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Literatura argentina
Esa desconocida

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Un abismo cultural separa las idiosincrasias de los argentinos de Buenos Aires con los del interior, aunque superficialmente se haya convenido un código general de comportamiento y verbalización que permita entendernos.

El muro interior

La santiagueñidad o no de Lugones y Ricardo Rojas pertenece a un ámbito de discusión a mi entender inútil. Sólo puede obtenerse algún beneficio de tales disquisiciones si se las aplica a esclarecer sobre la existencia de un tipo de literatura propio de la región.

No olvido el ríspido intercambio de notas públicas que se cruzó entre intelectuales una de las veces que Mempo Giardinelli me pidió la selección de algunos textos, para difundir en su famosa revista Puro Cuento. En aquella oportunidad había enviado varios trabajos de Juan Bautista Zalazar, un riojano afincado desde su juventud en Catamarca, y la reacción no se hizo esperar. Con duras palabras —aunque esgrimiendo impecable elocuencia—, cierto escritor porteño, por entonces comentarista de la sección Cultura de La Nación, protestó vivamente contra la inclusión de Zalazar en tan ancho espacio, que según su criterio resultaba así desperdiciado.

Quedé sorprendido cuando llegué a un párrafo donde el hombre decía no entender “ni una jota” de los cuentos publicados, admonizando además acerca de la inconveniencia de incluir en tal revista “literatura experimental”.

Los cuentos de Juan Bautista Zalazar eran breves, perfectas piezas de composición poética, en los cuales cada palabra había sido engarzada en el hilo conductor con la misma sacritud y paciencia con que —imaginaba yo— el mejor orfebre del siglo XVI elegía y engarzaba las perlas en el cordón de oro con el cual fabricaba un collar destinado a la reina. Agregándole a eso el fuego espiritual de un Greco, un Goya o un Zurbarán, condición necesaria para que el trabajo técnico de un artista alcance estatura trascendente.

Por otra parte, Zalazar era un individuo ideológicamente conservador, que cultivaba un respeto militarmente estricto por la gramática. ¿Qué había hallado de “experimental” y cuáles habían sido las proposiciones que “no entendía” nuestro porteño lector?

Como un rayo me asaltó la explicación casi al instante, y ella me dejó tan asombrado como la afirmación original. Este hombre, este argentino de Buenos Aires, este especialista en cultura, no entendía los cuentos... por la sencilla razón de que los había escrito un hombre del interior.

 

Lenguajes distintos

Recién en estas circunstancias se tiene conciencia del abismo cultural que separa nuestras idiosincrasias, aunque superficialmente se haya convenido un código general de comportamiento y verbalización que permita entendernos. Dos universos se han ido desarrollando desde los lejanos tiempos en que el Obispo Vittoria bendijera la primera exportación de productos industriales rioplatenses desde Santiago del Estero, y el puerto decidiera bajo coleto independizarse del resto de América indohispana. Uno, místico, mítico, intemporal, casi indiferente al devenir externo, lanzado obsesivamente a los vuelos abisales de lo inconsciente, cultor del barroquismo en las sensaciones y el lenguaje. Otro eficiente, exterior, agudamente medido por la cronología, melancólico, angustiado, bello en su manejo exacto del lenguaje racional. Un muro más permanente que el de Berlín separa a estos dos grandes grupos de argentinos, muchos de ellos hasta parecidos racialmente, pero cuyos cerebros designan con diferentes sentidos y alcances casi cada aspecto de sí mismos y su alrededor.

De ahí entonces que cuando aparece en Buenos Aires un escritor como Juan Bautista Zalazar —por otra parte genial— despierte desconcierto, o visceral repudio como el descrito por el mencionado periodista (en el cual como ingrediente externo podía mencionarse el de que sus propios cuentos hubieran sido previamente rechazados por los editores de Puro Cuento).

 

Establecer puentes

Debido a esta realidad casi ignorada hasta hoy, por causa de que la industria editorial ha girado solamente alrededor de la capital, me atrevo a decir que la mayor parte del potencial literario argentino permanece actualmente oculto a los ojos del mundo exterior.

Talentos tan grandes como el de Zalazar, o Juan L. Ortiz —“descubierto” por círculos refinadísimos debido a su trascendencia en ámbitos mundiales como París, o hasta en la China—, pasan su vida creando grandes obras en el más absoluto anonimato, muchas veces con grandes dificultades para solventarse económicamente junto a sus familias.

Aparte de la injusticia que esto constituye desde el punto de vista moral y económico, se desperdicia también el inmenso caudal de conocimientos novedosos que podrían aportar estos intelectuales al ámbito literario nacional, casi siempre dominado por rimbombantes caretones de quienes nadie se acuerda luego de pasar algunos años.

Entonces, una política cultural coherente hoy debería consistir en establecer puentes, sólidos, permanentes, entre la literatura de Buenos Aires y la del interior. A través de encuentros, planes editoriales, intercambio de conferencistas y proyectos en común.

Pues una de las mayores causas de esta crisis espantosa por la que hoy atraviesa nuestra nación, no cabe duda, es la existencia de este gigantesco, infranqueable muro metafísico interior, separando abrumadoramente e incomunicando a los pobladores que la habitan, a un lado y otro de la General Paz.