héroes de los niños latinoamericanos, no tienen nada que envidiar a los de occidente y a los
dibujos animados de Walt Disney.
En la actualidad, las fábulas de la tradición oral, que representan la lucha del débil contra el
fuerte o la simple realización de una travesura, no sólo pasan a enriquecer el acervo cultural de un
continente tan complejo como el latinoamericano, sino que son joyas literarias dignas de ser incluidas en
antologías de literatura infantil, por cuanto la fábula es una de las formas primeras y predilectas de los
niños, y los fabulistas los magos de la palabra oral y escrita.
Cuentos de espantos y aparecidos
Los niños latinoamericanos, como todos los niños del mundo, nacen y crecen en un ámbito en el cual se
transmiten cuentos de espantos y aparecidos, capaces de superar a los cuentos crueles de los hermanos Grimm
y Charles Perrault. En los cuentos provenientes de la tradición oral, la vida y la muerte tienen diversas
interpretaciones; y una de éstas, de carácter tanto pagano como cristiano, es la creencia popular de que
el alma —o espíritu— sobrevive a la muerte y que, tras el juicio final, unos van a disfrutar de la
felicidad en el Paraíso y otros a sufrir los tormentos entre las llamas del Infierno.
Según Carl G. Jung, el alma del inconsciente humano forma también parte de los elementos vivos de la
naturaleza. Entre los pueblos primitivos, "cuya conciencia está en un nivel de desarrollo distinto al
nuestro, el alma —o psique— no se considera unitario. Muchos primitivos suponen que el hombre tiene un
alma selvática además de la suya propia, y que esa alma selvática está encarnada en un animal salvaje o
en un árbol, con el cual el individuo tiene cierta clase de identidad psíquica (...). Es un hecho
psicológico muy conocido que un individuo pueda tener tal identidad inconsciente con alguna otra persona o
con un objeto (…). Esta identidad toma diversidad de formas entre los primitivos. Si el alma selvática es
la de un animal, al propio animal se le considera como una especie de hermano del hombre. Un hombre cuyo
hermano sea, por ejemplo, un cocodrilo, se supone que está a salvo cuando nade en un río infestado de
cocodrilos. Si el alma selvática es un árbol, se supone que el árbol tiene algo así como una autoridad
paternal sobre el individuo concernido. En ambos casos, una ofensa contra el alma selvática se interpreta
como una ofensa contra el hombre" (Jung, C-G., 1995, p. 289).
En las culturas ancestrales latinoamericanas, desde antes de la era cristiana, se cree que el alma es
algo intangible y que puede seguir vivo, en forma de fantasma o espíritu, tras el deceso del cuerpo. Una
vez muerta la persona, su alma se torna en un astro luminoso que se va al cielo o que, una vez condenada a
vagar como alma en pena, vuelve al reino de los vivos para vengar ofensas, cobrar a los deudores, castigar a
los infieles y espantar a los más incautos. Estos personajes de doble vida, amparados por la oscuridad,
aparecen en pozos, parajes solitarios y casas abandonadas, y su presencia es casi siempre anunciada por el
aleteo de una mariposa nocturna, el trueno del relámpago, el crujido de las maderas, el crepitar del fuego
y el soplo del viento. Los difuntos se aparecen en forma de luz cuando se trata de almas del Purgatorio y en
forma de bulto negro o de hombre grotesco si se trata de almas condenadas.
Algunas creencias dicen que las mujeres perversas se convierten en brujas o en sacerdotisas que mantienen
vínculos con las "fuerzas de las tinieblas" y que, a veces, pueden proceder como un demonio de la
muerte, tal cual se las representa en ciertos mitos, leyendas y cuentos de hadas. Otras supersticiones dan
cuenta de que la bruja se aparece en forma de cerdo, caballo o perro, y que existen varias fórmulas para
defenderse de estas arpías, como colocar una cruz de fresno, una herradura y una rama de laurel en la
puerta de la casa, o poner dos dedos en cruz y decir: "Puyes", "Jesús, María y José"
u otras palabras santas.
Según cuenta la tradición oral, las brujas se reúnen en vísperas de San Juan y durante la Semana
Santa; ocasiones en las que se celebran ceremonias dirigidas por el diablo. Allí se inician las novicias
por medio de orgías sexuales, en las que se incluyen niños y animales, y donde no faltan los rituales de
canibalismo y magia negra. Unos dicen que las comidas y bebidas que consumen las brujas están preparadas
sobre la base de grasa de niños recién nacidos, sangre de murciélagos, carne de lagartijas, sapos,
serpientes y hierbas alucinógenas; mientras otros aseveran que los niños que vuelan hacia las reuniones,
montados en escobas, horquillas para estiércol, lobos, gatos y otros animales domésticos, son adiestrados
por el Lucifer llegado de los avernos.
Desde antes de la conquista, los cuentos de espantos y aparecidos, arraigados en la creencia popular, han
sido difundidos de generación en generación. No en vano "la tradición europea de brujas, duendes y
fantasmas se mezcla con la indígena y la africana de espíritus del agua, las selvas y los montes.
Encontramos mujeres que vuelan en barcos pintados en los muros, como la ‘Tatuana’ en Centroamérica o
‘la Mulata de Córdova’ en México; pequeños duendes que enamoran a las niñas hermosas cantándoles
coplas, como el ‘Sombrerón’ en Guatemala; espíritus que defienden la naturaleza y que castigan
brutalmente a quien la daña, como la ‘Marimonda’ en Colombia o el ‘Coipora’ en Brasil; barcos
malditos que navegan sin encontrar puerto jamás, como el ‘Caleuche’ en Chile o el ‘Barco Negro’ en
Nicaragua; y están también las mujeres demoníacas que seducen a los hombres que andan lejos de sus casas.
Son mujeres hermosas, atractivas y extrañas. Cuando los hombres las abrazan, los espantan con su rostro de
calavera" (véase Cuentos de espantos y aparecidos,
1984, pp. 6-7).
En la cultura andina tenemos a la k’achachola (chola hermosa), quien, ni bien envilece al caminante
solitario y desprevenido, lo conduce a una galería abandonada de la mina o a la orilla del río, donde lo
seduce y abandona antes de que cante el gallo y despunte el alba. Muchos hombres que despertaron de una
embriaguez alucinante en las laderas de los cerros o en las orillas de los ríos cuentan haberse encontrado
con la k’achachola.
De las consejas coloniales, provenientes de la tradición oral, valga mencionar a los duendecillos de
sombreros alones que, siendo niños abortados o muertos antes del bautismo, retornan a buscar a sus seres
queridos, y que, escondidos en las tinajas de agua o chicha, lloran o ríen sin cesar, pues son muertos que
conversan y conviven entre los vivos. Tampoco se debe olvidar a las brujas que conservan su perenne juventud
bañándose en sangre de vírgenes degolladas; a las calaveras que vuelan a la luz de los relámpagos en
carretas tiradas por caballos y conducidas por jinetes sin cabeza; a los espíritus malignos que raptan
niños desobedientes para hacer con sus huesos botones y con sus carnes exquisitos manjares; a los fantasmas
diabólicos y a otros personajes como el supay o Tío (dios satánico de los socavones y dueño de los
minerales), que es un personaje creado y esculpido por los propios mineros, quienes, sentados alrededor de
él, mascando hojas de coca y bebiendo sorbos de aguardiente, le rinden pleitesía y le suplican que les
depare el mejor filón de estaño y, a la vez, los ampare de los peligros y la muerte.
De este modo, las fábulas, mitos, cuentos y leyendas sobre la creación del universo y del hombre —la
misión salvadora de las deidades, el hondo simbolismo de la Pachamama (Madre-tierra), las graciosas
leyendas del Achachila (deidad mitológica de la cosmología andina), de la coca, la papa, el tabaco y otros—
provienen de la tradición oral y constituyen el cimiento de las culturas precolombinas. Asimismo, junto a
los mitos y leyendas que corren de boca en boca, desvelando sueños y sembrando el pánico entre los
crédulos, está la chola
sin cabeza, el jucumari
(oso) y
el cóndor ("mallku",
en aymara), del que se cuentan historias estremecedoras o simples alegorías que exaltan su belleza, aparte
de que el cóndor, por venir de las alturas al igual que la lluvia, es el símbolo seminal y fecundador de
la Pachamama.
De la época colonial de la Villa Imperial de Potosí procede el cuento del k’arisiri (saca-manteca),
un personaje con apariencia de fraile que deambulaba en las afueras de los caseríos, extrayendo la grasa de
los indígenas errantes, para luego usarla en la elaboración de velas, ungüentos y curas maravillosas. Se
cuenta que la mayoría de los afectados fallecían a consecuencia de la precaria operación o quedaban
enfermos de por vida. Además, tanto los indígenas como los blancos y mestizos de la época pensaban que el
k’arisiri era un ser venido del más allá, aunque la palabra "k’ari",
en aymara, significa embuste o mentira.
Los cuentos de espantos y aparecidos en la tradición oral andina son muestras de que la inventiva
popular es capaz de crear, con el golpe de la imaginación, personajes y situaciones que nada tienen que
envidiar a los compiladores de la tradición oral europea, donde destacan los hermanos Grimm en Alemania y
Charles Perrault en Francia.
Mitos de la tradición oral
En las culturas andinas, como en todas las civilizaciones de Oriente y Occidente, los mitos juegan un rol
importante en la vida cotidiana de sus habitantes, quienes, desde la más remota antigüedad, dieron origen
a una serie de deidades que representan tanto el bien como el mal. Los mitos, en cierto modo, son la esencia
de una mentalidad proclive a las supersticiones y responden a las interrogantes sobre el origen del hombre y
el universo.
Los mitos, al igual que las fábulas y leyendas, fueron llevados por los pueblos primitivos en sus
procesos migratorios y transmitidos de generación en generación. El mito no sólo enseña las costumbres
de los ancestros, sino también representa la escala de valores existentes en una cultura.
El mito, a diferencia de la leyenda cuyos personajes existieron en algún momento pretérito de la
historia, no tiene un tiempo definido ni un personaje que existió en la vida real. Por eso el mito,
tradicionalmente, está vinculado a la religión y el culto, pues sus personajes, admirados y adorados, son
seres divinos, algo que tiene un nombre basado en un credo pero jamás en una prueba concreta.
Entre las divinidades aztecas encontramos a Huitzilopochtli, dios de la guerra; Tezcatlipoca (espejo
humeante), dios del sol; Quetzalcoatl (la serpiente pájaro), dios del viento, creador y civilizador;
Tlaloc, dios de las montañas, de la lluvia y los manantiales. El mito azteca de los cuatro soles refiere
que los dioses crearon sucesivamente cuatro mundos; lluvias excesivas destruyeron el primero, lluvias de
fuego el segundo, terremotos el tercero; los hombres del cuarto fueron convertidos en monos. Poseían una
tradición del diluvio, del que se salvaron un hombre, Coxcoxtli, y una mujer, Xochiquetzal, quienes
repoblaron el mundo.
Entre los mayas, Itzamna, asociado al sol, era el dios civilizador, Kukulcán (la serpiente emplumada)
enseñó la agricultura y dio leyes justas. En la creación intervinieron los dioses Hunahpú, Kukulcán y
Hurakán. Tras varios intentos fracasados hicieron al hombre maíz. El fuego lo recibieron los hombres de
Hurakán, también llamado Tohil, en Guatemala.
Así como el cuento profano está conceptuado por el autor y lector como una suerte de ficción, el mito
tiene un tono religioso y sagrado, y, sin embargo, tiende a ser verdadero. En casi todas las culturas se
confunde el mito con la realidad, y se cree que los mitos de creación del universo son verdaderos, pues
todavía hay quienes confirman que los elementos materiales que nos rodean fueron creados por un ser supremo
o por espíritus extraterrenales. En el mundo andino, por citar un caso, la religión muestra alguna
semejanza con el panteísmo, en la medida en que Dios, principio y fin del universo, se confunde con la
naturaleza.
Los mitos cosmogónicos, que explicaban el origen del mundo, los hombres, vegetales y animales, son
diversos y varían de sentido dependiendo de las características geográficas y ecológicas del lugar donde
surgieron. En los pueblos andinos, por ejemplo, los espíritus superiores, que regían las fuerzas de la
naturaleza y podían facilitar al hombre su sustento, su seguridad y su propia supervivencia, actuaban en
diferentes planos y con distintas funciones; unos actuaban en el plano celeste, otros en la tierra y algunos
en el mundo subterráneo, lugar de procedencia y destino final de los hombres después de la muerte.
En el mito de creación de las culturas andinas, según refiere la tradición oral, el mundo fue
reconstruido después de un diluvio por el dios Wiracocha (divinidad suprema), quien, según el mito,
apareció con un vestido talar, largas barbas y sujetando por la brida a un animal desconocido (una imagen
que los indígenas confundieron con la apariencia física de los conquistadores). Surgió del lago Titicaca,
con la misión de formar el sol, la luna, las estrellas y fijar su curso en el cielo. A continuación
modeló en barro buen número de estatuas, tanto mujeres como hombres, y las animó para que poblaran la
tierra. Con el transcurso del tiempo, los hombres olvidaron el mandato de su "Dios Padre", se
enemistaron y cayeron en la esclavitud de sus bajas ambiciones. Entonces Wiracocha, asaltado por la
desesperación y la ira, volvió a emerger de las aguas del lago Titicaca, se dirigió al Tiahuanaco y allí
trocó en piedra a sus criaturas desobedientes, excepto a quienes huyeron hacia las montañas para vivir
como tribus salvajes. Wiracocha, inconforme con el desenlace, ordenó al Sol (padre de la humanidad), que
enviara a la tierra a su hijo Manco Cápac y su hija Mama Ocllo, con el fin de reformar a los rebeldes y
enseñarles una vida civilizada.
Cuenta la leyenda que Manco Cápac llevaba un bastón de oro en la mano, para que allí donde éste se
hundiera se quedara a fundar la ciudad sagrada. El bastón se hundió y desapareció para siempre junto al
monte Wanakauri, donde se echaron los cimientos del Cuzco y donde Manco Cápac y Mama Ocllo comenzaron su
obra civilizadora. Así, la fundación del imperio de los incas se les atribuye a los hermanos-esposos Manco
Cápac y Mama Ocllo, quienes, según la tradición oral, no sólo eran de origen divino, sino también los
padres de una de las civilizaciones que se encontraba en pleno apogeo a la llegada de los conquistadores.
En la historiografía del siglo XVI se insiste en que los incas impusieron a todos sus súbditos una
religión oficial, un culto estatal que tenía como eje central la reverencia al Sol. En este sentido, valga
aclarar que las leyendas y tradiciones llegaron a constituir el corpus de su propia ideología religiosa. Y,
aunque no se limitaron a imponer un Estado teocrático, basado en el culto a las fuerzas de la naturaleza,
ellos adoraban al Sol como su Creador principal, al considerarse sus hijos y descendientes directos. Junto
al Inti (sol) estaba la Mama Quilla (Madre-luna), que ocupaba un rango superior, asumiendo la protección de
todo lo referente al universo femenino. En lugar secundario estaba una serie de divinidades astronómicas,
como la Illapa (trueno), la Nina (fuego) o la Pachamama (Madre-tierra o diosa de la fecundidad). También se
adoraba al Supay (diablo), dios del mundo oscuro, subterráneo, en honor al cual sacrificaban animales y
vidas humanas (Véase Diccionario enciclopédico ilustrado Sopena,
tomo 3, 1979).
De este modo, las fábulas, mitos, cuentos y leyendas, tanto de esencia quechua como de inspiración
náhuatl, guaraní o aymara, son claras preocupaciones del espíritu indígena por querer desentrañar las
maravillas y los misterios que les rodean y espantan. El mito es el resumen del asombro y el temor del
hombre frente a un mundo desconocido, y, por supuesto, una rica fuente de inspiración literaria. Los mitos
sobre la creación del hombre y el universo han sido arrancados de la tradición oral para ser incorporados
en los libros de ficción como argumentos y como un capítulo aparte en los textos de historia oficial,
puesto que los mitos andinos, que dieron origen a las leyendas y los cuentos populares, son pautas que
ayudan a explicar mejor la cosmovisión de las culturas precolombinas.
Origen de los mitos
El mito (gr. mitos =
fábula) es un relato fantástico proveniente de la tradición alegórica, en la cual los dioses y los
héroes, lo mismo que los animales y las fuerzas físicas de la naturaleza, presentan propiedades humanas.
La misma palabra "mitología" sirve para designar el conjunto de leyendas y mitos
cosmogónicos, divinos o heroicos de un pueblo, pues los mitos poseen una intención fundamentalmente
religiosa y pretenden explicar la fenomenología natural en cuyo misterio no podían penetrar los hombres
primitivos por procedimientos científicos. El mito nace, por lo tanto, en el momento en que las
concepciones fenoménico-religiosas del pasado, en un principio accidentales y dispersas, se consolidan en
formas concretas, personificadas, adquiriendo así peculiaridades humanas.
Para explicar el origen de los mitos se ha propuesto diferentes sistemas de análisis. Según la
interpretación alegórica de los filósofos jonios, los dioses eran la personificación de elementos
materiales y fuerzas físicas (aire, agua, tierra, sol, trueno, etc.) o de ideas morales (sobre todo las
referentes al bien y el mal), ya que detrás de cada mito se esconde la cosmovisión del hombre primitivo,
quien, acostumbrado a la contemplación empírica de su entorno y los fenómenos naturales, creía que el
trueno era el bramido de un dios enfurecido o que el sol era eclipsado por un monstruo a la hora del
poniente. Este miedo a lo desconocido, que es la fuente inagotable de toda religión, le llevó al hombre
primitivo a crear seres sobrenaturales, pues el desdoblamiento del mundo y el nacimiento de un mundo
religioso, misterioso, con apariencia de encantamiento y de magia, como diría Karl Marx, tiene lugar cuando
el hombre era una criatura miserable y abandonada en medio de las fuerzas de la naturaleza, cuyas leyes
ignoraba del todo.
Desde la más remota antigüedad se ha tratado de explicar e interpretar el origen y contenido de los
mitos. Varios fueron los filósofos que alimentaron la teoría de que los dioses representados en los mitos
eran personas significativas para la colectividad; y que, por eso mismo, fueron endiosados. En el siglo IV
a. de J. C., esta teoría fue ratificada por el mitógrafo griego Evémero, quien, a través de un método
de interpretación de los mitos, sostuvo que los personajes mitológicos son seres humanos divinizados
después de la muerte. Esta misma teoría, que trascendió hasta nuestros días, fue adoptada durante la
Edad Media por la Iglesia Católica, a la que suministraba una interpretación fácil del paganismo.
Los mitos, como los hombres, han pasado por un proceso evolutivo, en cuyo decurso se han deformado las
estructuras originarias o mitos primitivos. Su ininteligibilidad ha dado lugar a incontables
interpretaciones, con las cuales se ha intentado penetrar en un supuesto, o acaso real contenido esotérico.
Con todo, sean sus narraciones fantásticas o no, lo cierto es que las mitologías, tomadas en sus formas
más puras, constituyen un documento inestimable para el investigador que se esfuerza en profundizar en la
historia de los pueblos y sus raíces étnicas (Véase Diccionario enciclopédico ilustrado Sopena,
tomo 3, 1979).
Las modernas revelaciones de las mitologías de oriente, América, África y occidente, complicaron el
problema y crearon una mitología comparada que ha intentado clasificar y explicar el origen de estas
creencias, ya sea por una tradición común, de origen oriental, o por el estado psicológico del hombre
primitivo, quien, por experiencia empírica, creía que todo fenómeno material o físico, dotado de
movimiento y fuerza propia, estaba provisto de vida análoga a la nuestra, una suerte de antropomorfismo
primitivo que atribuía a los fenómenos divinizados características humanas. Además, como es sabido, en
el mundo del mito todo es posible. No existe fronteras entre las divinidades y los hombres. Los dioses
pueden comportarse como simples mortales, y éstos, a su vez, como dioses.
Ya se dijo que la mitología cuenta las aventuras cosmogónicas, divinas y heroicas de un pueblo, de los
dioses y su reino, sobre cómo fueron creados el sol, la tierra, la luna, los mares y los hombres, y cómo
llegó la muerte. Los mitos, aunque son relatos basados en hechos sobrenaturales, enseñan a los hombres lo
que es bueno y lo que es malo, y cómo deben comportarse con los dioses y sus semejantes, aunque ellos
mismos, los hombres, según el relato bíblico, hayan sido creados por Dios a su imagen y semejanza.
En síntesis, los mitos son para los pueblos lo que la Biblia es para los cristianos o el Corán para los
musulmanes, una suerte de relatos sagrados, cuyos dioses y héroes tienen su origen en un momento pretérito
de la historia.
Compiladores de la tradición oral
En algunos países, aunque no existen escritores especializados exclusivamente en literatura infantil,
hay quienes hacen el esfuerzo de desempolvar y rescatar del olvido los temas y personajes provenientes de la
tradición oral. Entre los escritores argentinos que han rescatado parte de ese infinito caudal, está Julio
Aramburu, quien, en su libro El folklore de los niños,
recoge canciones y leyendas de acento norteño; en parte inspirado por don Juan Villafone, cuya obra El
libro de cuentos y leyendas
narra las aventuras de "Don Juan, el Zorro".
En Bolivia, Antonio Paredes Candia publicó un pulcro volumen de relatos titulado Cuentos bolivianos
para niños,
que cuenta las andanzas de un zorro ladino, conocido con el nombre de Atoj Antoño. El animal astuto,
personaje preferido de los fabulistas; en la primera parte del libro se burla de la ingenuidad de todos los
animales y, en la segunda, tropieza con un animal más pícaro que él, conocido con el nombre de Suttu, que
es un conejo que trama sus planes hasta vencer al zorro. El texto contiene expresiones y sonidos
onomatopéyicos en el dulce lenguaje de los quechuas y aymaras.
En Bolivia se encuentra tantos cultores de la fábula como compiladores de los ingeniosos relatos que se
escuchan en labios del pueblo. Cabe mencionar la antología Selección del cuento boliviano para niños,
de Hugo Molina Viaña, donde destaca el eminente folklorista Felipe Costa Arguedas, con el cuento La
perdiz y el zorro.
Toribio Claure hizo también intentos de adaptación del "Cumpa conejo", pero sin lograr buenos
resultados, ya que sus textos, sensiblemente, tuvieron tratamientos demasiado didácticos, como todos los
textos de lectura y escritura de la literatura infantil que en un principio estuvieron sometidos a la
tiranía de la pedagogía. Por suerte, desde los años ‘80 del siglo XX, varios autores se han esmerado en
hacer adaptaciones literarias de la tradición oral, considerando el grado de desarrollo lingüístico e
intelectual de los niños.
En Colombia prolifera el género de la fábula y tiene excelentes cultores. El escritor Rafael Pombo es,
además de precursor de la literatura infantil colombiana, el primero en haber dedicado mucho tiempo a la
infancia, al igual que Rubén Darío, José Martí, Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou. Otro gran
escritor es Euclides Jaramillo, quien, orgulloso de su predilección por los cuentos populares, ha publicado
el libro Cuentos del pícaro Tío conejo,
entre los que destaca "Tío conejo y Tía zorra muerta". Entre esa pléyade de fabulistas
colombianos se cuenta a José Manuel Marroquín, quien fue presidente de la república y reconocido autor de
fábulas que recitan los niños en la escuela no sólo porque tienen chispa, sino también porque es el
género más tradicional de la literatura infantil colombiana, que cada vez acrecienta su círculo de
lectores.
En Ecuador, como en ningún otro país de Sudamérica, existe muy poca literatura destinada a los niños,
y lo poco que existe está adscrito a la educación como material didáctico. No obstante, cabe mencionar la
figura del "poeta indio" Juan León Mera, quien, al margen de escribir cartillas educativas para
jóvenes y niños, escribió el magnífico libro Poetas y cantores del pueblo ecuatoriano,
en el cual recogió la tradición popular y el folklore de su tierra. Especial mención merece su novela Cumanda,
una de las versiones de la leyenda "Virgen del Sol", inicialmente escrita en verso. La novela
romántica de Juan León Mera puede ser leída por niños y adultos, como esas grandes novelas escritas por
Dickens, Tolstoi, Stevenson o Juan Ramón Jiménez.
Perú cuenta con varios compiladores de la tradición oral, entre ellos Arturo Jiménez Borja, que dio a
conocer el libro Cuentos y leyendas del Perú,
selección que incluye títulos como "La culebra y la zorra", "El sapo y la zorra",
"El puma y el zorro" y el conocidísimo relato "El zorro y el cuy" (cuy: roedor oriundo
de Perú, Ecuador y Bolivia). Manuel Robles Alarcón tiene publicado el libro Fantásticas aventuras de
Atoj y el Diguillo,
Marcos Youri Montero el libro Gauchiscocha
y Enriqueta Herrera el libro Leyendas y fábulas peruanas,
inspiradas en los antiguos cronistas de Indias, cuyas obras están salpicadas de preciosos relatos
pertenecientes a la cultura incaica, como la fábula "La zorra vanidosa". Otros autores que
recrearon cuentos y fábulas de la tradición oral peruana son: José María Sánchez Barra, Felipe Pardo y
Aliaga, Mariano Melgar, José Pérez Vargas, César Vega Herrera y Amalia Alayza de Ganio, quien, al igual
que José María Arguedas y Ciro Alegría, se dedicó a relatar la vida del hombre andino. El protagonista
central de sus libros El pastorcito de los Andes
y Las aventuras de Machu Picchu,
es un niño pastor que nos da a conocer, por medio de sus aventuras, las costumbres y leyendas de la tierra
peruana.
En Venezuela, los cuentos del Tío Tigre y Tío Conejo están entre los más conocidos de la tradición
popular. El primero en compilar estos cuentos fue Rafael Rivero Oramas, quien publicó en 1973 el libro El
mundo de Tío Conejo,
que tuvo un éxito inmediato entre los lectores adultos y niños, ya que los cuentos, mitos, fábulas y
leyendas, provenientes de la tradición oral y la memoria colectiva, no conocen edades ni épocas, pero son
joyas que enriquecen el acervo cultural y literario de un pueblo.
Bibliografía
Jung, Carl G.: El hombre y sus símbolos,
Ed. Paidós, Barcelona, 1995, p. 289.
Cuentos de espantos y aparecidos,
Ed. Atica, Brasil, 1984, p. 6-7.
Diccionario Enciclopédico Ilustrado Sopena,
tomo 3, Ed. Ramón Sopena, SA, Barcelona, 1979.