Para Miriam, la mujer alta
Esas dos mujeres vivían en un pequeño apartamento de un suburbio de la ciudad. En las noches entraba por la ventana la luz silenciosa de una farola cercana, y casi alcanzaba la cocina y el oscuro semanario donde habitaban los santos.
Una de las mujeres era alta, de pelo negro y largo y de ojos grandes. La otra mujer era rolliza y rubia. Vivían de una renta antigua, suficiente para el pan, el potaje, las papas, el arroz, las manzanas. Por el día aseaban la casa, cuidaban las plantas y preparaban la comida. En la tarde, casi en la noche, leían o cosían. Ocurría así: la mujer alta, vestida sólo con un camisón blanco, recitaba con voz cálida los misterios de un libro, y la mujer más baja asentía levemente mientras prendía soles y árboles en una tela.
Se conocieron en la cafetería de una estación de autobuses. Ocupaban mesas alejadas, difícilmente podían distinguirse. Se despobló la barra, y al cabo de una hora sólo ellas permanecían en las sillas, las manos sobre la taza, el alma en los pies. Se miraron, es posible que se sonrieran. Después de tres horas la mujer alta se levantó, recogió sus enseres y se acercó a la mesa que la mujer más baja ocupaba.
Le dijo:
—¿Dónde vas?
La mujer más baja le respondió:
—Me quedaré aquí para toda la vida.
La mujer alta supo que a partir de ese momento sus destinos se entrecruzaban para nunca más desenredarse. Se emborracharon de anís y absenta, y amanecieron ateridas de frío en un sucio descampado, a cien metros de la estación. Decidieron compartir la vida sin preguntarse nada: les bastaba saber que ambas llegaron al fondo de la tristeza, y allí apretadas se agarraron y consiguieron volver a respirar.
La mujer alta se encargaba de la compra. Se levantaba en la mañana, casi al alba. Preparaba un café amargo y negro con sus dedos calientes y finos. Si en esos momentos sólo viéramos sus manos en el aire regresaríamos felices a los días en que el café era asunto de una madre inundada de luz, de leche, de aliento sobre el sueño. Esa era la magia de la mujer alta: geometría lluviosa de los dedos sobre el fogón, rotura dulce del invierno, su paz en la cafetera. Llevaba el café a la cama, y luego se iba para que quedara el silencio.
La mujer más baja barría la casa, siempre desde la puerta de entrada hasta la cocina. Inundaba de agua las estancias para que toda la casa durmiera en un recuerdo de lago. Después tendía la ropa, regaba las violetas y el helecho y limpiaba del polvo los estantes y los libros. Próximo a las doce la mujer alta regresaba, y entonces se notaba la paz.
Ellas comprendían que la ternura era el roce de las manos al abrir la nevera, o el dulcísimo bullicio de unos dedos enderezando el peinado, o unos pasos descalzos portando un vaso de agua, o el luminoso encuentro al salir de la ducha.
Una mañana la mujer alta se fue, y no volvió. En la casa quedó como un llanto hacia dentro, suspendido, frío, y a partir de ahí fue creciendo la soledad. Muchos días sucedieron, y en todos distintas nostalgias corretearon la casa. Por ejemplo, la nostalgia de unas manos sobre la escalera, o la nostalgia de los cabellos húmedos.
Justo a los siete años la mujer más baja distinguió unos dedos sobre la mesa de noche. Se acercó a la cama y acabó de arropar el cuerpo tibio de la mujer alta. Eran esos ojos tristes e inmensos que llevaba prendido en sus huesos los que le miraban.
—¿Dónde estuviste? —le preguntó.
—Hace catorce años que he muerto —dijo la mujer alta—. Una mañana me acerqué al mercado. Compré agua, naranjas, fresas, ajo y romero, para endulzar su agua en las tardes frías. Cuando volvía a la casa un coche me levantó por los aires y me destrozó por dentro. No quise decirte nada porque no hubiese podido soportar tus lágrimas. Me tragué el dolor de saberme muerta mientras tú me mirabas, y lloré de espaldas mientras tu voz tanteaba mi piel. Hace siete años comprendí la locura, y partí. Pero es tan duro dejarte, saberte sola, que recogí mis ojos y mis brazos y volví a nuestra casa.
—Yo morí hace treinta años —dijo la mujer más baja. Cuando nos emborrachamos en la estación tú perdiste el conocimiento, y yo me resbalé en el aceite perdido por el suelo. Me fracturé el cuello y me asfixié. Me entregaste con tanta belleza tu tristeza que no pude abandonarte. Elegí tu voz al descanso infinito, para que me leyeras, para que me llamaras, para que ardieras las noches.
Llega el alba. La mujer alta es un anillo rojo y un anillo verde en las labores del café. En su cabello se encuentra el sentido de todas las cosas.