El sencillo emperador

El 13 de agosto de 1907 nació en el seno de la familia Müller Leiva, afincada por aquella época en Santiago de Chile, un niño que recibió el imperial nombre de César Octavio. Nombre latino e imponente que, no obstante, nada dice a la literatura ni al folklore de mi país, porque en la búsqueda constante que fue su vida encontró un nombre que le pareció mucho más grato y sobre el cual fundó su imperio de sabiduría y sencillez: Oreste Plath.
Lo de Oreste, qué duda cabe, nos remite a sus lecturas de héroes trágicos y lo de Plath, dicen por ahí, lo tomó prestado de una cuchillería alemana. Tanto gustó su nuevo nombre a este talentoso investigador de la literatura y del folklore chileno que a sus dos hijos (un hombre y una mujer) puso por segundo nombre Plath, en la ingenuidad de quien creyó que dicho “apellido” se iba a olvidar.
Tuve la fortuna infinita de conocer a este hombre sencillo y sabio, de conversar con él de cosas infinitamente irrelevantes y resplandecientemente importantes. Conocí de primera fuente su sabiduría y fui testigo privilegiado de su forma empecinada de trabajar.
Oreste falleció a los 89 años en 1996. Yo lo conocí por allá por 1993 o 94, cuando empecé a acompañar a mi amigo Juan Antonio Massone a la Tertulia de los Viernes que organizaba el Grupo Cámara Chile. Lo vi allí escuchando con infinito interés y comentando con sapiencia y prudencia los distintos temas que semana a semana nos proponían los invitados. Por aquella misma época empecé a publicar por aquí y por allá algunas semblanzas de escritores chilenos, y para documentarme acudía al menos una vez a la semana al Archivo de Referencias Críticas de nuestra Biblioteca Nacional; nunca tuve un día preciso para ir, lo hacía cualquier día y en cualquier hora, y la mayoría de las veces, casi siempre, me encontraba Oreste sumido tras un montón de diarios y revistas antiguas tomando apuntes a la antigua, pero dando a luz conocimientos nuevos para quienes lo leíamos.
No exagero al decir que Plath dejó en mí una huella indeleble. Un afecto sincero, un ejemplo a seguir. Que nadie piense que fui su amigo, porque no lo conocí lo suficiente y estoy muy claro en que si cada vez que me veía me saludaba afectuoso, eso era más parte de su personalidad que de un conocimiento personal. Mal que mal, nos encontrábamos al menos un par de veces a la semana en los mismos lugares. Por eso, cuando falleció y Juan Antonio me contó la noticia, dirigí mis pasos hacia el templo de los Agustinos en Santiago para despedirme de él, en forma anónima, pero sincera.
Este año, las circunstancias de la vida me llevaron a cambiar de domicilio. Quien ha tenido esta experiencia sabe la cantidad de cosas que uno “encuentra” y en mi caso, tuve que revisar cientos de documentos, muchos sobre literatura, para decidir con absoluta injusticia qué se iba a las cajas para embalar y qué terminaba en el basurero. Guardadas por allí entre los libros aparecieron unas fotografías de hace algunos años atrás y entre ellas la que publico aquí por primera vez, esta en que aparezco junto a Oreste en la Tertulia de los Viernes en el Cámara Chile. Les aseguro que no miento al decir que me emocionó reencontrarme con ese recuerdo viejo y me detuve unos minutos a contemplar la imagen invernal y a recordar aquellas tardes inolvidables. En ese momento pensé que ya era hora de escribir algo sobre Oreste y me prometí que, luego de instalado en mi nuevo hogar lo iba a hacer, un homenaje personal a este gran hombre.
En medio del ajetreo me enteré que nuestra Feria del Libro Usado que organiza anualmente la Universidad Mayor estaba dedicada a Oreste Plath porque es el año de su centenario. Creo y espero que este año la memoria de Plath se imponga en la conciencia de los chilenos porque a él debemos muchos conocimientos sobre nuestra alma nacional. En cierto modo, las sincronías de la vida, me pusieron por delante la foto con Oreste para recordarme la deuda que tengo con él y su obra, deuda que quiero pagar como un regalo para él por las celebraciones de su cumpleaños número cien.
Sé bien que, tal vez, Oreste sea desconocido para muchos amantes de la literatura en nuestra América, tanto por época, por temática, como por distancia geográfica, la labor de Oreste no tuvo —no tiene— demasiada trascendencia más allá de nuestras fronteras. Por eso quiero darlo a conocer, porque en él se amalgamó el conocimiento sobre el folklore de nuestro país, un estilo cuidado, pero sencillo, de escribir, y una sabiduría y creatividad que se inserta en la mejor línea de nuestra tradición literaria.
Su primer libro, publicado a los 22 años, fue un poemario en que volcó todas sus inquietudes juveniles. Más tarde vendría su encuentro con el folclore y de su pluma surgió una cincuentena de títulos tales como Folclore chileno, Geografía del mito y la leyenda chilenos, El Santiago que se fue, Geografía religiosa de Chile, L’Animita y Olografías, entre varios otros estudios y comentarios.
Fue miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua, presidente de la Sociedad de Amigos del Libro (donde inicia la recordada serie de ¿Quién es quién en las letras chilenas?), editor y folclorólogo reputado.
Quienes lo conocieron recuerdan su particular método de investigación: recorría los pequeños pueblos de Chile y se dirigía siempre a lugares determinados: baños públicos, bares, cementerios, mercados, ferias, cada lugar donde se anida el pueblo más auténtico; tomaba apuntes de las murallas rayadas y entrevistaba gentes para aprender de ellos. Siempre dijo que debía todo lo que era al pueblo y por eso pienso que el pueblo de mi patria, las gentes sencillas de alma y espíritu, pero ricas en esa sabiduría popular perenne no deben olvidarlo, los más jóvenes deben conocerlo, porque dejó impregnado en sus libros un amor tan intenso por esta patria sureña que debemos reconocer día a día.
Antes de terminar, no puedo dejar de hacer mención de su esposa Petita Turina, escritora también, que a través de sus extraordinarios Multidiálogos, nos dejó también momentos inolvidables en la lectura de sus sabios libros.
Actualmente su hija, Karen Plath Müller Turina, mantiene en conjunto con la Universidad de Chile una página web que recuerda su obra y que ningún amante de la cultura debe excusarse de conocer. En ella se encuentra una completa bibliografía de su obra con muchísimos textos digitalizados.
A la distancia de los años, sólo puedo sentirme privilegiado de haber conocido no a César Octavio Müller Leiva, sino a un sencillo emperador del conocimiento: Oreste Plath.