Vivito y parreando en los noventa, poeta (deshojando sus margaritas)
Nicanor Parra ha tomado el rostro enigmático de la picaresca de un pirata que se ha robado el fuego de la poesía y que aun al borde de su abismo en los 90 de su larga vida, listo para cruzar el río, es nuestro Hamlet más parecido al inmortal príncipe shakespereano. Toca la guitarra con su pequeña cítara clandestina en Las Cruces, entre Isla Negra y Cartagena, la poesía de su propia cuerda, decidida después de cavilar sobre los restos del pentagrama de su Cancionero sin nombre.
La vida lo ha puesto en más de una imprudencia como la de llegar a los 90 vivito y parreando, y nos guiña un ojo con su melena blanca envuelto en cenizas, más clandestino que público, en el sacerdocio de sus días, junto a un pequeño altar donde homenajea la antipoesía y las uvas, fruto de su memoria.
Parra fue golosina de los críticos durante años, un pretexto en el Chile formal, ambiguo, oblicuamente democrático, pajoso en el verbo del conformismo, despiadado a la hora del té inglés, pero vino el físico racionalista a hacer su trabajo de “demolición”, como solía decirnos en sus informales, cotidianas, ocasionales conversaciones. Demoler lo que denominaba el viejo edificio de la poesía, la tradición, la capa y la espada, lo que tronara a su alrededor, porque él traía un nuevo lenguaje, una cocina diferente con otro menú, la salsa de sus propias confesiones, hallazgos, propuestas y el humor que no abandona ni aunque cayera en estado comatoso.
Un asmático, Parra, que no perdió oxígeno, ni titubeó para llamar las cosas y la poesía por su nombre. Urdió en su casa de La Reina, en las faldas cordilleranas de Santiago, en una pequeña casa de madera, como un Robinson Crusoe, su teoría temeraria de la antipoesía, que tenía sus orígenes en algunos adelantados chilenos, Pesoa Véliz, Huidobro, en el esbozo del futuro gusano parriano. Y no se detuvo. Obsesionado como un científico, buscaba su fórmula, la alquimia de su propio verbo, un lugar común para su oficio de intérprete de las cosas diarias, lo que le ocurre al hombre, a la mujer en sociedad, como individuos, pareja, a este universo golondrina que no hace verano, cuyas baterías de luciérnaga parecieran estar apagándose.
La poesía a la que concluyó Parra, siempre en experimentación, que tanto ha influido en América, incluida Estados Unidos y que poco se conoce en España, cuna clásica, ortodoxa, acartonada muchas veces, es universalmente chilena: made en Chile.
Parra se explica a partir del minotauro Neruda, de todas las corrientes mistralianas, huidobrianas, y más atrás, desde luego en su propia onda de búsqueda constante, confrontacional, porque el poeta de Obra Gruesa nunca dejó de marcar su territorio.
Eso le ha enseñado Nicanor Parra a las futuras generaciones: marcar el territorio, aunque parezca que la cancha ya está rayada. En un territorio tan largo, de profundas fosas marinas, paisaje de extremos, variados climas, no era fácil encontrar un sitio en la poesía chilena que no tuviera vista al mar nerudiano o a la cordillera mistraliana, o al profundo valle huidobriano. Parra se las ingenió finalmente, cavó su propio sepulcro, se instaló como un cadáver exquisito en la primavera chilena. Sin oficialismo de ninguna naturaleza, a capella, en el sacerdocio del Yo. Ahora, dizque anacoreta, lejos de la gloriola huidobriana, de la vaca sagrada nerudiana, del trueno rokhiano, pero aspirante al Nobel de Literatura, desde el oráculo de sus costas, siempre mil veces Parra. Y se lo merece, dijo Harold Bloom. Ahora, cuando cumpla los 90, este año, quizás la Academia Sueca le rinda un nuevo homenaje a la poesía chilena en el antipoeta. Parra sigue en carrera como en sus mejores tiempos, aquellos días celebrados en Estados Unidos ante una treintena de poetas del mundo e invitado a la Casa Blanca, a un té con Patricia Nixon. Fue una época hostil para el autor de Versos de salón, La camisa de fuerza, La cueca larga, porque después tuvo que subirse a la montaña rusa. Eran tiempos de la Guerra Fría, donde no se permitía “ningún desliz”, en los días que se bombardeaba Vietnam con napalm.
Parra, desde su aparente retiro, editará este año sus obras completas, un acto absolutamente antiparriano, pero en el rescate del escenario perdido, después del Cervantes otorgado al nada manco de Gonzalo Rojas. La edición de sus obras completas es un nuevo acontecimiento para la poesía chilena y castellana. En julio próximo, en el corazón del centenario de Neruda, edita su primer tomo. Parra es Parra, se las sabe todas.
Lúcido, como de costumbre, actualizado, lector, oportuno en sus anécdotas, refranero, kafkiano, hamletiano, parriano a las mil maravillas, Parra se dispuso destripar las metáforas y coincide con Neruda hasta el final al admitir que el poeta es uno más del montón. Con espuelas de huaso chillanejo monta sobre el cisne y lo pone a graznar en su lenguaje, y se olvida del “ilusorio” mundo poético de la tradición y el establecimiento verbal.
Hace 50 años que Parra bautizó la antipoesía, al menos se embarcó en ella, venía de un mundo lorquiano, en medio de los grandes mandarines de la poesía chilena, desplazado inclusive por Gonzalo Rojas, uno de sus pares, y ha pasado mucha agua bajo el puente de su poesía. Aventajado discípulo de Kafka, desconcertante juglar de los tiempos modernos, sobrevivió los días ácidos de la dictadura, envuelto en llamas en su propia carpa, en ese circo romano, vestido con su trajecito de primera comunión y sacando la lengua.
Le faltaba la mosca al chocolate de la poesía chilena y Parra se la puso a revolotear. Trajo una nueva atmósfera, un espejo al revés desde el ángulo de su trizadura. Poesía como bandadas de pájaros de Hitchcock o las sillas desoladas de Ionesco, engavetada en el castillo de Kafka, aún Parra sigue deshojando sus propias margaritas. Después de los crepúsculos nerudianos, del folletín amoroso de los 20 poemas, de las Residencias, de los Sonetos de la muerte, de los últimos poemas huidobrianos, del de los ataúdes llenos de violines De Rokha, Parra, Parra trajo sus propios vicios e instaló el organillo de la antipoesía. Se fue a los parques, cementerios, a los lugares más públicos, trazó su pista como si fuera un circo circular, en espiral, un pozo de muchas bocas, una bóveda llena de ángeles y demonios.
El profesor de física racional, del Chillán terremoteado, con su nariz de boxeador acomodado en las cuerdas de la Cordillera de los Andes, se instaló con lápiz y papel, libreta en mano, a buscarle la quinta pata al gato de la poesía tradicional. Todo el desierto, el mar y los confines del sur parecían arados por Neruda, la Mistral, Huidobro y De Rokha. Amén de los españoles ya conocidos, que habían trillado todos los romanceros, vanguardias y sus afines.
Nicanor Parra buscaba su poesía y personaje, otra dimensión, otro piso psicológico, desde el entretecho al subterráneo, se movía además en una dimensión irónica sin concesiones, ambigua, un salto sobre el espejo trizado de la realidad, Parra “hacía de las suyas con la palabra”, lo que buscaba, su propio calidoscopio: hechos y no palabras, el abandono de la metáfora. Neruda era su principal referente, ángel y demonio. Medio siglo “demoliendo el pasado”, construyendo su escenario, pocos en su tenaz camino de herrero, Parra, pedaleando día y noche como un organillero de pueblo, metódico, con un ego de príncipe italiano, vestido en Falabella, creyó recoger la última rosa en el andén de la poesía chilena.
El hombre imaginario
El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario.
De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios.
Todas las tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios.
Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario.
Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario.
Cambios de nombre
A los amantes de las bellas letras
hago llegar mis mejores deseos
voy a cambiar de nombre a algunas cosas.
Mi posición es ésta:
el poeta no cumple su palabra
si no cambia los nombres de las cosas.
¿Con qué razón el sol
ha de seguir llamándose sol?
¡Pido que se le llame Micifuz
el de las botas de cuarenta leguas!
¿Mis zapatos parecen ataúdes?
Sepan que desde hoy en adelante
los zapatos se llaman ataúdes.
Comuníquese, anótese y publíquese
que los zapatos han cambiado de nombre:
desde ahora se llaman ataúdes.
Bueno, la noche es larga
todo poeta que se estime a sí mismo
debe tener su propio diccionario
y antes que se me olvide
al propio Dios hay que cambiarle nombre
que cada cual lo llame como quiera:
ese es un problema personal.
Coplas del vino
Nervioso, pero sin duelo
a toda la concurrencia
por la mala voz suplico
perdón y condescendencia.
Con mi cara de ataúd
y mis mariposas viejas
yo también me hago presente
en esta solemne fiesta.
¿Hay algo, pregunto yo
más noble que una botella
de vino bien conversado
entre dos almas gemelas?
El vino tiene un poder
que admira y que desconcierta
transmuta la nieve en fuego
y al fuego lo vuelve piedra.