Las palabras suelen ser el sonido y la furia. Musicalidad de algunas,
asperezas de otras, pero si son bien dichas tienen un eco propio al oído de
quien las escucha.
Palabras diarias, sin nubes, ni sueños, no por repetidas menos verdaderas.
Las palabras tienen un desafío diario y es con la página en blanco. Los
impresos hoy, e indudablemente mañana, en el siglo digital ya iniciado, no
tienen más alternativa que conmover con el conocimiento y las palabras.
La revolución sigue estando en la palabra, que es la que comunica con mayor
sorpresa, capacidad y permanencia en el tiempo, profundidad inclusive en la
razón.
La publicidad que a veces es sólo imagen, está también impregnada en
palabras y sólo ellas pueden traducirla, darle un significado a los mensajes,
al marketing de cada día.
Se pueden iniciar con un ligero buenos días, matinal, abierto, con olor a
tostadas y un barniz de mantequilla.
Las palabras tienen color como los días. El poeta enfant terrible,
Arthur Rimbaud, bautizó a las vocales con un colorido singular, y sin ellas, no
hay palabras.
Algunas son luminosas, como un día a pleno sol, estallan de felicidad,
auguran buenos tiempos y van de boca en boca, sin que casi nadie las pronuncie,
lejos de la nube que trae lluvia y el gris de la tempestad.
Yo me quedo con las que huelen a primavera, no traen un envase especial,
zumban silenciosas o rompen cristales, pero son ellas mismas, nunca cambian de
personalidad o parecer, francas a decir basta, ni aturden, ni se jactan de ser
las más espléndidas.
Las hay negras y grises, locas viajeras, como salidas de un túnel,
expulsadas por una locomotora a carbón, repletas de toxinas afiebran la propia
lengua que las expulsa.
Populares, novedosas, fundacionales, definitivas, que llegaron para quedarse,
marcar con su significado un tiempo, una época imborrable.
La palabra Sputnik nos volvió la mirada hacia el cielo en una esquina
de nuestra infancia, repleta de sueños y estrellas brillantes.
Jeans, vitaminas y cremallera ocuparon un especial y largo tiempo
en nuestras vidas y siguen siendo el pan de cada día este fin de siglo.
Palabras que no se las ha llevado el viento, sino han hecho ruido en el
común de las gentes, como debe ser el lenguaje cuando está vivo y forma parte
del corazón del pueblo.
Píldora es una palabra mágica que comenzó a inquietar a las madres con
hijas adolescentes, pero la palabrita oblada vagaba de boca en boca para
quedarse y dejarse usar con su presencia tácita y real, sobre la mesita de
noche, en el botiquín, en la clásica cartera de una cita furtiva.
No me trago esa píldora o no me dores la píldora, frases alrededor de este
símbolo girando con su propia aureola y significado.
El bikini nos despojó de todo rubor y fue un nuevo comienzo para los
cuerpos moldeados con la mano de Miguel Angel Buonarotti, en las cálidas playas
del Caribe o en la costa francesa, donde estuviera la fémina frente al mar.
La palabra Democracia —más de cal que de arena—, un verdadero
festín en este siglo que ha pretendido cobijarla como su varita mágica en
medio de la tempestad política y la violencia larvaria, institucionalizada de
la pobreza y del propio Estado. Ella es cenicienta frente al mercado: icono y
deidad de nuestro tiempo.
Se defiende como puede, a veces nos parece un gato de espalda; un sastre que
no encuentra una aguja en el pajar; una espada de doble filo y una golondrina
que no se cansa de hacer verano.
Palabras, palabras que arrojan luces o inflaman el ambiente, verdaderos
dardos o reconfortantes bálsamos, amigas de la transparencia, pérfidas,
retóricas, perfumadas o malolientes, por algo respiran en nuestra garganta
hasta brotar parcas o en cascadas.
Cortina de hierro y perestroika, tan opuestas y en un mismo lugar,
brotadas para significar, dejar huella y volver el tiempo historia y memoria.
Estrés y tiempo libre, hijas de este siglo, divorciadas de la
realidad y definitivamente presentes.
Aterrizaje lunar, sólo una realidad hace algunas décadas. Hoy archivada
en el lenguaje cotidiano.
Tarjeta de crédito se ha transformado en una palabra casi un miembro, un
órgano, parte vital del diario vivir y sufrir del hombre de esta época llamada
moderna. Sin ella es como si hasta los sueños fallaran. Tiene la nociva
consistencia del plástico y la duración que respalda nuestro esfuerzo, porque
la magia está en equilibrar: cuanto ganas, tanto gastas.
Doping, sex, fax, van y vienen las palabras y no hay quien las contenga,
ellas quieren significar, poner su granito de arena en la comunicación,
participar, en una palabra, del diálogo diario.
Beat, hippie, single, ellas forman su propia generación, le dan forma y
contenido a la existencia y se consagran en grandes titulares cada día. Llegan
a estremecer inclusive a la sociedad, a la que le imponen un sello, una especie
de partida de nacimiento.
Internet, reina de su propia Babel, princesa única de lo instantáneo,
Alicia pequeña en tus grandes maravillas, quieres estar en todas partes mi
diosa, deja que Penélope teja tu hilo hacia nuevos laberintos y si en verdad
vas a emprender un viaje, que sea a Itaca.
¿Quién no identifica hasta ahora a los hippies con las flores, el
amor y la paz como estilo de vida de una generación y época?
Palabras, paroles, words, lápidas sobre el enemigo, epitafios para la
posteridad, sentencias de por vida, prisioneras del amor y la venganza, simples
saludos, epistolares e íntimas, convertidas en decretos, reinas por los siglos
de los siglos en las páginas de Heráclito, Shakespeare, Dante Alighieri, Joyce,
Kafka, Hemingway, Martí, Eliot, Neruda, Villon, Cervantes, Vallejo, Rulfo,
Borges y tantos otros que saben que las palabras nunca salen de vacaciones,
siempre nos aguardan más allá del silencio. Algunas están destinadas a
derrotar el tiempo, si fuera preciso.