Canto hondo
(Cien poemas escogidos)
I
En el texto que el poeta argentino Rodolfo Alonso usa como presentación de su libro Canto hondo (Cien poemas escogidos), publicado por Ediciones Poesía de la Universidad de Carabobo, suerte de antología muy personal, leemos la siguiente reflexión: “Hay una herida en el hombre que es el hombre, hay un lenguaje en el hombre que es y no es ese hombre, que no habla y se habla, donde los muertos viven y la vida es orgánica, festiva, espontánea, en combustión. Hablamos, somos hablados. Escribo, soy escrito”.
Desde esta fruición verbal, el poeta bonaerense recorre su biografía y la del universo, unidas a través de sus “convicciones éticas y estéticas”.
Se trata de un libro —esta poesía— que se inscribe en la tesis de Víctor Bravo relacionada con “la literatura edificante y la literatura crítica”, según la cual “la fuerza identificadora y edificante parece acompañar al arte y la literatura, ser consustancial con sus formas de representación”. Es decir, toca ciertos rasgos entre los cuales es válido mencionar la perspectiva: “Estamos condenados al recorte “ontológicamente parcial” de la perspectiva de nuestras representaciones de lo real”. Los anteriores acotados por Bravo, la de centralidad, causalidad / finalidad y límite, confluyen en “la certeza y en la pretensión de verdad”, razón por la cual el poeta Alonso afirma “soy escrito”, es decir, construido por la palabra, hecho palabra desde una verdad que habla y se habla orgánica, festiva y espontáneamente en combustión.
II
Humanista, Alonso “escribe” para la vida del otro. “Vida escrita”, dice el poeta: “tendida desde el fondo más oculto de uno hacia los otros”. Esta declaración intenta una mirada de esa vida, larga vida en la que la poesía es el único centro, la pasión más intensa, el paseo más relevante por la vida. Razón tiene al decir que si decae el lenguaje humano, decae la condición humana. En esta oración respira la poesía. Sin olvidar a Michel Butor, quien dejó caer que “el poeta es aquel que tiene conciencia de que la lengua, y con ella todas las cosas humanas, está en peligro”.
La revelación de la palabra está en la vigorosa combinación reflexión/música. Para el poeta Alonso esta verdad se encuentra en peligro, toda vez que si ésta no significa calidad, “nos sería deliciosa”, paráfrasis que le otorga a Gabriel Miró una verdad incuestionable. Desde este momento es necesario abordar no sólo el frágil carácter humanista de la palabra, sino el peligro que entraña su fortaleza, según la vieja formulación de Hölderlin.
Visto desde este lugar, el poeta insiste en el hecho de que el hombre es lenguaje, y en la medida en que el hombre se aleja del lenguaje, menos humano es. Así, “sometidos a tan vasto encubrimiento / a tal golpe de suerte / un hombre muere una frontera se propaga / sosteniendo hasta el fin un día de olas”, texto que priva en la razón de quien sabe que el título, “Dar de beber”, no aproxima la mano del buen samaritano a la boca del sediento. El texto se ilumina desde la marea de su significado. He allí entonces el peligro al que está condenada permanentemente la poesía, en que es un lenguaje que va más allá de cualquier circunstancia.
III
La poesía de Roberto Alonso no se adorna, no se pavonea entre laberintos lingüísticos. Es más significado: una estética verbal, sonoramente reflexiva, cercana a quien llega de la calle con los ruidos del mundo.
“yo los invito / a pasear el amor entre los indiferentes / su color sin moral su altar en armas / su identidad feroz que inauguran los niños // en asamblea previenen esta cena / ellos los esperados”.
La libertad, con todos sus trajes, dotada de poder: los esperados siempre llegan, traen del afuera el sudor del mundo, la fuerza que identifica a quien con el otro hace posible el pasado, el niño que todos llevan encima pero que han olvidado en la puerta, desnudos. ¿Será la primera o última cena? En todo caso, siempre serán los esperados, los “libre libres”.
Y así, los que respiran el clima de ese afuera —la noche perversa— saben que sus habitantes no serán los esperados: “si convives / en todos los alcoholes de la tierra / hay una luz para tu rostro // tiempo de la pasión con ojos en la boca / con cielos en la boca / si la vida destapa su memoria / atraviesa tus arcos y se ríe // una mañana heroica un ágil surco / resonando en tu espalda”. El filo de este desafío surrealista es marca indeleble de quien se codeó con los pioneros del surrealismo en América Latina, entre ellos Aldo Pellegrini. Y pese a no gustar de calificativos, el poeta que hoy nos ocupa nos deja este sabor en la lectura. La herida en el hombre que es el hombre no es difícil de cerrar cuando se trata de ahondar en el hombre desde la palabra. Su cotidianidad lo hace imprescindible en este momento del hombre, peligroso momento para quienes asoman la cabeza y hablan en nombre del otro, hacia el otro, con el otro en poesía.
IV
En “Aria del perdido” el poeta Rodolfo Alonso insiste en quebrantar el peligro. Busca entre la maleza, entre los dientes de las fieras, entre el silencio de una divinidad acechante: “dónde encontrar la voz errante / la voz temible y ágil que ilumina la sangre // su sonido es agua en el camino / el resto tiempo y gracia // dónde encontrar esa orilla extraviada / esa región de amor / ese fuego que vive por nosotros // la voz // alguien la oyó para morir / a solas // algo la excede entonces o le falta // algo que aplaza y que restringe / que no nos favorece // hay un abismo al borde del silencio / en lo alto de la voz // viviremos a merced de su aliento sagrado”.
La poesía del hombre, el vigilado por el silencio y los ruidos universales, el mismo sosegado ante el misterio, el mismo angustiado frente a la muerte.
Arco perfecto, llegamos al poema “Contra la muerte”, especie de válvula que cierra para abrir más adelante otros momentos.
La orilla extraviada en el texto anterior, es el lugar de la vida, la que jamás se abandona pese a la llegada de lo definitivo, el otro lado. Siempre queda algo, una pequeña huella dactilar, un zapato solitario, una camisa sucia, un poema. La muerte no es definitiva. Es un pequeño susto, un sobresalto leve.
“Aunque me vaya a ir voy a quedarme / siempre de alguna manera de este lado. / Porque a toda la muerte hay que dejarle / un recuerdo rayándole la cara, / un sonido de hombre de algún modo, / con olor solazo y sudor bruto, / un manotón, un rasgo, un estampido, / una orilla de luz como una herida, / vacío iluminado, una candente ausencia”.
Sí, la ausencia, porque la muerte siempre ha sido un fracaso, un rasguño en el aire: la voz que sigue clamando en el desierto.