Huellas, amoldadas a la playa, surgen y muestran la impermanencia a tu cambiante mirada. Mutabilidad de los signos del tiempo. Arena en la metáfora del devenir…
I
Las pisadas hundieron la piel de la arena; hirieron sus venas superficiales.
El hombre no tenía prisa. Avanzaba con cierta precaución hasta que las botas liberaban las huellas sobre la infinitud de minúsculos granos amarillos.
Completaron las pisadas un destino, una encrucijada revelada por la marea del sol muriente. Una roca negra originó un hito y desmenuzó los momentos que se le desprendían como raíces de oscuras ocasiones. (Una chancleta, cansada de navegar, recaló en la ribera arenosa y del racimo de uvas que la siguió en su periplo, sólo quedó un pedúnculo verdecido por la orfandad).
Allí permanecieron los tiempos de las maniobras del aire; los tiempos del agua amarga en la orilla zigzagueante y los tiempos de enarenar los fallecimientos.
II
Las pisadas continuaron su avance. El rastro iba flanqueado por piedras y guijarros enmudecidos. Las olas habían cesado y se entretenían con las luces que, efímeras, las rozaban con sus órbitas. (Una calle inexistente e hita luchaba por dejar de entintar las orillas y ser una marca mayor en la blandura del huello).
Pocas gaviotas modelaban el aire y sus rastros chocaban, a la distancia, con el reflejo de los peces que no podían ser descubiertos. Los chillidos de esas aves marinas destruían el peligro que se movía tras el temporal presentido.
III
Hubo un instante cuando pedruscos, guijas y cascajos trataron de impedir el paso de las huellas. Éstas se distanciaron y perdieron el orden logrado con suma disciplina. La ribera arenosa segregó su bilis y abrió camino a las huellas. Huyeron los vestigios de la muerte.
A intervalos, se movilizaron las formas pedregosas y fueron en pos de las curvas estriadas de la playa. Las marcas de las botas ganaron la celeridad y, unidas a los filamentos de las algas, se dejaron arrastrar por la mitad de la luna que se remojaba en el mar.
IV
Regresaron del mar las huellas y para despistar a las rocas avanzaban, simultáneamente, en dos direcciones opuestas. Los vestigios del agua salada se depositaban dentro de las grietas flagrantes de la arena y se agrandaban al compás de las mareas que extraviaban sus rumbos.
Las señales de las suelas de las botas proponían crucigramas o acertijos que se expandían a medida que la arena se acercaba a las posibles soluciones. (Bajo las corrientes del mar, los rumores de sus habitantes más insignificantes trocaban la pesadumbre en jubileo).
A su hora inexacta llegaba la marea y los vestigios de la arena morían lavados y las superficies de las piedras ganaban unas refulgencias que eran breves faros para otras pisadas.
V
El mar se enojaba en tiempos de ayuno. Reventaba las cuerdas de las redes y lanzaba los flotadores hasta la orilla con mensajes de advertencia e irritación. La espuma se pegaba a la playa y abría sus múltiples ojos amenazadores.
Los pescadores interpretaban a cabalidad aquellos signos. Se sentaban en cuclillas al borde del pedregal y mientras chupaban sus largas pipas, el humo les iba señalando la dirección furibunda del mar.
(Las golondrinas aprovechaban para alimentar a los cardúmenes con esencias de lozanía).
VI
Las marcas de las pisadas las disolvió la lengua de la marea. Ni las piedras se salvaron de la muerte. De la orilla se apropió el silencio y pasó su rasero para nivelar y pulir a la compacta arena.
Del fondo de la playa comenzaron a brotar diminutas esferas de arena. Rodaban un corto trecho y luego se aglomeraban. El movimiento, la vida, volvieron a emerger a la superficie a través de unos agujeros.
Unos miniaturizados cangrejos decidieron organizar nuevos vestigios en los arenales que se nutrían de sus colores y con celeridad y conocimiento le pusieron ruido a sus esferas.
VII
Múltiples huellas de pisadas competían por resaltar y perdurar. A la arena se integraron fragmentadas conchas de mar, nácares aliviados, jadeítas casi extintas y el alboroto de pies descalzos en afanes descubridores.
Alguien dejó olvidada una chaqueta herida por la resolana. ¿O acaso adrede se la arrumbó allí para ocultar vergonzosas huellas?
Todos los vestigios en la arena rechinaron con el sol colgado boca abajo de su meridiano. Aunque flotaron otros soles en la playa, nuestro sol verdadero dio la hora cuando y donde lo decidimos nosotros.
VIII
Al final descubrimos lo que acontece con las marcas, huellas o pisadas en la arena. Ellas van desapareciendo barridas por la escoba de ramas del Tiempo. Y es que el Tiempo es un anciano insignificante, tímido y poco locuaz. Sabe ejecutar a la perfección su trabajo y no consulta a nadie. Pasa su rígida escoba por sobre los vestigios y se desvanecen de inmediato. Sólo sus propias huellas quedan impresas en la arena y ni las mareas pueden borrarlas.
En aquella ocasión el Tiempo hizo un alto en su labor de limpieza, aceptó posar para una fotografía, medio sonrió con picardía y luego nos advirtió: “No olviden que cuando yo enarbolo el color rojo el peligro va presente y toda huella debe extinguirse para que la arena de la playa continúe su no mudable recorrido por el infinito”.
La arena rumia y anhela transmitir sus enseñanzas. ¿Quién las necesita? El mar desglosa las orillas; aparecen las riberas. El mar despliega sus artificios y con su atarraya captura a las arenas movedizas. El alma del hombre riela en medio de la frontera entre la arena y las olas.