El Arcipreste de Carora
1
¿Cuántas ventanas necesita Héctor Mujica para asomarse al mundo? ¿Cuántas para adivinar el color de la lluvia, el eco del silencio en su otrora terredad andina? Con una le bastaría para recorrer los sonidos de ciudades lejanas. Con una sería suficiente avalar el comportamiento de las estaciones, pero Héctor, prevalido de su condición de imaginero, necesita tres para inventar otras ciudades, otras lluvias y traducir el eco que baja lentamente por la majestad de las cumbres donde vivió y sigue viviendo.
A través de esas ventanas Héctor se amista con Juan Ruiz, conocido por su especial manera de arrimarse a los campos de Toledo y Valladolid, y pronunciar muy quedo los nombres que lo bautizaron Arcipreste de Hita.
¿Quién le dijo a este hombre de Carora que el mundo es una ventana, que es posible escribir un libro de buen amor, como aquel que ficiera ese capellán papal en el tono más embriagante, tanto que es capaz de emborracharnos por el sabor de sus palabras: “Por amor desta dueña ffiz’trobas e cantares”, y deshacerse del olvido para elevar la mirada por encima de las catedrales de la tierra: “Non perderé yo á Dios nin al su paraíso / por pecado del mundo, que es sonbra de aliso: / non soy yo tan ssyn sesso, sy algo he priso: / Quien toma, dar debe, dízelo sabio enviso”.
2
De esa misma sangre está hecho este Héctor Mujica, Arcipreste de Carora, amador que escribe “un libro de amor por el arado que rotura suavemente la tierra como el hombre rotura a la hembra desde el comienzo de la creación”.
Diez son los cuentos de Escrituras para un Libro de Buen Amor, título que hace honor al sobrino del obispo de Sigüenza. Diez son los cuentos que construyen personajes desde ese tema tan riesgoso como el amor.
¿Cómo se dibujaría este caroreño milagrero: Yo, Héctor Mujica, el sobredicho Arcipreste de Carora... lampiño, negro para los amigos, de difícil caminar por los tantos golpes vallejianos, de nariz aguileña pese a lo africano, de espaldas anchas y etcétera? Para parodiar a quien dijo de él mismo “velloso y pescuezudo”, ese Juan Ruiz de la España árabe y levantisca, díscola, de fácil carne para el jolgorio y el bochinche.
Este libro, que es otra de las ventanas de Mujica, el hectórida sacado de las guerras de Homero, descompone el mundo que mira sin persianas, donde están todos los pecados que el mismo Arcipreste canta mientras Dios lo ve por un agujerito.
Arcipreste en fin, Héctor Mujica hace bien al cantarle al amor porque de esa agua está hecha la tierra de Carora, de palabras y cantos, de poesía y silencios, de ventanas miles que hacen de las calles maravillas.
3
Juan Ruiz o el arcipreste de Hita, Héctor, de Carora arcipreste, de ojos de mirar duro, como aproximara Luis Alberto Crespo, levantiscos los dos, resumen —en solaz entrega— este bon vino y sabroso yantar de palabras bien dichas, de afectos bien tallados a fuer de “dueña en todo e de dueñas señora, / nos podía ser solo con ella una ora; / muncho de ome se guardan ally do ella mora...”. En contrapunto, las ramas de Héctor se hacen hojarasca: “Has llorado desde que el bisonte pasó por entre grandes rocas. Desde que el viento fuerte quemó tus ojos. Desde que tu compañero de caza y pesca no volvió a la hora prometida. Desde el fulgor del primer relámpago y la luz de la primera estrella. Has llorado siempre”.
Cuestión de arcipreste, de libro de buen amor para mitigar tanto mundo sin ventanas, tanta mirada llena de mundo.
Desde el visillo, como un curioso feliz, Héctor revisa la montaña, aquella donde diminutas figuras suben y ruedan en caída, como sísifos andinos, cansados pero listos para ser asaltados por el grito silencioso de quien fabla sin soberbia e inventa, primero las ventanas y después la casa, porque el mundo no existiría sin un lugar por donde irse y regresar.
(A varios años de distancia, sigue este arcipreste en el amor de su libro permanente. En la eternidad que lo define, Héctor Mujica continúa enviándonos mensajes).