La palabra fantasía
viene del griego "phantasia", que significa: facultad mental para imaginarse cosas inexistentes y
proceso mediante el cual se reproducen con imágenes los objetos del entorno. La fantasía, que debe ser
defendida a toda costa, constituye el grado superior de la imaginación capaz de dar forma sensible a las
ideas y de alterar la realidad, de hacer que los animales hablen, las alfombras vuelen y las cosas aparezcan
y desaparezcan como por arte de magia.
La fantasía recoge su material de la realidad interna y externa, con la cual se concibe una realidad
distinta, revirtiéndola o reformándola. Con el golpe de la imaginación se puede asociar las imágenes de
la realidad y agruparlas en una totalidad con significado diferente, como el hecho de juntar el cuerpo de un
hombre y un caballo para dar nacimiento a un centauro o dotar propiedades humanas a animales y objetos
inanimados. Con la fantasía se puede deformar la personalidad a partir de un pequeño defecto; por ejemplo,
quitarle la propiedad de maldad a lo diabólico o hacer de la virtud de lo bueno mucho más bueno.
La fantasía cumple una función imprescindible en nuestras vidas, no sólo porque sirve como válvula de
escape a la realidad existencial, sino también porque es la fuerza impulsora que permite rectificar la
realidad insatisfactoria y realizar los deseos inconclusos por medio de los ensueños. "Si la persona
es pasiva, si no lucha por un futuro mejor y su vida actual es difícil y falta de alegrías, con frecuencia
se crea una vida ilusoria, inventada, en la que se satisfacen completamente sus necesidades, donde él todo
lo puede, donde ocupa una posición imposible de alcanzar en el momento actual y en la vida real. La
imaginación pasiva puede surgir no intencionalmente. Esto sucede principalmente cuando se debilita la
actividad de la conciencia, del segundo sistema de señales, en un estado de ocio temporal, en estado de
somnolencia, en estado de afecto, durante el sueño (los sueños), en estado de afecciones patológicas de
la conciencia (alucinaciones), etc." (Petrovski, A., 1980, p. 323).
La fantasía, al igual que el pensamiento, es uno de los procesos cognoscitivos superiores que nos
diferencian de la actividad instintiva de los animales irracionales. No es casual que en el plano laboral
sea imposible empezar un trabajo sin antes imaginar su resultado. La fantasía es tan importante para
construir una mesa como para escribir un libro, pues ambos requieren ser planificados por anticipado, para
obtener el mismo resultado que se concibió por medio de la imaginación; un aspecto que es indispensable en
el trabajo artístico, científico, literario, musical y en todas las actividades en las cuales interviene
la capacidad creativa.
La fantasía, como cualquier otro aspecto del conocimiento humano, ha sido un tema que ocupó el tiempo y
la mente de los hombres desde la más remota antigüedad. Los filósofos como Schiller, Schelling,
Schopenhauer y Hegel, ponderaron el rol activo de la fantasía en los procesos racionales y cognitivos,
mientras los escritores románticos, como Wordsworth y Coleridge, sostuvieron la teoría de que sólo a
través de la fantasía se podía alcanzar la ciencia y la verdad.
Sin fantasía no es posible ningún conocimiento humano. La imaginación, concebida como una facultad
capaz de reproducir mentalmente las causas y soluciones de los problemas reales, es la mejor ayuda para un
psicólogo, sobre todo cuando tiene que hacerse una idea de la situación del paciente y debe encontrar la
orientación terapéutica correcta. La psicología moderna ha constatado que el poder de la fantasía sobre
la psique es más determinante que el principio del deseo, pues se dice que en el conflicto entre deseo y
fantasía es siempre la fantasía la que se sobrepone al principio del deseo.
La fantasía, aparte de constituir uno de los elementos vitales que permitieron al hombre sobrevivir en
medio de la naturaleza salvaje, es un don que deben cultivar los individuos, pues sin ella sería más
difícil reformar o transformar la realidad insatisfactoria y alcanzar un desarrollo humanístico y
tecnológico en provecho de la colectividad. La fantasía forma parte de nuestro cerebro desde el instante
en que la usamos como mecanismo de supervivencia, para descubrir nuestra situación existencial, contemplar
el mundo desde otras perspectivas, estimular nuestras posibilidades creativas y satisfacer los deseos no
cumplidos. En concreto, como señaló J. J. R. Tolkien: "La fantasía es, como muchas otras cosas, un
derecho legítimo de todo ser humano", pues a través de ella se halla una completa libertad y
satisfacción.
Consideraciones sobre la fantasía infantil
Bruno Bettelheim, en su
investigación psicoanalítica de los cuentos de hadas, encontró en la trama un alto valor estético y
terapéutico, capaz de desencadenar las ataduras neuróticas y ayudar a los niños a solucionar sus
angustias y conflictos emocionales. Sin embargo, ya mucho antes de que Bettelheim diera a conocer su Psicoanálisis
de los cuentos de hadas,
Sigmund Freud definió la fantasía como un fenómeno inherente al pensamiento, como una actividad psíquica
que está en la base del juego de los niños y en el arte de los adultos, puesto que los instintos
insatisfechos son las fuerzas impulsoras de la fantasía y cada fantasía es una satisfacción de deseos,
una rectificación de la realidad insatisfactoria. Tanto el juego como el arte ayudan al individuo a
soportar una realidad apuntalada de conflictos emocionales y contradicciones sociales. "¿No habremos
de buscar ya en el niño las primeras huellas de la actividad poética?", indagaba Freud. "La
ocupación favorita y más intensa del niño es el juego. Acaso sea lícito afirmar que todo niño que juega
se conduce como un poeta, creándose un mundo propio o, más exactamente, situando las cosas de su mundo en
un orden nuevo, grato para él. Sería injusto en este caso pensar que no toma en serio ese mundo; por el
contrario, toma muy en serio su juego y dedica en él grandes afectos. La antítesis del juego no es la
gravedad, sino la realidad. El niño distingue muy bien la realidad del mundo y su juego, a pesar de la
carga de afecto con que lo satura, y gusta de apoyar los objetos y circunstancias que imagina en objetos
tangibles y visibles del mundo real. Este apoyo es lo que aún diferencia el ‘jugar’ infantil del ‘fantasear’
(...). El poeta hace lo mismo que el niño que juega: crea un mundo fantástico y lo toma muy en serio; esto
es, se siente íntimamente ligado a él, aunque sin dejar de diferenciarlo resueltamente de la realidad
(...). Cuando el niño se ha hecho adulto y ha dejado de jugar; cuando se ha esforzado psíquicamente, a
través de decenios enteros, en aprehender, con toda la gravedad exigida, las realidades de la vida, puede
llegar un día a una disposición anímica que suprima de nuevo la antítesis entre el juego y la realidad.
El adulto puede evocar con cuánta gravedad se entregaba a sus juegos infantiles y, comparando ahora sus
ocupaciones pretendidamente serias con aquellos juegos pueriles, rechazar el agobio demasiado intenso de la
vida y conquistar el intenso placer del humor (...). El hombre que deja de ser niño, en lugar de jugar,
fantasea. Hace castillos en el aire; crea aquello que denominamos ensueños o sueños diurnos" (Freud,
S., 1984, pp. 10-11).
De modo que la actividad de la fantasía es la creación artística, los sueños diurnos y el ingenioso
juego de los niños, especialmente el "juego de roles", a través del cual los niños representan
el rol profesional y familiar de los adultos. El niño, en su deseo de ser adulto, juega a ser mayor,
imitando en el juego lo que de la vida de los mayores ha llegado a conocer. Pero no tiene motivo alguno para
ocultar tal deseo, como ocurre con el adulto, quien, sujeto a las normas lógicas y racionales de su
entorno, se avergüenza de sus fantasías porque las considera propias de un infantilismo pueril e ilícito.
El niño, en cambio, juega y fantasea hasta el cansancio, representa una serie de personajes en su proceso
de socialización, independientemente de cuál sea la reacción de su entorno. El niño imita el ladrido del
perro y representa a los personajes del cine y la televisión. En su mundo fantástico todo es posible: la
hormiga habla con voz humana, el árbol corre por las praderas y las piedras levantan vuelo como los
pájaros. El niño, a diferencia del adulto, no tiene por qué avergonzarse ni ocultar sus fantasías a los
demás. Él es el artífice de un mundo hecho de magia y fantasía, donde sólo tienen acceso quienes están
dispuestos a seguir sus reglas.
El juego es una de las actividades principales del niño en el período preescolar, pues le permite
desarrollar sus facultades sociales e imaginativas, en virtud de que "la situación imaginada es
elemento indispensable del juego y es una transformación libre, no limitada por las reglas de la lógica y
por las exigencias de que debe parecer real, de la reserva de representaciones acumulada por el niño. La
imagen de la fantasía se manifiesta aquí como programa de la actividad creativa. El niño que imagina ser
cosmonauta estructura correspondientemente su conducta y la conducta de sus compañeros de juego: se despide
de sus "parientes y amigos", da parte al "constructor general", representa el cohete
durante la partida y, a sí mismo, dentro del cohete, etc. Los juegos con personajes que ofrecen rico
alimento a la imaginación infantil permiten al niño profundizar y consolidar cualidades valiosas de la
personalidad (valentía, decisión, organización, ingenio, etc.), confrontando su conducta y la conducta
ajena en la situación imaginada y con la conducta del personaje imaginado, el niño aprende a realizar las
necesarias evaluaciones y comparaciones" (Petrovski, A., 1976, pp. 329-330).
La fantasía, que emerge de lo concreto y no de lo abstracto, hace que el niño invente y modifique su
entorno, así como Leonardo da Vinci diseñó una nave espacial luego de observar a los pájaros, o como
Julio Verne escribió aventuras de submarinos después de observar a los peces. Del mismo modo, los niños,
por medio de su imaginación inagotable, transforman la realidad en la que viven, sobre todo, si se piensa
que cualquier actividad fantástica en ellos es reproducción, herencia o imitación de su experiencia
anterior, de acciones y situaciones observadas, sentidas u oídas en la naturaleza y en el mundo adulto. La
prueba está en que un niño puede tenderse de bruces sobre el césped e imaginar que las nubes son
monstruos surcando el espacio o, estando sentado en una caja, imaginarse que es un pirata a bordo de una
nave meciéndose en alta mar, asediado por ballenas y tiburones.
La fantasía no es un privilegio reservado sólo para escritores y pintores, sino una facultad humana que
ocupa un primer lugar en la vida mental de los niños, quienes, como los hombres primitivos, recurren a la
imaginación para compensar su falta de capacidad cognoscitiva. Según Henri Wallon: "Lo único que
sabe el niño es vivir su infancia. Conocerla corresponde al adulto" (Wallon, H., 1980, p. 13).
Una de las constantes del poder de la fantasía es que los niños, mejor que nadie, gozan con las
aventuras de la imaginación, con esos hechos y personajes que los transportan hasta la sutil frontera que
separa a la realidad de la fantasía, pues todo lo que es lógico para el adulto, puede ser fantástico para
el niño, y todo lo que al adulto le sirve para descansar, al niño le sirve para gozar. El niño, a
diferencia del adulto, ve en el realismo un mundo lleno de magia y ficción, como dijera la psicóloga
italiana Paula Lombroso: "Todas nuestras distinciones doctas y sutiles entre el reino animal, vegetal y
mineral, entre cosas animadas e inanimadas, no existen para los niños" (Lombroso, P., 1923, p. 142).
La fantasía como estímulo de la creatividad
La fantasía es una
condición fundamental del desarrollo normal de la personalidad del niño, le es orgánicamente inherente y
necesaria para que se expresen libremente sus posibilidades creadoras. La fantasía estimula al hombre
común y al hombre de ciencia. El físico alemán-americano Albert Einstein, entrevistado por George
Silvestre Viereck en 1929, dijo: "Soy lo suficientemente artista como para dibujar libremente sobre mi
imaginación. La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado. La
imaginación circunda el mundo (...). Cuando me examino a mí mismo y mis formas de pensar, llego a la
conclusión de que el regalo de la fantasía ha significado más para mí que mi talento para absorber el
conocimiento positivo". Sin duda, ninguna persona activa y de pensamiento normal podría vivir sin
fantasía. Varios matemáticos, atribuyéndole gran importancia al papel de la imaginación en la vida de
los seres humanos y la creación científica, manifestaron que ni los cálculos diferenciales ni integrales
se pudieron haber descubierto sin la ayuda de la fantasía.
La historia de los descubrimientos científicos contiene gran cantidad de ejemplos en que la imaginación
intervino como uno de los elementos más importantes de la actividad científica, en virtud de que la
fantasía tiene una propiedad cuyo valor y cualidad es inestimable. Opinión que comparte el escritor Kornej
Chukovski, quien, en su libro De los dos a los cinco
cuenta el caso de una madre, enemiga de los cuentos y de la fantasía, cuyo hijo, quizás por venganza por
habérsele quitado los cuentos, empezó a entregarse a la fantasía más exuberante. Así, "inventa que
a su habitación fue a visitarlo un elefante rojo, que tiene una osa amiga y, por favor, no se siente en la
silla del lado, porque, ¿acaso no ve? Está la osa en esta silla. ‘Mamá, ¿dónde vas? ¡Vas donde los
lobos! ¡No ves que aquí están los lobos!’ " (Chukovski, K., 1968, p. 277).
Entre los estudiosos de la literatura, algunos tendieron cercos a la fantasía como si fuese un elemento
de dimensiones determinadas, al que se le puede empaquetar para hacer regalos de cumpleaños o Navidad;
mientras otros, simple y llanamente, negaron su existencia, como quien niega la existencia de los
sentimientos y los sueños por carecer de cuerpo. Empero, la mejor respuesta a esta tendencia nihilista fue
la de guiar a los niños hacia el mundo de la fantasía, que es su propio mundo, con la ayuda de libros que
estimulan el desarrollo de su imaginación, su destreza lingüística y sensibilidad estética. El
psicólogo considera que "la imaginación favorece al desarrollo de la actividad mental del niño, como
si fuese una gimnasia voluntaria, y la compara con la actividad física intensa de los primeros años de
vida, que favorece el desarrollo muscular del cuerpo. Y también reconoce en la imaginación instrumentos de
conocimiento de sí mismo y del mundo que le rodea" (Elizagaray, M-O., 1976, p.16).
El psicólogo suizo Jean Piaget estaba convencido de que el niño estructura su capacidad y sus
conocimientos a partir de su entorno y de sí mismo, por medio de estructurar sus experiencias e
impresiones, y organizar sus instrumentos de expresión. Cuando el niño escucha un cuento fantástico o de
hadas, que trata sobre algo nuevo, puede aprender y asimilar con la ayuda de sus conceptos y experiencias
anteriores, y para alcanzar una comprensión más profunda y desarrollar su nuevo concepto, el niño acomoda
sus conocimientos nuevos a sus conocimientos viejos. Según confirman muchos antecedentes psicológicos, la
fantasía del niño es una de las condiciones más importantes para la asimilación de la experiencia social
y los conocimientos.
Fantasía y literatura infantil
La actividad lúdica de los
niños, como la fantasía y la invención, es una de las fuentes esenciales que le permiten reafirmar su
identidad tanto de manera colectiva como individual. La otra fuente esencial es el descubrimiento de la
literatura infantil cuyos cuentos populares, relatos de aventuras, rondas y poesías, le ayudan a recrear y
potenciar su fantasía.
La literatura infantil, aparte de ser una auténtica y alta creación poética, que representa una parte
esencial de la expresión cultural del lenguaje y el pensamiento, ayuda poderosamente a la formación ética
y estética del niño, al ampliarle su incipiente sensibilidad y abrirle las puertas de su fantasía.
Sin embargo, así como la fantasía es un poder positivo que estimula la creatividad humana, es también
un poder peligroso, si a través de ella se exaltan valores que rompen con las normas morales y éticas de
una sociedad determinada. Claro está que la fantasía por la fantasía no es ninguna garantía para que la
literatura sea de por sí buena y sus fines constructivos. La fantasía, como cualquier otra facultad
humana, puede ser usada como un recurso negativo. Esto ocurre, por citar un caso, cuando por medio de una
obra literaria se proyectan prejuicios sociales o raciales, con el fin de lograr objetivos que son negativos
para la convivencia social y la formación de la personalidad del niño.
Afortunadamente, gracias a la acción de los mecanismos de la imaginación, tanto el transmisor (autor)
como el receptor (lector), saben que el argumento y los personajes de una obra literaria no siempre
corresponden a la realidad, sino a la fantasía de su creador, quien, a diferencia de lo que sucede en la
vida concreta, determina con su imaginación el destino de los personajes, el hilo argumental, la trama y el
desenlace de la obra. En este caso, la fantasía del autor nos acerca a una nueva realidad que, aun siendo
ficticia, ha sido inventada sobre la base de los elementos arrancados de la realidad. Asimismo, la fantasía
no sólo cumple una función invalorable en la vida del escritor, sino también del hombre de ciencia. La
fantasía prueba las posibilidades del pensamiento, encuentra nuevos medios y realiza los proyectos que
luego se modifican con un pensamiento crítico. La fantasía es una palanca que sirve para transformar una
realidad determinada y crear una obra que aún no existe.
Si bien es cierto que los cuentos populares han amamantado durante siglos la fantasía de grandes y
chicos, es también cierto que ha llegado la hora de plantearse la necesidad de forjar una literatura
específica para los niños, una literatura que desate el caudal de su imaginación y se despliegue de lo
simple a lo complejo; de lo contrario, ni el libro más bello del mundo logrará despertar su interés, si
su lenguaje es abstracto, su sintaxis intrincada y su contenido exento de fantasía.
Se debe partir del principio de que la imaginación está estrechamente vinculada al pensamiento y de que
el pensamiento mágico del niño hace de él un poeta por excelencia. Toda obra que se le destine debe tener
un carácter imaginario, un lenguaje sencillo y agradable, sin que por esto tenga que simplificarse o
trivializarse. A este texto, depurado de toda lisonja idiomática, moral y retórica, se le debe añadir, en
el mejor de los casos, ilustraciones que despierten su interés. Sólo así se garantizará que el niño
encuentre en la obra literaria a su mejor compañero.
Las joyas literarias más codiciadas por los niños son los cuentos fantásticos, que narran historias
donde los árboles bailan, las piedras corren, los ríos cantan y las montañas hablan. Los niños sienten
especial fascinación por los castillos encantados, las voces misteriosas y las varitas mágicas.
El cuento, género en el cual es posible todo, también ha despertado el talento y la creatividad de
muchos hombres célebres, y, para ilustrar esta afirmación, valga recordar la anécdota vertida por la
bibliotecaria norteamericana Virginia Haviland, en el XV Congreso Internacional del IBBY, celebrado en
Atenas en 1976: un día, una madre angustiada se dirige al padre de la Teoría de la Relatividad para
pedirle un consejo: ¿qué debo leerle a mi hijo para que mejore sus facultades matemáticas y sea un hombre
de ciencia? Cuentos, contestó Einstein. Muy bien, dijo la madre. Pero, ¿qué más? Más cuentos, replicó
Einstein. ¿Y después de eso?, insistió la madre. Aun más cuentos, acotó Einstein.
Los poetas, sabios y niños, conocen los dones que los cuentos populares otorgan a los humanos para que
éstos no pierdan el enlace con el maravilloso mundo al que tuvieron acceso en un tiempo remoto, y que aún
siguen añorando. Dimensión mágica a la cual se refirió Alexander Solzhenitsin en su discurso de
agradecimiento por el Premio Nobel de Literatura, que se le concedió en 1970: "Hay cosas que nos
llevan más allá del mundo de las palabras; es como el espejito (diría también Alicia mirándose en el
espejo inventado por Lewis Carroll) de los cuentos de hadas: se mira uno en él y lo que ve no es uno mismo.
Por un instante vislumbramos lo inaccesible, por lo que clama el alma".
Nadie sabe con certeza a qué edad, forma o circunstancia aparece la imaginación en el niño. Empero, la
aparición de las imágenes de la fantasía, que juegan un rol preponderante en su vida, es el resultado de
la actividad del cerebro humano, compuesto de dos hemisferios que poseen numerosas circunvoluciones, que
ponen en funcionamiento tanto la imaginación como otros procesos psíquicos.
Fantasía, animismo y mentira
Por la importancia que
reviste la imaginación en los niños, los psicólogos han dividido la evolución de la fantasía en etapas:
la primera consiste en el paso de la imaginación pasiva a la imaginación activa y creadora; la segunda,
conocida con el nombre de "animismo", es la etapa en la cual el niño atribuye conciencia y
voluntad a los elementos inorgánicos y a los fenómenos de la naturaleza. La fantasía del niño tiene
tanto poder que es capaz de dotarle vida al objeto más insignificante. Por ejemplo, los de edad preescolar,
al margen de personificar las funciones cotidianas de ciertos individuos del conglomerado social, pueden
también personificar las letras del abecedario, decir que la letra "a"
es una señora gorda y la "i" un caballero con sombrero. "La fantasía infantil",
explica el psicólogo Lawrence A. Averill, "no conoce frenos: acá acepta el mundo tal como es. Allá
lo rehúsa, en otra parte lo transforma (...). En este mundo que gira alrededor de la personalidad infantil,
las reglas son aburridas o superfluas, el orden, el decoro, la consideración para los demás, pensamientos
secundarios de adultos". Y, agregando, Cousinet dice: "El mundo en el cual vivimos no es el mismo
que él —el niño— conoce. Los objetos no son los mismos, sino algo de ellos mismos y de cualquier otra
cosa. La muñeca es una muñeca y también una pequeña niña; la silla es una silla y también un coche, un
vagón de ferrocarril un vapor; el bastón es también un bastón y un caballo, el propio cuerpo es un
cuerpo humano y en ocasiones también el cuerpo de una bestia. La preferida imaginación que el niño
desliza en sus juegos, no es más que una confusión fácilmente observable (...). Una calabaza es una
carroza, un ogro es un león o un ratón, una rata es un lacayo. Ulises es un joven o un viejo, Minerva es
una diosa y una mortal. Proteo es todo lo que el niño quiere, un gato habla como un hombre, botas mágicas
se adaptan a todos los pies. Es una transformación perpetua. Nada es sino que lo parece ser y las cosas
sinfin y los seres pasan de un estado a otro, sin que uno pueda asirse de nada, sin que nada parezca
estable, inmóvil, en este mundo irreal hecho de luz y de sombra" (Cousinet, R., 1911).
Una vez superada la etapa del "animismo", esencialmente vinculada a los objetos y al contexto
familiar, el niño ingresa a la tercera etapa, en la cual imagina a personajes sobrenaturales cuyas hazañas
lo seducen y sugestionan. "Empieza a darse cuenta de la complejidad del mundo con el arribo a esta
llamada edad de la imaginación, que coincide con la entrada en la ‘edad de la razón’ (...). En este
momento su interés se vuelve hacia los cuentos folklóricos primitivos, llamados a veces en un sentido
genérico, cuentos de hadas, que los transportan al reino de lo fabuloso" (Elizagaray, M-O., 1975, p.
30).
El niño parece un hombre primitivo que, deslumbrado por lo desconocido y maravilloso, cree que los
astros son seres fantásticos dominando sobre él y a quienes se les debe rendir pleitesía como lo hacían
los incas al sol y la luna. Su imaginación galopante crea personajes esotéricos; unas veces bellísimos y
otras horribles; de su temor surgen las hadas y los duendes, que lo protegen y lo amenazan. Los mitos y las
leyendas, en sus versiones más sencillas, le encantan y sobrecogen como al hombre primitivo. Además, en
este período entra en contacto con la escuela, el maestro y la literatura, que lo conducen de la mano por
un mundo lleno de fantasía y misterio. Como bien decía Claparède: "El niño deforma la verdad y se
gana el epíteto de embustero, sin embargo no tiene intención de engañar, sino que prolonga una comedia de
la cual él mismo es juego a medias" (Claparède, É., 1916, p. 448).
Lo cierto es que la fabulación del niño no tiene nada que ver con la mitomanía del adulto. Para el
niño es normal trocar la realidad en fantasía y la fantasía en realidad; la mentira en el adulto, en
cambio, es una alteración de la verdad de manera voluntaria y consciente. No obstante, desde la más remota
antigüedad hasta nuestros días, muchos siguen considerando al niño como un "homúnculo" (adulto
en miniatura) y siguen exigiendo de él un razonamiento lógico, a pesar de que la psicología evolutiva ha
demostrado que el niño tiene un dinamismo propio que lo diferencia del adulto.
Bibliografía
Casona, A: La hora de la fantasía,
Boletín 24 del Centro de Divulgación de Prácticas Escolares, Montevideo, 1942.
Chukovski, Kornej: De los dos a los cinco,
Diétskaya Literatura, Moscú, 1968.
Claparède, Édouard: Psicología del niño y pedagogía experimental,
Madrid, 1916.
Cousinet, Roger: Les lectures des enfants,
Ed. L' Educateur Moderne, París, 1911.
Elizagaray, Marina Alga: En torno a la literatura infantil,
Ed Unión de Escritores y Artistas de Cuba, La Habana, 1975.
Elizagaray, Marina Alga: El poder de la literatura infantil para niños y jóvenes,
Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1976.
Freud, Sigmund: Psicoanálisis aplicado y técnica psicoanalítica,
Ed. Alianza, Madrid, 1984.
González López, Waldo: Escribir para niños y jóvenes,
Ed. Gente Nueva, La Habana, 1983.
Lombroso, Paula: La vita del bambini,
Torino, 1923.
Petrovski, A.: Psicología general,
Ed. Progreso, Moscú, 1980.
Sosa, Jesualdo: La literatura infantil,
Ed. Losada, S.A., Buenos Aires, 1944.
Wallon, Henri: La evolución psicológica del niño,
Ed. Grijalbo, Barcelona, 1980.