¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Fotografía: Wilfredo CarrizalesIndagatoria a la noche

Texto y fotografías: Wilfredo Carrizales

Nunca alcanzaremos el litoral de lo oscuro, a pesar de los continuos esfuerzos por lograrlo. La noche es el resumen de la oscuridad, su simbólico arribo al mundo de las sombras. La noche nos seduce con la expectación de su misterio y la anticipación en la caída hacia los sueños. El deseo de la noche está lleno de coraje y miedo; la noche se revuelve en su dolor y prosigue su lucha por amortiguar su contradicción.

En los rincones podemos encontrar los diversos corazones de la noche. En esos rincones, la vida adquiere otros significados muy cercanos a la inefabilidad de la libertad. La noche enjuga la alegría con mantos de mortaja.

La noche misma se aproxima a la reflexión acerca de su aptitud. Los sueños más sentidos pertenecen a la noche y ella se fascina al poseerlos y se torna adicta de sus sustancias. La noche se pliega en los juegos del claroscuro y emerge luego como la inusual creadora de la realidad fantástica.

Al comienzo hubo infinitas noches y cada una amplió una imagen para focalizar un solo escenario. La noche persigue a los impactos visuales y encuentra por sí misma la grandeza en la invisibilidad de su anonimato.

Observa con atención la noche a quien la observa y, a veces, ocurren coincidencias de perspectiva. La noche caza a sus presas cuando ha disminuido la alerta. La realidad de la noche se enfatiza en la relación de la luz con la dispersión. La puesta en escena de la noche se efectúa bajo su propia dirección y guión. Los actores de la noche improvisan sus roles y en ciertas ocasiones capturan momentos dramáticos, pero efímeros.

La provocación surge de la noche y permea todos los sentidos de los caminantes de la oscuridad. En las ciudades poco iluminadas se entrelazan imágenes evanescentes con una riqueza de espaciamientos narrativos.

Fotografía: Wilfredo CarrizalesAdemás, a la noche le atañen las brutales experiencias de los incautos y de los inocentes. La ansiedad palpita en lo hondo de la noche y, al mismo tiempo, se fortalece por la ambigüedad de su naturaleza. Ni descanso, ni dejadez entran en el inventario de la noche.

El alma de la noche va indisolublemente eslabonada a la aceptación de la destrucción temporal del universo. El significado de este abstruso asunto hay que buscarlo en la existencia misma de sus orígenes.

Una vez que la noche planea distribuir los deseos, nadie escapa de ser confrontado o tolerado, retornado a sus temores o hundido en la ceguera. (El más fastuoso espectáculo acontece cuando se fragmenta e inevitablemente alcanza la frontera de la soledad y se atosiga de lúcida oscuridad).

Algunas contadas veces, a lo largo del año, la noche simula pertenecer a la marginalidad. El testimonio queda grabado en la conciencia de las calles pervertidas y los individuos primarios sin hogar se borran y deambulan como sombras sin pasado ni reluctancia.

La noche se antepone al mundo y a su feria de luces que se atragantan. La noche se emociona con su poder y hace catarsis para ensuciarse de cosmogonía. Las mujeres de la noche se enfrentan a las redes negras con sus sexos intoxicados y con una desnudez que ilusiona a los faroles.

El mal se atornilla a la noche porque acelera las tentaciones de los humanos. La noche le coloca títulos a los actos de los hombres sólo por el placer de divertirse. Ella sabe muy bien que toda trama se transforma en su contrario a las pocas horas.

Estadios posee la noche y ella los salta para poner en evidencia la metáfora de su función. Sus premisas son simples: la noche prefiere los sitios solitarios, las calles sin presencia humana y los callejones que carecen de salida para lanzar sus abyecciones con toda la alevosía posible.

La noche establece el reino de las miradas espías, los atisbos y el fisgoneo a mansalva. Los íncubos se agitan en busca de las mujeres. La vaguedad rota las escenas y las sombras acarician con obscenidad los muslos temerosos de las féminas. Entre la angustia y el temblor (el sudor no está exento) la noche impone su superioridad y penetra a fondo en las carnes que se debaten por no abrirse.

Fotografía: Wilfredo CarrizalesTambién la noche se metamorfosea en fantasma de lujuria y seducción. Ese fantasma ataca con entusiasmo, con idónea precisión. El fantasma libera y hace caer los antifaces y exaspera las apetencias. El placer gorjea hasta por las más mínimas grietas.

La noche llega y se hace nuestra dueña. Nos colma de chucherías sexuales; nos pone al alcance de sus arcanos; nos desviste y fija nuestra miseria corporal; nos embadurna de fobias; nos cubre, nos ablanda, nos enfurece los gametos. La noche nos conduce al más alucinante de los sinsentidos.

Los elementos a través de los cuales se expresan los pasajeros de la oscurana son básicamente hechura de la noche. Ella en su taller forja el brillo del ojo que escruta y la velocidad de la mano que escarba y el pálpito que da el saberse vigilado.

Anula los espacios la noche. Por ello, las caminatas nocturnas traen consigo la extenuación de la memoria, pero al mismo tiempo, la punzada múltiple del discernimiento.

Un disparo en la cerrada noche únicamente da en el blanco si la víctima se adormila o no recoge a tiempo su sombra. La noche escoge con antelación el lugar y la estación del asesinato. Mientras efectúa la escogencia, la noche golpea su corazón con pulso de relojero.

La noche fotografía cada uno de sus pasos y avances. Luego compara las imágenes y concluye que ella también comete errores. (Ahora es de noche —siempre la ubicua noche— y sin duda ella me sigue (nos sigue) y se entromete en mis notas y trata de ponerles fin. Yo me oscurezco y domestico a la noche —temporalmente— con fogonazos de linterna).

De improviso, la noche se extiende. Se le llena el abdomen de recovecos y quimeras. La noche camina en el interior de su gemela noche. Ellas se padecen y los conticinios se tornan palpables, desmesuradamente oscuros.

La noche alucina en su negrura y colisiona contra las paredes de su aliento. La noche se vuelca hacia sus objetos y los mutila. Estrecha la noche sus pupilas e incita a las revueltas para transfigurar a los corazones...

Depende la noche de su cuenta regresiva. Un gallo persistente en la ubicuidad e invisible por conveniencia le acosa la existencia. Rápido, la tonifica y la modela y le mezcla el entendimiento con vapores del osario.

La noche le pide a la luz que le traiga más sombras para juzgar y aquejarse. La luz le presenta un alegato y tres aspectos resaltan: “el estado de la noche y su competencia”; “los sentimientos de la noche y la finitud de sus andanzas”; “las relaciones de la noche y la preñez de los deseos esparcidos”.

Fotografía: Wilfredo CarrizalesLa máxima de la noche creará la más completa oscuridad. La locura impondrá sus fueros y los hombres deberán quitarse, a manotazos, las sombras de las sienes. En la secreta aspiración de la noche se estremecen las contingencias y las verriondeces atávicas que, en definitiva, pretenden la liberación de las esclusas.

La tierra consume el trasnocho y del sol se priva. Nadie puede afirmar que de noche todos los gatos son tardos. Nos hacemos noche cuando nos olvidamos de nosotros mismos. La noche se hace en nosotros para que alumbren los fuegos fatuos. Cualquiera que muere no necesariamente oscurece, pero siempre oscurece quien quiere morir.

El gran murciélago se refugia en las cuevas del cielo y se transubstancia en noche. A ratos, sus súbditos adquieren hábitos de noctívagos o noctífagos, aunque a la lascivia la devoren las ratas que señalan los concubios.

Si la noche no alcanza una genuflexión a deshora los habitantes del hastío alimentarán sus represiones con vanas desnudeces del día.

Noche que ignora los sepulcros y se acuesta. Noche que se quema durante el saludo. Noche del disimulo y del daño latente. Noche nodriza, nómada y tierna. Noche que va, se despide y no se pierde. Noche de las ovejas citadinas y del comercio oscurecido y malévolo. Noche del punto inmóvil con sus líneas de fermentos a cuestas. Noche de nolición. Noche crepuscular para los niños en el destierro. Noche infame en su botón fortuito.