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Blancas eran y suavesBlancas eran y suaves

Ilustración: Clímaco Guevara

(a Pedro Holder)

Mi abuela ya estaba harta de las ratas. Le comían las mazorcas de maíz que colgaban de un gancho en la cocina, el sebo con el que embadurnaba el budare donde se asaban las arepas; roían los libros prohibidos y las frutas escondidos por el abuelo en una improvisada alacena con cerradura; rompían a dentelladas los vestidos...

No sé quién le sugirió a la abuela que adquiriese una pareja de ratas blancas. Según la conseja, las ratas blancas eran enemigas mortales de las negras y las grises y como se desarrollaban más fuertes que éstas, pronto las devorarían.

El par de grandes ratas blancas no tardó en llegar a la casa. Venían dentro de una jaula. La hembra, a simple vista, manifestaba su preciosura; su suave pelaje brillaba aun en la oscuridad. El macho era un poco mayor en tamaño que la hembra, pero su aspecto resultaba algo desagradable, aunado a su larga cola sin pelos.

Durante el día, las ratas blancas permanecieron dentro de la jaula. Sólo se les dio un poco de arroz cocido y agua. Antes de acostarnos, la abuela abrió la puerta de la jaula y nos retiramos a dormir. Al rato, se escuchó un agudo chillido y el ruido de pelea de roedores en la cocina. Yo quise levantarme a observar, mas la abuela, temerosa de que me ocurriese algún percance, me lo impidió. Me quedé despierto, frotándome las manos de la emoción, al pensar cuál sería el resultado de aquella pelea, extraordinaria para mí.

A la mañana siguiente, aunque apenas el sol se insinuaba sobre los tejados, mi abuela me despertó para que fuese a la cocina con ella a echar una ojeada. Las dos ratas blancas dormían plácidamente en el interior de la jaula y alrededor de ésta, unas tres o cuatro ratas grises estaban a medio comer. Mi abuela me miró a la cara y apretó mi hombro como diciéndome: “¡Ya ves que sí son eficaces y buenas cazadoras!”.

Poco a poco, las ratas negras y grises fueron disminuyendo en número y, por ende, los estragos que otrora causaban también decrecieron. Finalmente, al cabo de unas tres semanas, la casa quedó limpia de ratas dañinas. Pronto la pareja de ratas blancas se sintió a sus anchas en la vivienda y todos las mimábamos. A veces, la abuela se llevaba consigo a la cama a la hembra y dormía con ella metida en su regazo.

Un mes más tarde, encontramos la jaula llena de ratoncitos: una camada rosada compuesta de ocho criaturas. La abuela no cabía en sí de gozo y agradecimiento. Aumentó la ración de comida que suministraba a las ratas y en un corto tiempo, aquella familia de roedores, fuerte y lozana, se convirtió en el orgullo de la abuela y así se lo expresaba a los incrédulos vecinos.

Al atardecer de un domingo, encendí la radio y por casualidad escuché, en un programa de sucesos insólitos, que en una pequeña ciudad de Guatemala sufrían una invasión de ratas negras y feroces, las cuales atacaban hasta los gatos. La gente dejó de ir al cine, porque en plena función aparecían cientos de ratas encima de la pantalla y las personas huían despavoridas. Un extranjero le propuso al alcalde que importase ratas blancas para que eliminase a la plaga. Así se hizo y al principio el método funcionó. Pero en un breve lapso de tiempo las ratas blancas se cruzaron con las negras y dieron origen a una generación de enormes y sanguinarias ratas grises. Aquella localidad guatemalteca debió ser abandonada y desde entonces las ratas gobiernan allí.

Le narré a la abuela lo oído en la radio y ella se asustó muchísimo. Miró hacia la jaula de las ratas blancas y en sus ojos se manifestó una evidente desconfianza.

Al otro día, descubrimos que las ratas blancas no estaban en la jaula. Las buscamos por todos los rincones y no dimos con ellas. La abuela respiró aliviada porque suponía que las ratas se habían marchado por su cuenta.

La abuela criaba muchas magníficas gallinas ponedoras. Ella comenzó a notar que cada día le faltaba una gallina. Montó una cacería nocturna y descubrió que las ratas blancas habían construido una madriguera al borde del gallinero. El macho salía a media noche y, sigiloso, trepaba a donde estaban dormidas las gallinas. Seleccionaba la más gorda y la atrapaba por el pescuezo. Luego la arrastraba hasta la boca de la madriguera y entre todas las ratas la despedazaban sin dejar rastro.

De inmediato, la abuela puso a hervir una gran olla de agua. Yo la ayudé a bajarla del fogón y arrojar su hirviente contenido por la abertura del escondrijo de las ratas. Se escuchó un chillido tenaz y colectivo. Un hedor a pelambre quemada se esparció por el patio. Para nuestra sorpresa, emergió viva del agujero la todavía hermosa rata hembra. Se quedó mirando a la abuela con ojos suplicantes. La abuela agarró una pala y le aplastó la cabeza. En seguida, dijo: “¡Para que no pase lo mismo que en Guatemala!”.