Allende las piedras y demás sinos

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

1.

Allende las piedras y demás sinos

Las piedras se van disolviendo en la mirada de estiércol de las aguas. Allegancia de las horas a su paso por las riberas que se despojan de leños. Reconditeces de la verde espesura en su huida hacia elevaciones de tierra exaltada.

El cielo prosigue a lo largo de sus barandas y luego cae en lontananza con un estrépito de óxidos.

 

2.

Allende las piedras y demás sinos

Anidaron las piedras en lo frágil del terreno, doquiera la bosta se llenaba de presentimientos de moscas. La ventisca desconocía los métodos con los cuales se podía atrapar el permanente sosiego.

El polvo inexistente doblegó los quehaceres del equilibrio y, hastiado de la aventura, recogió las cortinas que vulneraban la libertad del paisaje.

¿Cuándo se acumuló el abono que sublimó y contagió de incertidumbre a la preñada ceniza de la senda? ¿Por qué una herida despuntó en el movimiento de los peces que migraban de tempranía?

 

3.

Allende las piedras y demás sinos

Presencia de peñascos y atardeceres. Lo límpido del espacio será irrepetible. Un calofrío parece experiencia de un relámpago casi humano. Crispación y hallazgo y estallido insobornable. Se retuerce un alcance de matorral.

Trashuman manchas y en el residuo de sus silencios cintilan alfombras de colgajos de paja.

Ocultos, los guijarros causan escozores, aguijones para los huecos de la memoria. Si ellos se erigieran en imperfectas almenas sobrarían guardianes para su oprobio. Los avatares se enjutarían.

Agonizan los residuos de los colores clandestinos. Su entereza nunca hizo hincapié.

 

4.

Allende las piedras y demás sinos

El aire hirsuto arrastró sus estacas, sus derrumbes de sombras y formas. Allá aparecieron andrajos y pruebas de medicamentos desechados. El agua se movilizó para escarbar en el regazo de los terrones pisados por el desafuero. Ya ningún animal decente se avecindó en aquel contorno.

¿Un espejismo de jardín quedaría grabado en las pupilas de los insectos reflejados en lo celeste? ¿O los poros, tenaces, inquisitivos, de las laderas tramarían un ardid que los ubicara como únicos testigos de la previsible inundación?

 

5.

Allende las piedras y demás sinos

Un semillero fue organizado por garzas para que el alba futura florezca de cualquier modo. A los impulsos pétreos vecinos los exprimen cangrejos en su exigüidad y así retrasan el quebrantamiento de las tardes.

El más inaudible trueno asciende desde la roca mimetizada en barro y se transforma, de súbito, en un puente sin orillas, pero con un rebaño de huellas.

Observamos el sitio desde donde comenzamos a mutar. Las esencias líticas de la excursión nos pigmentan con holgura. Porque sí, nos abultamos, de pie, regnícolas.

 

6.

Allende las piedras y demás sinos

Por todas las razones: hay corrientes contra el caos y repercuten sobre el pasmo de los días. El emulador de las brisas, el rastro elocuente, los vetustos desguaces del porvenir.

Tan arcaico como el lodo son los charcos que regalan los verdes para las suturas de los árboles. Unas vacas pastaban y más tarde huían del ruido audaz de sus estómagos, especialmente del cuajar.

Se alzaron los ramilletes de tábanos. Se llevaron las anécdotas hacia los derroteros que exigían más enigmas.

La visión estorbaba el puro instinto. Un rapto de pradera improvisada.

 

7.

Allende las piedras y demás sinos

Las maniobras de las grietas de las rocas cultivan sus yerbas párvulas. El rumor de la abocetada bruma explora el interior de todas las campanas vegetales.

El descalabro de la corriente va empujando con sus remos de azotes. Bajo un utópico rescoldo una extraviada estrella diurna se guarece del hambre de la intemperie.

De esta manera, el sol que explicita turgencias no evita sus servicios, ni raciona su estación de bagazos.

El fémur de un caminante soporta la estaca que el légamo designa y, de extremo a extremo, hace pasar una ventolera ígnea y sin prurito.

 

8.

Allende las piedras y demás sinos

Las aguas despidientes, ¿pronosticarán murallas adelantadas al acoso de los peces que controlan las riadas? ¿Después de cuántas volteretas? Jamás lo sabremos con certeza, pero procuramos intuirlo.

Se humedecen las orillas y esto equivale a una limpieza. Las piedras surtidores son y crispan las redes de vidrio. Un grillo se agrieta. Un ave abanica su pozuelo y nada le dice.

El río padece la gula y prefiere los huesos que se sacrifican anónimos. En la víspera, horada una garúa y se resiente en su mosto de materia rodante.

Siempre como una distancia las piedras emigran en el olvido pasajero y lanzan, a hurtadillas, la entereza de sus úlceras.

 

9.

Allende las piedras y demás sinos

Ni un solo remedo de barquichuela recorrió la corriente desecada. El tiempo se había arremansado, contagiado de senectud y anclado en el suceso reverdecido y frágil.

Las aguas ya no fluían con su goce inexorable y debían lamer la fisonomía de los musgos. Su mandato iba a la zaga de la crispación echada y vegetal.

Desaparecieron las espumas rebeldes que se desplazaban sobre balsas que, hoscas, curtían las riberas de tajos bestiales.

La hartura, la vastedad, el regusto por los superficiales laberintos, todo fue coleccionable. Las piedras se inmolaron y en un último banquete se tragaron las aguas y cayeron, sin apelación, en el engranaje del destino.

 

10.

Allende las piedras y demás sinos

Del pedregal salió la enseñanza: las chispas se descuelgan y en un vapor verdoso y compacto fijan la delitescencia. Sin declive y sin pretensión, las piedras hallan el ofuscado pálpito que les duele.

La litolatría aparece tras el derribo de los muros. Los hitos sáxeos comunican a las lluvias con las despensas de las montañas. Se desparraman las diafanidades.

Algo aprendieron los ojos del efecto de una pedrada: la maravilla se torna destello hacia adentro y persiste, saxátil. También se posa en un plano irregular la arena más amolada.

Esencial cumplimiento. La molicie y los falsos abrojos logran de la tierra un albergue para un adoptivo riachuelo. De añicos se estructura la herencia. Cabal palidez.

 

11.

Allende las piedras y demás sinos

El hueco a través del cual penetran las soleadas rocas se orea y distribuye unos glifos que se desperdician, errátiles. La lejanía se envuelve, terregosa, en su sudario prestado. La juntura con el horizonte descarga un recuento de fósiles.

En pos de un azar, las aguas olfatean un poco de luz dentro de las burbujas. Acurrucando estupores, escinden los cauces que, por ser simultáneos, irradian un remolino de bríos.

Los orificios de las raíces presentidas concretan su ansiedad en un escorzo de ingravidez y transfiguración.

 

12.

Allende las piedras y demás sinos

La amarillura de la piedra le viene de su traslado fortuito al lugar donde concurren los detritus y se intersectan las alucinantes pajas. (La arenilla protegía su corazón con una concha, cuyo nombre podemos obviar y encogernos de hombros).

Los frutos de la casualidad se moldean a golpes de intervalos. El ámbito propuesto resulta tenaz. Cualquier correntada repentina trastornaba el orden, por demás inexacto y ansioso.

La luz era capaz de amoldarse a una breve concavidad. Allí se subvertía en charquito y traía la codicia al hábitat de la piedra gualda. El fondo de los detritus se agitaba y una veracidad de clorofila pugnaba por asirse a las ráfagas etéreas.

De vivir en las cercanías mayores esplendores, las hojas secas adquirirían las alas y su enardecida brújula que galopa con el calor.