“Invencible” es la última palabra encontrada junto al punto final de la novela en la que Philip Roth ha exhalado una bocanada inconmensurable, un aliento del cielo capaz de atravesar la imponente Indian Hill, las apaleadas y cautivadoras calles de Newark, la conjura contra los judíos, el cuerpo y sus enfermedades, y nunca descender —porque sí, digámoslo, cuando hablamos del escritor norteamericano estamos aludiendo a un hombre que no necesita caer para adivinar que ya ha alcanzado su máxima altura—, pulsión que le ha valido una entrada triunfal dentro de un selecto grupo exiliado en la frontera de los que siempre han de volver y que ha llevado, a los que nos hemos quedado de este lado, a murmurar invadidos de emociones encontradas ante la última página de Némesis: invencible. Y mientras somos invadidos por la historia que nos cuenta Philip y nos narra Arnold y nos acerca a los lectores al señor Cantor y sus idas y venidas alrededor de dilemas milenarios, Roth lee en su casa de campo a Hawthorne, Melville, Dickens, Flaubert y compañía, a esos clásicos de los que él ya he entrado a formar parte y con los que ahora celebra y brinda por las trabajadoras de la estación Lowell, esas muchachas que luego de doce horas de extenuante trabajo salían a sus casas a escribir historias ambientadas en los paisajes que contemplaban en sus trayectos diarios del trabajo al hogar; por Frédéric Moreau, sus viajes a través de la decepción amorosa y las tribulaciones de la amistad y con ellas la vida en los cafetines del siglo diecinueve, la pérdida de la juventud y el inicio de una nueva vida que no termina de comenzar, la sorpresa en la inmediación del segundo anterior y el siguiente sin importar el estruendo de los cañones ni la proximidad de las tropas, y claro, su atinada manera de celebrar los fracasos entre risotadas; Philip Pirrip, sus hazañas y temprana caballerosidad en medio de la pobreza, la soledad y la esclavitud. La fiesta ha de seguir para Roth, lejos de las pantallas que lo han llevado a decir al mundo editorial: basta, pero también muy cerca de los lectores a los que ha dejado en sus obras un trance de incesantes sorpresas. (Cabe hacer un paréntesis y decir que la molestia de Roth frente a los mass media y demás ya había sido palpitada por Dickens cuando decía lo siguiente sobre la prensa norteamericana, casi dos siglos atrás: “Mientras la prensa escrita de América se encuentre en su abyecto estado actual, será imposible que la moral del país experimente mejora alguna. Año tras año se degradará; año tras año, la sensibilidad pública tenderá a bajar más y más”).1
Espoleado por el sentido del deber y de la vergüenza, Bucky Cantor ha de transitar por los extramuros de situaciones incomprensibles, dilemas insolubles, lugares inhóspitos contrastados con pequeños paraísos terrenales, eludiendo los torbellinos serpenteantes que llevaron a dos de las más recientes creaciones de Roth, el estudiante Marcus Messner y el actor Simon Axler, a un campo desolado, cimentado por conspiraciones institucionales y modelos decadentes. Pero verse perseguido por los problemas que ensombrecieron las vidas de Marcus y Simon no parece ser el centro de las preocupaciones del joven Cantor. Aun cuando la seriedad excesiva —casi mecánica— y la ausencia de humor parezcan ser los únicos gestos posibles en su rostro, la sorpresa y las preguntas desconcertantes son una constante en su cabeza. Puede comprender sin gran esfuerzo que una herencia compuesta por construcciones majestuosas y lingotes de oro no sea un privilegio sino una fuente de incesantes desgracias al haber sido concebida en sus inicios por una acción malhadada, pero no el porqué una maldición puede caer sobre una población laboriosa y poseedora de auténticos talentos en desarrollo. Su desconcierto se acentúa ante la carencia de un centro en sus problemas. Parece ser él el portador de esa némesis que estropea las ilusiones de los niños de diez y doce años y destruye a familias enteras. Tan pronto entra a hacer parte de un paisaje resplandeciente de alegría y cantos al cielo, éste se paraliza y ensombrece rápidamente. En lo que tarda un suspiro, las piernas que antes corrían alrededor de un estadio y las manos que antes empuñaban y movían una raqueta durante horas pasaban a ser ocupadas por pequeñas armaduras de hierro y toallas hirvientes; o, como también era frecuente, en una caja de madera. Su presencia significa la llegada de un invasor que se presenta a la puerta de casa en forma de flecha o carta para decirle al cuerpo petrificado: a partir de ahora debes jugarte las cartas de otra manera. Cómo ayudar y permanecer con los tuyos cuando eres el centro del problema, se pregunta Bucky Cantor. Cómo y cuándo ha perpetrado Bucky acciones que fueran en demérito de las futuras generaciones, nos pregunta Roth.
Hawthorne decía en La casa de los siete tejados: “La mejor solución para el sufriente es seguir adelante y dejar atrás ese pensamiento que una vez consideró su ruina más irreparable”;2 y es justamente esto lo que el señor Cantor no puede concebir, una vida lejos de las reflexiones sobre la enfermedad, y del sentirse rodeado por las almas de los chicos que educó, contagió y lloró. El simple acto de contemplar a los niños que juegan con fervor tenis, fútbol, y nadan durante horas, es un motivo para ver reflejos de los niños alcanzados por la polio, esos chicos talentosos que no pudieron salir más a la calle y que, en soledad, soportaron las inclemencias y los dolores de la enfermedad. Mientras afuera transcurría la vida, en una cuidad interna, la de los cientos de niños enfermos de polio atados a una cama, el día y la noche se confundían en un lugar ausente de tiempo para los enfermos.
Tal y como Roth nos tiene acostumbrados en las novelas en que aparece la imagen del aprendiz y del mentor, como son los casos de La visita al maestro y Me casé con un comunista, con los personajes de Nathan Zuckerman y I. E. Lonoff, y nuevamente Zuckerman con el profesor Murray Ringold, en las novelas mencionadas respectivamente, en Némesis hemos de contemplar un interesante diálogo entre Bucky Cantor y uno de sus ex alumnos, Arnold Mesnikoff —esta vez el encuentro reúne a dos hombres cargados de años y sombras grises—, y en él han de platicar infinitamente sobre los viejos temas que discurren en las miles de páginas que componen el universo Roth.
Notas
- Charles Dickens, Notas de América, Editorial B de Bolsillo, Pág. 371.
- Nathaniel Hawthorne, La casa de los siete tejados, Editorial Debolsillo, Pág. 336.