La máscara, a veces, posee orejas y eso las hace escuchar largo y tendido el sonido de las vísceras.
En su boca no se pronuncia el ágape, su tabú. De sus labios parte una liviana compresión.
Sobre el marfil de sus dientes se exponen los altibajos del brillo de la inteligencia.
(Cuando los dientes se le tornan oscuros es porque un perro olisquea cerca y trae discordia.)
Sus mejillas llenas se enflaquecen de súbito y tiemblan en el minuto impreciso.
Alrededor de sus ojos las protuberancias se ejercitan en el arte de no sucumbir.
¿Serán sus pupilas almendras que cascan lo cuadrado?
Del metal de su nombre se perfecciona una queja de oro o plata asustadiza.
Lo distintivo de su pelo busca un estilo que descertifique la soledad representada por un bostezo.
Pintada cual un nardo, la máscara se atiene al artificio de las nubes o la cal.
A través de las perforaciones de la máscara se inserta un aire que prohíbe la levitación.
Naturalmente se desplaza el sudor por las cejas de la máscara y ella gana una hosquedad que la señala para una inesperada actuación.
Con los afeites necesarios la máscara se estrangula al percatarse del desorden que provoca.
¿Cuál modelo de mueca le conviene a la máscara para que le evite la pérdida de los mirones más ingratos?
La máscara tiene la costumbre de emitir un prolongado berrido tras la ingesta de licor y, si no fuera por los bigotes de utilería, quedaría plantada al suelo.
Saltan encima de su cabeza los piojos de la flojera. En gran número patalean hasta desollarse y llevar a cabo la trama.
El mismo círculo rodea las pupilas, la boca y los carrillos. Luego se despega, el círculo, como un jaguar de teatro e introduce el espanto, el miedo, la nada.
La máscara simula un atajo declarado, pero separadamente chotea con su propio yo.
¿Acaso la nariz de la máscara no creció de manera exagerada debido a las confituras que le lanzó un público procaz?
Especialmente al frente ubica la máscara a su tendencia. Así se salva del rechazo de sus congéneres.
La máscara también envejece. La materia que habla por intermedio de ella precipita de prisa su juventud.
En todo momento la máscara duda: ¿pertenece al demonio, al fantasma, a un humano o a un dios degollado? ¿Le conviene la fiereza o la fingida gentileza?
Se apropia del olor del macho la máscara. Mas la apariencia de la hembra termina por cubrirla.
La máscara se redime y, entre frescos colores que evaden los rosados (tonalidades del cerdo cebado), muda su piel hacia el rojo que lo carcome de rubí y escarlatina tiesa.