Taumaturgia
Ilustración: Unión. Obra de Xia Xiaofang; 2006.
“Yo crearé con mordiscos algo diferente en tu rostro y en tu cuerpo”.
Pascual le explicaba a Sandra la intención que tenía de transformarle toda su figura. Incluso le prometía un sarcófago blanco que estuviese acoplado a los largos meses de espera. Pascual se inspiraba en los frágiles vidrios entrevistos en una galería y saltaba en cuatro patas, de la alegría. Los instintos de Pascual estaban estructurados para fusionarse con la vista, el gusto y el tacto y ellos le proveían de muchas oportunidades para pervertirse por dentro y por fuera. Él siempre frotaba las cenizas de los cigarros sobre su rugosa frente. Adosaba muelles cojines a las ventanas y demandaba un calor que sobrepasaba cualquier expectativa. Su silueta se tornaba increíble, gimiente, al mismo nivel que la línea del cielo en lontananza.
Asía Pascual su primer nombre para proporcionarse una llave que abriera las máculas. Le gustaba crear menús a la medida de la gula de Sandra: floja y chata. La decoración, estable, y a veces uniforme, lo conducía a la irritación más atroz y podía ir de un lado a otro en la búsqueda de una apariencia sofisticada. Sin decoro señalaba las fútiles nalgas de su mujer y las enfundaba en colores y texturas insólitos para producir pantallas que ocultaran sus piernas de madera seca. Sin previo aviso abofeteaba su cara de gallina vieja de barro. Bajo cualquier pretexto le oprimía la nariz y luego olía el daño que le producía. Entonces llegaba a sentirse sublimado, volátil, asaz mirífico.
Las soberbias comidas aderezadas con todo tipo de semillas picadas y salsas se las untaba a Sandra entre los muslos. Descubría allí una excelente saturación de otoño y con lengüeteos podía imaginarse que sorbía las más deliciosas trufas de Italia. No seguía ningún ritual fijo, pero el pan mojado en leche siempre estaba presente en esta práctica. Como Pascual acostumbraba irse a los extremos, colocaba encima del dorso de una de sus manos un chorrito de aceite de oliva que le sirviera después para darse un masaje.
Pascual procuraba su propia seguridad en su relación con Sandra. Se mentalizaba como un tártaro y ofrecía el arte de su truculencia a quien fuese capaz de resistir el dolor de la humillación. Él colocaba sus zapatos sucios sobre la mesa del comedor y dentro de ellos rompía huevos yodados. Los estregaba hasta hacer que el fino cuero del interior de los zapatos se ablandase y combinase con la gelatina producida. Soltaba una fresca risa de basilisco. Gradualmente agregaba a la mezcla otras sustancias exquisitas: cola de huesos de pescado, aceite de ricino y cuajada. Con cuidado extremo, ladeaba los zapatos y llamaba a su damisela para que trajera un par de tazones. Derramaba la mezcla, proporcionalmente, en los tazones y luego invitaba a la mujer a tragar de rodillas toda aquella bazofia. Él se ajustaba unos impecables guantes blancos y presumía de disfrutar del mejor espectáculo gratuito del mundo: bálsamo para sus sienes exhaustas y sometidas a una intensa excitación.
Sandra terminaba el “banquete” y concluía que había estado muy rico, pero que, sin embargo, había faltado un ríspido vino tinto. Ella le daba las gracias a Pascual en un perfecto francés aprendido en la academia y eructaba con el recuerdo de un dejo de pimienta en los labios.
Cuando Pascual se mostraba inclemente y desértico con ella, Sandra se tornaba ubicua y tiranizaba su existencia. En esos casos, una oportuna crema de limón solucionaba el repentino conflicto. Por las noches, Sandra prefería berrear y raspaba a la perfección el acerado culo de una olla de presión. Pascual sentía algo similar a la sensación de eyacular sentado y así disfrutaba por unas cinco horas y media.
Protegía Pascual su segundo nombre bajo total resguardo y secreto. El espacio de sus amistades lo ocupaban los comensales de una popular posada gallega. Los lunes decidía almorzar allí y se aparecía enfundado en un mono de tela ligera y dispuesto a batallar con el menú, manteniendo el antiguo estilo de sus héroes favoritos, quienes solían comer en parecidos establecimientos. A Pascual le resultaba graciosa la fórmula del “uno por tres” que utilizaba el patrón gallego para captar nuevos clientes. Pascual le hacía creer al gallego que él era un “moderno y próspero americano” llamado Alexander Zoegts.
Pascual regresaba a su deprimente morada algo achispado por las copas de vino y los chistes pornográficos. Encontraba a Sandra flotando sobre una gruesa capa de espuma. De inmediato, abría las ventanas del cuarto de baño para que ella pescara una pulmonía. Sandra comenzaba a estornudar y perdía la perspectiva del límite de las cosas. También perdía pie y caía de espaldas golpeándose la cabeza. Pascual le arrojaba pedazos de hielo para que se aliviara los chichones y ponía el equipo de sonido al máximo volumen para que a Sandra le estallaran las neuronas.
La vida de Pascual y Sandra transcurría de una manera simple, casi monótona. Los disgustos que vivían a diario los zambullían en un retorcimiento de memorable emoción. Algunas veces, ya a punto de marcar el reloj la medianoche, Pascual convidaba a Sandra a tomar una especial bebida: ron ligado con salsa de tomate, pimienta y jugo de toronja. A Sandra se le saltaban las lágrimas y pujaba por no llorar, mientras Pascual removía con un dedo índice el contenido de su vaso y luego se chupaba la falange humedecida. Una gris sombra aparecía alrededor de los ojos de Sandra, pero aun así ella libaba la mezcla de su vaso con resignada fruición. Veinte minutos más tarde, Pascual le ordenaba vomitar y ella se esforzaba, mas no lo conseguía. Entonces Pascual la constreñía a comerse media caja de bombones, recubiertos con esencia de vainilla y le exigía que se quedase dormitando sobre el sofá.
El arte creativo de Pascual alcanzaba su cimera expresión al momento de lograr botellas de licor importado. Con ellas masajeaba el cuerpo desvaído de Sandra. Luego descorchaba las botellas y la bañaba con el contenido, a ratos espumante, a ratos lechoso, a ratos acaramelado... Pascual encontraba el balance ideal en los licores usados para bañar a su mujer y vibraba de exultación al notar que las arrugas de su piel se distendían y plegaban con una desconocida elasticidad. Cientos de calorías más tarde, intentaba que Sandra emergiera de su sopor alcohólico y se dedicase a arrancarle los feos pelos que le brotaban detrás de las orejas.
Sandra y Pascual celebraron sus cincuenta años de matrimonio en un lujoso restaurant llamado Flo Flo, cuyo dueño era un conocido gangster de la ciudad, a quien Pascual le había hecho algunos favores. Ellos iban vestidos como embajadores endeudados de países pobres y a simple vista se les notaba el hambre atrasada. Se sentaron en una mesa bastante apartada de las demás y, maravillosamente, Pascual le permitió a Sandra elegir el menú. Ella se decidió por unos bogavantes a la turca, una ensalada mediterránea y una sopa de cangrejos azules con huevos de codorniz. Pascual ordenó caviar, ostras, pan tostado y queso. La diferencia de precios entre lo que había pedido uno y otra era abismal. Pascual comenzó a ver el anillo de oro que brillaba en el dedo anular de Sandra e hizo cálculos. Llamó al mozo y le pidió una botella de la champaña más cara, porciones de faisán asado, hongos gigantes de Sudáfrica y sesos de cocodrilo.
Cuando todos los platos estuvieron servidos, Pascual increpó a Sandra: “¿Es que definitivamente te has vuelto loca? ¿Ya perdiste por completo el poco juicio que te quedaba? ¿Cuándo dispondrás de suficiente tiempo para consumir todo esto?”. A continuación, Pascual haló el mantel con brutal violencia y el conjunto de platos cayó al piso. Sandra se abalanzó tras ellos y se sentó bajo la mesa a devorarlos con fingida naturalidad. Pascual se le acercó y le extrajo el anillo de oro del dedo. Antes de marcharse, le dijo: “En la casa arreglaremos cuentas. Esta vez te excediste y lo pagarás!”.