Sala de ensayo
Insurrección iconográfica
¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Veinte veces con la misma simultaneidad
aparecida una noche cualquiera,
y aquellos gigantes, verdaderos despojos de milagros infinitos,
destrozan las armas de los antiguos.

Hanni Ossott. Sombra de las sombras

Estoy frente al ensayo de Juan Antonio Hernández, Hacia una historia de lo imposible: la Revolución Haitiana y el “Libro de pinturas” de José Antonio Aponte, interrogando al texto y las imágenes que configuran un discurso galimático. Pretendo vislumbrar, siguiendo las coordenadas pragmáticas trazadas por el autor, otras zonas de sentido solapadas en el Libro de pinturas. José Antonio Aponte es el protagonista de una singular y breve historia que tuvo lugar en la Cuba colonial de principio del siglo XIX. En marzo del año 1812 encontramos al artesano José Antonio Aponte respondiendo a un exhaustivo interrogatorio hecho por las autoridades de la isla de Cuba. El artesano negro trabajó durante seis años en la elaboración de un libro iconográfico en el que ensambló diversos materiales figurativos como fotografías, pinturas y dibujos que, en algunos casos, acompañó de pequeños fragmentos escritos. El Libro representó para las autoridades cubanas la prueba principal de una sublevación que permanecía larvada en el taller de Aponte. Este artista se desplazó por diferentes imaginarios protegido por la noche hasta que cayó bajo sospecha, y esa red portadora de códigos secretos fue interrogada en la clandestinidad de una cárcel.

José Antonio Aponte asumió la total autoría y factura del impresionante collage donde congregó diversos panteones mítico-religiosos que, a mi juicio, funcionan como pantallas de fondo a las acciones militares que se desarrollaban en ciertos escenarios y respondían a intenciones muy concretas del autor. Juan Antonio Hernández ha realizado un estudio erudito acerca de ese extraño instrumento pictográfico; su profunda indagación presenta una historia que rebasa mi competencia; sin embargo, no he podido sustraerme a la fascinación que emana del portentoso Libro de pinturas. En el retablo de diosas que alternan en los extraños imaginarios representados por Aponte, percibo una estrecha relación entre Isis, la Virgen María y la Virgen Negra de Regla. Según mi lectura, estas deidades insertas dentro de un contexto religioso no cumplen una función estrictamente estética, sino que muestran la violencia terrible que justifica al discurso del cristianismo, recurso que Aponte utilizó sagazmente en un intento para desarticular esas estructuras de poder y dominación.

El caleidoscópico artístico se convierte en un testimonio que demuestra —a través de los aspectos mítico-religiosos alternando con cruentas imágenes de la guerra— al poder político recubierto por una pátina religiosa. José Antonio Aponte desenmascara la farsa que esconde la podredumbre social, cultural, política y religiosa de esa sociedad en la cual le tocó vivir. El artista insertó fragmentos de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo, que se pueden leer como los últimos vestigios de un universo irremediablemente perdido, del que sólo quedan unos rastrojos nauseabundos y ensangrentados por la avaricia del hombre occidental. De esta manera el Libro de Aponte no sólo constituye una insólita composición pictográfica que lo convierte en un código para ser comprendido por una cofradía de iniciados. El inventario iconográfico de Aponte lo vincula con círculos herméticos, lo cual no extraña porque él era un intelectual; tampoco es rara la crítica pertinaz que hizo a todo ese sistema colonial.

El arte fue su medio para denunciar la injusticia, para arrancar todos los marcos decorativos que adornaban ese contexto histórico y, quizá, para proponer el restablecimiento del orden en un mundo realmente libre, donde todos los hombres fueran iguales y reinara la fraternidad. Ese es precisamente el mundo que restituye la diosa Isis a su esposo Osiris, después de vencer al mal representado en la figura de Set. En palabras del helenista Jean Hani: “Osiris produce imágenes, es decir, arquetipos de los diferentes seres, que se imprimen en la naturaleza, pero que son dispersados por el principio del desorden, que es Set-Tifón. De lo que se trata, a través de la lucha contra este principio, es de reconstituir el cuerpo de Osiris..., el mundo armonioso que debe regresar a su fuente” (Hani, 1999:136-137). De acuerdo con la afirmación de Hani, es evidente que no existe gratuidad en la reiteración que hace Aponte de las deidades que representan el principio femenino.

La mayor parte de la muestra iconográfica de Aponte rinde culto a la “diosa de los mil nombres”,oculta en las grutas subterráneas de la tierra y en lo más profundo de la conciencia humana, desde allí emerge la única divinidad venerada en todo el orbe bajo diferentes formas, ritos y nombres, a través de la invocación de los iniciados. El carácter religioso que posee el libro de Aponte constituye el leitmotiv de su composición. Éste aparece desde el principio como expone Hernández, al señalar que las seis pinturas que inauguran la exposición del artesano negro se inician con el Génesis. Este detalle nos permite observar el principio teológico que rige el universo esbozado por el artista.

El Génesis en la cosmogonía cristiana representa el origen del cosmos, y cuenta la historia primigenia que funda a la humanidad marcada por el miedo a un Dios que no perdona ninguna transgresión. Con el pecado de Adán y Eva, que se puede interpretar como la toma de conciencia de la primera pareja humana, se abre el enorme abismo entre el Dios judeocristiano y la humanidad. Ésta queda condenada a una eterna diáspora y padece toda suerte de martirios que responden a la maldición proferida por un Dios iracundo. ¿Qué intención tenía el artista cuando fijó esa secuencia de seis fotografías representativas del Génesis? ¿Representará analógicamente la creación de un mundo nuevo formado por él? Si es así, ¿en cuánto tiempo lo implantaría? Interpreto que ese contexto cosmogónico apunta hacia el cuestionamiento pertinaz al orden impuesto a unos seres indefensos contra el poder supremo de un Dios Único. Me interesa destacar ese elemento religioso que se mantiene a lo largo de toda la obra, porque con la expulsión de Adán y Eva del Paraíso surgen los primeros sacrificios ofrecidos al Gran Creador en señal de sumisión, respeto, temor y alabanza. Todo parto es un hecho violento, todas las cosmogonías inscriben a la humanidad en un contexto de violencia. El Génesis muestra una brutalidad terrible manifestada en la ira de Dios; su maldición, los trabajos de Adán y Eva, y la muerte de Caín, entre otros sacrificios, convierten a la humanidad en heredera de un miasma ancestral que eternamente buscará vengarse de ese estigma horroroso.

A través de sus composiciones Aponte rememora el origen del mundo, las condiciones en las cuales surgió, las diferencias que separan a los débiles de los poderosos, al exiliado del terrateniente, a la víctima del agresor. El intelectual negro emprendió su lucha con los medios que sabía utilizar: los artísticos. La audacia y el movimiento que Aponte imprimió en las imágenes que conformaron sus múltiples escenarios, nos indican que él, como intelectual y hombre inmerso en un contexto violento, sabía muy bien que toda pugna presupone violencia y ésta es tan dinámica como el poder que jamás se detiene, porque si lo hace se diluye o es asimilado por el otro contendiente. La adquisición del poder siempre entraña una forma violenta y está ligada al rito, en el sentido de efectuar muchos actos para mantenerlo y aumentarlo.

Todos los seres humanos ostentan algún tipo de poder, desde el más nimio hasta el más imponente, por ejemplo, el detentado por los monarcas. En el ensayo de Juan Antonio Hernández hay indicadores señalando que el poder era uno de los objetivos de Aponte (aunque el investigador Stephan Palmié no comparte ese criterio). Hernández lo señala de la siguiente forma:

“Al declarar Chacón sobre un retrato contenido en el libro, el cual lleva una inscripción con el nombre de Aponte, a pesar de que ‘no hay semejanza entre la copia y el original’, se le pregunta al interrogado cómo sabe que se trata del retrato de Aponte. Chacón señala que Aponte lo expresó así ‘...advirtiendo que colocaba en el libro su retrato para que se supiese que era una persona eje [...] después en el día destinado a la revolución que se proyectaba lo encontrarían hecho Rey’ (p. 67)” (Hernández, 2007:32).

Si en Haití la rebelión tuvo éxito y formó dos reinos, también en Cuba podía ser victoriosa y Aponte pudo ser el líder de esa causa. La forma secreta de comunicarse con sus colaboradores fue el libro, del cual sólo él poseía la llave. Esa especie de registro de hechos fundamentales dentro del contexto religioso parte, significativamente, del Génesis, como acoté antes. Sin embargo, y siguiendo una idea planteada por Hernández, la inclusión de otros panteones religiosos hace suponer que el cristianismo no tenía una gran significación para Aponte, quien dirigió la mayor parte de sus pinturas hacia el Oriente. Es sintomático que la pintura número siete no esté destinada a representar el descanso del Señor, como señala la Biblia, sino que rompe abruptamente la secuencia que el artista había mantenido.

El cuadro número siete está dedicado al Nilo, río sagrado de Egipto que acuna en sus aguas la barca en la que remonta Osiris, dios de la agonía resucitado por Isis. Siete es el número que representa a esta diosa y sus atributos. Según Hani: “Osiris, identificado con el Agua del Nilo, se unía a Isis, identificada con la tierra, y la fecundaba”. El mito de estos dioses cuenta que, en una lucha por alcanzar el poder supremo, Set mató a su hermano Osiris, el dios reinante, y luego lo desmembró, esparciendo sus miembros por toda la tierra, pero la diosa buscó incansablemente cada parte del cuerpo de su esposo hasta que juntó todos los pedazos de ese cuerpo divino y le devolvió la vida. El triunfo del bien sobre el mal constituido por la avaricia de Set, instauró los misterios osíricos y los misterios isíacos, que luego fueron incorporados por el cristianismo para representar los misterios dolorosos de la Virgen María.

Es interesante resaltar la analogía que existe entre Osiris, el dios griego Dionisos y Jesucristo. Los tres han nacido dos veces, han cruzado los umbrales de la muerte y regresado con poderes divinos porque han sido purificados por el sacrificio. Por eso René Girard afirma: la violencia y lo sagrado son inseparables. (Girard, 1975:28). Me he detenido en este punto porque lo considero el eje axial que sostiene el discurso gráfico de Aponte. El hecho de que el Libro de pinturas esté construido por diversos materiales figurativos remite a la idea de un inmenso collage. En una composición de este tipo hay muchas líneas, bifurcaciones y marcas dispersas en el laberinto de cuadros que no dejan de evocar la fragmentación y el desmembramiento. Esas rayas que son puente y límite entre las imágenes se pueden interpretar como cicatrices, suturas o heridas aún abiertas que sólo pueden ser sanadas por las potencias divinas, en este caso por Isis, la Virgen María y la Virgen Negra de Regla. La relación entre Isis y la Virgen María la establece de manera muy concreta Jean Hani. Este helenista afirma:

“Son incontables las estatuas de épocas grecorromanas que representan a Isis con el niño en brazos y amamantándolo; la mayoría podría tomarse por imágenes de la Virgen con el niño, lo cual no tiene nada de asombroso, pues es seguro que estas estatuas sirvieron abundantemente de modelo a las representaciones de la Virgen María... Es evidente para todos los que han estudiado el problema, que la prodigiosa extensión del culto a Isis sirvió para preparar y favorecer el no menos prodigioso desarrollo del culto a la Virgen en los primeros siglos del cristianismo” (Hani, 1999:140-141).

El culto de lo femenino, aunado al elemento religioso, se va articulando mediante otros elementos, por ejemplo la figura del Preste Juan. Éste aparece en los cuadros ocho y nueve, siguiendo el estudio de Juan Antonio, las cuales muestran una batalla encabezada por el Preste Juan, personaje que encontraremos varias veces en el universo pictórico de Aponte. La batalla se desarrolla mientras el planeta Marte rige sobre el cielo astrológico, simbolizando al invencible dios de la guerra Ares, hecho que demuestra el conocimiento hermético que tenía Aponte. Eduardo Cirlot dice acerca de este dios inmortalizado en la figura del planeta Marte:

“En la concepción primitiva y de las culturas astrobiológicas, la creación sólo puede tener lugar por el ‘sacrificio primordial’; similarmente la conservación sólo se puede asegurar por el sacrificio y por la guerra... Marte perenniza y personifica esta necesidad de lo cruento, que se da en todos los órdenes cósmicos” (Cirlot, 2005:307).

Este concepto tiene una estrecha correspondencia con la tesis de René Girard, en cuanto al núcleo violento contenido en el elemento sagrado y cómo forma la médula del poder. El Preste Juan lucha para combatir aquello que no entra en el círculo de sus concepciones y representa una amenaza para el equilibrio del orden instaurado por él en Etiopía. Una alegoría del comercio y otra de la avaricia, se articulan en el engranaje que bordea el tema de la lucha, ¿peleará el Preste Juan contra la avaricia desatada por el comercio? La trata de esclavos ejecutó un desmembramiento cultural y etnológico que se extendió como una peste comercial por todo el mundo. Aponte padeció ese espanto que también sufrían los suyos, como artista debió poseer una gran sensibilidad que lo confrontaba con la crueldad del amo colonialista y, al mismo tiempo, le exigía una acción contra el mancillamiento de su raza.

No es extraño que invocara los favores de la Gran Madre, restauradora de cuerpos y reinos, portentosa diosa venerada en todo el mundo bajo diferentes formas: Concretamente es Isis quien ayuda al fiel a triunfar y a acceder al conocimiento, concediéndole la gracia (Hani, 1999:138-140). De esta forma, Isis, la Virgen María y la Virgen de Regla, van conformando el hilo que silenciosamente teje el argumento religioso que legitimiza y ampara la rebelión. Sin embargo, sería muy simplista creer que Aponte, siendo un hombre intelectual, sólo mantuviera una posición mística y pasiva de postración ante las diosas. Juan Antonio Hernández comenta en su ensayo la referencia hecha por José Luciano Franco con respecto a la masonería y su vínculo con José Antonio Aponte. No obstante, Hernández observa la falta de datos por parte de Franco para establecer un vínculo consistente entre el intelectual negro y la orden masónica.

Con respecto a este punto, creo pertinente acotar un dato curioso que comenta el investigador Jacques Huynen en su texto El enigma de las vírgenes negras. Huynen afirma que las vírgenes negras fueron reverenciadas, en principio, en cavernas, grutas y lugares muy ocultos. ¿Quiénes lo hacían? La ubicación estratégica de las imágenes indica que no toda la comunidad tenía acceso a esos ritos, por ello se infiere que sólo participaban iniciados en el misterioso ritual. En ciertas noches unas luces extrañas brotaban de las cercanías de los templos escondidos; éstas eran respondidas por otras fulguraciones igualmente recónditas. Este hecho indica que existía un código lumínico para llamar al ritual o para confirmar que no existía peligro de acercarse. ¿Por qué tanto misterio? Es muy probable que los acólitos se reunieran en esos santuarios, no sólo para hablar de temas alquímicos, pues sabemos que una regla de la alquimia establece el trabajo en parejas, que generalmente se aíslan. Tampoco es lógico imaginarlos entregados a la oración. Una de las posibles respuestas apunta hacia objetivos más pragmáticos: la discusión de problemas políticos y militares.

Es posible que el modesto taller de Aponte funcionara como un enclave donde una hermandad podía leer, en esos elementos oscuros, una suerte de bitácora que señalaba los caminos de la acción. El ensamble de metáforas repleto de escenas brutales también pudo ser el documento gráfico que demostraba cómo les fue arrebatada la libertad y ultrajados todos sus derechos; ello, es lícito pensarlo, les exigía reconquistarlos. En aquellos momentos el clima político estaba enrarecido por las cargas ideológicas de la revolución norteamericana, la revolución francesa y la revolución haitiana, contiendas que no podían pasar desapercibidas por los artistas e intelectuales. Ésta última, por su carácter de rebelión antiesclavista, ejerció un fuerte impacto en los escenarios coloniales de Cuba.

Las figuras de los personajes que protagonizaron las tres revoluciones mencionadas, alternando en los imaginarios políticos de África y de Grecia principalmente, demuestran que no existe gratuidad en los elementos y los temas planteados por Aponte. La batalla del Preste Juan, hijo de la reina de Saba y el rey Salomón que, para decirlo con Juan Antonio, instauró una dinastía salomónica en Etiopía, es un claro ejemplo de pugna contra la usurpación y la búsqueda de la restitución del poder. Según el análisis de Juan Antonio Hernández, la legendaria reina de Saba se unió al rey Salomón, estableciendo un sincretismo que se manifestó en la figura del hijo que nació de esa unión, a quien llamaron Menilek y posteriormente fue conocido como el Preste Juan.

La enigmática silueta de éste atraviesa los siglos y, heredero de los misteriosos poderes de sus padres, llevó hasta Etiopía el Arca de la Alianza, recibida de las manos de Salomón, e instauró la religión cristiana en el reino que su madre le había legado, es decir, en Etiopía. Surgen las inevitables interrogantes. ¿Por qué un rey joven y poderoso renegó de sus antiguos dioses e impuso al pueblo un solo Dios, extranjero para ellos, y una fe totalmente desconocida? ¿Nace la fe de una imposición real? ¿Creería realmente eso Aponte? ¿O sólo utilizó ese recurso que justificaba sus derechos como hijo de un Dios por quien pelearon los etíopes de piel oscura? Teniendo en cuenta la potestad que ejercía el cristianismo en casi todo el planeta, advierto un discurso de legitimación de la raza, y al Dios cristiano como un vehículo para acceder a la más alta cúspide del poder. Werner Jaeger, en Cristianismo primitivo y paideia griega, afirma: “Me temo que la Sagrada Escritura judía nunca hubiera sido traducida y la Septuaginta no habría nacido jamás, si no hubiera sido por las esperanzas de los griegos de Alejandría de encontrar en ellas el secreto de lo que, respetuosamente, llamaban la filosofía de los bárbaros. Tras esta aventura está la nueva idea de la humanidad una que la política de Alejandro propagó tras la conquista del Imperio persa” (Jaeger, 1998:48).

Esta idea planteada por Jaeger es fundamental por los valores implícitos que se traslapan en ella. Los filósofos griegos que provenían de una religión politeísta quedaron impresionados, por decirlo de alguna manera, con la idea de una religión monoteísta. Aunque la llamaron filosofía, muchos de ellos incursionaron en el conocimiento cristiano para descubrir que la unidad de causa y principio del Logos era Jesucristo. Alejandro Magno llevó a la práctica esa idea de unidad al intentar unificar el mundo en un solo imperio y, para decirlo con una de las máximas atribuidas a Hermes Trismegisto, como es arriba es abajo, es decir, si en los cielos sólo hay un Dios Supremo, es lógico suponer que también debe existir un solo rey omnipotente en la tierra.

El Preste Juan quizá sucumbió ante la idea de unidad como Alejandro, porque el Evangelio representaba la prueba de los designios divinos. De esta forma, el poder político quedaba legitimado por Dios. Por otra parte, los medios para acceder al poder que llevan implícitos los gérmenes de la violencia, se justifican y amparan en lo religioso. Sospecho que Aponte utilizó esa mezcolanza de religiosidad como una pantalla portátil, que al eliminarla descubriría los territorios cruentos de la guerra, el sacrificio, la muerte y la miseria humana. “A veces la violencia presenta a los hombres su faz terrible; multiplica locamente sus estragos; otras, por el contrario, se muestra con su rostro pacificador, vierte alrededor de ella los beneficios del sacrificio” (Girard, 1975:49).

A mi juicio, los referentes que surten los ricos decorados estéticos son mamparas que ocultan la angustia inenarrable de existir en un mundo regido por los intereses de un poder que nos rebasa, donde jamás conocemos nuestra procedencia ni el destino de nuestra partida final. El rito es necesario porque alivia, por eso las religiones se han convertido en el más fuerte eslabón que une a los seres humanos. El libro de Aponte muestra un sistema fragmentario y escurridizo que baña todo el mosaico cultural compuesto por el artista. La justicia con los brazos mutilados al lado de la Virgen de Regla es otra pintura donde las palabras son transvasadas en las imágenes que relatan la historia de órdenes ancestrales. La mutilación remite a una retórica del dolor, ¿estará allí la Virgen de Regla para aliviarlo o sólo para demostrar la imposibilidad de la Justicia en la manifestación de las leyes humanas? Es muy dificultoso dilucidarlo, porque en todas las composiciones hechas por Aponte, la relación entre el significante y el significado es heteróclita, y éste se convierte en una brecha que aleja cualquier interpretación de un sentido unívoco.

Hay una evidente transgresión del orden simbólico en el cuadro que representa a la Virgen Negra, ricamente ataviada e investida con todos los honores místicos que merece, y una estatua mutilada. La historiadora cubana Lidia Cabrera afirma que la Virgen de Regla es una de las representaciones de la Virgen María, quien ha aparecido en distintos tiempos y lugares como una Virgen Negra. El color de la piel de la Madre de Nuestro Señor se debe al origen preario de la divinidad; por tanto, el tono oscuro de la piel garantiza el principio femenino como Diosa Tierra. De esta manera, la Virgen María y la Virgen de Regla, son la misma divinidad, que a su vez fueron modeladas a partir de la diosa egipcia Isis. Según Lidia Cabrera, la Virgen de Regla en Cuba es una transposición de la diosa yoruba Yemayá, divinidad guerrera del Monte y diosa del mar, adorada por los esclavos africanos quienes mantuvieron su culto que se ha extendido hasta nuestros días.

Es interesante notar que los atributos de Yemayá son el agua, los cuernos de la luna en cuarto creciente, siete estrellas, el color azul y el plateado, un niño que simboliza la fertilidad y el número siete, exactamente los mismos atributos de Isis, que a su vez se asemejan a los de la Virgen María. En la composición de Aponte, esta diosa irrumpe mostrando con su magnificencia el poder del negro. ¿Acaso desea revelar que la justicia de Occidente es una entelequia? ¿Una Justicia minusválida? ¿Fue la poderosa guerrera Yemayá quién amputó los brazos de la Justicia de los hombres blancos? Una vez más nos encontramos frente al terror que inspira lo sagrado. No se distingue de dónde proviene la violencia porque ésta se mimetiza, diluye sus horizontes a través de su acción y se transforma en venganza. La venganza constituye una suerte de pharmakos social que alivia las tensiones de aquel o aquellos que han sufrido un agravio.

En nuestra cultura, después de la crisis sacrificial, se organizó una institución que se conoce con el nombre de sistema judicial. A este sistema se le concedió la autoridad para administrar la ley. “El sistema judicial aparta la amenaza de venganza, no la suprime: la limita efectivamente a una represalia única cuyo ejercicio se confía a una autoridad soberana y especializada en su dominio. Las decisiones de la autoridad judicial se afirman siempre como la última palabra de la venganza” (Girard, 1975:23).

En la mostración que hace José Antonio Aponte de los escenarios que han servido de fondo para que se desarrolle la historia de la humanidad, se puede apreciar la decadencia, los escombros del orden. A través de los fragmentos de las Siete Maravillas del Mundo, las guerras, la Justicia amputada, la muerte horrorosa de una pareja de blancos atados sobre maderos, y tantas otras en el amasijo de imágenes, se pone en escena la impiedad, la ruina, la mentira y la locura imperante. Pero el aparato ideológico del Estado asegura la lucha, los sueños y el trabajo. La Doctrina Cristiana legitimiza, mediante su Sagrada Palabra, la violencia que cae encima de los esclavos y de los marginados por un sistema hipócrita autorizado por lo sagrado. Aponte debió poseer una fuerte conciencia de ello, y plasmó el alcance de su visión en ese monumental libro que desliza su caudal subjetivo hacia un discurso enrumbado a objetivos más concretos. La imagen iconográfica no elimina la palabra, la reemplaza, la mimetiza en cada imagen que narra una historia.

Aponte se amparó en su gran conocimiento de la historia, la mitología, la filosofía y otros supuestos que han apuntalado tanto a las sociedades occidentales como a las orientales, para invocar la lucha y la liberación de su país. La inmensa biblioteca de Aponte, resguardada en la simbología que encierra su Libro de pinturas, recuerda la de don Francisco de Miranda; conviene revisar la pequeña selección que hizo Efraín Subero, en su texto Lo que leyó Miranda, para establecer una analogía entre las actividades intelectuales que esas lecturas suscitan. Insisto en leer en el Libro de Aponte un cuestionamiento a todos los valores de Occidente. La enmarañada galería de pinturas que fue fijando las láminas cada vez más intrincadas despedaza la estética canónica, la expone vulnerable ante el ataque de otro orden, de otros matices obsesivos y tan portátiles como las palabras registradas metódicamente en una enciclopedia o un cuadro figurativo realizado con las técnicas más refinadas. La erosión de la Justicia mutilada quedó profundamente plasmada en el proceso contra José Antonio Aponte; su ejecución fue la venganza de las autoridades por atentar contra las leyes que rigen los poderosos aparatos ideológicos. “Sólo el sistema judicial nunca vacila en golpear a la violencia en pleno corazón, porque dispone, en cuanto a la venganza, de un monopolio absoluto... El sistema judicial y el sacrificio ejercen, pues, a fin de cuentas, la misma función, pero el sistema judicial es infinitamente más eficaz. No puede existir sino asociado a un poder político verdaderamente fuerte. Como todo progreso técnico, constituye un arma de doble filo, de opresión tanto como de liberación” (Girard, 1975:32).

Aponte se convirtió en el chivo expiatorio, la víctima sacrificial de esa sociedad colonial cubana. Al igual que todos los héroes tuvo un fin trágico; sin embargo, dejó un testimonio que seguirá alimentando la imaginación artística, las investigaciones históricas y literarias, las especulaciones y miles de lecturas a través del tiempo. Aponte parece decirnos, con el Minotauro de Julio Cortázar: Cuando el último hueso se haya separado de la carne, y esté mi figura vuelta olvido naceré de verdad en mi reino incontable. Allí habitaré por siempre, como un hermano ausente y magnifico (Cortázar, 1995:70).

 

Bibliografía

  • Cirlot, Eduardo. Diccionario de símbolos. Ediciones Siruela. Madrid, España. 2005.
  • Cortázar, Julio. Los reyes. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, Argentina. 1995.
  • Girard, René. La violencia y lo sagrado. Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela. Caracas, Venezuela. 1975.
  • Hani, Jean. Mitos, ritos y símbolos: los caminos hacia lo invisible. Editorial Sophia Perennis. Barcelona, España. 1999.
  • Hernández, Juan Antonio. Hacia una historia de lo imposible: la Revolución Haitiana y el Libro de Pinturas de José Antonio Aponte. Caracas, 2007.
  • Huynen, Jacques. El enigma de las vírgenes negras. Editorial Plaza & Janes. Barcelona, España. 1997.
  • Jaeger, Werner. Cristianismo antiguo y paideia griega. Fondo de Cultura Económica. México, DF, 1998.
  • Subero, Efraín. Lo que leyó Miranda: lecturas escogidas. Talleres Tipográficos de Miguel Ángel García e Hijo. Caracas, Venezuela. 2001.