“Zona de sombra”, de Alejandro PadrónZona de sombra

I

Una impronta de Monterroso da cuenta de su atadura a provocar el cierre violento de una puerta. Quienes se han citado a la reunión para elaborar un clima donde las palabras se hagan historias infinitas, calumnian sin desparpajo alguno al cuentista guatemalteco. Si una mosca vuela alrededor de una borona, el menos advertido la golpea. Monterroso, siempre provocador, afirma: “...el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos, largos textos en que la imaginación no tenga que trabajar...”. Esta certeza, cuestionada por quienes escriben extensos cuentos parecidos a novelas, pero felizmente aceptable por los que un poco más acá se tropiezan con el horizonte, podría indicar que quien escribe textos cortos no trabaja o, en caso contrario, trabaja mucho y se hace el loco con la imaginación. O nada, no indica nada: una provocación que se hace delicia cuando miramos a quienes son enemigos de los relatos, cuentos, historias o lo que sea corto, un poco para repasar las páginas de Violeta Rojo en el Breve manual para reconocer minicuentos.

En todo caso, contar con pocas palabras va más allá de un ataque de asma. Se trata de disparar en el blanco a una distancia considerable. Los escritores que trazan textos cortos son francotiradores, de allí la envidia de los que se someten al ropero y defienden sin miramientos sus largos bostezos sintácticos o sus extraordinarias novelas cargadas de capítulos como justificación de estructura y de toda terminología que viaje por los más extraños territorios del método científico o empírico. En todo caso, contar largo o corto es un arte, sólo que cada quien en lo suyo. La ironía de Augusto Monterroso nos obliga a glosar su afirmación: es cierto, muchos escritores de cortísimo aliento aspiran a escribir novelas robustas, gordas y hasta llenas de imaginación. Cervantes inventó la novela total: una novela larga plena de cuentos que se pueden leer autónomamente. Por allí va la historia. De modo que quienes quieran enemistarse con Monterroso, deben primero entender que la muerte dura para siempre y la agonía suele ser menos infinita que la eternidad.

 

II

Como respiramos y hablamos en un país de cuentistas, no nos extraña que un narrador como Alejandro Padrón, dotado de una envidiable imaginación, haya escrito Zona de sombra, un libro de relatos, minicuentos o anécdotas basados en su experiencia vital o en su trabajadora inventiva. Se trata de un tomo de asombros, de dilatados pasos sobre las brasas. El horror salpicado con agua bendita. Es una obra en la que las historias cumplen los requisitos —casi exhaustivos— que deben ofrecer los cuentos escritos, oralizados por la subvocalización del lector ensimismado: brevedad, precisión en la escritura, historia comprimida... bueno, un cuento corto podría ser una larga historia metida en un frasquito de perfume. Del caro, por supuesto. Así pasa con los que acabo de leer en Zona de sombra.

Padrón cumple casi rigurosamente con esas órdenes también cuasi castrenses. Ponerse firme primero para dejar en manos del lector la certeza de que se trata de una historia bien contada. Para nuestra fortuna, abrir este libro nos llevó a un arrebato civil que nos condujo a la recreación de muchísimas imágenes, todas extraídas de la más terrible realidad: el cruel y cotidiano vivir en un mundo donde el estupor y el asombro nos someten a apostar porque éste —el libro— no termine, como la vida. La maldad del lector se hace más aguda que la del escritor. Generalmente quien escribe pierde la inocencia ante los ojos de quien lee. Y no como afirman los más sesudos y conspicuos semiólogos. No hay sujeto más peligroso que un lector. Quien escribe cuentos cortos espera eso: ser leído por un azote de cuentos cortos. Si no aspira a eso, que se dedique entonces a rescribir —sin erratas— La montaña mágica. Thoman Mann lo agradecería.

 

III

Zona de sombra es un espacio narrativo donde frecuentan historias leídas de otra manera: arrancadas de las páginas de los diarios o vistas en plena calle. El famoso caníbal de los Andes asoma sus dientes para despachar con frugalidad a su más cercano colega (enlatado) de infortunios (“El pecado de la carne”). En “Cuestión de saña” sufrimos el corte del pene de un violador. En “Gelindo” regresamos a la tristeza de saber que el poeta Casasola está muerto en la imagen de un niño con el cuello cercenado, ido por propia mano a los túneles de nuestra memoria. En “Terca actitud” repasamos la tragedia de las prisioneros. El mundo del hampa diagnostica el fondo de nuestros propios crímenes en la mirada del otro. Un instante nos regresa a las torturas de la dictadura a través de “El rayo”. El relato “Fantasía” sintetiza todo este paisaje del horror: “En las líneas imaginarias del territorio mueren los alistados en las escaramuzas del terror. Los facciosos asaltan, imponen vacunas, realizan secuestros, asesinan inocentes en días y noches aciagas. La línea de demarcación de la nación es una zona agujereada de humo y muerte. Un acoso de fantasmas y humillaciones se levanta como un lamento. No obstante, los jefes no ocultan sus simpatías por los depredadores de la montaña y los veneran, y hasta les tienden la mano. Hay una inversión de suertes en la naturaleza humana. No dejo de pensar en esa farsa. Desde que estoy secuestrado no hacen sino hablar de la importancia de mantener las buenas relaciones con mi gobierno”.

 

IV

Si bien el título de esta obra hace juego con las historias que descubrimos en sus páginas, el autor se recrea con algunos escritores que cooperan con la elaboración de los textos, los más cercanos si se quiere a un imaginario ajeno. Así, Rubem Fonseca forma parte del tejido narrativo de “Malas mañas”; César Aira se hace imagen en una habitación donde dos amantes sufren un percance, y el short story se recupera en el último paso de quienes intercambiaron pies (“Precisión”). Y Roberto Bolaño se deja mencionar en una anécdota ocurrida en Ciudad Juárez, en México.

La libertad del autor merideño nacido en San Antonio de Maturín se permite todas las peripecias que la imaginación le proporciona, para disfrute de quienes —simples mortales— nos hacemos parte de esta zona de sombra donde abundan el miedo, el terror y la eternidad del instante de un cuento que, de tan terriblemente sencillo, se hace abismo: “Soy testigo de esta violencia callejera. Por no entregar mis Nike nuevecitos, fui ultimado a balazos en las festividades de la Nochebuena” (“Zapatos nuevos”).