Fotografía: Wilfredo CarrizalesReflexiones de un calvo
a la orilla de un lago

Fotografía: Wilfredo Carrizales

Encontré un mes plano en mis caminatas por la calzada. El sol estaba a punto de desbordarse por un oeste macilento y el tumulto del viento no amainaba. En el fondo de mi memoria se desplumaba un búho solitario y yo no quería que quedara impune ninguna trasgresión a las normas. Me senté a reflexionar y las ramas de los sauces llorones suplían mi cabellera ausente y exiliada.

Cuando mi mujer está durmiendo cada noche, sobre una silla de tijera, una bola de grasa se le balancea y no cae y desde abajo contempla el inusitado fenómeno una rata tan antigua como la Tierra. “¿Por qué no vas y atrapas al bicho?”, me suelo preguntar. Pero siempre termino por capturar una modorra y me hago el ciego para no ofender el fuero de la rata. Desde el sueño de mi mujer, sin embargo, he sacado una indudable conclusión: el roedor y mi mujer forman un indisoluble binomio onírico.

Al principio de la noche siempre me siento escaso. Pienso en mi abuela muerta de hartazgo y la mirada se me aleja hasta encontrarse con las huellas de sus dientes en los platos.

Bajo la fuerza del viento de finales de abril los huesos se me quiebran en silencio. La estructura ósea queda severamente maltrecha, pero el acontecimiento torna pletórica mi inteligencia, mi capacidad de discernimiento y mi fe en los juicios certeros.

Los elementos constitutivos de la columna vertebral se agachan y trascienden hacia lo ineluctable de su destino. ¿Puedo ignorar acaso que el poco fósforo que contienen es la esperanza futura de sorprendentes fuegos fatuos? Mi intemperancia es la clave que me alquimiza.

Rumio y un perro ladra a lo lejos. Pienso que unas osamentas flotan en las ondas del lago y que le transfunden un brillo a un pedazo de cielo inerte. El perro emite ladridos un tanto lastimeros y yo no hallo la manera de hacerlo callar. (Me contemplo impertérrito en el patio de mi antigua morada y la flacura de los canes de entonces apenas alcanzaba a llenar un estanque de sombras al lado del granado).

Reflexiono en aras de ser una serpiente o el reloj de una iglesia enmudecida. Las calles de mi infancia se abrían como picos de pelícanos y el silencio, a veces, gravitaba en un ámbito signado por el desparpajo y la alarma que no tenía asidero. Rompía con mis rodillas el estatismo y salía gimiendo para lograr una presa que no tuviese garantía. Al final, no había amarguras ni atropellos y el alma se me acumulaba para continuar refunfuñando.

Me rasco la oreja que protejo a conveniencia. Como si pretendiera desprenderla de un altar. Quisiera echarme sobre el piso y colocar mi nariz al nivel de las marciales hormigas. (Oigo que marchan invisibles hojas secas, trozos de cortezas y raíces que transportan simulacros de paisajes subterráneos. Mis pupilas hablan por mí y creen todo lo que dicen, a pie juntillas, dogmáticas).

Prosigo mis meditaciones con ansiedad. En mi mente arrastro y atraigo el sabor de la espuma de las aguas que transcurren, creo, frente a mí. Me gratifico y llevo mi sudor a los labios que no agonizan. Trato de recordar cada uno de los nombres de los líquidos que han trasegado por mi garganta. Sin excepción, los he olvidado a todos. Acentúo el ridículo ante mí mismo y me despisto para no aburrirme. Descubro una breve variación en mis sospechas y me ofrezco un placebo que pueda ingresar a la frecuencia de la introspección.

Un conglomerado de juicios, de improviso, se agolpa en mis sienes. Me recuerda los meses pasados sin basamento. Ahora soy capaz de traspasar la enramada y colocarle un rumbo excitante al derrotero del lago. (¿No será que una especie de dolor fluye sin barreras a través de las percepciones descubridoras?) El pensamiento me hace enmudecer y su caudal me somete a la concavidad donde, lentamente, pretende caer mi vida.

Ancho, me voy apartando de todo contacto humano. Ya no sé lo que es una canción entre mis dientes. Siento que debo zambullirme dentro de los inventarios que el sino tiene dispuestos para mí. Tengo que maullar para los calendarios y para las vías que han comenzado a apartarse de la labranza de mi corazón.

(Contemplo el horizonte. El ocaso despejó su campo para el juego de la nocturnidad. La ciudad se me ha hecho distante y ya no le presto atención a sus efluvios. Por más que el viento agite mis orejas no le guardaré rencor. Ya no me queda nada de pelo y sí mucha elocuencia. ¿Cómo terminará el pescuezo del mirlo bajo la presión de la gangrena?)

Alguna de mis almas sale en vuelo y va a sumergirse en la infusión vidriosa de la vida. Tal vez obtenga un cero por su audacia. A ratos intuyo que necesito tener una apariencia más humana. Pero pronto desisto de tal propósito y me quedo encajado a la montaña que no crece conmigo. Palpo mi frente y no deliro. Yo soy una realidad de otros con urgencias de sí mismos.

El crepúsculo tremola y yo me trastoco en amarillo. (Pareciera que ya la luna no quiere ser vista ni visitada). Tiembla mi silueta; el remedo de invierno me acusa. ¿Podré dormir de nuevo en la cama que pronostica las apuestas de mi aliento? ¿Qué más debo esperar de las cajas destempladas que golpea el más acérrimo de los silencios?

Me llegó la fiebre. Ahora tengo que imponer mi albedrío. Pronto mutaré en botón de rosa y con sus pétalos futuros abriré unos cientos de libros. Mis anteojos ya no ven; cayeron al agua y los deshizo la corriente. Nunca les quité la razón. Por eso los perdono.

Sonrío y rumio. Como cedazo de buey. ¿Para qué engordan los hombres si han de continuar con sus flaquezas a todo trance?

Sentado interpreto la cola que magistralmente mueve al mundo. Tomo su exquisita sustancia y me da la gana de decir que sabe a aullidos de almendras. (Regresó el sudor, una vez más, y carezco de pañuelo gentil). No he querido marcharme, porque mi casa anda con mis pasos. En la que era mi cama duerme el más feroz de los catarros y la temperatura que es su fiel comadrona le asegura la semilla despierta.

Me doy un beso en la boca. El sol hace rato que se despojó de su reloj y éste se sumergió en una emulsión redonda. Acodo mis nalgas a la cobertura del banco y un hoyuelo salta en su picardía. Sé que desembocaré con mi cara de mariposa medieval en el apuro que la noche prepara sobre flores de cordel. Mientras tanto, sólo existo dentro de mi ropa interior que se seca colgada de un anónimo sereno.