Del habla coloquial a la vulgaridad en la televisión chilena
Hace algún tiempo, a propósito de un artículo leído en el blog de una colega,1 reflexionaba respecto de la falta de modelos de buen hablar en la sociedad actual para nuestros jóvenes. Es más, en algún comentario publicado en mi propio blog2 recordé que hasta hace un cuarto de siglo nuestra prensa escrita, nuestra radio, nuestra televisión y la escuela, eran modelos de buen hablar.3 Un poco más atrás, hasta hace unos 40 años, la política también aportaba modelos a través de gobernantes, parlamentarios y ministros cuyo buen uso de la palabra, cuya oratoria impecable, inflamaba las masas y aumentaba adhesiones. Basta escuchar a la mayoría de quienes ejercen hoy esos cargos para darse cuenta de que, con suerte, manejan un lenguaje informal que linda a veces con lo vulgar.
Pareciera que hoy hablar bien no fuera parte de la cultura.
Me parece, en todo caso, que los programas de noticias son hoy, tal vez, el único segmento en que se conserva un léxico formal que puede servir de modelo. En el otro extremo, los programas de farándula y los espantosos “reality-shows” han llevado la vulgaridad hasta extremos intolerables y, lo que es peor aun, la han impuesto como signo y distintivo de una falsa cercanía y autenticidad. ¿Se acuerdan cuando se empezó una suerte de campaña por sacar de la TV a los “animadores acartonados” (que eran los que hablaban perfectamente bien y servían de modelo lingüístico) para ser reemplazados por otros más cercanos a la gente?4
Ya lo decía nuestra recordada Mabel Condemarín, en una entrevista al diario La Tercera en julio de 2003: “El tiempo que le dedican los niños a la televisión es altísimo. Están recibiendo modelos permanentes de este lenguaje que refleja pobreza cognitiva, porque no te da elementos discriminativos”. Y tiene toda la razón. Cosme Portocarrero nos entregó en un libro (La palabra huevón, Lom Ediciones) una impresionante cantidad de usos y significados de la pintoresca muletilla que arrastramos los chilenos en cada oración. ¡Cómo no va a ser pobreza cognitiva si usamos un vulgar garabato como sustantivo, adjetivo, verbo, interjección, etc. y que, además, admite alcances afectivos o denigratorios, según nuestra comodidad (y pereza) verbal!
Pero no debe extrañarnos. Ni el cine ni la televisión chilena tienen éxito fuera de nuestras fronteras por la mala calidad de nuestra habla (las obras audiovisuales que se emiten fuera de nuestro país suelen estar “dobladas al español”). Ignoro si esta realidad se impone también en otras latitudes, puesto que las señales de cable suelen usar un habla neutra que es comprensible para todos los hispanohablantes. Indudablemente, deteniéndose en ese hecho, podemos afirmar sin temor a equivocarnos, aunque con vergüenza, que la televisión extranjera que recibimos a través del cable en español, sí constituye modelos de buen hablar, tanto en lo coloquial, como en lo informal. Pero, ¡qué podemos hacer los profesores ante esto? Creo que sólo una cosa. No olvidarnos nunca de que una clase es una situación formal y de que somos uno de los pocos modelos que tienen hoy los estudiantes.
Volviendo a Mabel Condemarín recuerdo que ella decía que le recomendaba a los profesores de Educación General Básica leer los cuentos a los niños y no contarlos ellos con su “propia versión”, porque al contar el cuento un profesor, seguramente dirá “el caballo corría rápido”, pero el libro escrito tal vez diga “el corcel iba raudo” y esa sola oración hace la diferencia a la hora de encontrar modelos y, sobre todo, de ampliar el vocabulario.
Me acordé de eso el pasado semestre y le leí a mi 8º Básico el cuento “Lucero”, de Óscar Castro, que está escrito en un exquisito lenguaje que daría para varias clases de buen vocabulario. Al final, pese al desconocimiento de varios términos, los jóvenes igual disfrutaron esta emotiva historia y, de paso, se aprovisionaron de vocablos nuevos que pueden usar con provecho cada vez que los requieran.
En definitiva, si la televisión chilena volviera a tomar conciencia del insustituible rol cultural que le cabe en la sociedad y responsablemente buscara cooperar más que dañar, tendríamos una aliada potentísima, en vez de una adversaria formidable.
En esa misma entrevista que mencionaba antes, Mabel Condemarín decía que una buena película podía motivar leer el libro y una buena teleserie puede servir de modelo para generar dramatizaciones estupendas en el aula. Totalmente de acuerdo, lo he comprobado muchas veces.
Pero así como estamos, con los faranduleros, opinólogos, chicos reality, tribus urbanas y modelitos de artificiales curvas, nuestra TV es lo más próximo a Silicon Valley y no precisamente porque tenga mucho emprendimiento, tecnología o computadores...
3 Incluso la familia se esforzaba por servir también como modelo.
4 Esto no tuvo que ver con el tipo de público que veía el programa, sino con una nefasta moda. El recordado Enrique Maluenda, que conducía un programa dirigido al público más popular, jamás transó en el buen uso idiomático y sus programas tenían alta audiencia.