Letras
El círculo

New York, 8 de agosto de 1993

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...Me cansé de andar huyendo, de recorrer mundo a la deriva llevando sobre mis hombros el fantasma de un gendarme. Lo maté en legítima defensa, le clavé mi cuchillo hasta la empuñadura casi sin darme cuenta.

Hoy verdaderamente estoy cumpliendo años, y si no fuese por las circunstancias, que sumadas a la mecánica del tiempo supeditan al hombre, estaría muy dispuesto a celebrarlo en unión de un par de viejos que ni siquiera lo sospechan.

Nunca más he pronunciado mi verdadero nombre, nunca más lo diré, ni siquiera tendré un epitafio en mi tumba, ya que el destino de mis huesos, polvo intencional, premeditado, yace en un documento bajo custodia de un amigo, y no siendo por las circunstancias, esas circunstancias de las que hablaba antes, nunca lo hubiese recordado, pero como carezco de familia y no he dejado por esos mundos, según creo, heredero alguno de mis proezas, quiero corresponder en algo, aunque sólo sea transcribiendo estos hechos, el espacio usurpado para mi beneficio en esta nueva vida que adquirí hace mucho tiempo. Finalmente, que Dios, o el mismo Belcebú, si le toca hacerlo, sea quien tome cargo de mi alma.

***

Para un hombre como yo; casi nonagenario, poco ilustrado, es mucho más simple vivir la historia que contarla. Pero lo haré a pesar que ya pasó mucho tiempo, porque ciertos sucesos, de los que he tenido conocimiento reciente, me han hecho saberme culpable de otro crimen; de una culpa aun mayor, aunque, para tranquilidad del lector, juro solemnemente que jamás volví a matar a un semejante. Ahora me permito exponer ciertos antecedentes que, creo con verdad, son necesarios para el futuro desenlace de esta historia.

Mi madre salió de Los Palacios, un pueblito de Pinar del Río, casi a punto de dar a luz. Había tenido un pleito con mi padre. Llegó a La Habana y se instaló en un barrio de muy mala reputación llamado Cayo Hueso, en donde nací. Mantuvo la esperanza en que mi padre viniera a buscarla, hasta que supo que se había enredado en el pueblo con una guajira de la mala vida, y más tarde, que le habían tronado el esqueleto en una bronca por culpa de la misma guajira. Murió, según dicen estrangulado.

Mi madre fue el único vínculo consanguíneo que conocí en toda mi vida y me duró muy poco. Lavaba y planchaba ajeno y siempre estuvo muy delicada de salud. Murió tísica cuando yo tenía once años. Me crié en la calle rodeado de peligros y, de más está decirlo, en medio de una espantosa miseria.

Siempre fui un zángano, no me gustaba doblar el lomo. Así solía criticarme Bartolomé, el zapatero. Aprendí a defenderme en la medida de mis escasas posibilidades y sobrada picardía. Desde muy temprano las mujeres me hicieron descubrir cuál sería mi segura fuente de ingresos. Modestia aparte, era yo por aquel entonces un soberbio ejemplar de macho, un genuino y distintivo exponente del llamado sexo fuerte. Ello me condujo a declararme el rey de los varones y el dueño de la primera taza de café con leche y pan con mantequilla que se despachaba, gratis para un servidor, en el café La Estrella en donde la mulata Luisa, con más curvas que una botella de Coca Cola, arrastraba por los pelos a cualquier hembra que se le atravesara entre ceja y ceja.

En muy poco tiempo me convertí en un rufián. Aprendí el oficio de vago, peleonero y chulo. Y si digo que lo aprendí es para que no vayan a creerse que la cosa era tan fácil. En el oficio, si no se anda con pie de plomo, al menor descuido lo eliminan a uno de la faz de la tierra y... ¡ojos que te vieron ir! Lo mismo te agarran en la cama con la mujer de otro y te degüellan con un cuchillo de cocina, que te ahogan metiéndote la cabeza a la fuerza en una batea llena de agua, como le sucedió a Cuco Lindolo; o bien te enredas en una bronca con un envidioso, o te agarra un policía fuera de base y te desgracia la vida. Así que lo dicho, tuve que aprender el oficio.

En mi profesionalismo de mal viviente no me había ido mal hasta ese día. Hay días que están marcados, como alguna vez le oí decir a mi madre. Y aquel día estaba marcado con sangre; sangre que esa mañana, Mondo, mi cuchillo, que siempre llevaba envainado entre la faja del pantalón y el pellejo de la espalda, parecía olfatear como un canino.

Salí a eso de las diez de la mañana a buscar unas camisas a casa de Aurelia. Era una mulata blanconaza que parecía hecha a mano. Se encargaba de mi ropa y la de otros habitantes,1 a cambio de unos pesos que la ayudaban a matar el hambre de sus chamacos, y que dicho sea de paso, si nunca le hice la ronda fue porque me recordaba a mi madre.

Él me estaba esperando en la esquina del cine Apolo. ¿Los motivos de la pelea?: una mesalina que lo traía enredado hasta el cogote. Sabía que yo cobraba la mosca y vino a reclamarme, ¡bah!, ¡puro pretexto! Se me envalentonó, el muy hijo de puta, después de haberme propinado un golpe brutal por el hombro con la cachiporra que me derribó al suelo... ¡Tramposo!, amartilló la pistola con la premeditada intención de matarme. Yo era un tipo templado. Halé por Mondo, salté como un gato y le caí encima. Se lo clavé en un costado del cuello. No estuviera haciendo el cuento si no hubiera actuado como un lince.

Apretó el gatillo, pero ya fuera de balance. La bala fue a incrustarse en uno de los vidrios de la fachada del cine Apolo, atravesando un afiche de Carmen Miranda, que por ese tiempo anunciaba la cinta Copacabana.

Parece que le perforé la aorta: se desangraba sin remedio. Otro agente irrumpió en la escena sonando el silbato. Supuse que la asistencia pública llegaría tarde. Eché a correr calle abajo para confundirme con los transeúntes cuando un vigilante, que venía a galope en su caballo, al que se le unió uno de a pie que venía por mi espalda, me agarraron. Sentí otro porrazo; esta vez en la cabeza.

Desperté en el calabozo. Me acusaron de asesinato con alevosía y agravantes que incluyeron desde amplio historial delictivo, desacato a la autoridad, proxeneta, posesión ilegal de un arma blanca (ese fue el nombrecito honorífico que le acreditaron al pobre de Mondo), conducta vengativa, premeditación, y todo lo que se le ocurrió al honorable señor juez del tribunal de primera instancia alegar en mi contra, obviando el testimonio de Luisa y Bartolomé, audaces y tristes almas que se atrevieron a declarar en mi favor.

Con mis antecedentes, mi falta de recursos, y teniendo en cuenta que el muerto lo pusieron ellos; como es de suponer, me era imposible establecer un proceso justo. Estaba condenado a pasar largos años en la cárcel. Sentí que mi vida había cambiado de súbito, y decididamente, no jugaría el nuevo papel que me habían asignado en ella.

Elaboré un plan que me permitiera evadirme de prisión antes de ser confinado. Lo conseguí perpetrando una serie de nuevos delitos: Lo primero: extorsión, aplicado a ciertas damas respetables con las que sostuve relaciones a espaldas de sus maridos, trámite para el cual me fue indispensable la eficaz ayuda de Luisa, quien despojada de toda clase de escrúpulos cumplió con mis encargos al pie de la letra.

Obtuve excelentes utilidades que me valieron para seguir contraviniendo la ley, echando mano del soborno, recurso imprescindible para escapar; primero del cautiverio, y luego para comprar a un conocido de Aurelia y conserje de la morgue, lo que sería mi nueva etiqueta (usurpación de identidad y falsificación de documentos), nuevos delitos, sagrados, y llegado a ese punto, ineludibles quebrantamientos de la ley que me ayudarían a salir del país.

Aun después de aquellos sucesos, como ustedes mismos podrán juzgar, tan desafortunados, en los que me vi arrastrado por mi propia conducta y que cambiaron mi vida de manera trascendental, nunca me consideré un asesino. Mi suerte estaba echada, y mi destino fortuito tomó giros inesperados que no son el objeto de este relato.

***

Por esas cosas del azar me vi un día en Nueva York, TheBigApple, como dicen por acá. Decidí aprovechar las oportunidades que se me presentaron y aquí resido, longevo, mesurado y circunspecto, como una vieja ostra.

Sin grandes achaques y gozando de buena memoria, visito un médico de vez en cuando, el Dr. X., y esta tarde en que acudí a mi cita, en su consultorio se habían reunido muchos pacientes, casi todos viejos como yo. Tomé asiento. Me disponía a hojear un magazine, de esos que colocan en la antesala del dispensario para que parezca menos aburrida la espera, y que por lo general, cuando uno no lleva su propia lectura, una buena charla con un compañero ocasional cumple el requisito con mejor eficacia.

Sentí en la cara una ráfaga de aire cálido, denso, que se coló por la puerta cuando una vieja de aspecto descuidado entró en la sala de espera del consultorio. Le costó mucho trabajo introducirse porque, además de su abundancia de carnes, iba apoyándose en un carro de cargar víveres. Enrojecida la cara por el calor y enjugándose el sudor con un trapo ennegrecido, la mujer, de facha indigente y gordura excepcional, irradiaba afabilidad desde su primer gesto. Arrimó el trasto con ruedas a una de las butacas conquistadas por un madrugador y ocupó el único asiento vacante (por pura coincidencia), enfrente de un servidor.

Desparramó la franca sonrisa con la que mostró, al grupo de indiferentes, el verdusco de sus dientes carcomidos, entre los que sostenía una descomunal horquilla mientras, con ambas manos, se recogía el cabello cenizo en una trenza oleaginosa que no lograba anclar en el mar de cebo de su amplio cogote.

Desistió. Se enganchó la horquilla de cualquier modo y abrió un bolso que en algún tiempo debió ser de color azul añil con un diseño desteñido. Metió dentro del bolso el trapo hediondo y extrajo una caneca de vidrio mate (no me fue difícil adivinar el carácter del contenido). Se empinó el recipiente con cierta discreción y luego se limpió las comisuras de los labios con el dorso del robusto puño. Lo tapó cuidadosamente y lo introdujo de nuevo en el bolso. Comenzó a hablar echando una ojeada al cachivache que contenía sus pertenencias; una sombrilla destartalada, un botellón de agua y otros féferes que no pretendo enumerar.

Por el acento y la dicción, supe que estaba en presencia de una coterránea, habanera, para más señas. Me extendió una sonrisa especial, de esas que yo llamo, con dedicatoria personal. Entonces disimulé, ajustándome los anteojos, para escudriñar el rostro senil en el que se destacaban la ciclópea papada y los ojillos azules, pequeños y vivaces. Me aseguré de que nunca la había visto en mi vida y correspondí a su gesto con una leve inclinación del torso y la cabeza, por supuesto, sin abandonar mi asiento. Prosiguió el parloteo sin dirigirse a nadie en particular:

“Hace mucho calor en esas calles del infierno, y por las noches, sólo una sabe el relente que se coge tirada en el banco de un parque. De día tiene una que andar de saltimbanqui colándose donde puede respirarse, gratis, un poco de frío, expuesta a que de un momento a otro, por las buenas —hizo un guiño— me obliguen a salir como volador de a peso. Pero la americana ésta —se refería a la asistente del Dr. X— me deja estar aquí. Claro —en un susurro—, yo escondo lo otro —haciendo referencia a la caneca—. El doctor también es muy buena persona”.

“¡La maldita discriminación!, ahora la llaman así. Yo tengo mi criterio, pienso que todo es cuestión de espacio. Los humanos pasamos la vida tratando de ocupar un espacio aun sin proponérnoslo, aunque no nos corresponda —soltó una risilla neurótica acompañada de un gesto infantil—. El espacio es algo indefinido, ni siquiera los eruditos... en fin, cada loco con su tema —exhaló un suspiro y prosiguió—. Eso pasaba con Benito Bustamante, un hombre que vivió en su dimensión hasta el día en que le cambió la suerte. Pendenciero, porque siempre creyó firmemente que alguien trataba de robarle su espacio. Eso cuentan los que lo conocieron mejor que yo. De lo que puedo dar fe, es que lo defendió hasta después de muerto, al menos, hasta el día en que vi el círculo por última vez”.

“Le decían El Beny. Algunos opinaban que era un buscapleitos, un loco. Yo creo que Benito defendía lo que creía suyo. Se paraba todos los días en la esquina de la calle Sol. Allí marcaba muy temprano, con una tiza anaranjada, su trozo de territorio y ¡ay! del que osara transgredirlo”.

“Yo era una chiquilla por aquel entonces... Recuerdo que las mujeres se volvían locas por él. Me llevaba bastantes años, decía mi madre, con tal que no se me ocurriera fijarme en semejante ficha, un expediente al servicio del cuento y la mala vida, y agregaba que quien mal anda mal acaba. Con el tiempo supe que era cierto, primero, por lo ocurrido al propio Beny, y segundo; bueno, no hay más que verme para imaginar cómo he andado en mi vida..., ¡humm!, pero esa es una historia diferente..., la de Benito sí es digna de saberse”.

“Era un día entre semana, por la tarde..., yo salía del colegio, y el campanario del Santo Ángel Custodio acababa de llamar a misa de seis. Benito había dejado su demarcación en la calle de Sol, en el barrio de Jesús María, y se plantó a la salida del cine. Con el yeso naranja marcó de nuevo el círculo que delimitaba su espacio y que sólo compartía muy a gusto con alguna de las mujeres que correspondían a sus rondas. En eso llegó un gendarme y al verlo parapetado en el centro del círculo, le dijo en términos muy groseros que no lo quería ver más por allí pintarrajeando la calle con aquel trozo de tiza naranja. ¡Para qué fue aquello! Cuando se trataba de defender su espacio, Benito no respetaba ni el uniforme de la autoridad. Se amarró a desafiar al representante del orden público y a gesticular como un poseído. El otro terminó por perder los estribos: sacó la cachiporra amenazante. El terco de Benito siguió en su porfía, fanfarroneando hasta que el uniformado pasó del dicho al hecho propinándole un porrazo por el hombro izquierdo que lo dejó tirado en el centro de su círculo naranja. Todavía me parece verlo; Benito se incorporó medio sonso pero cauto, como si analizara el próximo paso del otro. Entonces se llevó la mano derecha a la espalda sacando de entre la faja del pantalón la navaja reluciente, afilada en el colmo de los mediodías de ocio, con la que a menudo hacía alardes de bravuconearía para espantar a los otros chulos, parado en el centro de su demarcación”.

“El gesto del pendenciero le costó la vida. El otro sacó ligero la pistola y sin darle tiempo a incorporarse, en presencia de todos los que allí se hallaban reunidos por tan nefasto suceso, le pegó un balazo que lo congeló para siempre en el único gesto de dolor de su vida. Cuajado, entumecido en el centro del círculo naranja”.

“Se había congregado un montón de curiosos; vecinos, transeúntes, chamacos que andaban empinando papalotes o jugando carambolas por los alrededores y se pasaron la voz para presenciar la fatal escena. Ninguno de los curiosos, ni el propio custodio de la ley, se atrevió a cruzar la frontera circunscrita por el trozo de yeso naranja”.

“El día que lo enterraron llovió a cántaros, no tenía parientes. El conserje puso por excusa que le habían robado la cédula del difunto en el depósito de cadáveres, y los vecinos tuvieron que ‘untarlo’ para recuperar al occiso. Finalmente los atractivos físicos del Beny fueron prueba irrefutable de su identidad”.

“Las prostitutas le pagaron el entierro. Lo velaron en su cuartucho de la calle Sol y dicen que conservaba intacto el gesto de dolor. Mi madre me prohibió ir a decirle adiós, aunque se compadeció de su horrible fin. Entonces me contó que Benito era oriundo de Pinar del Río, de un pueblito mal llamado Los Palacios. Al padre lo mataron en una bronca por causa de la madre de Benito, que según las malas lenguas era una mujer de la calle. Ella murió a consecuencia del parto del chiquillo quien quedó huérfano y al parecer sin parientes. Lo recogió el viejo Bustamante que tenía una vega de tabaco, y le dio su apellido, ya que al muchacho lo llamaban por el nombre del difunto padre. El chamaco era un aventurero, lo llevaba en la sangre. Supo de la existencia de un medio hermano, que debía vivir en alguna parte de la capital, y con unos once años dejó Los Palacios y al viejo Bustamante, para llegar solo en alma a Jesús María. Dice mi madre que buscó, infructuosamente, al supuesto hermano por un tiempo. Desde muy jovencito comenzaron a asediarlo las mujeres y así fue como se inició en la mala vida que llevaba. Dejó de pensar en el tal hermano, y..., bueno, imagínense ustedes lo demás”.

La salita se iba vaciando mientras nuestra interlocutora daba cuentas del singular relato, a los que iban quedando; entre ellos, yo.

“El día que lo mataron estuve por horas atisbando la esquina de Sol y Villegas a través de las rejas de la ventana de la cuartearía en que vivíamos mi madre y yo, observando cómo la lluvia arrasaba con impetuosidad el círculo de color naranja”.

“Me puse de acuerdo con una compañera de clases, y el lunes siguiente nos escapamos del colegio para ir al cementerio. Juntamos unos reales y compramos un ramo de azucenas. En medio de nuestros piadosos propósitos, no caímos en cuenta que ignorábamos el lugar donde había sido sepultado el difunto. De nuevo se presentaba el dilema del espacio, y fue entonces cuando, por primera vez en mi vida, reconocí que mi maestra, al igual que Benito Bustamante, aunque lo expresaran de manera diferente, tenían razón. Cuerpo es todo lo que ocupa un lugar en el espacio, decía la maestra. Cada uno que ocupe el espacio que le toca, decía Benito siempre que defendía su sitio en la esquina de Sol”.

“Mi amiga y yo decidimos no perder el viaje y nos determinamos a consultar al cancerbero. Uno de los cotos de aquella rauda, servía como destino final de las almas desventuradas. Me pregunté si estarían desamparadas más allá de la muerte. Otro muy diferente era el panorama en el área opuesta de la antigua necrópolis, donde se elevaban lujosos pabellones mortuorios y monumentos de mármoles importados”.

“Al quedar demostrado una vez más, y debidamente ratificado por el cancerbero, que cada cuerpo ocupa su espacio, determinado por categorías aun después de la muerte, el anciano señaló el camino de los miserables. Por él anduvimos un largo trecho, yo diría que toda la vida, al menos eso es lo que pienso cuando estoy desorientada. Muchas sepulturas estaban abandonadas, no llevaban nombre; cruces destruidas, deterioro, renuncia”.

“Cuando había perdido toda esperanza, ocurrió un inusitado suceso que todavía, al recordarlo, a pesar del tiempo transcurrido desde aquel sobrecogedor instante, me produce una sensación de espanto; como si el tiempo estuviese detenido para siempre en ese rincón de mi memoria. Miren cómo se me pone la carne de gallina” —se estiró los colgajos de pellejo del antebrazo mostrándolos, supongo que a mí y a otro anciano, únicas, congeladas almas, que habíamos permanecido inertes hasta llegado ese momento de la patética historia, y continuó:

“Un viento helado, como el que precede al temporal, invadió el camposanto y arremolinó las hojas de los vetustos y agobiados árboles que allí habitaban en divina simbiosis con los muertos. De repente se despejó una vereda estrecha que se perdía en otro remolino de hojarasca. Caminamos empujadas por una sensación de calma relativa que nos llevó a reconocer, al instante, el último espacio de Benito Bustamante”.

“Insólito, increíble, pero justo, inapelablemente justo; el círculo naranja, más brillante que nunca, como si el propio Benito hubiese salido de la fosa y lo acabara de retocar con su yeso iridiscente, apareció ante nuestro colosal asombro; atroz, luminiscente, y sobre toda cosa justo, intachable, disciplinadamente en su sitio, rodeando un montículo de tierra sin nombre... Sin dudas, la fosa era reciente”.

En eso, mi acompañante acude al repentino llamado de “la americana”, quedando yo, solo, alma en pena casi, como séquito exclusivo de la locuaz desconocida.

“Siempre lo cuento tal y como sucedió, pero nadie me cree; o tal vez nadie se atreve a creerme. Ni mi amiga, que participó de la experiencia al grado de perder el habla hasta el día en que contrajo matrimonio y balbuceó la afirmación frente al notario con un cansancio de siglos. No recuerda nada, mucho menos que una vez visitamos juntas el cementerio”...

***

Predestinado a ser llamado el último en la antesala de la consulta del Dr. X, me tocó escuchar el final; sorprendente, aplastante, insólito, que desde aquel instante, y hasta el último de mis días, me hará cargar con una nueva culpa.

La mujer extrajo la caneca del bolso desgastado, bebió un largo trago con el que dio fin al contenido del envase, que devolvió al espacio correspondiente dentro del bolso. Se puso de pie sin despedirse, alcanzando la barra por la que empuñó el carromato. Apoyada en él, como si tratara de demostrar su teoría del espacio corporal, depositó dentro la bolsa que en un tiempo fue azul.

Se fue como vino, con su ráfaga de viento cálido, denso, haciendo un esfuerzo para deslizar su humanidad a través de la puerta. La vi alejarse envuelta en una nube gris, abriendo el paraguas destartalado sobre su mar oleaginoso y plomizo. La lluvia comenzaba a caer sobre todos los confines de la tierra...

“La americana” abrió la puerta del consultorio dejando salir al penúltimo de los pacientes. Estaba yo sumido en mi estupor y la vi como quien ve un fantasma, una aparición inesperada que sale de la nada a entorpecer el pensamiento. Me dirigió una de sus siempre amables y falseadas sonrisas al tiempo que hablaba:

—Come in, please, Dr. X is waiting just for you to leave the office.

Hizo una pausa que me pareció eterna. Supuse que se impacientó porque, haciendo un inmejorable esfuerzo para corregir su acento y, antes de silabear el nombre, consultó el reloj que llevaba en su muñeca mirándome como se escruta a un bicho raro.

—¿Mes’cushia..?

Finalmente asestó el terrible golpe:

—Senior Benito Bustamante...

Una vez más, el nombre, sin equivocaciones, resonó en la antesala; nítido, preciso, inconmensurable, dando en el blanco como un dardo envenenado, como una burla furtiva; infame.

 

1. Gandules.