La argéntea luz nocturna iluminaba el pequeño cobertizo cubierto de enredaderas.
Una joven enjuta hundía la daga en la espalda de la oveja que había arreado. La nívea lana se teñía de rojo. Kadillah, la mujer a su lado, le susurraba a momentos. Lo que Zoraide deseaba era seguir fielmente sus indicaciones para destruir los fantasmas que la acosaban.
La blanca piel de Kadillah chocaba con su liso cabello azabache y su vestido largo, ceñido e igual de sombrío. La unión de esta mujer con el padre de la joven sucedió cuando Zoraide era una niña, después de la desaparición de su madre.
Aquella nueva familia fue resquebrajada abruptamente una tarde de verano en la que un obediente mensajero le anunció a Zanid Rashin que debía reunirse con Esmejd Sihjad para tratar asuntos de relevancia. Ellos compartían una superior habilidad para el manejo y multiplicación de haciendas, y ésa era la base de sus vínculos.
El allegado no descansaba en su disposición de hacerse propietario de tierras que le pertenecían a la familia Rashin.
En una estancia amplia y plena de objetos de oro llegó la fatalidad de la mano de la amenaza.
Varios mercenarios arrastraron a dos de los hijos de Rashin a alguna barraca en un terreno remoto y no los liberarían hasta que no cediera, sus riquezas o sus vidas. La respuesta afirmativa estuvo cargada de ira.
El renovado mensaje para el mozo fue “Expúlselos”... enmascarado aviso para arrasar con fuego el desvencijado albergue junto con los niños que no encontraron escapatoria.
Por esto Zanid, al afrontar su pérdida, se armó para resarcir un daño que sólo la resignación repara.
Vio cómo Zoraide lloraba en el hombro de Kadillah. Lo retuvo el rostro de la mujer, en sus ojos el abismo cayó para no volver con la muerte de sus hijos. La niña nunca supo lo que su padre deseaba hacer con aquel hierro.
Cada día las palabras de este hombre se tornaban más lastimeras y su corazón más gris. La esposa luchó por llenar su ausencia, contemplando impotente cómo él se alejaba de su hogar con rapidez a pesar de no haber cruzado la puerta.
A medida que corrían los años como agua entre los dedos Kadillah cuidaba de la muchacha como a una hija, le enseñaba lo único que conocía como a sí misma y que aprendió de su madre, dando todo lo mejor de su ser, tratando de distraerse de pensar en cada aniversario. Su esposo se extinguió lentamente y sobrevino la desolación para ambas con el término de su agonía.
Rashim no conoció la suerte de su agresor, ni lo pretendía.
La expulsión no tiene relación con el exterminio pero uno suscitó al otro y lo arrastraron con ellos. Nadie más le pagó tributo para obtener amparo o auspicio. Renunció a gran parte de su dominio y su influencia, porque la culpa destruye al más fuerte.
El cansado poderoso necesitaba separarse de sus obras y encontró sosiego en la distancia.
Su hijo comprendía que su padre quisiera descansar luego de una vida de trabajo constante y cumplía su obligación con complacencia. La interminable estepa verde era todo lo que conocía y lo que le maravillaba.
Desde la infancia, Anticio fue formado para ocupar el lugar de su padre en su labor, siendo el único hombre en la descendencia de Sihjad. Su piel tostada por el sol le agregaba más experiencia de la que tenía, pero él no huía del esfuerzo.
Lo que Zoraide conocía era la repulsión hacia un hombre avieso que fue el artífice de la destrucción de su hogar, que llegaría el momento de aplastar al monstruo y que todo terminaría. Ella sabía cómo y por qué no creció con sus hermanos. Su padre había esperado cinco años para contárselo, para decirle que no fue un accidente.
Kadillah repitió a su hijastra que sería el único maleficio, aquella noche, bajo la brillante luna. Dentro de ella, una voz gritaba, exigiendo un castigo... “¿A qué costo?... ¡cuánta saña contra un ser que sólo sabe vagar libre por los bosques!... esa joven debe olvidar y forjarse una vida libre de rencor”.
Los fulgores cambiaron de naranja a azul vertiginosamente. A Sihjad un dolor en el pecho lo debilitaba poco a poco, la superficie vítrea no cometía errores cuando develaba las respuestas a las incógnitas que se le formulaban, pero Zoraide quería ir más lejos.
Ante su determinación Kadillah rogó incansablemente, sin evitar que ella partiera, taciturna, galopando y portando una daga.
Las estrellas cubrían el cielo cuando llegó a su destino. Con las palabras para la localización averiguó dónde él vivía. Quien se alimenta de resentimientos no puede engendrar más que venganza.
Los habitantes de una hacienda ocultaron su sorpresa para saludarla tímidamente.
Rasgos y figuras que otrora visitaban su hogar. Uno de ellos paseaba con ella por los jardines, llevándola de la mano. ¿La bruma del tiempo desdibuja los recuerdos? Para Zoraide no, sea él mayor o más alto.
Una mujer y una jovencita con el mismo cabello ensortijado notaron con preocupación su palidez. La persuadieron para que tomara asiento.
Ella no consiguió explicar el motivo de su presencia en una desvencijada casa, rodeada de pastos que alimentaban a unas escasas reses.
Las tres mayores debían tener sus propios hogares. Las felonías de Sihjad sólo existieron en las sombras, entendió Zoraide.
“Un hombre debía reconocer los límites de su coraje”, era preciso trazarlos para Esmejd. Que Zoraide quiera vengar a sus hermanos era ese límite. La cobardía fue insoportable para ella y decidió marcharse y concluir con su visita de espectro.
Antes de abandonar el pórtico, alguien asió suavemente su brazo y preguntó sobre su pasado. Anticio también la recordaba. La muchacha evocó en su respuesta a aquella niña perdida y solitaria que lloraba en silencio uniéndose a la amargura a su alrededor. Ella no permitió que la estrechara entre sus brazos.
Al cruzar el umbral, Esmejd no se humillaba, buscaba descanso, pedía perdón.
El joven ignoraba por qué debía Zoraide perdonar a su padre, si durante años creyó que ella y su familia habían emigrado a otro lugar. Ella gritó, describió cada detalle de las tribulaciones de su padre y de su madrastra.
Se sintió burlada por aquel hombre que para ella no era sincero, y al que no perdonaría. La rabia superó a la tristeza.
El argentino puñal centelleó en la oscuridad.
Anticio sujetó fuertemente sus muñecas. Zoraide forcejeó bruscamente para liberarse. Les separaba menos de un filoso palmo. Ya no los separaba nada.
Ella cayó de rodillas con él y lloraba porque sus manos se humedecían mientras la camisa del muchacho se manchaba de carmesí.
El lamento de Esmejd rebasaría las lágrimas que Zoraide había derramado.