Jesús Sanoja HernándezLa mágica enfermedad y otros poemas

I

Mágica enfermedad, la poesía, el silencio iluminado de quien siempre creyó en las voces que elaboró, que combinó para construir belleza. El título de su único libro, el de Jesús Sanoja Hernández, es la marca indeleble de su conducta frente a la poesía. Sanoja Hernández era un enfermo de poesía, de esa magia que puede ser maldita o la mejor manera de alcanzar el infinito. Místico en su manera silenciosa de ser, en la manera de abordar el mundo, el nacido en Tumeremo nos regaló un libro al que luego le agregó otros poemas para la edición de Monte Ávila de 1997.

La primera vez de este libro emergió de la Universidad de los Andes a finales de los años 60. Ya había obtenido el Premio “José Rafael Pocaterra” del Ateneo de Valencia, de modo que iba cargado de la fuerza del prestigio.

La mágica enfermedad es un libro raro en la poesía venezolana. Se trata del único libro de un hombre que escribía mucho, que al parecer dejó muchos poemarios, pero que no se ahogaba en los deseos de publicar. No se trata de un libro cualquiera. La mágica enfermedad develó el misterio: abrió la puerta a una sonoridad diferente, difícil de eludir por su inteligencia, de hacerse de ella. Es una poesía —también— cuyas líneas de la mano descubren la presencia de un sujeto que dibuja su memoria, la resiente en el lector, la hace viva y llena de sonidos.

El bosque se ilumina en bejucos, salen sus gritos
de transparentes gallos, acumulados cristales
a ras de fuego arman escape al igual que orquídeas
y zumban toros fantásticos en el centro de la llama.

Sea el brillo. Y su espanto metido en clavo
sobre la tabla del espíritu. Sea el copete colorado,
el incendio en curvas, el violáceo anuncio de sequía,
la sacudida de orejas en cada animal que corre, la esmeralda
en la fiera sin lomos, el papagayo dulce entre las lianas.

Antes de caer
el agua
en este turbulento huerto de los dioses.

El poeta de este texto se multiplica en imágenes. Se hace muchos en cada pronunciación. Las imágenes que usa en su aventura verbal lo convierten en un torrente, en el mismo río de su memoria, en el Orinoco de la infancia, en la tierra caliente y selvática de su pasado. Se trata de una luz intensa, llena de brillos, en la que se descubren los animales, los árboles, el tejido vegetal de aquel mosaico terrenal extraordinario.

 

II

1960 es una línea casi recta en el corazón de la poesía venezolana. Sin embargo, los que no se dejaron tronchar el espíritu por los mecanismos ideológicos, supieron que la verba poética es más larga que la tensión de la epopeya. Jesús Sanoja Hernández, militante, constructor de silencios, de esperas, no acudió al llamado de quienes practicaban el panfleto, la literatura sediciosa, machacona. Sanoja Hernández pensó un país desde su sangre, desde el flujo y reflujo de sus ríos, de la explanada infinita del mosaico guayanés, desde el silabeo de su memoria. Una poesía magnífica en su magma, en su belleza, en el recogimiento de su contenido, en el sonido de sus imágenes, en el salto de su gracia escondida. Y, precisamente, de esa década dice:

Sobre la mancha de 1960, monocroma
y desvinculada en órganos que se aman,
vive esa máquina infinitesimal, loca, enrarecida
por el contacto de los estambres y el verde
tenaz del gato.

¿Qué caminos tomó para desdecir la realidad? ¿Qué máquina es esa que retorna en el tiempo y se atornilla en los colores oscuros del cielo? ¿Qué animal se sosiega frente al “motor silencioso / cadáver, / número postrado en el cielo de la nada”?

 

III

Y así, como muchos de aquellos años, el fracaso, la derrota de la historia. Mientras Jesús Sanoja persistía con fuerza militante, a través de la palabra y la plástica en Tabla Redonda, los de El Techo de la Ballena aguzaban los sentidos mediante el uso de la podredumbre para descubrir las llagas del país. Coincidieron y dejaron el hueco de la pérdida:

Bailo solito en el cuarto
y en alas llego hasta el espejo
y me hago caracol en un juego de alcances.
Yo: ¿quién escondió el papel que tenía junto al vaso?
Ella (desde el baño): ¿para qué lo quieres?
Y una frenética idea me limpia la frente
y pierdo afecto por la embestida, casi me aquieto,
vuelvo a acomodarme, acurrucado, imprevisible
en una estancia sin dones, en una mudez de entrañas,
dolor de cáscara, allá abajo físicamente gastado,
cada vez más desierto, ah el poco de verdad que nadie toca,
el grano de lujuria y esa amenaza contra el bostezo,
enemiga de la melodía, belleza henchida por la cama,
derramada
al lado izquierdo de la fe: en su garfio
               en su fracaso.

 

IV

Atrás quedaron aquellos textos, los inmaculados, los de siempre celebrados, los de la mágica enfermedad, la primera poesía. En estos que vemos y olemos, en estos “otros poemas”, el poeta sigue, insiste en sus imágenes, en el agujero cósmico por donde entran todos los sonidos: el albergue de las palabras en una sabana donde brillan, “más allá de la oscuridad de los espejos”, la música y el silencio de esta aventura que acaba de terminar en la carne y en los huesos de Jesús Sanoja, mientras no aparezcan los otros milagros de la enfermedad que siempre lo agitaron y que según algunos permanecen ocultos, a la espera de edición.

Un poema de esta hora, “Objetos y sujetos”, muestra la inquietud entre lo animado y lo inanimado. Entre la vida y la muerte. Un juego de imágenes, de imaginación pura:

El zapato envejecido y sin pie, tímida idea
del abandono, su medianoche por tanto uso
condenada a la fatalidad. Y el otro zapato

Y la cama tantas veces explorada por los sentidos,
ahora es desorden, con parálisis de sueño.

La cortina a medio cerrar, la luz ahogada
pero que de todos modos penetra y levanta el polvillo
oblicuo, más terrible mientras más se abre el ojo.

Los libros a los lados, uno donde habla I Ching,
el otro con los labios anhelantes de Marilyn
y la avidez de las pastillas somníferas:
goteras de la muerte, lanzamiento plano hacia el suicidio,
o la hipótesis de que Dios existe cuando partimos...

Y así, con los viajes que anuncia, con los poemas que escribió desde la enfermedad que lo consumió toda la vida mientras los ríos interiores inventaban la calma de su espíritu, la tempestad de su silencio.

Hace poco, este año 2007, murió Jesús Sanoja Hernández. Es hora de recoger el “Entierro” del poeta Rafael José Muñoz, escrito en pleno vigor de aquel 1968, donde avivaron amigos y enemigos, santos y demonios, torturadores y anfitriones de la alegría, los que no fueron de la CIA y los que imaginariamente eran en verdad y siguen siéndolo en la muerte, ahora que regresamos a los mismos fantasmas, a las mismas falencias:

Ha muerto cristianamente el señor Jesús Sanoja H.

Sus amigos: Juan Liscano Velutini, Rafael José Muñoz, Roberto Hernández Worshisler, Porfirió Gómez, Raúl Leoni, Jóvito Villalba, Allen Dulles, Edgar Hoover, Rabin Dranath Tagore, Sri Aurobindo, Blas Pascal, Pedro Estrada, Ulises Ortega, Miguel Silvio Sanz, Juan Antonio Pérez Bonalde, Enrique Bernardo Núñez, Raimundo de Peñafort, Francisco de Quevedo y Villegas, Ernesto Renán, Los Duelos del relicario de Santa Ursula, Vicente Van Gogh, Vicente Gerbasi, Coromoto Landaeta, Raimundo Lulio, V. M. Konstantinov, Vladimir Ilich Lenin, Lavrenti Beria, George Malenkov, Douglas Bravo, Pompeyo Márquez; y su sobrina, de un día de nacida, invitan al acto del sepelio, el cual se efectuará el día 24 de marzo de 1968.

Sitio de encuentro: Montañas de Canaima.

Hora: Pongamos las 10.

La hora se ha prolongado. Jesús Sanoja Hernández continúa su periplo en esa mágica enfermedad que nos toca. A su hora, que es la de todos a su debido tiempo, comienza el sonido del misterio de las palabras.