Desde Caracas con amor
Llegué esta madrugada de Venezuela, después de un curioso viaje con escalas. Estaba en Caracas el lunes 22. Llamé a Laura Antillano a mediodía para decirle que pasaba a visitarla y fui al terminal de La Bandera en un autobús que tomé a tres cuadras del Hotel Metropol, en la Avenida del Ejército, con una maleta repleta de libros y un maletín rebosante. El tránsito en la bella Caracas es denso, caótico en ciertos sectores. Los taxistas no van al terminal por esta razón. Aprendí a movilizarme en el metro, uno de los propósitos de este viaje, pero me preocupaban el exceso de equipaje, las escaleras y el cambio de trenes entre tanta gente presurosa por llegar a compartir la Navidad con los suyos. El metro es una maravilla: limpio, rápido, barato y eficiente. Se puede atravesar la ciudad por sólo doscientos cincuenta bolívares. Significa que un tiquete para diez viajes vale menos de un dólar.
Salir de Caracas no fue tan complicado como pensaba: encontré autobús para Valencia al instante. Un trayecto de hora y media, por una carretera en perfectas condiciones y en su mayor parte de seis carriles, costó cuatro mil bolívares. En Colombia costaría el doble, sin tantos carriles, con huecos y peajes descarados. Es tan plácido el viaje, tan perfecto el pavimento, que a ratos me atreví a leer algunas páginas de la vida de Raymond Chandler. Me están dando ganas de volver a leer sus ocho novelas. Sobre todo El largo adiós, que ya va por la tercera lectura. Llegué a Valencia a eso de las cinco de la tarde, desde un teléfono público llamé a Laura, como habíamos acordado, y tuve que esperarla casi una hora.
Nos conocimos en Caracas hace diez años en un coloquio de literatura infantil y volvimos a vernos hace tres años en Cartagena durante el IBBY. Nos escribimos con alguna frecuencia. Me había invitado en varias ocasiones pero no se había presentado la oportunidad. Quiero decir, no tenía visa. Ahora puedo viajar por Venezuela durante todo un año.
Me asaltó cierto remordimiento cuando supe que Laura tuvo que atravesar la ciudad, que es inmensa, de largas y amplias avenidas, vestigios de la bonanza: debí tomar un taxi. Ha sido un lugar de paso para mucha gente porque es una ciudad industrial y universitaria. Me emocionó pensar en tanta gente noble, trabajadora y pujante, tan superior a sus gobernantes. La crisis económica en Venezuela es profunda y el país se encuentra visiblemente dividido entre chavistas y opositores. “Con Chávez manda el pueblo”, se lee en todas las paredes. “Chávez es el pueblo”. Por lo tanto, si es contra Chávez es contra el pueblo. No es un razonamiento mío sino una frase más de las paredes. La inmensa valla del presidente abrazando a una anciana se repite en las ciudades. Abrazar ancianos y alzar niños son gestos de todo político. Vi la Plaza de Bolívar repleta de simpatizantes del gobierno, con sus boinas rojas, con su música cubana. Vi gente que vende las imágenes de Chávez como si se tratara de un santo. Su propia madre cree que Dios envío a su hijo a remediar la situación. Los pobres se han ganado un espacio, es cierto, pero creo que Chávez los tiene engatusados con el cuento de la revolución. Sus opositores son considerados traidores de la patria. No perdona ni a las reinas. En este país de reinas y petróleo, los buques petroleros llevaban el nombre de las reinas de belleza que han obtenido títulos universales, y el camarada presidente cedió el honor a la amante y las sirvientas de Bolívar. Pilín León, Miss Mundo 1981, apoyó a los huelguistas hace un año y el nombre de su barco fue cambiado por el de la negra que amamantó a Bolívar. Bárbara Palacios, Miss Universo 1986, participó en las protestas de Miami contra Chávez, y
en la piel del buque petrolero fue destronada por la amante más famosa del Libertador, Manuelita Sáenz. El Maritza Sayalero y el Susana Duijm, bautizados en homenaje a las mujeres que fueron Miss Universo en 1979 y 1995, ahora son Luisa Cáceres, heroína de la guerra de Independencia, y Negra Hipólita, otra que amamantó al Libertador. Chávez debe creerse la reencarnación de Simón Bolívar o algo así. Lo imagino diciéndole a su imagen: “Chico, tú y yo somos grandes”. Egocéntrico, narcisista y rencoroso, modificó el nombre del país, que ahora se llama República Bolivariana de Venezuela, y él, por supuesto, su Primer Presidente. En alguna revista leí sobre sus gastos suntuosos, sobre el centenar de trajes a la medida, las camisas parisinas y otros trapitos que le cuestan al Estado 350.000 dólares anuales. Lo he visto en la televisión cuando esgrime el pequeño libro de la Constitución como si fuese el Papa con la Biblia o, peor aun, el culebrero con la canasta donde duerme Margarita.
En todo caso, el entusiasmo que Chávez despertó luego del golpe fallido a Carlos Andrés Pérez, cuando se lanzó como candidato, ya no es el mismo. He visto gente furiosa. El peso colombiano por primera vez vale más que un bolívar, el mismo que en mis tiempos de portero de discoteca valía diecisiete pesos. Hasta la basura valía la pena entonces. Uno, infeliz e indocumentado, rescataba ropa y electrodomésticos a medio usar mientras los venezolanos cambiaban de auto cada año y viajaban de compras a Miami. Fueron los ricos de Latinoamérica y ahora se están yendo a buscar la vida a otros países. Los que se quedaron se han lanzado a las calles a vivir del rebusque, entre mendigos y ladrones de bancos, autos destartalados y desechos. Uno vende pan en un auto que en Colombia sería considerado un lujo, otro saca sus postres o sus esculturas de madera. La invasión del espacio público con toda clase de negocios, desde el arreglo de uñas hasta la venta de música pirata, es aterradora. Los venezolanos ya no son aquellos que bebían el whisky con agua importada y que compraban doble porque, chico, está barato. Tampoco son la gente cursi y melodramática de las telenovelas y los detestables programas de humor. La televisión nos da una imagen falsa de la gente. Nos hace pensar que los peruanos son los comediantes feos que ventilan sus miserias íntimas en Laura en América, y los mexicanos, en realidad generosos y exuberantes, los pobrecitos de El Chavo del Ocho. Los venezolanos no son tan altos y rubios como las reinas que ganan todos los concursos de belleza. A esas mujeres las fabrican. En las calles hay mucha gente morena, conversadora y amable. Mujeres morenas, espigadas o no pero bellísimas, que no ganarán un concurso ni protagonizarán una telenovela, hacen que el viaje valg
a la pena. Recorrer las calles de Caracas es un regalo para los ojos. Seguí con devoción la sentencia que el buhonero escribió sobre su mercancía: Toque con los ojos. Pasearse por la playa de Caraballeda, más allá de Catia y Macuto, donde las parejas se besan con descaro, como dice la publicidad de la tarjeta de crédito, “no tiene precio”. La arena es terciopelo, las aguas verdes y las mujeres dulces.
Cuando nos detuvimos a tomar una limonada en El Carabobeño, donde contemplamos veinte pesebres preciosos y las antiguas máquinas del periódico que le da nombre al bar, y como adivinando mi pensamiento, Laura Antillano dijo: “Me gusta ver gente”. El fascinante paisaje humano. Vimos varias jóvenes parejas con su primer hijo. La vida se abre paso. Conversamos con la ilustradora Coralia López y su esposo, felices con su primogénito de tres meses. Le pregunté a Laura por el origen de su escritura. Su padre fue periodista, y su madre, mujer de notable belleza, pintora e ilustradora. Su destino era obvio. Ahora que se jubiló, dicta algunos cursos de postgrado, escribe y dirige La Letra Voladora, su sueño más particular durante veinte años. Cuando salíamos de El Carabobeño, me señaló con regocijo de propietaria el apartamento al que se está trasteando con una lentitud que entiendo perfectamente. Dejará los talleres en su casa y escribirá en el apartamento. Está seleccionando libros y pinturas. Me fascinó su casa de Naguanagua, amplia, ventilada y laberíntica. Además es verde y preciosa, todo un museo, con un mango en el patio. Laura escribió treinta libros, concibió dos hijos y sembró el gigantesco mango que engalana el patio. Hasta el momento. El varón, de unos veintitrés años, vive en Maracay y la visita de cuando en cuando. La niña, de once años, vive con ella. Hay versos en las paredes. Se nota que la anfitriona es una persona muy querida por la gente. Comimos hallacas, el plato navideño del país, unos envueltos en hojas de plátano, con aceitunas y abundante carne, parecidos a los tamales de Colombia, y conversamos hasta tarde. Le regalé cinco de mis libros y me dedicó algunos de los suyos: Solitaria solidari
a, Perfume de gardenia, Dime si adentro de ti no oyes tu corazón partir yLas aguas tenían reflejos de plata. Laura precisó la situación con una frase simpática: “Nos estamos cayendo a libro”.
El martes 23, ayer, nos levantamos temprano. Me dejaron en el terminal de Valencia, y siguieron hacia el aeropuerto. Laura y sus hijos pasarán la Navidad en Margarita, isla venezolana famosa por sus playas y placer pendiente en mi agenda. A las nueve de la mañana saqué un tiquete para las diez, pero a las once todavía no había llegado el autobús. Luego me informaron que se había accidentado y me devolvieron el dinero: veintisiete mil bolívares, que equivalen a unos diez dólares. Me aconsejaron que viajara a Barinas porque allí era más fácil encontrar transporte para San Cristóbal, y así lo hice. El trayecto de cinco horas y media costó once mil bolívares. El conductor no apagó la radio un solo minuto. Sin compasión nos aporreó con vallenatos y joropos. Entre acordeones insoportables, arpas desesperantes y la publicidad leída por el presentador, casi enloquezco. Con voz aterciopelada, el hombre sin rostro nos dijo una y otra vez que habían cambiado la fecha del sorteo de la televisora de Socopó y enumeró diez premios, nos dijo que en tal restaurante de Socopó preparan las mejores carnes, nos dijo que tal panadería de Socopó es la mejor, pero nadie se detuvo en Socopó. A propósito, las hormigas habían invadido el pan que llevaba en el maletín. Siempre viajo con pan y Coca-Cola, así engatuso el hambre en caso de una varada. Las atrapé una por una, tajada tras tajada, y las fui destripando. El compañero de silla, testigo del exterminio, resultó un buen conversador. Venía de lejos, de Santa Helena, cerca de la frontera con Brasil. Se acababa de despedir de su mujer, que, embarazada, había decidido visitar a sus padres. Hace cuatro años que no los ve, desde cuando el hombre se la robó. La muchacha era estudiante en
tonces y se fue con lo que tenía puesto. Preparará el ambiente para la visita del marido. Quise saber si estaba nervioso y me preguntó, sonriendo, qué podían hacer. No es rico pero vive bien. Aunque no ha llegado a los cuarenta, tiene una pensión del ejército: un millón doscientos mil bolívares al mes. Es el salario de casi cuatro obreros. No entendí muy bien el cuento: el hombre tuvo algo que ver con el golpe de Chávez y hubiera podido reincorporarse al ejército, pero prefirió dedicarse a la joyería. Tiene casa propia en Santa Helena. No me hizo ninguna pregunta y respondió todas las mías. Por la ventanilla me señaló la dirección del pueblo donde nació el presidente Chávez. Olvidé el nombre.
No tuve tiempo de recorrer Barinas. Me asustó la perspectiva de pasar Navidad en una pensión de mala muerte. Como estábamos en pleno llano, no pude hacerme una idea de la ciudad. Tal vez vuelva a pasar por aquí, tal vez la amistad o el amor me conduzcan a esculcar sus secretos. Que los dioses sean benignos.
De Barinas a San Cristóbal me cobraron diez mil bolívares. Nubes, cemento en línea recta, árboles a lado y lado, fue todo el espectáculo hasta que oscureció. El compañero de silla en este trayecto, un muchacho hosco, con pinta de loco y la oreja pegada a un pequeño radio, me preguntó la hora en tres ocasiones. No entablamos conversación. Llegué casi a medianoche y sin tropiezos a San Cristóbal, donde fui herrero y portero de discoteca durante mi adolescencia, y en seguida continué hacia Cúcuta: cuatro mil quinientos bolívares por una hora y cuarto de viaje. Nos detuvimos a comer cualquier cosa en una tienda y vi un automóvil cargado con la cerveza venezolana que los colombianos se beberán en estas fiestas. Mientras existan fronteras, el contrabando será inevitable. No nos revisaron el equipaje ni nos solicitaron documentos en ninguno de los dos puestos fronterizos. Un guardia colombiano insultaba a tres transeúntes. Lo vi empujar a uno de ellos. Me quedé varado en el terminal de Cúcuta porque sólo había transporte para Bucaramanga. Creo que cobraban veinticinco mil pesos. Me acomodé en un escaño y vi una espantosa película en uno de esos televisores que cuelgan a cuatro metros de altura. Terminé con el cuello adolorido. Vagos y otros pasajeros varados me hacían compañía. Uno de ellos me dejó a cuidar su equipaje mientras iba al baño, un favor que detesto hacer. Me acordé del poeta que encargó su bicicleta durante horas en el mercado de las pulgas de Bogotá. Cuando al fin apareció, le dije, furioso, que no había recorrido quinientos kilómetros para cuidar un pinche aparato. El pasajero varado, por suerte, resolvió su afán en cuestión de minutos. Le recomendé que no le confiara el equ
ipaje a nadie. En su ausencia pude salir del terminal y tomar un taxi. Pude pasar el resto de noche en un hotel, esculcar el equipaje ajeno y continuar mi viaje un par de horas más tarde. Se lo dije y replicó que me había visto la cara. Me hizo reír su respuesta. No se me ocurrió preguntarle: “Cara de qué”. Cuando me di cuenta que traía la hora venezolana y que para amanecer faltaba más de lo que pensaba, intenté reanudar el viaje. Después de las tres de la mañana encontré un autobús con destino a Bucaramanga. Le faltaba un pasajero. El conductor accedió a traerme a Pamplona sin sobreprecio: ocho mil pesos. Setenta y cinco kilómetros, hora y cuarto de viaje. Llegué a eso de las cuatro y media a los dominios de la niebla. Tomé un pirata para venir a casa, pues en esta ciudad los taxis legales no trabajan de noche. Todo estaba bien. Todo en orden. Los perros ladraron al oler mi presencia pero no subí a la azotea a saludarlos. Deshice la maleta y me preparé el desayuno.
Pamplona, 24 de diciembre de 2003.