Un revolucionario pré a porté

Uno que se viste de saldo no le envidia, para nada, los trajes al señor presidente, confeccionados por la casa Brione, mucho menos los Armani, ni sus corbatas de 700 dólares, ni el reloj Cartier que exhibe en la muñeca, ni la Mont Blanc con la cual firma tanto decreto y ley absurda, tantos convenios que se quedan sólo en el papel.

Chávez ha impuesto un estilo en el vestir y un estilo para desgobernar el país como nunca antes. O sea, en eso de vestir impecable es un tiro, porque para desgobiernos hemos padecidos muchos y aquí seguimos tirando y sobreviviendo.

Quizá sea Chávez una personalidad sicopática, de esas descritas por Herrera Luque, de lo más singular. Un farsante de marca mayor. Dónde se ha visto un revolucionario que vista como un conde con sueldo de presidente. Que vista como un dandi Armani sin bienes de fortuna conocida y parezca un yuppie neoliberal. Chávez no es nuestro diente roto excelso, sino un fracasado total. Fracasó como golpista, presidente, estadista y como agente viajero, pero ha impuesto un estilo en el vestir que da que hablar.

Los escuálidos, los golpistas, los oligarcas y demás grey de la coordinadora democrática van arreglados, pero tipo Pepeganga o Quintas Leonor, y esto los lleva a fijarse en la indumentaria presidencial. El reconcomio y la envidia los lleva a sacar cuentas y especulan que, con lo asignado para prendas de vestir, fácil se hubiesen construido 256 viviendas, o se hubiese cancelado el salario mínimo a 17.956 personas. Bagatelas cuando la presencia lo es todo, cuando la fachada es lo más importante. Francisco Umbral ha escrito: “Haber triunfado, haber llegado, haber pegado el pelotazo, haber vivido los años dorados del jet, supone vestir las ropas chapadas de Armani”. Chávez, con esto de la Presidencia, ha dado un vuelacercas espectacular, se ha sacado su kinogordo millonario.

Nuestros políticos siempre han vestido mal. Ahora que Chávez se ha convertido en un maniquí de pasarela lo señalan, lo tildan de vendido, lo insultan diciendo que ha traicionado sus ideales. Sus detractores (tanto dentro de su organización política como fuera) no quieren entender que él sólo busca darle majestad al cargo vistiendo trajes hechos a la medida y usando relojes que, más que dar la hora, dan distinción y porte. Lo preocupante es que la ideología Armani ha sustituido a la ideología marxista-cristiana-evangélica del presidente. A pesar de esto Chávez sigue siendo un revolucionario como el que más.

A un líder no lo hace la ropa, sino aquello que bulle dentro, tanto en su cabeza como en su corazón. Un líder se fragua en la calle y no en las pasarelas de moda. Un líder no hace política mediática, sino que se sirve de los medios para vender la revolución como si se tratara de un detergente, que penetra en profundo blanqueándolo todo.

Chávez vestido de Armani y con un Rolex le dice al personal, al gentío, al soberano, que él es un arribista balzaciano, que un politicucho como salido de la novela Il Gatopardo, de Lampedusa, que sólo ha puesto en práctica aquella frase que es un craso error político y gramatical: “No me dé, compañero, póngame donde haiga”.

El soberano viste de saldo y harapos, pero tiene un presidente de marca, y eso sí que es una revolución, pésele a quien le pese.

Aunque Chávez vista de maravillas hay algo en él que ya no cala como antes. Luego de probar las mieles del poder se ha engolosinado. Ya no tiene la autoridad moral de sus primeros años. Ha perdido estatura histórica y se ha convertido en un enano similar a Cipriano Castro. O sea, ha devenido en un caudillo simplón. Ha perdido la frescura ética, su carisma se ha rutinizado a fuerza de tanta cadena, de tanta propaganda mediática creyendo que las obras de cemento y cabilla le permitirán reencontrar su credibilidad perdida. La política no es show por mucho caballo galopando en pantalla, por mucha tecnología mediática que se pague.

Sólo espero dos cosas: el referéndum y las ofertas 3 por 2 de las tiendas de ropa baratona, para comprarme una pinta e ir a votar contra un traje Armani que anda por ahí, un traje de corte impecable, pero hueco, sin nada adentro. Un traje vacío que se va quedando solo como espectro que vaga por los pasillos del poder.