Éxito y literatura
“El éxito del mercado mata la eternidad de la palabra.
Pero el fracaso es doblemente asesino”.
Nuria Amat
Me he movido en esto de la escritura con cierta irregular intemperancia. Aunque escribo con regularidad para las gavetas nunca tengo un plan preconcebido, trato de tomarme eso de la escritura con cierto aire desplanchado y natural. Me desvivo tratando de peinar lo más posible el lenguaje, de darle cierto toque de acicalada musicalidad. Aunque me reconozco algo tozudo en eso de manipular las palabras y a veces me empantano todo, me doy de bruces con el bloqueo y entonces pienso que mejor es dedicarse a otra ocupación menos exigente.
Revisando el asepiado álbum de la literatura nacional descubro escritores de gran envergadura y talento, pero que al parecer se quedaron rezagados en el aparato de la frontera nacional. Es decir su literatura es desconocida a nivel internacional. Pocos nombres de nuestro acervo literario no han dejado sentir su estilo ni sus libros en el exterior. El éxito no parece haberles sonreído. Podemos mencionar algunos nombres como Denzil Romero, cuya saga sobre Francisco Miranda es soberbia; sin embargo, conoció un éxito fugaz en el extranjero con La esposa del doctor Thorne, novela que rastrea desde la ficción histórica la vida sentimental/sexual de Manuela Sáenz. El libro, además de obtener el premio La Sonrisa Vertical, fue centro de críticas severas por parte de los deudos prejuiciosos y beatos de siempre que sólo viven para resguardar la memoria impoluta de los héroes. Denzil Romero colocó de revés la novela histórica, pulverizó las fronteras entre imaginación e historia y con ello revitalizó el género. Lo cual permitió que el lenguaje asumiera a su vez un rol protagónico como nunca antes se había ensayado en la literatura nacional. El poeta José Antonio Ramos Sucre ha conocido un auge inesperado en el exterior, sus poemas se incluyen en antologías de cuentos y en nuestro país ha sido promocionado hasta el cansancio, pero a pesar de eso Andrés Eloy Blanco sigue siendo nuestro poeta insignia. José Balza se ha promocionado muy bien en el extranjero, pero en verdad su estilo literario es tan imbricado y pesado que ha sido mal leído y apenas interesa a los estudiantes de letras, quienes son torturados con inclemencia por sus profesores que los obligan a leerlo. Con Salvador Garmendia ocurre que sus cuentos, crónicas y novelas mordían en nuestra realidad con estilo informal y desenfada
do. Sus dotes como cuentista son indiscutibles a tal punto que obtuvo el premio de narrativa Juan Rulfo, pero del resto su literatura se ha quedado en el tópico existencialista, en el realismo bituminoso escrito con domino y sin angelización alguna a la hora de llevar a sus extremos expresivos el lenguaje. Otra cualidad en la escritura de Garmendia es su humor bizarro que iba al extremo del esperpento sin perder el equilibrado vuelo estilístico.
Otro de nuestros escritores que irrumpió con buen pie en la literatura fue Francisco Herrera Luque. Con él la historia dejó de ser un relato acartonado para devenir en una bofetada crítica que no respetó para nada la veracidad de los hechos. Provisto de un estilo más escueto que el de Denzil Romero hizo de la historia su principal cantera para novelar el país desde la rabia y la crítica. Eduardo Liendo podría ser considerado un inigualable escritor exitoso. Sus libros han conocido un buen índice de ventas y puede decirse que él es un escritor de best-sellers. Sus temas son sencillos y en su estilo no tiene rastro de esa petulancia profesoral de José Balza en sus ejercicios narrativos.
Rómulo Gallegos y Arturo Úslar Pietri son escritores con buena proyección fuera de nuestra frontera. Aunque de tiempos distintos Gallegos dio con un personaje inolvidable al darle cuerpo y alma literaria a doña Bárbara. Úslar Pietri estuvo en ese lado de esa enciclopédica erudición. Como ensayista, su término “realismo mágico” permitió definir esa manera de encarar la realidad cotidiana latinoamericana desde una escritura desbordada que bordea con gran versatilidad lo mágico y absurdo sin recurrir al trucaje barato y lo fantástico con sus costuras de monstruos y seres extraterrestres.
Nuestros poetas tampoco han podido cruzar el charco y convertirse en referencia obligada. A pesar de ello ahí tenemos a Eugenio Montejo, cuya obra poética y ensayística poco a poco ha ido marcando pautas.
Otro aspecto del éxito, cuando a escritores se refiere, es aquel relacionado con los autores que logran publicar una obra sólida y variada como es el caso de Ludovico Silva, Argenis Rodríguez o Ana Teresa Torres. Ludovico no sólo fue filósofo, sino poeta y ensayista de gran garra. Su obra profusa no impidió que terminara sus días crucificado en el alcohol. Argenis Rodríguez siempre se promocionó como el mejor escritor de nuestro país. Sus libros publicados llegan a un número espeluznante de ochenta, sin contar una veintena de inéditos. A pesar de esta publicación constante, Argenis Rodríguez nunca fue considerado un escritor en mayúscula. Apenas se le consideraba un panfletista irascible y equiparable con Blanco Fombona o Pocaterra, guardando las distancias, claro. Ana Teresa Torres es una de nuestras escritoras actuales mejor dotadas. Con un estilo limpio, trabajado y de enorme resonancia lingüística se puede asegurar que con sus novelas y ensayos nuestra literatura está en buenas manos. En el ensayo hay que apuntar a Elisa Lerner y María Fernanda Palacios.
El nudo de todo este asunto radica que eso de considerar la escritura como una profesión para alcanzar status está lejos de la realidad. Claro que hay muchas personas dedicadas a la literatura que como profesores, académicos y otras actividades afines han logrado hacerse un espacio. Pero abandonarlo todo para tratar de vivir de aquello que se escribe en nuestro país es siempre un riesgo.
No cabe duda que Paulo Coelho es un escritor exitoso y para ser franco no me gustaría alcanzar el éxito escribiendo superficialidades en el estilo nueva era. Tampoco me resultaría meritorio escribir un libro de autoayuda, debido a que dichos libros en verdad ayudan mayormente a sus autores.
Cuando se es joven uno se acerca a la literatura por el puente de la lectura. Después la tentación de la escritura también llama y empieza a garrapatear sus impresiones, a colocar en papel sus metáforas. Luego ya es demasiado tarde y uno apestado de literatura (leída y chapuceramente escrita) terminará así sus días.
Ya algo maduro (y a punto de pudrirse) uno sabe que la literatura no guarda una conexión fiable con la realidad y no sin razón Vila-Matas escribe: “La literatura no tiene relación con la realidad como tal, es una realidad en sí misma”. Atrapados en esa red de la realidad de la literatura, como moscas, muchos autores grandes y pequeños saben que su destino está signado por las palabras, donde el sol del silencio jamás deja sentir su mágica luz.
Si me preguntan por qué escribo, por qué sigo en esta “escribidera”, como me recriminaba mi madre, me valdría de lo escrito por George Mikes: “Creo que no soy otra cosa que el eterno autor que no crea nada perdurable, y cuyo mérito exclusivo consiste en que él (junto con otros pocos centenares de miles) mantiene viva a la literatura. Un hombre que nada tiene que decir, pero que experimenta un irresistible impulso de decirlo”.