Letras
Dos relatos

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El Instituto

Lo primero que se le vino a la mente cuando la vio pasar, fue la ropa. Andaba mal vestida, definitivamente fuera de contexto. Y como era la gente en ese instituto universitario privado, peor. Le iba a ir muy mal cuando le cayeran encima los comentarios y la diseccionasen como un cadáver de la moda. Tuvo una sensación de lástima, no por ella en sí, sino por lo que la esperaba.

Ese día, hubo varias confrontaciones verbales entre los alumnos y los profesores. Si no habían estudiado, lo más probable era que se dieran cuenta de ello inmediatamente. No dio tiempo de enmarcar conceptos entre palabras rebuscadas, sabían o no el concepto y punto, nada de irse por las ramas o ponerse a hablar paja.

Podemos decir que ese día le fue bien. Respondió acertadamente y recibió buenos puntajes por sus intervenciones. A cierta hora estaba agotada. El estrés académico la hacía sudar y permanecer en un estado tenso aun después de haber pasado la tormenta. Al final de la noche, se le había olvidado lo de la muchacha que atravesó el pasillo frente a su aula al principio de la jornada. La volvió a ver, cruzó el patio interior con paso corto y rápido. La detalló mejor. Era alta y delgada, la tez ceniza, sin brillo. Hubo un momento en el cual sus ojos se vieron. La muchacha la miró con una mirada derrotada y de profunda melancolía. Supo en ese instante que no podría olvidar jamás esa mirada, y sí, tuvo lástima de ella, ya no sólo por la ropa extraña y pobre que vestía, sino imaginándola venciendo los obstáculos cuesta arriba para permanecer incólume dentro del Instituto y sus intolerancias. Se dijo para sus adentros que a la noche siguiente se lo comentaría a sus amigas, no en tono de burla, sino más bien buscando la concordia para que el resto de las compañeras no la destrozaran antes de explicar por qué andaba tan andrajosa, y si acaso ignoraba en medio de quiénes se hallaba para ser juzgada.

A veces le molestaban mucho sus propias actitudes. Era fría, calculadora, prepotente. La palabra humildad estaba execrada de su diccionario particular. Nunca antes le había molestado vivir de acuerdo a un lenguaje propio pleno de contenidos únicos para su goce. Usualmente, la misma sensación de ser impenetrables acompañaba el devenir de sus compañeros. La actitud lo era todo, y en eso, eran profusos. Full actitud.

La tarde del jueves, mientras tomaban un café la imagen sórdida de la pena asomó en sus recuerdos, espero su turno para hablar, antes tuvo que reír de un comentario tan vacuo como infeliz, pero finalmente habló. En tono bajo, como un susurro les preguntó si sabían de la muchacha horriblemente vestida y más aun, si la vieron como ella en aquel estado de miseria de cuerpo y alma tan severos. El grupo de ella al menos, negó saber algo. Coincidieron en el hecho cierto de que podía ser una becada y por supuesto no era un tema para ser mencionado durante la hora del café. Sin embargo, asomó la posibilidad de lograr algo de comprensión, si, en alguna ocasión, se encontraban frente a frente con el esperpento casi trágico de esa persona.

Pasaron los días, tanto así, que concluyó cosas terribles sobre sus profesores. El departamento de coordinación de investigación era un asco. Valía más un anteproyecto copiado de la biblioteca, que tener una asombrosa o buena idea dentro del área. Fue un semestre lleno de descubrimientos. Si eres inteligente, debes terminar de pagar por la licenciatura a ver si te dejan ser un poco original con los pensamientos. Incluso, del capítulo I, está eliminado el renglón de las limitaciones. El término del lapso, aunque fatídico, no alcanzó a ser tan patético como su tercer encuentro con la muchacha. Sentada en la terraza del Instituto, cerca de las 9 de la noche, fumando un cigarrillo que sabía a brasa pero no a tabaco, la vio de pie frente a la baranda.

Su mala pata era recurrente. En cierto modo la incomodaba la consecución de su título en medio de tantas artimañas y mediocridad. Desilusionada con el resultado final del anteproyecto, fumaba con vehemencia, harta, movida en sus cimientos más arraigados. De pronto, la mujer abrió los brazos en cruz. El viento de este trópico infernal, le sacudían el vestido leve como un fuelle roto. Las costillas de su frágil estructura ósea se delineaban sin gracia, apartó la mirada. Una sensación de indiferencia ante la escena que parecía performance, algo del artificio teatral para terminar un acto sin mucho aspaviento y poca creatividad, la dejaron presa del desinterés. Regresaron sus prejuicios sobre la miseria del espíritu con cuerpo, un cuerpo roto, indeseable, maltratado y viejo. Agotado por el dolor, parado erecto, en cruz, desafiante y ahora que lo observaba bien, resultó fantasmagórico, imprudente. Lo que siguió después, ni siquiera le dio tiempo de creerlo real. La muchacha se balanceó y a la siguiente venida, caía por encima de la baranda de la terraza oscura.

Sus gritos histéricos tardaron un rato en salir de su garganta, autista, también se balanceaba en el banco frente a la baranda despejada hacia la noche infinita. Los pocos estudiantes que quedaban en los pasillos cercanos acudieron hasta ella. Con frases inconexas señalaba el vacío y esperaba que pudieran ver sobre los mosaicos de la planta baja el cuerpo sin vida de la muchacha sin nombre.

Al final fue bueno que hubiese tan pocas personas la noche de su ataque. Los fieles amigos de la tertulia del turno poco a poco le sacaron el culo. Se hablaba de ello, pero no demasiado. Un ataque de histeria, gritos después de un cigarrillo (¿fue un cacho?) en la terraza, no eran usuales, pero tampoco hubo mayores comentarios.

En el Instituto no hubo un suicidio. Jamás. Ni el día del cigarrillo ni antes.

Petra Peña, la enfermera de la casa del frente, un día medio ebria con los muchachos del Instituto, al calor de las anécdotas sobre la vetusta ciudad de Cagua, recordó entre soleras verdes, el día, allá por el año 78, en el cual llevaron al hospital el cuerpo sin vida de la única hija de la antigua dueña de los terrenos del Cuam. Una anciana medio perra, quien como a una esclava trató a la infausta criatura fruto de sus veleidades sin fin.

Y... en el fondo... un fantasma, es un fantasma. Un triste recordatorio de peores momentos que éste, y la simple consecuencia de repetirse por toda la eternidad.

 

Café Humboldt

A Marcelis, quien estimula mi imaginación y desanda en mi memoria...

Subió al Hotel Humboldt en el último teleférico. Era viernes y aún faltaban muchos meses para abrirlo al público. El hotel había tenido su época de esplendor, hoy era una húmeda edificación redonda amoblada al puro estilo art decó, con sus alfombras y chimeneas impregnadas de olores remotos.

Nosotros los trabajadores teníamos varios turnos, a veces me tocaba subir los viernes y bajar los lunes. Mi trabajo era específico, yo me encargaba de las obras de reconstrucción en la pista de patinaje. Los otros compañeros se repartían entre el restaurant, la fuente de sodas y el lobby. Parece mentira que en los pisos, cada habitación se conservaba intacta, como si hubieran dormido por dos décadas un sueño reparador, envueltas en una atmósfera detenida y benévola.

El hombre vestía una raída braga con un sello de “Suinter” en el bolsillo superior, pasó directo a la fuente de soda a instalar la “Gaggia”, una hermosa máquina de café espresso. Nosotros nos alegramos. Un buen café a la hora del descanso sería grandioso. El hombre seguía un monólogo que no respondía específicamente a ninguna pregunta que se le hiciese, pero en medio de su discurso venían las respuestas y uno quedaba como satisfecho. El sábado se llevó todo el día frente a la máquina. Ese mismo día en la tarde tomamos café reunidos en varias mesas donde hablábamos y discutíamos. El hombre estaba alejado, pero se le veía radiante por su misión cumplida.

Al amanecer del domingo desayunamos igual frente a la Gaggia felices y orgullosos de nuestros humeantes cafés al estilo y parecer de sus degustadores. Buscamos al hombre, quien tenía una plaquita de metal debajo del sello de “Suinter” que decía: “Lanz”. No estaba en las habitaciones del primer piso, ni en los baños, tampoco en la pista de patinaje o en los espacios circunscritos de nuestra obra, ya que el resto de las áreas permanecía bajo gigantescos candados herrumbrosos.

Tres de nosotros salieron a buscarlo, el resto nos dividimos adentro. Cuando terminé de revisar entre el lobby y sus alrededores, me dirigí hacia la terminal de las cabinas del teleférico sin éxito alguno debido a que el último coche que sube, baja y la terminal queda vacía.

Habíamos perdido medio día de trabajo del domingo. Infante sugirió que tal vez bajó por la montaña antes del amanecer, cesamos la búsqueda y luego trabajamos durante horas, sin pensar más en el asunto. A las ocho de la mañana del lunes, el maestro de obra de los constructores subió en la primera cabina del teleférico, más atrás como a las ocho y treinta llegó “lengüita”, y yo le relaté lo del hombre de “Suinter”, el de la máquina de café. Se quedó embelesado. Me preguntó dos veces cómo se llamaba el tipo, le dije que mejor nos íbamos a beber café y me miró desconfiado. Al llegar a la fuente de sodas, varios allí, con las tazas vacías, discutían lo de la máquina Gaggia.

Estaba desconectada, ningún cableado interno, nada externo que la agarrara al mundo, ninguna manguerita estaba en su rosca, en general la máquina seguía impecablemente envuelta en plástico y confusión con todos sus accesorios sueltos.

Lengüita se pasó la mano por la cabeza, hizo gestos acalorados y se dispuso a contarnos algo. Su apodo era contrario a lo que sugería, aquel hombre rara vez abría su boca para conversar. Comenzó diciendo que en el segundo lustro de la inauguración del hotel, un vigilante que se jubiló más o menos para la época en la que él entró, le refirió que en 1966 el dueño de la fuente de sodas trajo una máquina de café directo de Italia. Para su instalación llamaron a un experto en máquinas de café Gaggia, y enviaron al mejor que tenía la empresa en ese momento: un tipo de apellido Lanz. El día que llegó, no trabajó en ello, pero al siguiente día terminó la instalación cerca de las siete de la tarde. Sin embargo, cuando bajó la cuchilla, se quedó pegado con más de seiscientos voltios de corriente. El olor a cable quemado duró en el ambiente por muchos días.

Todos nos quedamos pensativos, las tazas oscilaban entre los dedos vacías y pasmadas. Recordé la tertulia del sábado en la noche, el café aromático, cremoso, negro y epicúreo. Cada uno jugó con la Gaggia a su modo, yo fingí ser un expendedor experto y saqué variedades como cappuccino y negro largo, sentí el placer del sonido del vapor cremando la leche. “Sono quattro gli elementi che contribuiscono alla realizzazione di un perfetto caffè Espresso: miscela, macinatura, macchina, manualità”. ¡Un corto! ¡Un largo! ¡Un mediano, un marrón corto! ¡Negro largo! ¡Mediano y leche! En fin, ¿cómo íbamos a contarnos a nosotros mismos que “eso” había sido la reunión y el café fantasmal más delicioso de nuestras vidas?