La bruma se apoderó, de improviso, de la ciudad capital durante ocho días. Ocho días en los cuales se suscitaron extraordinarios acontecimientos que alteraron las percepciones de los habitantes. La bruma era inusualmente espesa, de un color grisáceo. Se podía absorber por la nariz, por los ojos y por los poros; se la podía empujar, pero casi no se movía. Los perros fueron los primeros en darse cuenta de su avance, mas sus ladridos quedaron anulados y ellos debieron ocultarse para no ser aniquilados.
Numerosos aviones se extraviaron dentro de la bruma y nunca más se supo de ellos, ni de la tripulación, ni de los pasajeros. Incluso las aeronaves detenidas en tierra sufrieron evidentes deterioros en su estructura y en los sistemas de navegación. Los radares de la torre de control del aeropuerto comenzaron a girar al revés, con una incrementada velocidad. Las alarmas se activaban en cualquier momento y el personal del aeropuerto corría de un lado para otro sin saber qué hacer.
En la ciudad los vehículos se atascaron. Extensas colas de automóviles se formaron aledañas a las intersecciones de las vías principales. Los conductores, atemorizados por la amenazante bruma, descendían de sus vehículos y cuando pretendían volver a introducirse en ellos, éstos se habían ablandado de repente por la acción de un óxido de origen desconocido. La gente apiñada entró en pánico y en desbandada se atropelló. Quien caía era aplastado por miles de pies. La bruma ayudaba a desfigurar aun más los rostros de los que trataban de escapar.
Los gorriones y las palomas comprendieron muy rápido que no debían volar. Sin embargo, otros pájaros o aves migratorias emprendieron temerarios vuelos a través de la bruma. Al rato, descendían las plumas y parte de los esqueletos. Los niños lloraban sin cesar. Sus padres no lograban calmarlos. La ciudad toda era un caos insonoro. La bruma había anulado los ruidos. Sólo se escuchaba el apagado fragor de la bruma movilizándose a su antojo por doquiera. Las ropas que estaban colgadas en los balcones para que se secaran, se pudrieron en cuestión de horas. Sus dueños las vieron desprenderse a pedazos frente a sus ojos atónitos y sin respuesta.
(Un loco se sentó en una acera. Vestía uniforme militar negro, incluida una sucia gorra. Sus zapatos deportivos todavía tenían atisbos de blancura. Contemplaba desde su sitio el desplazamiento de la bruma. Se frotaba las manos y luego bajaba la cabeza. Así, miraba de reojo, se sonreía con malicia y se ponía a contar con los dedos. Los pocos transeúntes lo veían e intuían que el loco sabía en cuántos días se disiparía la bruma. El loco permaneció sentado desde las siete de la mañana hasta las once de la noche. Posteriormente desapareció y únicamente quedó encima de la calzada la gorra desprendida involuntariamente de su cabeza).
Los objetos que más sufrieron alteraciones por la bruma fueron los relojes. Algunos se detenían bruscamente y volvían a marchar de madrugada. Indicaban horas de remotas zonas ubicadas a miles de kilómetros de distancia. Mi reloj pulsera se detuvo a las diez y media de la mañana del primer día de bruma y ya no funcionó más. Me lo quité por precaución. De noche lo veía brillar sobre la repisa donde lo deposité y experimentaba confusos pensamientos acerca de la maléfica influencia de la bruma. Creo que el tiempo también se detuvo. O marchaba con ondas diferentes. En todo caso, el existir se contrajo.
La bruma se concentraba, de preferencia, en aquellos lugares poblados por grandes cantidades de árboles: parques o inmensos jardines. Parecía dividirse por trozos que rodeaban a cada árbol y luego lo levantaban varios centímetros del suelo. Por instantes creo que llegué a ver las raíces de los árboles moviéndose como serpientes, mientras flotaban los troncos. Los insectos del subsuelo optaban por camuflarse entre los terrones desprendidos. Por increíble que parezca, poderosos rayos de sol se abrían camino desde las alturas y lograban separar por breves instantes la materia compacta de la bruma, infundiéndole una claridad que podría denominarse “fantasmal o etérea”.
Al tercer día de la aparición de la bruma ya hubo gente que comenzó a referirse a ella como “una entidad autónoma”, dispuesta a permanecer en la ciudad por un infinito periodo de tiempo. Para demostrar su poder la bruma gravitaba sobre los lagos y los canales y se fusionaba con el agua hasta el nivel de congelación. Cortinas de hielo, semejantes a la aurora boreal, batían las orillas y derribaban a los curiosos intrépidos. “La entidad autónoma”, a decir de los sabios, se complacía en esas maldades y exasperaciones. La paciencia para soportarlas había que calibrarla en la inestable paz de los hogares.
En plena crisis, el gobierno de la ciudad pretendió trasladarse a un lugar seguro en las montañas que circuían la metrópolis. La caravana de vehículos, protegida por carros antimotines, donde iban los funcionarios, sus muebles, sus botellas de licor, sus secretarias, sus amantes y sus concubinas, no pudo rebasar ni siquiera el primer anillo de circulación vial. La bruma desquició los motores de los vehículos y coaguló los contenidos de los tanques de gasolina. Lo grotesco se instaló en todos los rostros frustrados y las risas histéricas acamparon al lado de los automotores detenidos.
Los indigentes, los mendigos, los dementes y los inmigrantes ilegales emergieron de sus refugios bajo los puentes o del interior de astrosos cuartuchos y, guiados por el loco del uniforme negro, se dieron a la tarea de entrar en los abandonados restaurantes para atiborrarse de cuanto comestible hubiera en existencia. Verdaderas orgías gastronómicas se organizaron por toda la ciudad, bajo el amparo cómplice de la bruma, a todas luces partidaria de tales desafueros. Los anaqueles llenos de botellas de bebidas espirituosas desaparecieron en cuestión de noches. Por todas partes la ciudad hedía a orines. Los nuevos ricos estaban aterrorizados y temían que sus automóviles de famosas marcas fuesen destrozados. Ellos ignoraban que la bruma sólo quería saciar a los hambrientos y a los sedientos.
La noche del octavo día, cercana la medianoche, se escuchó una poderosa explosión. Los orates, los mendigos y los indigentes corrieron precipitadamente a esconderse en refugios improvisados. A las cinco de la mañana del día siguiente, un sol de brillo insólito y abrasador se impuso sobre la ciudad y la orientó hacia una novicia normalidad. Le gente sonrió de nuevo; volvió a las lecturas de los periódicos fatuos y a la modorra y a los chismes cotidianos. La bruma había desaparecido y ya nadie la recordaba. No quedó ningún vestigio de ella en memorial alguno. Sólo el loco del uniforme negro tuvo la certeza de que la aparición de la bruma no fue un fenómeno imaginado ni fortuito.