La concubina del dictador estaba sentada en un balcón que daba a la calle. Su espalda temblaba y ella miraba fijamente a una exhalación negra que parecía acosar al horizonte. Mientras se restregaba las manos con gran exaltación, comenzó a declamar:
“Adiós, pájaro córvido, adiós... Te incito a que devores de prisa los ayeres, justo como a una novela de terror. Tú nunca supiste nada de mí. Siempre te comportabas cual un alférez defraudado y arrancabas las hojas del cuaderno de otoño. ¿Acaso no entendiste que el verano zumbaba a escondidas? Todas las noches te pertenecieron y creías atiborrarte de amor, pero a ti nunca te interesó la juntura del hombre con la mujer. ¡Era un asunto demasiado difícil para alguien de tu condición y lucidez! Huyes ahora, cuando deseo decirte la verdad. Más adelante nadie te la dirá y no encontrarás a otra amante. Coloco esta mano derecha sobre la zurda y me esfuerzo por comprender. ¿Qué podrás tú decir después del infinito silencio que te espera?
”Adiós, pájaro córvido, adiós... Nosotros en ningún momento pudimos reconocernos a través de los ojos. Tú estabas demasiado ocupado con tus afanes de gobierno y mis mensajes no te llegaban. Tu voz se encontraba en un lado de la realidad que yo no alcanzaba. Es una vieja historia con hartos enemigos. Hasta el sueño perdí, amén de la fe y la voluntad de torcer el destino. Fuiste un ave desconocida y encareciste tanto tu color que ahora yo debo llevarlo dentro hasta el día de mi muerte. Tus oscuros cantos se abatieron contra mis corvas y me derribaban con demasiada frecuencia. Tu lengua curva para tus torvos asuntos procedía de un sótano impenetrable...
”De las hierbas amargas hiciste tu régimen y los privilegios de tu corazón abultado de sordidez agrandaron por doquier tu locura. ¿Intuiste en alguna ocasión lo que pasaba por mis mientes? Temía que las lágrimas cayeran en tu cuerpo y mancharan de gris tu supuesto ámbito de felicidad. De un extremo al otro detallé tu retrato en blanco y negro. Mas, cuántas veces quise —y nunca intenté— quemarte con mis trabajos de fuego detrás de la puerta.
”Fanfarroneabas de ser un mancebo travieso que tenía la voz muy suelta y una coloratura digna de elogio. ¡Sandeces! ¡Vacuidades! No eras más que un agorero echado en el más lúgubre de los nidos y prosternado ante tu propio amedrentamiento. ¿A quién o a quiénes pretendiste burlar o engañar? ¡Arrojaste tu envoltorio de carne y huesos al pozo de los embelecos y salió exento de virtudes! ¿Nunca te diste cuenta que cargabas una negra solemnidad por compañera?
”Aludías a tus andanzas secretas como si se tratasen de hechos heroicos. La apariencia cotidianamente formó parte de tu naturaleza. Bajo las arcadas dimitiste de continuar viviendo y, por si fuera poco, a ello agregaste falsas reverberaciones y carestías de fluidos vitales para tu tierra. Te sacaste los ojos porque ya no soportabas mirarte en el reflejo del agua. Mal nacido fuiste y tu sevicia se convirtió en tu horca. Ocultaste a todos la subsanación de las patrañas y despreciaste los torrentes de efusividad que tus vecinos te prodigaron. ¡Qué pésimo comediante resultaste aquí! ¿Afiliado a qué?
”No olvido que te complacías en los suplicios al prójimo y que te hacías acompañar por malhechores y bandidos. ¡Es que tú encarnabas al mal agüero! ¿En cuántas ocasiones concebiste penetrar en mi magno secreto? Pero en cada ocasión chocabas contra mi incólume voluntad de no revelarte nada.
”Por donde pasabas dejabas signos inequívocos de muerte y te jactabas de eso. ¿Creíste acaso que tendrías una cohorte de seguidores? Avanzaste cada vez más hacia la negritud y ni siquiera tu pellejo se salvó de ser teñido. Perdiste el apetito y sólo vivías del hambre de los demás... Recuerdo con nitidez tu falso papel de profeta cuando invocabas el pronto derrumbe de los cielos. ¡Te creíste cisne y no rebasaste la estatura de las cornejas!
”Un advenedizo quiso elogiar tus muelles y ágiles plumas y señaló tu cabeza. Tu rostro convaleció y se puso en evidencia tu deleznable perspicacia. Graznaste: ‘¿Quién mendigará en mi nombre y prestará sus fuerzas para que yo viva a plenitud y alivie mi tétrico color en el cándido nido que oloroso cuelga del tejado?’.
”Viniste pronto a declarar que tu lengua ya no era agorera, sino conmiserativa. De allí se dedujo que las noches eran asunto de tu invención y recelo. Las tinieblas se alimentaban de tus tiempos. Muy pocos se salvaron de tu venganza y tu pico enrojeció. Tu aura voluble apremiaba a la audacia para que fuese aun más industriosa.
”Tu agudeza se fijó a tu pico y de él se servía para infectar las aguas, las criaturas y los alimentos. Llegó un momento en que los malos te obedecían ciegamente y cuando te cansabas de ellos los segabas, acusándolos de demonios. ¡Tú, el mayor demonio entre todos los demonios!
”Tragicómico fue el desenlace de tu improvisado oficio de dispensador de justicia: te robaste las evidencias de tus reconocidas maldades y luego condenaste a un montón de desgraciados a la pena de la tortura y el destierro. ¡Tu alma se sustentó en un verbo regio que se acomodó a su propósito!
”Todavía no termino de comprender para qué simulabas haberte convertido en ermitaño. ¿Tal vez para arrebatar carnes alejadas de miradas indiscretas? Decían los supersticiosos que pronosticabas lluvias. Sólo yo sé que lo único que llegaste a pronosticar fueron rayos y centellas con sus consiguientes incendios. En tales ejercicios no encontraste rival.
”A los sedientos aumentabas la sed y a los hambrientos el hambre. Fuiste sinónimo de estío y sequía desmesurada y criminal. A los niños recién nacidos les embargabas sus vientres y los rellenabas con hiel. Te ganaste, con sobrados méritos, las fábulas que te perseguían.
”Adiós, pájaro córvido, adiós, gran y eximio adulador, lisonjero que fundó su reino entre sus semejantes y fue notoria la manera cómo medró a la sombra de los necios poderosos. Favoreciste a la virtud del engaño y ahora que vuelas hacia tu consunción, medito acerca del escarmiento que recibí por caer dentro de tu red. Sacaré provecho, creo yo, de las luces que me diste al negármelas y de haberme librado de ti. Ésas son mis prendas para el futuro.
”Adiós, pájaro córvido, adiós y que penetres raudo el vado donde te hundirás y alcanzarás la región abisal para beber cicuta y responderás ante la Nada por todos tus delitos, vicios e iniquidades y cuando se desvanezca tu recuerdo, yo estaré enferma de arrobo y con el poco juicio que me quede brindaré por la inoperancia del buen sentido y por la liviandad de mis pasos que me condujeron a ti”.