Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 15, del 16 de diciembre de 1996
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Credo personal para una estética del cuento
Héctor Torres
Creo en el cuento corto, pero no en escribir para una extensión
determinada de antemano. Por su naturaleza el cuento es breve, pero esa
medida es inherente a su intensidad y su atmósfera, de manera que será
cuento corto todo aquél en el que, independiente de su extensión, sea
imposible abandonar su lectura hasta haberlo concluido. Con equilibrio y
tensión sostenida poco importa cuánto dura un cuento. Bola de sebo
(Maupassant), El puente sobre el río del buho (Bierce) y Una historia
aburrida (Chéjov) así lo demuestran.
Creo en la magia del relato, no en los actos de magia. Durante siglos,
el poder oculto de las oraciones ha radicado en la melodía producida por
una conjunción apropiada de las palabras; asimismo, la magia del cuento
radica en su capacidad para atrapar al lector, no en un irrenunciable
apego por el final sorprendente. Sorpresa no es forzosamente eficacia.
Cuando era caballo (Hernández) es un cuento mágico que no tiene un final
sorprendente.
Creo en el lenguaje llano, directo, casi oral, en el cual no se descuide
el aliento poético. La expresión se debe trabajar como si se fuese a
cincelar en mármol: precisa y radiante, que construirla sea un arte en
sí. De allí la belleza de las sentencias. Creo, por tanto, en la
franqueza del lenguaje, pero asumido sin complejos. El idioma es rico,
por lo que ninguna palabra, por exótica que parezca, sonará arrogante en
su contexto adecuado. Instrucciones para dar cuerda a un reloj
(Cortázar) posee una sencillez enormemente poética.
Creo en la poesía de lo cotidiano, en la profunda hermosura que palpita
en los hechos diarios; en el placer, en el asombro y en el dolor que
supone la vida como aventura intrínsecamente misteriosa. Eladia (Julio
Garmendia) y El posible Baldi (Onetti) son ejemplos clarísimos de la
intensa magia que reside en las situaciones cotidianas.
Creo también en el cuento fantástico, en las posibilidades estéticas que
contiene; pero creo que toda narración fantástica aumenta su poder de
sugerir cuando se sabe combinar con hechos comprobables, o que el lector
pueda presumir como tales. La fantasía surge hermosa cuando se enclava
en contextos cotidianos; la ciencia-ficción (plena de especulaciones
tecnológicas y mundos futuros) rara vez logra esa belleza. Tlön, Uqbar,
Orbis Tertius (Borges), La verdad sobre el caso de M. Valdemar (Poe),
Las preocupaciones de un cabeza de familia (Kafka) y Las máscaras
venecianas (Bioy Casares) ostentan una gran maestría en el uso de este
recurso.
Creo en la humildad con que se enfrenta el narrador a su historia, en la
humilde paciencia con que construye sus situaciones, su ambiente, sus
personajes. Creo que en esa humildad y en esa paciencia radica el arte
de narrar. La narrativa (por ser un hecho artístico) supone una tenaz
devoción por la corrección, una meditada justificación de cada palabra
empleada, una actitud cauta y desconfiada en el uso de la palabra
escrita.
Creo en la lectura y en el estudio de los maestros, desestimando el
temor a no encontrar el estilo propio si se copian. A medida que el
narrador se desarrolla, el eco del maestro se va desvaneciendo (deja
sólo el zumo) y se renuncia a imitarlo deliberadamente. Por tanto, salvo
en casos excepcionales, no creo en el plagio —todo cuanto se puede
escribir ya está dicho— ni en la novedad como meta única del cuentista;
ésta lo distrae de su tarea esencial, que es relatar lo que cualquiera
ve o piensa, pero dicho de una forma que no cualquiera podría. Escribir
es plasmar la vida impregnándole ese algo misterioso que reside en el
alma del que escribe, y es eco y continuación de todo el gran espíritu
humano.