Calles, puentes y demás discursos de la memoria

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

Las calles se tragan a la mitad de los árboles cuando la luz tropieza con las sombras. El sol se cubre con sábanas y en el cielo se refleja la vergüenza de la tierra. La porción de los árboles que está más cerca del entendimiento humano es aquella que se oculta y antepone su ingravidez.

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Calles, puentes y demás discursos de la memoria

Los puentes se muestran con sus tonos que a primera vista parecen absurdos. Un sol poco veraz cuelga del mediodía un tiempo para el inmediato futuro. El aire puede ser purificado por la mezcla de brillos que contiene. Si bajamos los ojos hasta donde los árboles comienzan a sentirse verdes, descubriremos remotas distancias de la atmósfera y la oscuridad que detrás de la belleza asumen las pálidas raíces.

Los objetos rechinan a su paso por los puentes. Mientras más bajo se mueve el firmamento, más tenaces se vuelven los objetos en su rebeldía. Las hojas de los árboles son desprendidas de sus colores por vientos que se apresuran desde el cenit al nadir. La nada rodea a las cosas con su sobria esplendidez.

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En los paisajes, los puentes se ven atemperados por el final de las ramas por donde se desplaza el infinito. La transparencia del aire se cancela y entonces la luz opta por concurrir hacia los recodos que le garantizan liviandad y permanencia.

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Calles, puentes y demás discursos de la memoria

Por debajo de los puentes fluye el viento disuelto dentro de las aguas. Es su manera conspicua de existir sin ponerse demasiado en evidencia.

Pero si el viento intentase dejar de fluir, los árboles de las orillas le darían la espalda y sólo retazos de un fulgor verde turbarían la paz inestable de la corriente.

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Calles, puentes y demás discursos de la memoria

Las montañas suelen bañarse en verano a la sombra de los puentes. Ellas se tiznan de grises que las hacen distantes y habilitan a los ocres para que concurran al paisaje con ardor y faltos de nostalgias.

La definición de las montañas explica el arte de estar suspensas de las nubes con el menor esfuerzo. Los colores todos se deslizan cuesta abajo y proveen a la lejanía de matices para la memoria.

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A veces las pequeñas raíces experimentan una ansiedad y emergen en los recodos de las calles en busca de nutrientes y agua de resquebrajo. Las calles conocen a la perfección los frutos que saldrán por intermedio de esas raíces y entonces con diligencia juntan las mixturas y ofrecen unas semillas de una condición aún más perenne que la conocida.

Las ramas de los árboles producen sobre las calles una alteración de las reglas establecidas, pues crecen en contraria dirección y permean las bajas superficies con sudores que ambulan por turnos

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Calles, puentes y demás discursos de la memoria

Llegan con el paisaje los puentes y el viento y el agua se acuestan sobre el sol desnudo y proyectan un grito que se hunde en un silencio sin ropaje.

A los arcos de los puentes se los traga el terreno perforado por los gusanos y cuya perspectiva de vida se reduce según el aspecto natural que se aprecie en las conjunciones de las texturas rocosas.

Entre los puentes y los árboles existen gustos en común a la hora de enfrentar a los fuertes vientos que remanecen.

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Calles, puentes y demás discursos de la memoria

Las calles del recuerdo se iluminan con luces reflejadas de atmósferas livianas procedentes de las vecindades de urbes desaparecidas. De día los azules caen sobre las líneas que dividen a las calles en dos y usualmente producen aditamentos de ilusiones espejeantes.

La generación de otros colores en las calzadas depende de la apariencia de los brillos y su estímulo simultáneo en los ojos de los observadores. Cuando relampaguea un amarillo es casi seguro que se trata de la rotura de un corpúsculo en su viaje sesgado a través de las paredes.

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Los cuerpos fulguran de diversa manera en puentes y calles. Sobre los puentes las posiciones de los cuerpos intentan alojar la transparencia y minimizar la recurrencia de las sombras. En las calles, sin embargo, los cuerpos polarizan la luz para crear la ilusión de grandeza y plenitud y las sombras se desplazan bajo los pies de los paseantes para transcurrir desapercibidas.

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Calles, puentes y demás discursos de la memoria

Los puentes crecen como los troncos que flotan sobre los ríos. Ellos se ramifican y capturan a los rayos solares abriendo y cerrando las oquedades dispuestas en lugares estratégicos de sus superficies.

En los puentes se originan sucesos que modifican el crecimiento de las auroras y los ocasos. También los pájaros que cruzan su ámbito sufren una distorsión de la perspectiva de vuelo y generalmente caen ciegos al suelo.

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Calles, puentes y demás discursos de la memoria

Cuando en las calles los años preceden a los duelos, la igualdad de las debilidades se mueve junto con el vigor de las edades y coloca a los lados las diversiones que alteran los sentidos.

Es notorio que, además, las calles poseen venas que corren paralelas al sentido de los trazados y equidistan de los grados en que las plantas se precaven de las heridas que pueden causarles los insensatos que manejan vehículos pesados.

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Los puentes se tuercen por la templanza del viento y tienden a cimbrarse hacia los costados para adecuarse a una moción que los ubique en el pasado que más les proporcione magnificencia.

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Calles, puentes y demás discursos de la memoria

Ahora recuerdo: en la posición del ojo de aquel puente veía un árbol iluminado por un rayo de luz desconocida. El árbol no se iluminaba desde ningún otro lado. Probé a situarme de frente al sol y el árbol desapareció. En mis ojos sentí las sombras del árbol agigantarse por sobrevivir en la umbría provocada por mí.

Recuerdo que las ramas me golpearon las pupilas y la proporción de aquella rareza me produjo un estado inefable de lucidez.

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Calles, puentes y demás discursos de la memoria

Los terribles vientos suelen encontrarme en mitad de la calle. Yo soplo para espantarlos y sólo consigo que la garganta se me llene de arenilla. A despecho de la tos que me sobreviene extraigo una brújula del bolso y me oriento como puedo en medio del ulular del viento. En el norte se ha esbozado una opaca transfiguración de la naturaleza y en el sur las calles que se entrecruzan y luego se alejan para siempre reverberan bajo un astro que tremola de hastío.

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En la juntura de la calle con el puente los ángulos evitan los accidentes y les otorgan a las proporciones que de continuo cambian un método para permanecer fijas en la similitud del jaspe.

El agua rebasa los límites y se alza y eleva espumarajos hasta los hoyos necesarios donde se extravía la luz.

¿Cuáles matices de la distancia golpean con severidad al horizonte, de manera que los posibles relámpagos caigan suaves en el recinto de las pupilas?

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Calles, puentes y demás discursos de la memoria

Por momentos, los ojos de los puentes me enceguecen y entre ellos y mi mirada se interpone una oscura luz. Esta es la visión que intuyo recostado a un árbol que no localiza su centro.

En la más cercana de las formas arqueadas se aproxima una dificultad: si trata de erguirse la quiebra será su fin; si permanece en su ancestral posición la parálisis la gana para su reino.

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Calles, puentes y demás discursos de la memoria

Los arcos de los puentes les causan espejismos a los habitantes de los segmentos del círculo donde se desarrolla la contienda entre estatismo y movilidad. Vanos deseos se precipitan a las aguas convertidos en débiles impulsos de la materia.

Los arcos pugnan por sus equilibrios y empujan hacia uno u otro extremo, de acuerdo a la sensación que paraliza y destruye. La defección de los arcos se da en el antes de los signos anunciados.

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Desde la cima de un puente expandí mi buena emoción y llené mis zapatos de obras de cascajos.

Logré invertir a los arcos siguiendo el modelo de mis hombros. Bajo este hallazgo me encontré resistiendo a mi propia flaqueza, aunque más tarde encontré que ninguna parte del aire me pertenecía y que debía atarlo a mi piel.

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Calles, puentes y demás discursos de la memoria

Caminé por las principales calles de la antigua ciudad y el tiempo quedó en suspenso. Me abrí el pecho a las exigencias de sus muros y me prometí que en el porvenir sería su único constructor.

En un día recorrí el casco histórico de la afamada ciudad y cada veinte pasos me detenía a medir sus anchos anhelos.

Subí unas escalinatas que me condujeron a la misma vía que siempre quise evitar en sueños. Era un lugar golpeado por aromas de rancios pescados que emanaban de recluidos patios. Allí también se escuchaban ruidos de poleas y el incesante repiqueteo de martillos despertando a las dormidas piedras.

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Calles, puentes y demás discursos de la memoria

Nunca se verán mejor las raíces de los puentes que desde las riberas aquietadas del río, cuyas ondas se agitan como banderas en combate y cuya frialdad empegosta al tránsito de angustia.

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Durante las noches estivales los puentes logran ser habitados arriba y abajo. Alguien con ingenio podría instalar unas campanas en los bordes que sirvan para llamar a quienes posean las noches en los puentes. ¿O sería mejor colocar tambores encima de plataformas e indicar con calculados redobles la separación de los cuerpos dormidos?

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En la entrada de la ciudad el puente se asemeja a una calle aérea y obtusa. Tal vez eso se deba a las casas que lo cercan y le mezquinan la luz. (El río que salva el atribulado puente provoca inundaciones que llenan las celdillas de la prisión y por varios días los reclusos no tienen otro oficio que nadar y ahogarse cuando quieren).

La estructura del puente obliga a hacer las paces con las aguas crecidas y convencerlas que se retiren a tiempo y vayan a destruir a la ciudad en su jactancia y en su falta de hospitalidad.

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Calles, puentes y demás discursos de la memoria

Sin previo aviso el canal recibe turbias aguas y al puente lo gana un intenso temblor. Por debajo de los arcos atraviesan raudos los fenómenos de las tierras removidas y el desgajamiento de los maderos. Los daños se rumoran corriente arriba y, así mismo, corriente más abajo.

Ya con la noche desmayada, las aguas se abren en fuentes y en cada plaza del poblado forman remolinos y en la oscuridad, con chispas de luciérnagas, saltan al vacío.

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Hubo un puente por donde rodaban las peras y desde donde se avistaba al mar dándole mordiscos a la tierra empantanada. Quien presenciaba esos tormentos padecía para siempre de ilusiones de la gangrena.

A mediados de agosto de un año en que no hubo cenas el puente desapareció tragado por el mar. En su lugar quedó un hervidero de gaviotas y una alergia provocada por las algas.

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Por las altas calles de la ciudad casi fantasma, las ruedas y similares objetos continuaban circulando. Las sombras de los soldados poseían la exclusividad de ocultarse donde les satisficiera. Las tabernas y los burdeles permanecían vacíos y sólo los frecuentaban a fin de mes enanos de poca monta.

Únicamente una casa osaba permanecer abierta, porque estaba situada en la parte baja de la ciudad. Allí se almacenaban provisiones y la madera, el vino y el azúcar se daban a trueque por puertas y herrajes.

Cada calle de tan fementida ciudad recibía la fetidez de las restantes calles y debajo de cada arco las putas arrastraban a los clientes hasta sus agujeros. Un río hendía a la ciudad en dos y frecuentemente dentro de sus aguas los mendigos y los vagabundos tomaban su postrero baño.

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Calles, puentes y demás discursos de la memoria

Las murallas de la olvidada ciudad crujían con amplitud y en su base se estrechaba para servir a la causa de su futuro derrumbe.

Esas murallas no se secaban después de cada chaparrón. Para ellas lo que contaba era el tiempo de los crujidos. También los arcos crujían y las inexistentes ventanas, pero retenían el aliento y a su altura unían los componentes de los morteros. La coherencia de su singular movimiento seguía continuamente al imposible secado.

Los crujidos de las murallas no se separaban de su entorno y la cantidad de mezclas se evaporaba al deslizarse sin discreción por los costados.

Día tras día, al amparo de la aquiescencia de la penuria, las murallas sabían que su adversidad estaba enlazada con la remota línea que hería la cerviz de la tierra, allá, en lo hondo, en el doble significado de su necesidad.