Los poetas se reunieron en honor a la gran poeta Elizabeth Schön. Justo y
merecido reconocimiento.
Los poetas, como escribiera Roque Dalton, comen mucho ángel en mal estado y
quizá por ello tienen esa característica aleatoria, huidiza, como si tuviesen
los pies posados en el aire; especie de nube con pantalones, Maiakovski dixit.
Poetas (en minúscula) y bohemios versificadores he conocido muchos. Sin
mencionar que he lidiado con enjambres pintorescos de poetastro y amanuense del
verso libre. Y debo concluir que nada he sacado en limpio de dichas relaciones.
No obstante mi trato con los Poetas (en Mayúscula) me ha dejado un verso
suicidado en la viga de mis días, un soneto garabateado en la pizarra de mi
alma, una metáfora que suena como una música en el silencio de mi sangre.
Los poetas (grandes o pequeños) son seres especiales. A veces sus vidas son
un desastre, pero su poesía coloca orden en el caos, luz donde las sombras lo
manchan todo. Mi predilección por los poetas de barra y amanecer no es
fortuita. Los poetas consagrados están como muy pagados de sí mismos y se
limitan, en muchos casos, a redactar poemas literariamente correctos, sin alma y
con un lenguaje (impecable) trabajado con diccionario y gramática. Son poetas
que van quedando para el homenaje y la letra en negrita a la hora de los
reconocimientos y la piadosa cartografía de críticos o los aduladores de rigor
(por supuesto ese no es el caso de Elizabeth Schön). Los poetas de barra le
cantan a la luna, a los senos de una niña de bar. Van a su ritmo y la gloria
les tiene sin cuidado, por esa razón no cuidan el hígado y sus poemas son
garabateados con la desesperación que baila en la punta de su estilográfica al
filo de la madrugada y luego se van dormir la mona con una sombra suicida en las
pupilas.
Los poetas con obra publicada, y medianamente reconocidos, me dan mala espina
porque casi siempre son insidiosos, vanidosos, engreídos y envidiosos. En la
mayoría de los casos son malas personas; claro, su poesía es una didáctica
del vivir y el beber, cuestión que se agradece en cantidad.
Me gusta que los poetas se reúnan, realicen sus coloquios y coloquen
banderines de belleza, con la metáfora exacta y la musicalidad nítida, por
todas partes. Aplaudo que reciten sus poemas para darle una oportunidad a la
sensibilidad de capa caída en estos chavistas y antipoéticos días.
Entre los invitados de esta nueva Semana de la Poesía en Caracas,
estuvieron Rafael Cadenas, Pepe Barroeta, Alejandro Oliveros, Octavio Armand,
Yolanda Pantin, Armando Rojas Guardia, Rafael Arráiz Lucca, Fernando Cifuentes,
Ana Teresa Torres, William Osuna, Lázaro Alvarez, Sonia Chocrón, Carlos Brito,
Leonardo Padrón, María Antonieta Flores, Ana María del Re, Tulio Hernández,
William Niño Araque, Oscar Marcano, Edmundo Ramos, Moraima Guanipa, Blanca
Elena Pantin, Belén Ojeda, Alicia Torres, Tibisay Vargas, Arnaldo Jiménez,
Celsa Acosta, Gabriel Saldivia, José Luis Ochoa, Freddy Castillo Castellanos,
Beverly Pérez Rego, Daniel Molina, Carlos Zerpa, Fernando Yurman, Eloy Silvio
Pomenta, David Malavé, Magaly Villalobos y Eva Gundberg, entre otros.
Los poetas agrisados, que hacen juego con las cortinas de la oficialidad
cultural actual, se mezclan con los poetas grisáceos del otro lado de la
talanquera. Todos intuyen que el poeta eres tú. O sea, aquí en los actuales
momentos a nadie le interesa el discurso poético. La política es la metáfora
del momento. Los poetas se reúnen para decir presente pese a todo, para hacerse
tangibles a pesar de que los politicastros, de saldo y ocasión, marcan la pauta
mediática. Los poetas tratan de poner al día el verso urgente de la protesta,
o del lameculismo más rastrero, andan en su teatro y al final de tanta lectura,
de tanta mesa redonda, los espera el oro implacable del 12 años como única
recompensa.
Nuestros poetas son de una pobreza vallejiana encomiable (sin la genialidad
de Vallejo por supuesto). Para sus saraos poéticos el Estado les endosa algún
subsidio, ¿y será por ese motivo que ya los poetas no se suicidan acosados por
el hambre? No sé. Los poetas y la poesía siguen siendo un gran misterio para
mí.
Entre los poetas que he tenido que padecer, encuentro que muchos viven sólo
en función de la metáfora, de esa belleza inesperada que surge de un trabajo
pertinaz con la hojalata del lenguaje. Sin duda no tienen la inteligencia para
ser protagonistas sangrientos de la historia y forjados en el metal dulce de la
palabra hecha canto van por la vida como a tientas, pero tienen una pasión de
baja estofa que los alienta, que los coloca en el escenario como mártires o
policías. Quizá todos tenemos algo de poetas frustrados y tratamos de
tutearnos con la poesía viva de la calle. El poeta se congrega con sus otros
colegas del verso y la cretona para leer sus versos, para darle rienda suelta a
la metáfora. Mientras tanto la calle escribe ese poema épico de la vida, ese
poema que no está en ningún libro, pero que tiene metáforas inigualables.
La proliferación de poetas hoy en día es como exagerada. Yo también me
inicié como poeta maldito, luego me percaté de que tenía más de maldito que
de poeta y dejé una noche mis versos calcinándose en una plaza. Comprendí que
era un sordo irrecuperable del corazón para escribir versos. Poetas veniales y
versificadores de casa de cultura hay a patadas, pero poetas con un dominio
extenso del lenguaje y con un enorme sentido por la forma arquitectónica del
poema hay muy pocos.
Si me piden alguna explicación sobre la utilidad de los poetas en la
sociedad me perdería en retóricas vanas. Un poema es un acontecimiento
espiritual tan importante como la construcción de una pirámide. También me
gusta una idea de Auden: “La naturaleza social del lenguaje permite al
poeta relacionar a los seres y acontecimientos sagrados entre sí”. Ante
esta responsabilidad del poeta no es casualidad que Platón, en su República
utópica, gentilmente les mostrara la puerta para que abandonaran la ciudad. No
era por temor, sino debido a que para él los poetas eran unos preciosistas del
lenguaje que nadie entendía, para el eran sólo jarrones chinos, o sea objetos
bellos, pero inútiles. Quizá Platón hubiese agradecido aquella frase de
George Steiner: “El silencio es una alternativa. Cuando en la polis
las palabras están llenas de salvajismos y de mentira, nada más resonante que
el poema no escrito”.