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Eroticus sinensis

Ilustraciones: aguadas de Cai Guang-bin, Hu Yong-kai, Li Jin, Li Xiao-xuan, Shi Jian-guo, Yu Cun, Zhu Xin-jian y Jin Wei-hong (mujer).

Abreboca
(A modo de acicate)

Han concurrido, con asombro, a este recodo, conceptos interconectados: pensamientos, sensaciones, actitudes, disposiciones, deseos, impulsos, urgencias, atracciones, seducciones, tentaciones, despertamientos... y han encontrado un ambiente deliberado para que se despliegue el erotismo, después de vencer restricciones, prohibiciones y miedos.

La naturaleza física de la tinta china y del pincel al desplazarse sobre el papel de paja de arroz constituye un acto semejante al del pene al deslizarse a lo largo y ancho de la piel femenina expectante.

Aunque el tabú erótico chino ha comenzado a romperse, no está todavía declaradamente abierto. En la antigüedad, Mencio había afirmado que “los hombres desean la belleza femenina” y que “los alimentos, la sensualidad y el instinto sexual son asuntos naturales”. En la modernidad, los artistas chinos han iniciado el derribo de las murallas morales levantadas con ladrillos aún feudales.

En el arte chino contemporáneo, la sexualidad y el erotismo y a veces la pornografía, han llegado a ser un tema común, especialmente en los últimos tres años. De hecho, las exposiciones de obras con temas eróticos han sido tan prevalecientes que el fenómeno —una necesidad largamente reprimida— se ha convertido en un tópico de apreciado estudio.

Los artistas de China devinieron esclavos de reglas externas y convenciones y habían perdido la dimensión espiritual y desacralizadora de su arte. Ahora empiezan a manifestarse con una genuina forma de su experiencia de vida y una auténtica expresión de la pulsión acuciante del erotismo.

El deseo se eleva y reverencia a la mujer o la coloca como objeto sexual para la contemplación y el gozo o la reconoce demiurga, íntima y desinhibida. Sean cuales fueren las poses asumidas por las mujeres —a través de los pinceles de los artistas—, nosotros, conscientes y recurrentes voyeuristas, nos llenamos de metáforas y acariciamos nuestros genitales mientras las vemos actuar a su albedrío.

 

1.

Eroticus sinensis

La lagartija busca entre las yerbas la flor que más abrase para ajustarse a su rescoldo. La encuentra de rojo abierto y encendido. La corola se sobresalta un tanto y los estambres se pliegan hacia fuera y logran un símil de anémona de los prados.

El pistilo se agita; siente la presencia de la necesidad alargada y verde, mensajera primaveral. La lagartija dilata su lengua bífida y la deja deslizar, con esmero, por los contornos de la corola. La flor brilla y se expande cada vez más hasta que una eclosión remece el conjunto.

Luego, la lagartija se apropia del éxtasis y la portadora de la flor simula atisbar la partida de una brisa afiebrada.

 

2.

Eroticus sinensis

Se han apartado de la vida pública y, recesivas, se dedican a apoyarse recíprocamente. Sus cuerpos desnudos y grises son un enigma en donde los senos parecen querer escaparse. También sus vidas establecen una relación misteriosa.

A diario se recuestan en una cama de madera tosca y han acabado por tener tal parecido entre ellas que las confunden con gemelas, a pesar del corte varonil de sus cabellos.

En apariencia, ninguna aflicción las embarga. No obstante, lo grisáceo se empeña en perseguirlas. Pero ellas saben muy bien de qué modo hacer surgir los colores en el dormitorio. Una mano baja en busca de la hendedura y allí hunde la semilla digital. No tardan mucho en aparecer las flores colgadas de una cuerda de espasmos.

 

3.

Eroticus sinensis

Noches solitarias. Su hombre se marchó hace meses y no ha vuelto a saber de él. Ni siquiera una carta que dé cuenta de su estado y paradero.

Noches solitarias, más tristes aun, con la luna redonda gimiendo en el jardín y el corazón de ella falto de consuelo y caricias que su carne precisa para no languidecer.

Menos mal que le queda el perro y así las noches no cuajan enteramente la soledad y la lengua del can suple la alegría ausente al lamer los surcos por donde pulula el licor que lubrica la existencia toda.

 

4.

Eroticus sinensis

Ya sea primavera u otoño, ella aguarda desnuda y sentada sobre una sábana y la sala testifica. Ha quedado despatarrada y frente a su abertura rosácea y fiel ha colocado un teléfono móvil. Su rostro no denota angustia, ni la carcome la congoja. Sus pechos están llenos de la llenura tierna de su vientre. Ella está sumida en pensamientos que persiguen una lozanía. Las azaleas ofrecen un modelo más ideal para su vulva implícita, pero a ella no la perturba la palidez; menos aun la carencia de bordes que sobresalgan de su entramado triangular.

El teléfono suena y su pubis se estremece. El teléfono repica una y una y otra vez. Ella no contesta. Su pubis se aquieta, aunque ha sudado por la emoción.

Así transcurren las tardes y el teléfono queda rezagado, vacío, cerrado. Sólo la grieta por donde penetró una vez el amor se mantiene despierta, a la espera de la hora de la rata.

 

5.

Eroticus sinensis

Su mano ha permanecido por horas entre los pliegues ocultos de su coño, si bien le ha dado al clítoris varias oportunidades de diálogo. Ha escogido la posición más confortable y la que la cansa menos. Desde el principio de su maniobra clausuró los ojos para que un deliquio absoluto la invadiera por completo. A medida que el placer se iba incrementando sus senos ganaron en volumen y se zafaron del sostén que los constreñía. De esta manera, ellos también se deleitaban, libres, al compás sincronizado del bamboleo.

Cada vez que acudía a su vagina una contracción entreabría los labios, resoplaba e interjecciones de asombro acompañaban a los espasmos hasta que se diluían en el paisaje muscular.

El sol fisgón la encontraba dormida al día siguiente y no se sorprendía de que no hubiese ella cambiado de postura.

 

6.

Eroticus sinensis

Ella escuchó decir que a aquel conjunto arquitectónico de antigua traza se le llamaba la “Púrpura Ciudad Prohibida” y quiso saber si, en verdad, todo en su interior estaba proscrito.

Eran los días de la canícula y escasa ropa la vestía. Frente a la “Puerta del Mediodía” no había ni un alma viviente. Se desnudó sin parsimonia y la vestimenta cayó a lo lejos. Los senos le colgaban, extenuados, y sintió el picor de los rayos solares que la acosaban. La mancha gruesa y oscura que dejó un desconocido pincel sobre su pubis pronto conoció la desazón. La rajadura inmediata comenzó a protestar, airada. Se vio obligada a arquear las piernas y tomar un respiro por debajo. Ya no le estaba gustando la falta de prohibiciones.

Hacía un mohín de disgusto cuando apareció un guardia. Como él era de nariz chata no le entendió lo que le decía. En total, que la mujer permaneció parada ahí hasta que alguien le demostrara que estaba contraviniendo el reglamento de la desconocida ciudad.

 

7.

Eroticus sinensis

La bella está convencida de que es un símbolo sexual. La brillante luna se recuesta en su alcoba y su oferente cuerpo se ilustra de turgencias.

Ella llovizna sobre las sillas y las pule y aniquila a las sombras. Su flor pregona el nacimiento de un nuevo aguazal. La compuerta del dique no se cierra más que por emoción.

Sueña sentada la bella y se extravía en una inexistente bruma. Tantea montículos y riachuelos y a ellos agrega el color de los deseos.

Mira hacia el oeste la bella, a través de la cortina sesgada. Su sol nunca alcanza el ocaso, pues la piel del durazno se lo impide.

La bella se embriaga con el licor de las hojas caídas. Su gato caza al ratón que debajo del ombligo le camina.

 

8.

Eroticus sinensis

La hija única crea su propia pubertad. Dentro del claroscuro encuadra su cuerpo al natural. Un redondel que promete se le insinúa en los principiantes senos y la agitación se hace evidente y trae su luz. (Su rostro ni expresa inocencia, ni incredulidad: sólo certeza de cambio en la asimetría propuesta). Su ranura se hizo a un lado para que la línea vertical no la sangrara. Las caderas anhelan ensancharse hasta la cobertura de otra pelvis y el hallazgo audaz se inicia. El ombligo, tan solitario como ella, medita en la razón de ser de su vecindad.

Pegada a la ventana de vidrio, la adolescente nos respira los apetitos y sus ojos, por supuesto, absorben nuestro desconcierto y las manos se apoyan en sus nalgas para que la firmeza se abra camino.

 

9.

Eroticus sinensis

La pareja de profesores ha llegado de prisa. De inmediato, comienzan a proporcionar los primeros conocimientos. No traen cartilla, ni tampoco manual ilustrado. Su método de enseñanza práctico es y harto sugerente. Mayéutica de dormitorio.

Los profesores se afanan en despertar en la aprendiza la adquisición de la profunda ciencia. Inspiran, alumbran, construyen y provocan. La novicia suspira y aprende rápido. Con ligereza y espontaneidad conduce una mano hasta el engargolado labial. De la ingenuidad sólo restan las trenzas y una mirada nada ofuscada.

A punto de terminar la lección, los profesores sacan las lenguas para medir la humedad y tras ella encabritan un jadeo que los pega a un horario que se estira.

La neófita ha hecho de sus dedos una vela y se ha iluminado la cuneta para pasar mejor el examen.

 

10.

Eroticus sinensis

Está estacionada; extasiada en lo vernal. En esa posición el aguijón penetra sin estorbos, expeditivo. La prímula ensancha radicalmente sus partes vellosas y se sostiene en equilibrio y no proyecta sombra.

Un pájaro primado también podría traer primicias y con su vistoso plumaje sembraría los colores en el nido expuesto.

Asuntos son de la primavera y la mujer se aplica en el desarrollo del equinoccio y el apetito sexual se lo desborda la astronomía.

Tirada sobre la cama, el rubor de la pasión irradia la placidez. La saludable presencia de las flores, aunque sean de almohada, expresan la ayuda oportuna para la irrigación de los sueños.

Su respiración va en crecida y su trasero requiere lluvia y una faena cargada de hongos y brotes fálicos.