Misceláneas
Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales
(a María Elvira González)
Si por las nucas se comunican los espíritus sirve meter el entendimiento en un barril y comenzar a ser hombres ayudando a los supersticiosos a atravesar las encrucijadas. Más vale caminar de puntillas y lograr la entidad que marcha adornada. O salir con las tablas en la cabeza a recoger pinturas celestiales o esconderse tras las cortinas a espiar el fornicio clandestino de las señoras. Todo está permitido, mientras a los niños se les caigan los mocos en medio de la ensalada.
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Cuando uno creer saber mucho no hace mención de las pilas de libros que ha leído. Hay que persuadirse de que errar es desbarajuste de locos y ceremonia de narices mojadas. Se multiplican las voces y toman la similitud de los imposibles milagros del mundo. También resulta un manjar la vieja que pierde su bocado por falta de cliente y que luego cuenta su hazaña como si ayer hubiese comido e ingerido lavatorios ajenos. Del argumento principal se deriva el entretenimiento de ocasión.
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El prójimo se escandaliza con súbita ruina y tropieza contra el escándalo. Su cacumen se le quema y el socorro llega cuando la masa gris ya está abrasada. Sube y baja la dignidad con la misma velocidad con que lo hacen los calzones. Además en la corteza de la piel hay unos resquebrajos que usurpan lo sagrado y rasguñan al paso de las horas y las velas atrofiadas.
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Por tratar de salir del atascadero, la viuda amonestó al sacristán y le exprimió su exquisito jugo eclesiástico. La contemplación no se finge, sino que es un placer repentino y multiforme en donde ocurre la mudanza de la vehemencia por el arrobo. La serpiente del deseo se enrosca en los cuerpos y devora sus palomas o sus abejas y le sirve tanto al de arriba como al de abajo. La celebración se pregona a pleno mediodía y la herida no se advierte.
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Quien se arredra ante la desnudez anda enfermo de parálisis o es lisiado en todas las formas y la ceguera lo abate al son de las afrentas de los invidentes. Los descendientes de tal personaje se atarán pañuelos blancos por encima del codo y comerán en platos de cuero y beberán en fuelles rotos. De esta cierta manera llegarán a ser semejantes a los fontaneros que recapitulan y recapitulan para asentarse definitivamente en el podre y en las llagas que se expurgan sin derechos. El hombre paga los errores del otro y no se aparta de la consabida estampa. Es más: le añade desafueros, corruptelas, atrevimientos y pedradas.
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La llaman rostro, pero todos sabemos que es una máscara, la verdadera carátula del hombre. No se puede disimular por más que muestre los dientes o abra desmesuradamente los ojos. El teatro es asunto de todos los días y hay que representar variadas funciones, a cual más interesante e instructiva. Para que suenen le ponen colores a las máscaras y las sumen en sus horrendas cavidades. La careta se perfecciona a medida que más engaños produce. Debajo hay abundante cara y las mejillas terminan por corromperse.
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Los libros no enseñan encaramados en un árbol sin hojas. Ellos deben ponerse a cubierto de los pedantes y ligar su volumen al pergamino de los antiguos y al manuscrito de los modernos. Por el papel de los libros pasan cuentas del pasado y cuentos del porvenir. Cada quien quiere tener en su aldea cerebral un libro celebratorio y quiere ir a cada tienda de libros a hacer sus diferencias y abrevar en lo acabado.
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En el año bisiesto, el sol comete excesos y los coloca en marcos para que se vean y luzcan. Eso de intercalar horas puede traer aparejado la muda de bisnietos y las letras que mejor les resalten.
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Los espejos son tan antiguos como los mismos sueños. Siempre se especula acerca del nombre de su posible inventor. Siempre se frustra la indagación. Dentro de los espejos está la única verdad, pero ¿quién se atreve a ingresar dentro de ellos para averiguarlo? Un espejo frente a otro espejo oblitera sus contradicciones y sólo aspiran a que los salve un filósofo con variados suspiros.
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Las tablas se organizaron en rectángulos y se dijeron que serían los almanaques del verbo. Por ellos se trasladarían los sucesos de la astrología y las raíces de las cosas. Al amanecer manan de los almanaques unas candelas revestidas de gualdrapas que anuncian los hechos enlazados al porvenir. La perpetuidad de las almas abre su referencia para el juego que consta en todos los almanaques.
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Las figurillas suelen tener aspectos de antiguos dignatarios extranjeros y gobiernan desde retablos donde sus cuerpos se imponen con las órdenes que de los sellos surgen. Se habla de castillos para tales figurillas y sus mesnadas tocan pitos y chirimías para que los intérpretes corran tras los maestros reposteros y les avienten las pelucas declaradas y en trajín.
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Los relojes se mueven con sus garridas cuerdas y van deslastrándose de animales que traen ocultos en la maquinaria. En el borde del tiempo se ajustan las vueltas y caminan hasta el hervidero de donde salieron. Sobran ojos a los relojes que sueñan y sus cabezas calculan con matemática precisión los siglos que faltan por rodar sobre la invención y debajo de la oración. Así el móvil se aliena.
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Se retraen los personajes encajonados y se acogen a los refugios. Huelen a lo lejos a las ciudades que retornan vacías. Los personajes se van retrayendo y en las monedas aparecen sus efigies para recordarse de las horas señaladas y bienquistas. Oficialmente tenemos noticias de los días retratables, mas de las noches sólo se escucha la perpetuidad del sonido en los metales y en la piedra.
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Sigue siendo costumbre de los astrólogos poner un pie en altares de papel. Sus palabras carecen de vocales y constituyen una décima parte de las costumbres que proponen. Lo profano se explica por oclusión; lo misterioso se agujera y figura, adusto, en el alimento del misal.
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Con los brazos desvaídos esperan las muñecas los broches que nunca llegan. La expresión se les torna trapo y en los ojos las pupilas se dedican al estudio. Las muñecas hacen ruido en las oscuras madrugadas y mascan caramelos de algodón y las piedrecillas de su alma se ligan al río de la superstición.
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El adivino se sienta sobre su animal de loza a esperar el candil. Luego se ceba con él y relumbra para que lo asistan los gatos. Los vocablos del adivino son lumbres en las futuras sepulturas y vidrios en las manchas grandes de los seres aviesos. Al adivino se le queman los zapatos por dentro. Así conoce él las trampas que los amos lanzan al suelo al doblegarse las noches.
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A la lagartija la vi debajo del verbo, quieta y pensativa. Había llegado del frío y buscaba refugio entre viejos libros. Sobre su cabeza descubrí el símbolo de persistentes empresas. Pasó por las ascuas y sintió asco del puro desvelo, ardiendo con llama azul o simuladamente violeta.
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Las vestiduras colgadas recibieron el sahumerio en la mitad de su necesidad. Las mujeres de los retratos se recogieron los sayos para que entraran los perfumes. De esta manera tratadas con tanta delicadeza, ¿para qué retirarse a dormir tan temprano?
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La buena filosofía se conserva en las lámparas de pulcro uso. En la puerta de la biblioteca las luces suspensas esperan a los espíritus lectores. Nada las sustituye y la vitalidad es otra ardentía que va a encender el eterno corazón de papel de los libros.
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Fue señalado el día y entró el jarrón al estudio. No venía de cristal ni porcelana, sino de cobre esmaltado. Dos mariposas sobrevolaban fijas sobre su boca. Se sabe que un mandarín de siglos pasados fue su dueño y su voz recitando versos de memoria aún resuena dentro de la panza redonda del jarrón.
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De San Francisco de Asís me copié la forma de los sandalios, aunque prefería calzar mis antiguas alpargatas. La garganta del pie se humedeció con el sudor y me hice el loco para que mi mujer se acercase a secarla con el pañuelo de garzas y lunas bordadas.
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Apago las lámparas y por turnos aparecen las sombras. (Del otro lado del mundo el sol no saldría de su asombro). De mi sombrero prefiero la umbra a su fresco cielo. Me arrimo a la pared y habito el recodo de las siluetas. Las sombras se mueven más rápido que los objetos que las preceden y la función gana en espectacularidad y sobria belleza.
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Dos tigres de tela son mis conocidos. Uno se retira tarde a su cueva; el otro se pone a leer conmigo. Ambos nacieron en el noreste chino y sus alientos desbastan las almas. Los tigres aman la música sinfónica y sus cuerpos veleidosos proyectan imágenes poco fieles en los espejos. Con el tiempo los tigres han terminado por ser dóciles y me roban las horas y los libros que hablan de la selva.
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Me corto las uñas con el filo de un cuchillo, por puro placer. Las bestias de los catálogos se me quieren echar encima y las araño hasta asustarlas con la muerte. Mi razón a veces pide clemencia y saco las uñas como un gato de Algalia. (El ave que truena junto al sol rasguña el vidrio de mi ventana y le impido que cometa rapiña mostrándole el acerado cuchillo). Sé que he nacido apegado a los uñeros y mi proverbial impaciencia me torna corvo y carnicero.
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Ya quisiera para mí en el frontispicio de algunos de mis libros el título de “Vergel de las puterías” o “Jardín de las mancebías”. Las malas mujeres son las que no caen en las redes del deseo y no permiten que se encienda la mecha y arda la vela con su consiguiente esperma.
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Las cartas se contrajeron y entraron en el torneo del olvido. Secretamente se inflamaron y dispersaron las materias diversas. Se armó un alboroto, debiendo enfrentarlo sin rodeos. (No niego que quise testificar en falso). Ahora estoy mareado sin haber subido aún al barco, pagaría cualquier precio por juntar de nuevo los pedazos, pero me hace falta carta blanca entre tanta carta malograda.
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Se sentó en el sofá la dama, muy hermosa, pero nada discreta. Me comentó que su marido era un uxoricida frustrado y me pidió encubrir su falta. Sentí cansancio y quise hilar fino. Dejé sentado mi compromiso y tomé asiento al lado de la dama. Le hablé con lengua multisápida de los lugares donde había vivido y de las extrañas costumbres que había presenciado. En ningún sitio supe del asesinato de mujeres. La dama experimentó con fuerza una conmoción espiritual. Convertí entonces aquel sofá en un tálamo circunstancial. Nos recogimos los dos y compartimos las penas y las mordeduras. Como un caballero favorecí a la dama con mi amistad y le permití partir al despuntar el día. Yo continué durmiendo y me guardé el secreto.
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Recogí los guantes que me merecían como dueño. El de la mano diestra tenía toda mi consideración. El otro era un fraude y sólo me lo ponía por cortesía. Yo asentaba el guante doquiera que iba y daba bofetones con él a quien me ofendiera. Por supuesto, no arrojaba el guante al suelo: no hubiera faltado quien por descuido lo pisara. En verano transformaba los guantes en mitones y esto me daba la feliz oportunidad de poder contemplarme las uñas.