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Entre las sonoridades y el eco

Texto y fotografías: Wilfredo Carrizales

Entre las sonoridades y el eco

Reviso mi archivo y encuentro premisas omitidas en ciertas fechas. Lo obvio ha sido desechado y en su lugar surge una caja sonora que trae ecos del pasado. Duplico mi atención y asumo el placer de oír la impronta de la memoria.

Dentro de la caja sonora se confirma una revelación: los recuerdos emergen con una acústica clara y concisa. Entre las sonoridades y el eco me ubico yo, con mi plétora de emoción y los oídos muy abiertos. Sé que la espera va a ser retribuida con creces. Entonces, escucho y cierro los ojos, fascinado.

A continuación, un tono de voz, familiar en extremo, me llega desde un ámbito donde la crepitación del aceite se impone por sobre el ruido de ollas. La mesa es movida y una silla cae. Un perro ladra (¿será Caribe o Cholo?) e intuyo lo que quiere. La voz de mi abuela Ana, imperativa, obliga al perro a callar. De pronto, se escucha el borboteo del agua al hervir. Una cuchara golpea las paredes de un recipiente de aluminio y, al instante, el agradable aroma del café molido, nadando en el agua hirviente, flota en el espacio impreciso. Podría tocar al colador de tela con la borra del café en su interior y, aguzando el oído, percibir un levísimo sonido como el de la arenilla al deslizarse por encima de una superficie rugosa.

Casi una estereofonía inunda mis tímpanos: un gato maúlla, unas palomas zurean, un gallo canta y una paraulata llanera silba el himno nacional. Hay una claridad inefable en todos los ruidos y yo, justamente frente a ellos, me convierto en un hablador con voz prestada. Cruzan por mi garganta olvidados gritos de alegría, sobrecogimiento y rabia. El tiempo me sacude con su ola y quedo cual pieza de metal agujereado. En eso, emito una musiquilla o un susurro de zaranda. Doy vueltas alrededor de mi eje. Rememoro:

yo he rasgado mi verdad y subo a un estadio en donde una prueba me espera. Yo debo explicar cómo se conecta un micrófono y luego dar un discurso sirviéndome de ese instrumento. Presiento que mi fingida sonrisa es apologética y la embucho para que el pasado me concierna. Tomo lugar entre yo y el cúmulo de sonidos que, profusos, se cuelan desde atrás, desde una noche que cierra su tienda de luceros. Yo enmudezco y rompo el aire machacando las teclas de un piano imaginario. En mi rectitud, sudo y con mi dedo índice apunto al tambor que se insinúa bajo mi barriga. Le doy un puntapié a una botella vacía de cerveza y se quiebra la quietud que la soportaba.

Ocurre una conmoción en otro que quiere ser yo. Trata de reconocerse en mí y se ríe con risa contagiosa. Él arde en su domingo de ramos y amablemente se estira para permitirme descender de mi estrado.

Alguna vez tenía que reconocer la diferencia entre todas las voces que me han acompañado hasta ahora. Mi perspectiva de temporalidad me golpea el rostro sin misericordia... Es posible... Es de veras posible que los años que me pertenecen sucumban... Parece que las semanas dejarán oír sus ruidos y ¿luego qué? ¡Sustos y disgustos!

Varias ceremonias de ecos verdes tendrán lugar y atronarán sus hipos. Un predicador refrendará: “Bien, aquí el ruido insonoro ha venido de nuevo. Así que para evitar malas trastadas, aproximémonos al Diablo tumultuoso y ja! ja! ja!”.

Entre las sonoridades y el ecoPor unos segundos, mi alma voló hacia maravillosas sesiones de fuegos artificiales y mientras recordaba las especiales ocasiones, mi privilegiado eco rebotaba de pared en pared, recubiertas de periódicos viejos y manoseados.

Un anciano arrastraba por las calles solitarias un saco lleno de cacharros rotos. Los perros le salían al paso e interrumpían su avance. Una andanada de escupitajos ponía a la jauría en cuarentena.

Todo transcurría con demasiado vértigo. El ojo de la mente no alcanzaba a chequear la tapa por donde se escapaban los sonidos. Atrás y adelante se incrementaba la pulsión de los sentidos.

Fue obligante una conmoción. La audiencia arribó con su elevado espíritu. Sobre el escalón más alto me agitaba yo y mis entonaciones. Las corcheas me sublevaban. Mi piel tintineaba con el clamor de los bajos.

Ahora recuerdo con claridad. En alguna parte de la cocina de mi abuela, tal vez en un holliniento rincón, se escuchaba el incesante goteo de la lluvia. Las tejas solían dejar pasar el agua y el ingenio de mi abuelo albañil no siempre resultaba eficaz. El perro temblaba de frío y le castañeteaban los dientes. Aquel rincón apestaba y el hedor producía un insólito ruido.

La leche hervía al menor descuido y se derramaba y extinguía a la llama de la cocinita de keroseno. El ámbito quedaba a oscuras y la abuela debía acudir a encender una vez más el fuego para que en su dominio no ingresara definitivamente la ruina con su taconeo de zapatones pesados. Yo alargaba la mano con mi pocillo de peltre y la espuma de la leche canturreaba y colmaba mis esfuerzos infantiles.

Después, ya cercana la hora del sueño del sol, podía descender una leve llovizna y un arco iris tomaba parte también de la audiencia y venía a aprobar todos nuestros murmullos.

Pero a mí me pareció en todo momento que adentro de cada sonido había una imagen que apenas se notaba. Sin embargo, nunca se lo comenté a nadie. Mi imaginación se movía como un piano en un concierto para solista.

Yo empujaba el traqueteante carro de mi vida con un exacto sentido de lo que era la moción. Las ruedas aplastaban con harta frecuencia a mis juguetes preferidos y entre crac y crac, yo soltaba una maldición que aturdía a la audiencia. La voz que se adecuara a mi desesperación no aparecía y me obligaba a mí mismo a blasfemar sin saber que lo hacía.

En el patio trasero de la casa de mis abuelos maternos mi niñez, con alternancias, se cubría de un estridente manto negro. Yo me intoxicaba escuchando un disco donde una niña cantaba con voz gangosa, mientras una perrilla aullaba sin ton ni son. Simultáneamente el eco iba lento y regresaba rápido o viceversa y yo me tapaba las orejas para aislarme de las sonoridades de un mundo impuesto.

Aprendí a modular con eficacia los gritos y a trasladarlos a la dirección que escogía previamente. Atormentaba a mis tías y a las intrusas vecinas. Mis gritos podían matar a las gallinas y a los loros y volver locos a los perros encadenados. Me arrogaba el derecho de recoger mis ecos cuando me viniera en gana.

El silencio absoluto me causaba alarma. A toda velocidad comenzaba a sonarme la nariz hasta que mi abuelo encendía la radio y nos sentábamos a escuchar la novela de las dos de la tarde. Los besos y los arrumacos de la pareja protagonista se oían a cuadras de distancia. Un actor bullía dentro de mí y clamaba por salir y tener voz propia. No obstante, lo asesiné a fuer de improperios y desplantes. Sólo un eco le sobrevivió.

El ruido que había a diario en la cocina de mi abuela era un ruido, para mí, “necesario e indispensable”. No pensaba lo mismo el perro de turno y por eso peleábamos para establecer cada cual su territorio. Yo elaboraba mi escrutinio y me sabía perdedor ante el can. Mas con la cadena a escondidas me desquitaba y el perro tenía que desaparecer de la casa, aunque fuese por un corto intervalo.

Tremendo fue el momento cuando llegó mi hermana. El eco de su constante llanto me acosaba, aun cuando estuviese encaramado en el árbol más alto. Aquella realidad fue terrible. Me sentía “shockeado”. Me confrontaba a mí mismo y no encontraba vía de escape. Entre los berridos de mi hermana y la desesperación mía alcancé un estado de total vicio por el ruido.

Después de una extensa beligerancia impuse mi criterio y mi madre debió llevarse a mi hermana a la casa de su suegra. De pronto, un abrupto silencio se hizo dueño de la casa de mi abuela y yo tuve que optar por meterme debajo del fogón de ladrillos y hacerme el forajido para poder encender mis Jaguares y mis Rolls-Royce y acelerar sus motores a fondo, con la convicción de que esa era la única manera de permanecer entre mis sonoridades más entrañables y los ecos de mis recuerdos plausibles.