Crónica de un domingo

Mañana
El sol resbaló en la semioscuridad y llegó titubeando. Asustó al gallo de felpa que duerme a mis pies. Él cacareó y me obligó a abrir definitivamente la mañana con su luz floja. Los vidrios de las ventanas habían sudado y el temblor o el miedo aún no se le desprendían. Unas nubes jugaban a ser zeppelines.
Me zambullí dentro de la bañera repleta de agua tibia donde flotaban pétalos de rosas rojas y condones de colores. ¡Arte efímero para un buen baño! Me relajé y acomodé mi cabeza en el asiento de la bañera. Se escuchaban los acordes del cello de Yo-yo Ma en su versión de un conocido adagio barroco. El sueño me atrapó como las valvas a la perla y por eones no supe de mí. Me hundí con lentitud en el fluido del sueño y al rato estaba tragando agua, por lo que me desperté creyendo que mi nave naufragaba y se iba a pique. Menos mal que medio había aprendido a nadar y me salí de la bañera dando brazadas.
Mientras me secaba la espalda con una toalla llena de sirenas estampadas percibí un olor a carne quemada. De inmediato caí en cuenta: los muslos de pollo que estaba cocinando a fuego lento, a esas horas ya estarían convertidos en carbones humeantes. En efecto, el que iba a ser mi especial almuerzo yacía en el fondo renegrido de la olla: testigo inapelable del paso del tiempo por entre las llamas eternas de la cocina.
Mi estómago comenzó a aullar de una manera inusual y salvaje. ¿Qué culpa tenía yo del descalabro de su puntual almuerzo? Me vestí a toda prisa, sin reparar en si el color de las medias coincidía con el de los calzoncillos. (Sólo en rarísimas ocasiones rompía esta atávica costumbre). Salí a enfrentar la gélida ventisca con una bufanda arrollada a la cara y me encaminé hacia un establecimiento de comida gringa rápida. Mientras devoraba con avidez envilecida las hamburguesas, a través de una hendedura que le había hecho a la bufanda, temiendo que alguien me reconociera, rogaba a los viejos dioses locales para que lo que restaba de domingo se convirtiese en un regocijo sabático.
Tarde
Santana interpretaba con maestría “Europa”, mientras yo me tomaba una exquisita botella de cerveza negra, fría y notablemente espumosa. Me llevaba a la boca, con cada trago, unas cuantas almendras de California. El sudor me corría por la frente y mi camiseta estaba empapada. Después de una dura faena, el piso de la cocina relucía con un brillo que ya había olvidado. (Afuera continuaba soplando el viento, mordaz, insistente. Desde hacía ocho días se había instalado a sus anchas y no había querido marcharse).
Liu Wei, la de la larga cabellera negra, llegó de improviso pasadas las dos pm. Penetró directamente al dormitorio, se desnudó y se acostó. Llevaba más de dos horas dormida cuando me le acerqué y toqué su frente. La sentí muy caliente. Le di un febrífugo: el espíritu de la gripe la había penetrado. Un rato después me le aproximé y la encontré cubierta por completo con la frazada verde. Palpé sus pies y parecía que la temperatura había descendido. Sus mejillas lucían enrojecidas y sus labios estaban semiabiertos, como solicitando un beso de bienvenida. Siempre me pareció más hermosa durante el sueño. Le di un beso en la boca con calculada suavidad, preciso. Moví un tanto la frazada en un acto mágico y anhelé que el color de la aún lejana primavera se acodase definitivamente en aquel ámbito que personalizábamos tan bien. (Escuché en la cocina el ruido de la botella vacía de cerveza al dar vueltas por el piso. No quise indagar qué o quién la había hecho rodar: no era la primera vez que sucedía).
A las cuatro y cuarenta el sol miró su reloj y se puso de puntillas. Abrí las cortinas de las ventanas de la cocina y los rayos solares ingresaron por un ángulo superior hasta que desembocaron, libérrimos, sobre la mesa redonda, de madera más que rústica, donde solía escribir. De pronto descubrí que existían dos soles simultáneos: uno, inmenso, público, foráneo; el otro, íntimo, familiar, agazapado en un rincón. (Desde un cartel fijado a una pared, “Mariposa”, la otrora famosa actriz de cine, me clavó la vista, insinuante, y un hoyuelo en la mejilla le expandió la picardía a todo el cuerpo levemente inclinado y oloroso —intuía yo— al jabón perfumado que publicitaba. En ese preciso instante, Santana terminó de interpretar “Paz sobre la Tierra” y percibí que un casi absoluto silencio lo dominaba todo. Apuré entonces el último trago de cerveza y me desentendí de las complicaciones del mundo. Sólo existía yo y la lujuriosa mirada de “Mariposa”).
Noche
El ocaso despejó su campo para el juego favorito de la nocturnidad. La ciudad no le prestó atención a sus ruidos y malquerencias. Por más que el viento agitó las hojas de mis ventanas, no pudo lograr la entrada que necesitaba con urgencia. Me quedaba poco hielo y mucha ginebra. Me interrogué: ¿cómo terminaré de quebrarle el pescuezo al cuervo que portaba las sombras?
En el dormitorio, encontré a Liu Wei de pie, observando con curiosidad a Chung Kui, el exterminador de fantasmas y protector de mi alcoba. Le di una infusión de té verde y sintió que la savia de la tierra se transfundía a su organismo. El aire asimiló su apariencia humana, femenina, y ella desistió de su propósito de marcharse a todo trance. Le doné más claridad que terminó por caer dentro de la taza donde conversaban las aromáticas hojas. Palpé su frente y la fiebre había tocado retirada. La plenitud estaba con nosotros.
Me pareció que la luna tardaba en desplazarse. Noté que los verdes, de noche, tremolaban como los amarillos. Todo indicaba un trastrocamiento: la primavera no se atrevía a anunciar su arribo y el invierno continuaba exhibiendo siluetas desgastadas. (Le pregunté a Liu Wei: ¿podrías dormir sobre mí la entera noche sin caerte ni sobresaltarte? Me respondió que lo intentaría, a pesar de las consecuencias. ¿Y si un terremoto nos arrebataba el aliento?)
Quise decir “silencio” y la palabra se negó a emerger. Entonces me expresé con el lenguaje tranquilo que me pertenece y aposté a seguro por el espesor de su calidad. Liu Wei impuso su albedrío y me hizo escuchar una grabación con piezas interpretadas en laúd chino. Liu Wei metió sus dedos entre mi barba y nos dio fiebre a los dos. Abrí las rosas que llevaba tatuadas en las caderas y la fragancia de aquellos pétalos impregnó mi piel de alertas. No quise mirar más y me despojé de los anteojos. Me refugié entre sus magníficos pechos y aguardé la hora de las razones. Obtuve una clarividencia emparentada con sus orgasmos. Ella me ubicó en un mejor destino.
La ginebra superó mis flaquezas y cuando Liu Wei se llevó mi reloj despertador, entendí que acarreaba al tiempo consigo para no regresar a mi lado nunca jamás.