Cuando todo es promesa
Diana murió ahogada. René me dio la terrible noticia ayer, mientras caminábamos hacia el taller de mecánica. Escuchó donde los Vera que se había ahogado una niña en Arauca, hizo la relación y concluyó que era una de las hijas de Amparo Ruiz. Sentí que me derribaban, que me desgarraban por dentro. De la incredulidad pasé al espanto. El 12 de diciembre, hace como tres semanas, les tomé fotografías en mi casa, a ella y a su hermano Jonathan, y nos divertimos muchísimo. Se fue la luz y seguimos tomando fotos a ciegas. En la pantalla de la cámara comprobábamos con asombro que eran buenas. Encendimos unas velas y tomamos otras fotos sin flash, muy curiosas y, sin saberlo, premonitorias. Dicen que soy su papá falso. Es una broma que mantenemos desde hace años. En realidad, ninguno de los tres hijos de Amparo tiene papá. Ni Carolina ni Diana ni Jonathan. Amparo hace milagros para sacar esos niños adelante. Hemos mantenido una amistad con mucho juego, con mucha alegría, aunque nunca he sido el marido de Amparo ni el padre que los niños necesitan, sólo alguien que pasa a visitarlos y que de cuando en cuando los sorprende con un plato de espaguetis. Hemos hecho batallas de almohadas hasta desbaratar la cama y nos hemos burlado uno del otro hasta retorcernos de risa en el piso.
Recostado contra la pared, acosé a René a preguntas y sentí la urgencia de comprobar la noticia. Aunque la información resultaba concreta, precisa y apabullante, me aferré a una leve esperanza. Después de reclamar el carro en el taller, fui a la casa de Amparo con René y Alejandra, a la orilla del famoso río Pamplonita, frente al Colegio Provincial, pero no encontré a nadie. Subí a la casa de la abuela, en Brighton, y me bastó ver el rostro de Carolina para confirmar la verdad. “¿Y Diana?”, dije. “Mi hermanita está con los ángeles”, dijo, y nos abrazamos llorando. Luego se nos unió Jonathan. Su madre apareció al instante y nos contempló con una inmensa desolación, como si de súbito le hubiesen caído diez años encima. Diana cumpliría quince años en dos meses y su madre pensaba hacerle una fiesta.
Alguna vez le comentó a su madre que era una suerte contar con tres hijos por si alguno se moría, y le preguntó qué haría si ella se moría. Amparo replicó que se volvería loca y que dejara de decir bobadas. “No, mamá, le quedan dos hijos”, replicó Diana, dando entender que Carolina y Jonathan requerían de su amor y cuidados. Como a todos, le intrigaba la muerte. Se preguntaba si el muerto podía darse cuenta de lo que estaba pasando en la vida.
Todo es promesa con una niña en flor. “Ni siquiera tenía novio”, precisó Amparo. Le daba asco imaginar darle un beso a un desconocido. Alguna vez los llevé en el Lada a Cúcuta. Uno por uno, después de cantar todo el camino, Amparo y yo los dejamos en distintos sitios para que pasaran las vacaciones. Todo salió bien entonces.
Pero nadie tiene una bola de cristal para ver los pasos que deben evitarse. Los tíos de Diana los invitaron a todos a pasar vacaciones en Arauca, y el primero de enero hicieron el típico paseo de olla a la orilla del río. “Es el peor golpe que he recibido”, dijo Amparo. En los últimos cinco o seis años han asesinado a tres de sus hermanos. He estado cerca en los dos últimos duelos pero, como no conocía a los finados, el dolor no me alcanzó del todo. Con Diana es distinto. Nos teníamos un inmenso afecto. Una vez me dijo que me estaba empequeñeciendo, y su madre le explicó: “Boba, es que usted está creciendo”. Se espigaba como palmera y se había puesto tan bonita. Detalles que no son más que sal en la herida recién abierta. La última vez que nos vimos, cuando tomamos las fotos, medio en serio, medio en broma, le reclamé su alejamiento, y entonces dijo que me quería. No
habíamos peleado pero sentí que nos reconciliábamos. Esa mañana me había encontrado con Jonathan en la calle y le había dicho que pasara por la casa. Apareció cuando René y yo salíamos a cumplir una diligencia. Le pedí que volviera al rato. Entonces Diana decidió acompañarlo. Se arregló a escondidas y se le pegó al hermano. Aunque nadie lo sabía, la niña había venido a despedirse. “¿Cuándo va?”, me preguntó al final de la visita. Le dije que viajaría a Caracas y luego pasaría a visitarlos. Pasé una vez después del viaje y no encontré a nadie. No sabía que andaban de viaje. “El agua nos llegaba hasta por aquí”, dijo Amparo, señalando la mitad del muslo. Estaban en un paraje del río Arauca denominado Los Pechos. Contra las advertencias, Diana se alejó y debió disfrutar la levedad de su cuerpo hasta cuando fue demasiado tarde. Los tres, la madre y los hermanos, la vieron ahogarse. El río se la llevó sin que pudieran hacer nada. Amparo vio la mano de su hija que se hundía en el agua. “El tiempo no pasa”, dijo Amparo con propiedad. Quiso arrojarse a las aguas y que luego encontraran su cadáver junto a la niña. La atajaron a tiempo. Según entiendo, otra niña estuvo a punto de ahogarse. Alguien la atrapó por los cabellos, pero Diana no tuvo esa suerte. La otra niña dice que sintió que la mano de Diana la rozaba con suavidad. No la encontraron en el resto de la tarde. Les dijeron que debían esperar veinticuatro horas para que el cuerpo flotara. Y así fue. La encontraron con el rostro comido por los peces. Viajaron con el cadáver esa misma noche. Llegaron a los dominios de la niebla a las cuatro de la madrugada y le dieron sepultura en la tarde.
Pamplona, 4 de enero de 2004