Una pulsión inacabada consagra la suma, la acumulación de eventos, un “continuo temporal” que, según Víctor Bravo, al referirse a Paradiso de José Lezama Lima, comporta un sistema poético, según el cual “es el latido de la ausencia donde se gesta la posibilidad de la imagen, en el mismo sentido en que es, por ejemplo, en el vacío del arte chino donde puede gestarse la plenitud”.
Para Teresa Martín Taffarel, visible en Lecciones de ausencia (Editorial Candaya, Barcelona / España, 2005), esta propuesta abarca la totalidad una poética basada en ese sentimiento de ingrimitud donde es posible encontrarse con “la imagen y la resurrección. Es decir, ese vacío hace posible la creación. La ausencia, carne de la soledad, revela su centro y sus periferias: crear desde el mismo precipicio, desde el lugar donde habitan las voces ausentes, el cuerpo despedido, la revelación plena del vacío, de lo que no se ha podido llenar.
Pulsión inacabada, toda vez que la imagen de la presencia continúa vigente en la ausencia: el recuerdo, la memoria, la sensación de una certeza extraviada, la incertidumbre del tiempo que fue y del que viene.
(Retorno al espacio donde escribo. El tiempo me dice que alguien corta un árbol seco en la vereda. El sol, los incendios en la montaña, la soledad de la habitación. Quien esto escribe se interna en el vacío de la poeta argentina: intento calarme un poema como quien descubre que la totalidad es una suma de vacíos).
II
Quien no está, estuvo. La dinámica del contacto con el cuerpo ajeno, propio en la medida del encuentro, en tiempo pasado, hace en este presente la ausencia, el vacío, el impulso creativo. Así, quien relata su soledad, lo hace desde la perspectiva del poema, desde el desarraigo:
perdida en lejanas estaciones
con señales de invierno
descubro la llamada de tus ojos
las estrellas
los rumbos del camino
y me apresuro a abrazarte
antes de ser un reflejo de tu ausencia
La poeta anuncia, pone en evidencia el tiempo que viene, el vacío que le espera. Cada soledad, cada ausencia es una lección. Sucesión de eventos, ardores y calambres del espíritu. La soledad es la pulsión del continuo temporal. Interior espejeante que encuentra eco en el silencio, en el deseo, en el abrazo que ya no es, en el cuerpo que no está: “los ojos cansados de mirar hacia adentro / buscan el secreto de las simas / y el pulso vertical de la estatura // ropaje antiguo que se quedó sin dueño / rasgado por el viento // vacío / que no se deja habitar siquiera / por unas migajas de silencio // y anda la noche mendigando sosiego / condenada por la incertidumbre / de su eterno trajinar”.
(Allá afuera el ruido. El árbol seco es ya un montón de trozos de naturalezas pervertidas. El que fuera sombra, frutos y noche luminosa es ahora descampado, hojas desnervadas. Mientras escribo esta nota la sierra eléctrica pulsa la soledad del poema, la larga agonía de una palabra aún por descubrir).
III
El latido impertinente, el tiempo que lo deshace, las estaciones, el no estar allí, la historia de quien estuvo, legado actual del texto que nos cuestiona y nos empuja hacia el vacío: Lecciones de ausencia, a juicio de José Corredor-Matheos, “la poeta ha de decirlo más allá de las palabras, porque, en el momento culminante, adivina que “para decir algo” ha de hacerlo “apenas sin lenguaje”. Y, por esto, como todo verdadero poeta, Teresa Martín Taffarel, en este libro revelador, lleno de profunda intuiciones, nos dice que “para restablecer el diálogo con la flor / que ama” ha de hacerlo “desde las raíces del silencio”.
Alcanza la plenitud, el vacío se llena con la ausencia. La poesía —imagen y resurrección— quita las máscaras, desnuda la soledad, dinamiza, desde el primer poema, la lección de ausencia en la medida en que “se alejan nuestros pasos”.
¿Cómo “romper la ley de la ausencia”? ¿cómo “nombrar tu lejanía”? ¿se trata de “un viaje sin regreso / signo de la oración y del silencio”?
Pese a todo, pese a la imposibilidad, a la certeza de saberse solo en el otro, queda la huella, el eco de quien fue plenitud: “no saldré de tu nombre / no saldrás de mis labios”. La memoria llena el vacío, se hace palabra, se hace silencio, se hace poema. Sigue siendo ausencia, “un lenguaje secreto”.