Las ratas

Texto e ilustraciones: Wilfredo Carrizales

Las ratas

Las ratas conocen al menudillo todos los trucos y malas artes y, a cada rato, inventan otros nuevos, sólo por el placer de hacer patente su superior inteligencia.

Frecuentemente las ratas son ejecutadas para que no infecten las alcantarillas, las tumbas y los retretes donde se caen las llaves. Sus cadáveres pronto cuelgan a miles de kilómetros del sitio que sirvió de escenario para su aniquilamiento, como advertencia a los rateros que ratifican las desaprensiones.

En un tiempo no muy lejano, las ratas llegarán a ser las soberanas del Atlas: de Alaska a Tierra del Fuego; de París a Peking; de Casablanca a Ciudad del Cabo... Celebrarán con abundantes quesos de puertos reales su inamovible ascensión al poder.

Las mismas ratas entierran a las congéneres que mueren, en lugares desconocidos y, posteriormente, erigen cenotafios para rendirles homenaje el Día de Todos los Roedores Difuntos.

Se limpian las patas las ratas con aceite de vitriolo. De esta manera, en sus raterías no dejan huellas y no hay manera de demostrar su culpabilidad. (A los gatos no les queda más remedio que cruzarse de brazos).

Se confiesan las ratas y se quejan de amor. A veces, huyen de una luz que las consume y terminan, locas, atrapadas entre las rejillas de los albañales.

Existe cierto tipo de rata idiota que pasa siempre desapercibida, porque su sombra es tan lenta que no puede acompañarla en sus escasas correrías.

Las ratasCuando las ratas se amotinan en los barcos, los puertos seguros tardan una eternidad en aparecer en lontananza.

Los animales domésticos odian, sin razón aparente, a las ratas. Por mucho que se investigue, no se logra dar con la clave del misterio.

Para algunas ratas constituye una especialidad arrancarles, a dentelladas, la cabeza a los loros enjaulados, cuando éstos duermen apoyados sobre la red de alambres. La competencia entre ellas es tan brutal que ha obligado a los loros a dormir sin cabezas.

Las ratas suben a los armarios y, súbitamente, huelen el peligro: un irresistible aroma de queso aderezado con ingeniosa trampa de resorte. La temeridad puede más y, aunque apenas se le dé un ligero mordisco al queso, la expresión con los ojos brotados por el golpe de la trampa, bien vale un pase a la diminuta morgue de traspatio.

Resisten, con argucias, las ratas al dolor y a la piedad. Sus años sucios corresponden a la sinceridad de sus actos y si, en ocasiones especiales, no se mueven, se debe a la autoridad de los verdugos.

Ridículamente, las ratas viejas reconocen los crímenes que cometieron en su juventud. Lloran y se postran de hinojos. Los gatos las desprecian y, al final, ellas acaban suicidándose.

Antaño las ratas no le temían al fuego. Lo juzgaban imprescindible y justiciero. Pero a una rata imprudente se le ocurrió propagarlo y casi provoca la extinción de la especie.

Las ratas festejan su aniversario con gran pompa y solemnidad. Engalanan sus aposentos y comen y beben ruidosamente hasta el amanecer. En ese momento, irrumpe el raticida y el duelo es coronado con flores de irrebatible argumento.