Ilustración: James EndicottLa veleta de Toledo

Siempre supe que Toledo (Salvador para los amigos) era un tipo fuera de serie. Lo veía pasar todas las tardes, cerca de las cinco, por frente a mi casa. En su vieja camioneta pick-up transportaba destartaladas máquinas para lavar la ropa hasta su taller ubicado una cuadra más allá, en cuyo patio se acumulaban junto a otros retorcidos hierros.

Toledo, algunos pocos años menor que yo, concluyó la escuela primaria y nunca quiso ingresar a la secundaria cuando descubrió lo aburrido que resultaba el plan de estudios. Él desde pequeño se había destacado como fabricante de sus propios juguetes y casi nada le había interesado la matemática, la biología o la química.

Un día vi sobre el techo del taller de Toledo una figura de gallo, pintada de negro, pero con la cresta y la cola rojas, como de un metro de alto, hecha de láminas de hierro. La figura reposaba en una pata encima de una cruz que indicaba los cuatro puntos cardinales. Cuando soplaba brisa el gallo se movía con prontitud y su cabeza quedaba señalando la dirección hacia donde se desplazaba la corriente de aire. Me quedé largo rato, lelo, observando aquel portento que para mí no tenía explicación, ni racional utilidad.

Por casualidad Toledo salió del taller y me descubrió parado en la calle, arrobado yo con su desconocido invento. “Eso es un gallo del tiempo”, comenzó diciéndome Toledo (Salvador para los amigos). “Desde antiguas épocas se instala en el tope de las catedrales para protegerlas de los demonios o animalejos con cola y cuernos muy parecidos a la salamandra”. Mi asombro iba en aumento; también un cierto temor. “El Diablo a veces viene con patas emplumadas y hay que detenerlo. El gallo es el más eficaz para eso. Él canta y alerta a los dormidos y los apresta para el combate contra las fuerzas de la oscuridad, contra Luzbel y su séquito. Mis antepasados, a quienes supongo oriundos de la ciudad de Toledo, poseían un gallo de plata que giraba y vigilaba y giraba sin cesar. A ese gallo le llamaron Veleta por parecerse a una vela de navío azotada por la tormenta de los océanos. En una oportunidad hubo que enviarlo a Constantinopla para que defendiera el palacio del sultán”. Escuchando a Toledo (Salvador para los amigos) comprendí que era dueño de un gallo locuaz que hablaba un lenguaje diestro a través de él. “A veces el gallo se siente triste y mi hermana debe cantarle hermosas baladas que rememoran el nacimiento de la rosa de los vientos. Entonces la Veletagallo alarga el cuello y se apresta contra el peligro y recorre un itinerario circular de muchas leguas a la redonda. En otras ocasiones mi Veletagallo realiza un deliberado y secreto parlamento con todas las veletas del orbe. De ese parlamento suele surgir una residencia permanente para cada veleta. La mía sabe muy bien dónde le conviene alojarse”. Yo miré mi reloj para cerciorarme de la hora y emprender el regreso a casa. Toledo (Salvador para los amigos) me detuvo y continuó. “Mi gallo ha derrotado a corsarios, filibusteros, piratas y lobos de mar en el ámbito de Las Antillas. Hizo muchos prisioneros y a algunos de ellos esclavizó, colocándolos a su servicio cuando el viento se detuviera. El Galloveleta ama la libertad. Por ello se ha casado miles de veces y cada noche tiene sueños que anuncian nuevos y mejores esponsales. El gallo muere por pocas horas, pero la veleta permanece en vigilia, oteando el horizonte y amolando las espuelas con estrellas. El gallo se encuentra ahora haciendo preparativos para inminentes combates contra las hordas del Demonio de Una Sola Mano. El Galloveleta sabe que su canto es poderoso y fiel y que puede ser escuchado hasta en Viena o Budapest. Su alma es fuego entero, de indivisible flama y vigor, capaz de quemar carruajes y aperos, llanuras y jaurías. Cuando la aurora se aproxima el Galloveleta bate con fuerza las alas y se convierte en heraldo de la luminiscencia. Todos los demonios huyen y abandonan sus armas bajo su estructura. Los hombres honrados se levantan de prisa de la cama y emprenden las tareas del nuevo día con ánimo de triunfo... Mi Galloveleta está colmado de muy gratos recuerdos y si algún día se instala sobre el vano de tu puerta principal, ofrécele hospedaje y granos tiernos y el buen viento de su pertenencia soplará sobre tu almohada el hálito que rejuvenece”.

Regresé a mi casa ligero. Las palabras de Toledo (Salvador para los amigos) me salvaron de una ataraxia mental y me hicieron descubrir la grandeza de las veletas en su eviterna circunvolución alrededor de la vida, sus peligros y las múltiples facetas de la oscuridad.