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Cinco fábulas

Textos e ilustraciones: Wilfredo Carrizales

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El caimán-jaguar tuvo hambre. En la tierra inundada todos los animales habían perecido; todos los frutos lucían podridos. Las aguas sólo creaban larvas, protoinsectos de mil patas.

El rugido del caimán-jaguar se perdía entre la corriente embravecida. Ya no existía el eco. La inundación era también el silencio, la aniquilación. Únicamente la simbiosis del caimán con el jaguar sobrevivió. Pero ahora tuvo hambre y no podía saciarla. Por eso, rugía y no obtenía respuesta. Sus fuerzas se agotaban.

El dios de la estrella en la frente, casualmente, pasó por donde estaba el caimán-jaguar rugiendo y lo miró nadando, boca arriba, y con el hambre agujereándole la piel. El dios convocó a su consejero y lo introdujo en su cabeza por su oído izquierdo para que viera cómo ayudarlo, al caimán-jaguar. El consejero se asomó por la oreja derecha del dios y notó que el animal tenía grandemente la boca abierta. Le lanzó su aliento de flores y éstas cayeron dentro de las fauces del caimán-jaguar. Luego, él se fue con la corriente, livianito.

 

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Los cisnes fueron flechados desde un carcaj celestial. Las aves nadaban en un lago de aire y el sol reflejaba sobre sus superficies unas montañas de oscuro sino.

Fueron flechados los cisnes y no lo sintieron. No derramaron sangre. El sol se volteó y las puntas de las montañas le dolieron la angustia.

Dentro de la carne de los cisnes las flechas comenzaron a alargarse. Los cisnes quedaron inmóviles, fijados a un tiempo ladeado.

El carcaj multiplicó sus flechas, pero ninguna volvió a dar en el blanco. Los cisnes graznaron. No se supo si para alejar definitivamente cualquier nuevo peligro o por extenuación.

Las flechas alcanzaron el límite de su alargamiento cuando notaron que el sol iba menguando, cansado de montañas y negritud.

En vano, los cisnes intentaron zafarse. Las flechas continuaban unidas al carcaj y la orden de éste era terminante: “¡Petrificar a todo trance a las aves!”

Los cisnes conformaron un altorrelieve en la pared desprendida del cielo.

 

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La cigarra, en su monasterio, soñaba con el verano, colgada de un farol. Hibernaba ella a disgusto. El invierno ya se prolongaba demasiado y las heladas mantenían a la cigarra sujeta y temblorosa.

Los monjes se turnaban para que en todo momento brillase un candil dentro del farol. Así, la cigarra podía tener calor y proyectar su silueta más allá del bosque y del ámbito de lo sombrío.

Pero, ¡el verano tardaba tanto en llegar! ¿Cuánto tiempo más soportaría la cigarra? Los monjes conocían la fortaleza de la cigarra; no obstante, a veces dudaban de su capacidad para sobrevivir.

La cigarra, aferrada con firmeza a la débil superficie del farol, rechinaba los dientes hasta el punto que los ojos se le brotaban como diminutas luminarias. Los monjes se maravillaban con el inusitado hecho y ofrecían plegarias para que ocurriese un tránsito rápido a la estación más propicia.

Contra todo pronóstico, nevó una noche, copiosamente. La nevada impuso su presencia sobre cada una de las cosas, asuntos y seres. La chicharra suspiró. El fin, su fin, estaba ahí y lo podía oler, intuir, casi lamer.

Los monjes se movilizaron a toda prisa. Encendieron teas y batieron tambores y panderos. La nieve se derritió en cuestión de horas. Se oyó a un gallo cantar y la madrugada salió de su letargo, arrastrando a un sol furibundo. La chicharra empezó a chirriar con insólita energía, haló al verano y lo puso a su servicio.

 

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Un gusano escuchaba música, despreocupadamente, con casi todo el cuerpo fuera de su hogar-fruta. Los auriculares lo aislaban del ruido estridente de la ciudad. Su hogar-fruta estaba ubicado en medio de un ínfimo parque rodeado de autopistas por donde transitaba, a cualquier hora, una interminable hilera de automóviles.

El gusano prefería oír selecta y clásica música europea, sobre todo aquellas composiciones dedicadas a los animales. “El cisne” era la que más le conmovía y la que le hacía olvidar su miserable condición.

Los auriculares los había dejado olvidados sobre la grama una pareja de amantes. El gusano los encontró por casualidad y este hallazgo le cambió la vida y le trajo retazos de felicidad.

Se había hecho una costumbre para el gusano escuchar música, cada tarde, de dos a cinco. Antes ocupaba esas horas en dormir o hacer ejercicios, al aire libre, si el clima se lo permitía. Ahora, sólo la música tenía un real interés para él. Con frecuencia no recordaba que tenía que alimentarse. Había rebajado considerable peso.

Una tarde de abundante sol, el gusano comenzó a emerger lentamente de su hogar-fruta al suave compás de un adagio. Era tal su arrobo que había cerrado los ojos y no vio la bala que una mano oculta le lanzó. El cuerpo del gusano se desgajó y arrastró consigo a las flores del entorno.

 

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Volaba, muy de mañana, una libélula que quería cruzar un gran pantano. Vapores mefíticos le salían a cada instante y ponían en peligro el itinerario de la libélula. A ningún sonido se le permitía existir allí. La libélula era la encarnación del más absoluto silencio, pero eso no la ponía a salvo.

El pantano representaba a una entidad aniquiladora. En el fondo de su masa informe se pudrían millones de aves que una vez fueron cantoras, cigarras, grillos y pequeños roedores zumbadores. Hasta el estruendo de las tormentas yacía en aquel légamo que oscurecía de infinitud.

La ingenuidad de la libélula era más que sintomática: era su esencia, la inercia que la movía. Ella ni siquiera sabía lo que significaban los vapores mefíticos. Volar entre ellos le resultaba divertido. Experimentaba nuevas maniobras de vuelo que nunca antes se había imaginado.

El pantano aumentó la emisión de vapores y la libélula incrementó los pases rápidos y acompasados. Para la libélula el juego se tornaba harto interesante. Ya había olvidado que debía atravesar el pantano y llevar un importante mensaje al otro lado.

El sol, inadvertidamente, había alcanzado su cenit y desde allí lanzaba quemantes avisos a la libélula. Ésta se quejó y protestó. Los vapores la envolvieron y cuando se disiparon, sólo quedaba sobre la superficie del pantano una estela de alas desmenuzadas.