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Totum Revolutum

Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales

El payaso se divierte con las diversas vías que encuentra su teoría del mejor vivir. Él se sienta y pronto se duerme y de repente se para y camina dormido. En todo esto encuentra placer, pero más aún en el comer y también cuando se lava el pelo y la barba. Desnudo, se sumerge en la tina y al poco tiempo ya está durmiendo y roncando despreocupadamente con una rotunda sonrisa colgada de los anchos labios.

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Totum Revolutum

Los días no pudieron excederse debido a la resta ocasionada por las horas. Las noches juegan en el patio a trastornar el ambiente frío. De pronto, se escucha la eclosión violenta de las flores y todos los presentes nos imaginamos diferenciados bajo la gélida e indiferente luz de la luna que se llena sin prisa. Lentamente las mariposillas nocturnas se apropian del aire y detrás de las paredes que protegen los jardines se congregan y producen un ruido aturdidor que se desplaza a través de los caminos.

Los niños se están tiznando los rostros con restos de carbón. Sobre sus hombros se ha trepado una puerta cerrada que huye de sí.

En el borde de un estanque se metamorfosea un pequeño cilindro. Está agrietado y durante el día nadie lo usa y la soledad lo alienta a mejorar su condición. Un gran número de árboles se beben aviesamente el agua sucia del estanque y se fertilizan y lucen sanos.

A ambos lados de un sendero apenas insinuado se reparten nombres de rocas e insectos. La severidad de sus apelativos para nadie es desconocida.

No pueden existir noches separadas de la luna. La oscuridad es prohibitiva y otorga dones a quien los necesite.

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Los rayos cada vez más pálidos que provienen del cosmos roto encuentran su desahogo en el enrollarse y extenderse de sus corpúsculos que tiritan, pero no de frío.

El cielo templa a la tierra y la pone a su servicio. Los seres trascienden sus existencias con licores de otros mundos posibles y en oferta. Se logra un sonido y los cuervos permanecen quietos y ansían una reclusión. La medianoche se alimenta de todas las noches y su fuerza arrolladora se expande hasta el más astuto de los hombres. La verdad sólo se encuentra en medio de los seres humanos y las cosas y las palabras duran el tiempo que no deberían durar. La necesidad les concierne a los cangrejos que pueden poseer ilimitada fragancia en los despedazaderos de la luna.

Los vientos navegan por encima de las superficies que se tuestan con soles prestados. Las hojas de los árboles se ven inmensas mientras flotan en un agua putrefacta. Esas hojas son como camisones ondeantes de muchachas que danzan con pasos sonámbulos y precisos. En medio de los ayes de las hojas unos pezones se avistan y se cierran y se abren con pétalos en forma de estrellas. (A lo lejos se escucha la caída mortal de las perlas que escaparon de los baños azulados de las mareas). Hay olas de fragancia que no terminan de ser captadas por los sentidos. Las melodías se crispan con el crecimiento de torres sospechosas de ebriedad y las raíces en escorzo de los árboles cruzados por tragedias recurrentes, empujan hacia atrás y hacia los lados a los lastres de un limo aprisionado y que ha llegado a perder su color al no saber pronunciar más los síntomas de los estiajes.

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Con su vieja lengua de perro no podía pronunciar su nombre. Una piedra de ojo de gato lo golpeó en la cabeza. Aún quedó vivo. Ya no tuvo ideas y lanzaba los objetos que lograba ubicar. Por ejemplo, a un tiburón de papel, de cuerpo sugerente y lustroso, lo abatió contra el pedestal de una estatua del héroe nacional. Una multitud quiso lincharlo y se evadió al infiltrarse dentro de ella.

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Totum Revolutum

Tengo una cosa en la boca y otra cosa en los ojos. ¿O será la misma cosa en boca y ojos? Tengo la memoria llena de piedras de humo y una pipa se abre en mis labios como un ferrocarril de feria.

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En la rendija coloco los tiempos del ocio. No existe desacuerdo con mi otro yo. Hemos dado pasos importantes para ubicarnos en los puntos limítrofes. Cualquier ocasión es favorable para entablar una amistad efímera.

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Completamente nuevo me disperso. Conozco a profundidad mis elementos fuertes y la consonancia que todo objeto en forma de herradura provoca en mí. Rodeo mis apellidos con segmentos circulares. A lo largo de los lomos de los libros encuentro el adecuado medio ambiente: las circunstancias que me conducen hasta las beldades que llevan ajorcas de jade en la cintura.

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Totum Revolutum

Me traslado de un extremo a otro. Lo penetro todo. Me extiendo desde lo antiguo hasta las horas de mis vecinos.

Radicalmente obro con la percepción que me origina. Mi gusto y mi oído se fundamentan en la cura de sus raíces. (En la oscuridad del día presiento a los signos de las cuerdas, a los bastones y a las nudosidades de los maderos. Me arraigo a mi inveterado hábito y me posesiono del punto de apoyo que necesito para estar conforme).

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A veces no quiero avanzar. Me resisto a hacerlo. Sencillo, en el porte, me torno complejo en el carácter y sus impredecibles consecuencias. No sigo los ejemplos, ni las doctrinas ni los credos. Los partidos me producen fiebre en los talones de los pies. Prosigo mis propias pistas y fracaso en las cabriolas. Veo desde lejos las comitivas y los criados del séquito. En su presencia, delante de ella, me ajusto a su bella altura y la acompaño hasta el justo momento cuando comienza a hablar de hijos.

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Fluyo en los granados de mesa y descubro mi rango social. Destierro, temporalmente, a los desplazamientos y la mirada de los seductores ojos de la diosa prevalece sobre mi desenfreno.

Ella me lega su perfume y en su arena movediza me condena a un exilio. Allí soy ave sedentaria. Sin plumas, mas dejo una inscripción que es como una escapatoria.

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Totum Revolutum

Los dedos de mis manos son los tubos sonoros del principado de mi tiempo. Repetidas veces me convierto en viajero y en los albergues donde reposo me espera una música que no he solicitado.

Resido en un permanente estado de extranjería. La multitud no me atrae. De preferencia no sacrifico a la solitaria errancia.

En el peligro de las marchas aprovisiono a la caravana ideal. Hay seres que buscan mi apoyo y les señalo siempre el derrotero de los puertos. Indago sobre la precedencia de los equinoccios y sigo el orden que me traslada a un albergue donde calzo las huellas de la dicha, pero también de la desilusión.

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El hombre blanco me hizo una visita de cortesía. Arribó puro, sin tacha, irreprochable en su honradez. Tuvimos un diálogo franco y él se vació y pude entenderlo con diafanidad.

Uno de los colores de su duelo subió gratis a su rostro. Expuso su desnudez. Declaró que el resto de la humanidad lo malinterpretaba. Él sólo quería promover su dignidad.

Se marchó cabizbajo y me dejó su tarjeta de visita. Luego supe que sus sauces se habían secado y arruinado sus flores del arriate. Había olvidado su lengua vernácula y entre el error y la claridad sucumbió a la idiotez y a los fundamentos de la leucemia.

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Proclamo que... (Las monedas tintinean dentro de la alcancía y acallan la voz). Anuncio que... (Los infelices que determinan la astrología vociferan y ocultan lo que quiero esparcir). Dispongo que... (Alguien me acorta los pasos y me da una zancadilla y pierdo el equilibrio).

Entonces, desembarco de mis pretensiones. Asumo que sólo soy un centinela de mi propia marcha. La cadencia de mis pasos me llevará a un destino: ya simple, ya doble, ya ambiguo. En mi red de atrapar situaciones caerá el viento y la seguidilla de sombras fehacientes. Las noticias inventadas también serán cogidas y al fin podré repartir a todos comunicados, anuncios y proclamas.

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Totum Revolutum

Doy rienda suelta a los caprichos y alimento a los animales en los banquetes donde la comida se sirve en cofres y los cubiertos se presentan atados para evitar la dispersión. La virtud se asocia a un fino hilo de seda. En la tienda del mercado escribo a vuela pluma y me alejo de los fraudes que la maledicencia conlleva.

Cometo adulterio con la enemiga y por cuenta propia le ofrezco una utilidad de la renta pública. Ella desfallece y sale de contrabando y malversa las confidencias en una audiencia privada.

Exactamente a mi medida me enlazo matrimonialmente a ella y hasta perdemos la vista de tanto mirarnos. A ciegas, lo embrollamos todo y a la menor falta, ella me ofrece su cosa tierna y delicada.

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En el punto de vista del otro, la sustancia de sus principios cuelga como una ofrenda para los difuntos.

En apariencia, mi cuerpo sólido se descuartiza para alcanzar la intimidad del estilo. Ignoro si la sangre continuará circulando y si habrá dolores más allá de la agonía. Sin embargo, me someto a la indulgencia de la gimnasia y no pongo dificultades en el agostamiento de las formas literarias.

Estoy seguro que un diario me mencionó, a propósito de anteriores galimatías, mas me conduelo por mi talante de pícaro y arrimo el incensario a los dolientes para que conversen a gusto.

(No ignoro que, dentro de tanta sobriedad, un termómetro examinará con simpatía los ardores de partes desconocidas de mi cuerpo (p. ej. el cerebelo) y cotejará con mis desechados sentimientos el castigo leve que me impongo al beber sólo vino de Italia).

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Me enjuago la boca con asuntos triviales. No temo socavar mi condición de laico. (Los bonzos me lo agradecerían infinitamente). Mientras tanto, modelo una figura de arcilla que se parezca a la más charlatana de la misión diplomática. Proveniente de una existencia anterior cobrará vida y meterá baza en las maneras de ver del vulgo.

De acuerdo a la tradición, colecciono buches de aves y picheles. Cuando sopla el viento o se escucha el ruido de la lluvia, el lugar de reunión de los bandidos es un patio protegido por cámaras de televisión. Ellos se escudriñan las entrañas secas y prueban su gusto rancio para molestar al mundo.

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Totum Revolutum

La mujer del jardinero guarda los restos y los despojos de su marido. Ella se siente culpable por su prematura muerte: bebió aguardiente sin una debida preparación y así consta en el acta de defunción.

En ocasiones ella huye con ratones en su cabeza. No obstante, conserva su sencillez natural. Acarrea leña para aferrarse al pasado y se abraza al retrato del difunto esposo como si quisiera empollarlo.

Con vehemencia, la mujer expone al sol las monedas que su consorte ganó cortando raíces. Se queja en silencio y fija una cita con el destino para que le permita sumergirse en el gran espejo con los ratones.

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Los pájaros de su razón volaban en desordenadas bandadas. Las plumas se desprendían y era signo evidente de cruenta guerra. En la otra orilla únicamente se divisaban granos vacíos, incompetentes cáscaras. La sangre de los combatientes se transformaba en polémicas por escrito que se amontonaban en anaqueles de tierra.

Los diplomas llegaron junto con la época del reumatismo. La ceremonia de graduación se celebró en una inclinada torre. No hubo nada que comparar. Hombro contra hombro se apoyaron mutuamente los adversarios. Suponiendo que marcaron un record, aquellos y esos se enfrascaron en discusiones que luego terminaron, educadamente, en las puertas de los hospitales.

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Avanzado en la noche, el erudito se refugió en su recóndita madriguera. Llegó subido de tono y abstruso. De inmediato, comenzó a rezumar conocimientos. Sus papeles se impregnaron de sofismas, cuya vitalidad se ponía de relieve al no más moverlos.

Las preguntas iban de un lado a otro, por ósmosis. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuál? ¿De qué modo? ¿Por qué? Su respiración profunda traía aparejadas nuevas elucubraciones. Su espíritu no sufría ninguna turbación. El misterio de su conciencia se expresaba en su prestancia, en su aire cordial y unánime.

Un hambre atroz intentó cercarlo y la sació con suculentas comidas. Sin descanso prosiguió tras imponentes disquisiciones. En la madrugada entró en coma y desde el precipicio fue clarividente, pero ya no regresaría para comenzar una lúcida especulación.

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Totum Revolutum

La vulgaridad me cogió en su lazo. Me sonsacó la verdad. Tuve que vender mis botas para andar sobre el césped para lograr mi libertad.

Ahora ando arrogante, crecido y fácil de palabra. Unzo a las bestias citadinas a mi vehículo de escrutinio. Me permito esto a fuer de enemigo. No soy digno de imitar la estupidez.

Cuando el verano trae sus colores intrigantes pego frases paralelas y ambiguas sobre el vano de mi puerta. No me importa si alguien sospecha que preparo un crimen pasional. Estoy abusando de mi inteligencia, mas es la única manera que poseo para protegerme. El cuarto mes lunar me ayuda a expulsar a los espíritus malignos.

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Doy el pésame a la viuda rica montado sobre una grúa. La consuelo y ejercito mi voz para seducirla. Ella me mira como se mira a un ahorcado. Sé que tiene poder para revocar mi licencia.

Para amistarse conmigo, ella me regala una hamaca. Intuyo que será el puente colgante entre los dos. Más adelante descubriré que se convertirá en su puente levadizo.

Hoy representantes de la comunidad acuden a mi apartamento a compadecerme. Toco la campanilla y mi perro los ahuyenta. Añoro el pasado, su vértigo de teleférico. Me suspende en el aire, me saca de mí y me ofrenda una sarta de gracias.

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Desde la periferia acudo ante la colgadura de la cama. Me pruebo un tapabocas: el ambiente se nota asediado. Me abandono y, de hecho, acumulo conclusiones.

A gusto, confío en los gobiernos, en las administraciones públicas. Ningún mandato quedará sin ser obedecido. Doy un rotundo sí al monismo, al unitarismo. Mis nervios gustativos saborean la cera mascada. Detrás del biombo escupo la flema hasta que me confieran un cargo que se ajuste a mis necesidades y a mi estética.

La nodriza me llama por teléfono y se aparece al rato. Nos abrazamos con fingido amor. Su esposo sabe que yo usurpo sus prerrogativas, pero sus huevos empilados le impiden tomar una acción contra mí. La saboreo a ella y agrega más especias a su carne. Al final me sumerjo en las tetas de su acuario.

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Totum Revolutum

Las botellas estiran sus cuellos para verme rezongar. Pelo las bananas con cuchillo: así atraigo la buenaventura. Me sostengo sobre los codos y certifico que en los hombros soporto un gran peso. Los meses no son equitativos porque rebasan los veintiocho días. Sin comentarios contemplo el paisaje desde mi altura: continuamente los perros se cagan en las veredas y los tufos vagan de un lado a otro llevando la emoción de la vida moderna.

En medio de la irreal tempestad no se divisa ninguna calma. (El Banco Central monopoliza mis divisas y decide cuánto debo sacar y cuándo). Creo que esperaré en vano por una deliberación que traiga de regreso cierta normalidad. (La onomatopeya de golpes dados a la ventana me obstaculiza continuar por este hilo conductor).

Apelo entonces al recuerdo de mis abuelos y evalúo las posibilidades de un rápido tránsito hacia la inmortalidad. Igualo mis cabellos al precio de los granos y concluyo que la abundancia bien merece un juicio crítico.

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Omito inadvertidamente mis escapes. Aunque los tejados no tienen goteras, de todos modos se escapa la justicia. Por lo tanto, uso un embudo para atrapar la luz y perderme en el fondo de sus secretos.

Al descubrir mi acción el fisco se siente defraudado. Un tambor anuncia mis vigilias con la intención de alertar a mis amoríos. A los fiscales se les escapan las fístulas y sus noches acaban en goteos y espermatorreas de mal gusto y porvenir.

No ceso de pensar en mis sentidos. Las impurezas que arrastran los precipitarán hacia la tronera del fiasco.

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La vela lagrimea y contiene el aliento. Reincidente, se fatiga y llega a ser un estorbo. Es posible que muera de cansancio. Menos mal que poseo una cuerda negra para anudarle el luto.

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Totum Revolutum

Observo las nervaduras de las hojas y de repente siento un dolor en las costillas. Alguien me ha atacado por los flancos. Esto es lo que quería comunicar en una tarde como la que me incumbe, cuando las piedras son agrietadas y los viejos se frotan las barbas para que llueva torrencialmente.

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Inclino el cuerpo en la sala de exámenes oficiales. El Canciller está esclerótico y aporta su diezmo como tributo a la grandeza.

El antebrazo me huele a mercurio. He perdido la oportunidad de asistir al esplendoroso banquete. Entrecruzo miradas con mis rivales. No desconozco que entre ellos hay un pacto ofensivo. Ataco y me defiendo. Consolido mi posición con ahínco. De primera calidad es mi primer asalto.

En la plaza me felicitan y adulan. Arqueo los pies, viro los ojos y doy un rodeo para evitar a los lisonjeros. Entro a un bar y me ato a la barra con la correa. Pido una copa de coñac y la bebo sin preocuparme de las arcadas. Tengo conciencia que ataqué el punto fuerte del enemigo. Cuando venga por mí sólo encontrará a la mitad de mi sombra adosada a la luz tenue del reflector del bar.

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La joven de rostro ovalado vio la dolencia de la palma de mi mano. Fue a la mercería y me compró un abanico de plumas de ganso. Yo la compensé con un guijarro amarillo y unos churros en forma de canutillos. Ella se marchó ligera, vaporosa en su falda de seda y prometió regresar con un peso legal adecuado a mis años.

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Totum Revolutum

Descubrí que las larvas se habían estado dedicando a escribir acotaciones en las páginas de mis libros. Eso me provocó un sofoco, una asfixia entomófoba.

Siempre había investigado a los insectos con lupa. Algunos de ellos se alojaron en mi estudio como parásitos. Junto a algunos de mis amigos ya eran cuatro calamidades.

Comencé a tener miedo de ser comido por las larvas. ¿Y si terminaba mis días apolillado? Me precipité sobre los libros y les rocié cloruro de fuego. Torpe, chamusqué a muchos ejemplares. Las larvas desaparecieron y con ellas, mis pinceles, mis malas letras, mis pobres escritos.

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La concubina me tilda con frecuencia de cobarde. No la refuto para que se sienta contenta y satisfecha. Ella ignora que más bien soy tímido y temo al público. No olvido sus insultos. Los cargo grabados en el esternón. Cuando penetre con mi ácido hasta la médula de sus huesos tendrá que rechinar los dientes y permanecer callada.

Algún día la llevaré colgada del brazo y se presentará como mi humilde servidora, mientras yo, furtivamente, gozaré de mi pusilanimidad.

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En dirección al nido de comunicaciones, los cuervos volaban y alisaban sus plumas con picotazos. Yo disfrutaba viendo jugar a los niños a la gallina ciega. (En sus casas se oía un incesante cacareo y nadie cerraba aquellos picos).

A la vuelta de la esquina había un herrero que hacía unas hachas que cortaban los adornos con mayor simplicidad. Le compré varias hachas y me dediqué a partir por aquí y por allá. Renuncié al lujo y allané mi vida para tratar de dar con la vena de la composición.

Me mantuve derecho durante mucho tiempo hasta que de nuevo me topé con una bandada de cuervos. Me doblegaron y me obligaron a buscar refugio en un emplazamiento destinado a los ineptos.

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Una de las estrellas de la Copa me comprendió y me ofreció su vino. Constelado, inventé la mañana siguiente. Gané de nuevo el respeto y la atención.

Me cobijé bajo el ala de un edificio que se desplumaba. Un ejército quiso cooperar conmigo y coloqué manchas en sus ojos. Yo nunca me ofrecí como voluntario. Prefiero cubrirme el rostro con mi abanico de plumas y seguir actuando al margen de la noche y sus devaneos.

Sé que debo emigrar e injertar mis flores en otro tronco. Los caballeros están escribiendo obras maestras y yo no encajo entre tanta gente virtuosa.

El traslado de mi cuerpo será por etapas: adelante irá lo postizo y atrás, lo que quede de laudable, sin ceremonia.