Ernesto Román Orozco
Poeta de oficio y vocación. Siempre, toda la vida ha estado ligado a la Sociedad Salón de Lectura Ateneo del Táchira, y más ahora que es el coordinador de Literatura de la institución, estando a su cargo la realización de todos los eventos literarios que se produzcan en ese recinto, incluida obviamente la Feria del Libro. A Ernesto Román Orozco lo podríamos describir como un entregado amante de la poesía, que la vive, la siente y por supuesto la escribe.
Un hombre muy complejo, contradictorio, visceral, imaginativo, que al hablar de sí mismo dice: “A veces pienso que el Ernesto Román que uno siente está lleno de pesadas sensibilidades que pesan muchísimo, que duelen a veces y eso lo conduce en muchas oportunidades a retirarse un poco, a andar cabizbajo y cuando levanta la cara, mal encarado. Como todo ser humano uno lleva compromisos con el pasado que a la larga van horadando internamente”.
Con seis libros publicados, una editorial llamada El Árbol Editores y cinco menciones de honor de las cuales dice bromeando: “Se cambian cinco menciones honoríficas por un primer premio”, Ernesto demuestra sin lugar a dudas incondicionalidad con la poesía. Dice no creer en la musa inspiradora que llega de improviso, sino en el trabajo constante, en el oficio, “me siento a escribir. Profundizo sobre mis lecturas, sobre vivencias que uno tiene a diario y uno metaforiza la vida y al darle una imagen poética, al tener una visión poética de la vida nace eso que se llama poema”. Cosa cierta que puede comprobarse cada vez que hay una lectura, pues en estas ocasiones siempre llega Ernesto con un nuevo texto para compartir.
Nacido en la zuliana ciudad de Cabimas, su infancia transcurrió entre esta ciudad y San Cristóbal, siendo ésta su continuo lugar de residencia desde hace más de veinte años y por lo cual su trabajo todo ha sido realizado allí, convirtiéndose por ello en poeta tachirense.
Emblema de la bohemia en San Cristóbal, Ernesto es un ferviente admirador de los boleros, que de paso los interpreta muy bien, tiene una bonita voz con la que en muchas oportunidades deleitó al público asistente a los famosos Café Concert del Ateneo, de hecho era prácticamente obligatorio que él cantara en esas lejanas noches de música y sentires que en el Ateneo, específicamente en su cafetín La Francia, nos reunía. Pero dada la profunda timidez de la que puede hacer gala en algunos momentos, había que esperar a que tuviera unas cuantas cervezas entre pecho y espalda para que se decidiera a tomar el micrófono y dejarse llevar por la emoción, el romanticismo, la pasión y cantar con todo el sentimiento esos hermosos boleros que se sabe de memoria. De esos tiempos comenta: “Esa fue una época del Ateneo muy bella, una época de la bohemia. De la verdadera bohemia. Que uno tampoco renuncia a eso, a tener una vida bohemia. Yo la tengo y la sostengo aunque hoy día sea difícil”.
Un ser muy interesante. Con mil aristas y facetas por descubrir. Que un día puede ser absolutamente doméstico, cocinando en su casa y junto a Dora, su compañera de vida, recibiendo la tarde de un sábado junto a una botella de whisky y en amena plática íntima con los amigos entrañables, y otro día estar sentado en el patio de ladrillos y cielo leyendo poesía. Recorriendo siempre el Ateneo, con el paso apurado, su miopía y un libro entre las manos. Formando la historia literaria del Táchira y de Venezuela.
Hombre de intensos contrastes internos. De profundos afectos. La familia es uno de sus pilares. Su padre y hermanos, luego de la poesía, son lo más importante para él. Con la nostalgia a cuestas por la partida de seres muy amados, como su madre cuando aún era muy niño y que es una profunda herida que aún duele en su corazón y más recientemente la pérdida de su querido hermano Miguelito. Piensa que “la vida sin una hermosa mujer al lado, unos buenos whiskies, unos buenos libros, unas buenas lecturas y por supuesto al lado de los hermanos que se ama, de la familia, no merece vivirse”.
Ser de una imaginación fértil, su mente se encuentra siempre produciendo imágenes, ideas, poemas, historias. Ernesto como digno representante de su signo escorpión es un hombre de sentimientos profundos, densos e intensos. Capaz de la mayor lealtad y desprendimiento pero también de profundos rencores y resentimientos. Sumamente nervioso está constantemente en movimiento y muchas veces podemos encontrarnos con que sus manos están temblando. Hay días en que su ánimo es alegre y hasta bromista aunque son los menos, la mayor parte del tiempo está inmerso en la nostalgia salpicada de tristeza. Los claroscuros de su personalidad son tan contundentes que hacen que las reacciones a su alrededor sean extremas: se le detesta o se le ama pero indiferencia ciertamente que no inspira. Quizás la frase que mejor pudiera describirlo es: visceralmente emocional y apasionado.
Considerado durante mucho tiempo un irreverente, no cree haber perdido esta característica; al contrario, opina que la canaliza: “Irreverencia no es hacer cualquier estupidez por hacerlo de manera espontánea. La irreverencia para mí es sinónimo de un hecho espontáneo pero inédito todo el tiempo pero inteligente. Un acto irreverente sin inteligencia, sin creación, se convierte simple y llanamente en la repetición de un simple hecho vulgar, grosero”. Y es que el tiempo ha ido dejando su huella en Ernesto, como en todos. Ahora más comedido y hasta ponderado, Ernesto no pierde el tiempo en irreverencias inconsecuentes; por el contrario, siempre está trabajando. Produciendo nuevos poemas. En el reciente tercer Festival Internacional de Poesía fue catalogado como poeta nacional, acertado reconocimiento para quien ha entregado su vida a la poesía.