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Estadísticas argentinas en Chile

El mito argentino no es poca cosa. A pesar de la crisis, detrás del viejo cristal, está Argentina. El porteño es quien ha ocupado el centro de las críticas y de las atenciones verbales, filosóficas, de detractores y apologistas. Es una raza diferente, se ha dicho. Buenos Aires en el centro inequívoco de los comentarios, de la admiración, la envidia, de la alabanza exagerada, real, una mezcla de escepticismo y de universo propio, bien ganado. City cosmopolita, central y aislada del ruido de sus vecinos latinoamericanos. Capital instalada en la geografía urbana internacional desde hace muchas décadas. Ciudad sin límites, Buenos Aires, muy borgiana, cortazariana, mítica, marechaleana, cantada, soñada, recreada, visitada, asumida en la piel. Espacio esencialmente porteño. En fin, ciudad habitada envuelta en una crisis que se arrastra por las últimas décadas y que en los noventa adquiere la velocidad del despeñadero.

El mundo ha puesto los ojos sobre Argentina y sus habitantes en el vacío; los gobernantes, en las arcas. Largo e incansable camino hacia la ruina. País rico entre los ricos. Deslumbrante en sus bellezas, espacios, sorprendente en su piso psicológico nacional, el humor, la filosofía, una manera peculiar de interpretar desde el vuelo de la mosca a la última lectura de un escritor irlandés. Hablo de la Argentina que no se borra de un manotazo, a pesar de la crisis, pobreza, de lo acorralada que ha quedado frente a sus acreedores, ante la desesperanza de su gente, y el incremento pavoroso de todas las carencias. La principal, la falta de credibilidad y la enraizada corrupción sin fronteras. Son los nuevos tonos de la paleta descolorida de una Argentina sepultada, aparentemente en su rico, bullente pasado.

Yo crecí al otro lado de la larga y angosta frontera, con el mito argentino, las rivalidades continuas, la guerra limítrofe, las declaraciones, las pequeñas escaramuzas, los chovinismos de ambos lados, la estupidez compartida por intereses miopes, mezquinos de gobernantes poco visionarios, menos generosos. Peleas entre hermanos, cuyo futuro es trabajar juntos para crecer. Afortunadamente, nunca dejé de reconocer las buenas cosas: la literatura, la música, su gente, la belleza femenina, la historia, nuestra afortunada y mutua vecindad. Estamos más cerca de la Argentina, pienso, que ningún otro país. No es poco decir. Desde hace décadas nos visitan por millares y nosotros ahora, desde hace un tiempo con mucha frecuencia. De pronto se acortaron aun más las distancias, que siempre fueron más artificiales que reales. Decenas de miles de chilenos viven en Argentina. Ahora, con la crisis y la bonanza chilena, ha llegado una migración de argentinos nada despreciable. Una valla con una hermosa argentina ha revolucionado las hormonas de los santiaguinos. Efectos de la globalización, de la caída de las barreras fronterizas.

Una nueva Argentina se está gestando día a día. Como le corresponde a una nación que busca su propio espacio. No tengo dudas de que es un país en crisis. La turbulencia de sus finanzas, el malestar social, décadas de corrupción, la ausencia de un liderazgo realmente argentino, el aniquilamiento de su población, su expulsión obligada por falta de oportunidades, la han dejado exhausta. No duda de ello. Es una nación acosada por los nuevos malos tiempos. Para referirse al desastre bastaba, hace poco más de cien días, mencionar el nombre de Argentina. Un país que avanzó firme hacia el precipicio e intentó devorarse su rico pasado. Un caso único, excepcional de derrota y deterioro en América Latina. Un día más para el precipicio. Argentina para ver y contar sus calamidades. Cuándo se tocará fondo, se repetían los estudios y el pueblo en las calles reclamando derechos, justicia, sobre todo. El pueblo, con su olfato, se sabía engañado, saqueado, mutilado, despreciado, olvidado, inútilmente sacrificado. Los que han sufrido del complejo de Argentina, se sintieron victoriosos. Por fin se derrumbó la arrogancia. La vieja y tradicional odiosidad, el mezquino enfoque latino, mientras los bancos se daban banquetes con la nación Argentina. Una otrora economía rica, próspera, se desplomaba y arrastraba a su gente, a todos los indicadores sociales por el piso. No había que ser analista para analizar la Argentina. Para desgracia del humor negro, ya no estaba Jorge Luis Borges. Hubiese sido despiadado el porteño. Una manera muy argentina de mirarse en la desgracia y la fortuna.

Pienso que es un notable recurso en una nación, no perder el humor y cautivarse en la ironía de sus propias desgracias. No nos olvidemos de que el capitán general de Chile, Augusto Pinochet, prohibió por decreto los chistes en Chile. El mismo que quiso perforar la cordillera para terminar con el smog. El que quemó libros y personas, y prendió la simbólica “Llama de la libertad” frente al padre de la patria.

Cuando Argentina ya venía del fondo, surgió el factor K, una nueva manera de mirar la Argentina. Creo que esa es la nueva dimensión del problema, la presencia de un liderazgo, de un plan de gobierno, una mirada hacia la nación. Repensar la nación interna e internacionalmente. Desde luego, priorizar los planes sociales, la gente. Argentina, Chile, Uruguay, si han tenido alguna sostenibilidad en el tiempo, se lo deben a la educación. Es ahí donde deben poner el acento para participar en la economía del conocimiento, la civilización del saber. Todo lo demás es subdesarrollo. América Latina necesita una nueva Argentina. A todos nos favorece, en especial a Chile, Brasil y Estados Unidos. A la misma Europa y China Popular, que el Mercosur encienda motores reales de prosperidad. Por eso, los acuerdos entre Brasil y Argentina son importantes para todos. El eje Brasil-Argentina en la negociación de la deuda externa, frente a los organismos internacionales, es un ejemplo, necesidad y marca pautas para una América Latina con visión sur. El presidente Kirchner, con su aparición en el escenario argentino, ha puesto el dedo en la llaga ante el agiotismo de los banqueros, ruina para nuestras naciones. Es tiempo de abandonar la política del avestruz, pagar, pagar a ciegas por lo que se cobra con demasiado entusiasmo.

Es difícil escribir sobre Argentina más allá de los argentinos. País de grandes prosistas y filósofos. Sin embargo, dicen que unos cuantos extranjeros son los que con mayor precisión han escrito sobre Argentina. Siempre se ven mejor los toros detrás del barrera. La recesión, involución en Argentina, ha despejado algunas dudas, creado otras, abierto nuevos caminos y heridas, pero también pone en perspectiva una nueva nación, lo que me parece que está haciendo el presidente K. Para quienes no siguen en su esencia el espíritu de las naciones, Argentina está acabada, es una confirmación de la tragedia, de su propia farsantería, en fin, de un país con pies de barro. No pocos miran la crisis argentina con satisfacción. Intentan poner en línea histórica sus falsas apreciaciones del pasado. Tanto cliché para la Argentina. Maniqueísmo de sus gobernantes, de sus propios habitantes, segmentos, que lo falso también hace carrera. Ignoro por qué, o quizás no, pero con frecuencia me dicen argentino, me confunden. Es difícil para un hombre del Caribe precisar a veces sobre esa gran masa sur-sur. No identifican realmente los matices, las diferencias ni los perfiles. Falta de conocimiento, lecturas, una manera fácil de analizar América Latina y desentenderse de la realidad. No tengo acento argentino. Pero existe un estereotipo, si no lo es, se le parece, pero creo que es. Son los mismos que dicen que Argentina está acabada. Se derrumbó. No hay esperanzas.

Desafortunadamente no leen, ni saben qué ocurre en el mundo. Son los nuevos ciudadanos marginados del conocimiento, analfabetos por uso y abuso de su ignorancia. Son millares en América Latina y muchos millones en el mundo. Suman indiferencia, restan progreso. Crecen como manchas de aceite. Tienen la manía de repetir lo no comprobado, tragarse el cuento mediático de la falsa imagen, carecen de percepciones, su opinión suma banalidad. Una reciente encuesta sobre Argentina, divulgada en Chile, tomada del diario Clarín de Buenos Aires, se aproxima al argentino real, post crisis, al que existe y podemos tocar sin que se infle o desinfle. Ya Borges había dicho que el argentino era un individuo y no un ciudadano. Para eso sirven los escritores, para ver, y si son ciegos, pueden tener una doble credibilidad. Datos reales: les gusta bañarse todos los días, no mantener deudas, manejan desordenadamente, un 42 por ciento de la población masculina tiene automóvil, y lo más sorprendente para muchos que suelen encasillar a su manera a los argentinos, siete de cada diez leen. Una sociedad que lee, me parece tiene reservas para superarse y salir adelante.