Males de París, ¿nostalgias?
Fotografías: Olivier French
A

Jojo le pidió quietud a Jacques Brel en Notre-Dame de París. Jojo le dijo: “el amor está muerto, irresucitable”. Pero, con elegancia, Jacques Brel no le exigió nada. La llamó “marquesa” y le recordó los días felices pasados bajo la Torre Eiffel. ¿Recuerdas? ¿Y en Orly? Yo llegué cuando aún el amor ni siquiera era una enunciación y la villa dormitaba como un plácido país. Mi infancia toda quedó en tus ojos y la canción del jamás no se escuchó. Sólo un vals, a millas de distancia, aproximaba la posibilidad amorosa. ¡Ah, la canción de los viejos amantes! No me la quité después de la piel. ¿Y de Amsterdam? ¿Te acuerdas? Las cervezas, el diablo dentro de la cava, los bombones... ¿Y Bruselas? No supimos si nos miraba; sus gentes parecían flamear; los pequeños burgueses se quejaban... En aquella época me dejé crecer los bigotes y el jefe de Matilde, Mariake y Madeleine visualizó en mí a un moribundo. ¿Lo era? ¿Lo llegué a ser? A mi gusto comía sin horarios y supe que te perdería una tarde de exclusivo verano.
Jojo, no te rías de esa manera. Jojo, yo no ignoro que tú no quieres marido. Tu epidermis no está hecha para el amor. Acaso sí para la pasión y el tremebundo goce. Jojo, no deseo, ni puedo, asilarme entre tus sombras. Si tus pies me llevan no arribaré a ninguna parte. Tú eres una flor sin complemento, árida, brusca... Si sudas como entonces te sabré llena de la vida especial; si te sudan los pies, copiosamente, temo que tus fronteras se acaben.
Jojo hizo un desdén. Afirmó: “me marcho de nuevo a París. Los bichos me persiguen aquí y empobrecen mis feraces mañanas. Añoro a los grillos en las riberas del Sena, sus gajes de soltura y sus cantos a la luz de la luna... No quiero recordar a Bruselas. Me hace sangrar...”.
Jojo, “marquesa”, tendrás las ventanas que exijas, los jardines que precisas, el casino, el fasto inefable de las noches... En mi villa campestre te aguarda una gran caja de pimpollos. Verás a las corolas del placer y a los...
“No, no, Jacques... Huyo de ti. Toma: cuida de esta rosa. Es tu vida”.
B

Cincotti está frente a la luna del espejo. Mira hacia el vacío y a su corbata negra se le descorrió el nudo, lastimosamente. De repente, comienza a detestar la caída del sol. Su nena lo abandonó cuando acontecía un crepúsculo en medio de raudas tonalidades. Añora el sentimiento de mañana como si fuese hoy. Su nena de Saint Louis... Le pagaría con gusto el boleto del tren para volver a caminar con ella sobre las líneas torcidas del ferrocarril. Su nena con sus aretes de diamantes y muchos hombres alrededor tratando de arrastrarla con cuerdas de seducción.
Esa mujer, su nena de Saint Louis, con sus polvos caros para el cutis y su pelo lavado siempre por el viento. ¿Cómo es que no sabe que yo soy el hombre que la amo doquiera y por donde quiera? Ninguna mujer de Saint Louis posee tan bellos aretes de diamantes. Yo los veo brillar aún, mientras permanezco en mi buscada oscuridad: tipo especial de maravilla que me desnuda y me hace sufrir.
A mi nena necesito abrazarla y darle la ternura que le procura un cauce hacia el pozo de la felicidad que yo ahondo. Mi nena de Saint Louis... Dentro de su mundo azul, alargada de tiempos y justificada en obra y palabra.
La amé en París y la primavera se amoldaba a nuestra pasión. La amé en otoño sobre las hojas secas de un conocido parque. La amé en invierno y los carámbanos nos perseguían por las calzadas. En verano no pude amarla, porque en los lagos los peces nos espiaban y sus sigilos borbotaban.
En aquellos momentos, París no era una fiesta, pero eso a nosotros no nos competía. Ella estaba cerca y si yo la amaba, París tendría también que amarla y ofrecerla a mi devoción.
En este instante, frente a la luna del espejo de esta habitación de motel, ya no sé cómo cuidar de mí. No pretendo guiarme en sendas escabrosas, ni lanzarme hacia un túnel que apenas entreveo. Estaría mejor sobre la luna, sobre su espejo frío de bruñido bronce, solo, como ahora, mas diferente y distante por dentro, con ninguna estrella brillando en el cielo de mi boca. Sólo reminiscencias de las horas, mi posesión de oquedades, mis recuerdos de las catedrales parisinas con gárgolas y, tal vez, la muerte con sus anuncios de desastres... Debo aguardar el extremo de la soga para mejor cazarme e ir pronto hacia otras lunas aun más remotas, donde pueda jugar, libremente, con mi orgullo.
C

En las noches de fin de año en París, Ives Montand atrapaba a las luces que se introducían en su automóvil italiano y les tomaba el pulso. Luego se las obsequiaba a sus amantes. Los secretos de ellas, de manera expresa, se abrían en las salas de cine y las mostraban como retratos en una ciudad que no las envejecía. Los ecos de sus risas gravitaban luego en los cabarets y los cubos de hielo volaban con alas carentes de frío.
Libremente, en la oscuridad, Ives Montand le cantaba al amor que subvertía a las noches y convertía a todos los bares en un paraíso. Su corazón danzaba con segura suavidad y ni por accidente se asomaba ningún fanatismo de pasos inexpertos. Las bellas muchachas gemían por él sobre las almohadas y al borde de las madrugadas los tocadiscos quedaban rendidos de cansancio. Las horas iban y venían y no se atrevían a detenerse.
Detrás de cada anochecer Ives Montand colocaba un manojo de memorias, deseos a contrapelo y curas para los lances de las nostalgias, a veces llamados trucajes del espíritu. El tiempo no era su enemigo o por lo menos no actuaba como tal. Él cruzaba los puentes donde el río se rajaba la plenitud y por allí desembocaba hasta encontrarse de nuevo con el sol, ya de regreso de su periplo sin bitácora.
Muchas veces intentó Ives Montand decirle adiós al ayer y a su mirada del amor, pero las calles de antes le invitaban a nuevos recorridos y el reloj con sus mensajeros le imponía un tema principal para las canciones. Como si aceptase una distante invitación, él se afirmaba en su existencia y mezclaba las locas risas con la más grave expresión. Se internaba, a profundidad, en París y avanzaba encima de sus tonos y sus aires caminantes.
Los interludios de las noches le traían a Ives Montand redención de emociones, aunada a una libertad para mostrar el mejor cuadro colectivo de mujeres rememoradas.