CursiLo cursi revisitado

María Moliner afirma, en su diccionario, que la esencia de lo cursi es pretender ser “elegante, refinado o exquisito”, pero con resultados de “afectado, remilgado o ridículo”. Corominas, finalmente, aparte de admitir lo incierto del origen del vocablo, cree que la palabra entró a Andalucía desde Marruecos como apropiación de la palabra kursi, que habría evolucionado, semánticamente, desde la connotación de cátedra, sillón solemne y trono de un soberano, a pedantería y pretensión. Por cierto, la palabra apenas aparece documentada en español desde 1865.

Se podría denominar que lo cursi es una exageración empalagosa por el artificio, es una inclinación en superlativo por el mal gusto. Posee una lógica entre lo solemne y lo caricaturesco. Lo cursi no es el paraíso, sino su añoranza con soponcio y telele incluido. Es la Miss Venezuela electa, quien sobreactuando su sorpresa por ser la ganadora se baña en lágrimas de cocodrilos y reparte besos, mientras las perdedoras la saludan cuando en verdad quisieran asesinarla. Es el político que con gravedad protocolaria exclama: “¡En esta hora decisiva que la Patria nos llama, acudimos presurosos y con la frente en alto..!”. También es el politicastro brutazo que en sus discursos exclama: “¡bueno, como decía Ortega y Gasset: hoy estamos viviendo una rebelión de las masas!”, sin saber que lo que está citando es el título del libro. Es cursi el galán de telenovela que con voz de Pavarotti entelarañado le dice a la mala: “...ese hijo que vas a tener es mío, pero mi corazón le pertenece a esa humilde muchacha a la cual se le quemó el rancho, fue violada por su padrastro, quedó paralítica, estuvo presa y luego fue recluida en el manicomio... y para colmo contrajo el dengue”.

Escapar de la cursilería no es tan sencillo. Mauricio González de la Garza ha escrito que cursis somos todos, como médicos, poetas y locos, sólo que algunos viven la cursilería como vocación vital o como doctorado honoris causa. Uno es cursi muchas veces a conciencia y otras es cursi a la fuerza. La cursilería va machihembrada al mal gusto. Tuve una novia actriz a la que le encantaba Armando Manzanero. Enamorado como estaba el tal Manzanero me resultaba un poeta a la altura de Octavio Paz, Ramón Palomares o Pablo Neruda. Las visitas a esta novia, aparte del telón musical almibarado de fondo, me fueron provechosas porque tuve la oportunidad de conocer a Antonin Artaud. O sea, esta novia me obsequió un ejemplar de El teatro y su doble. Con semejante recompensa tener que tolerar las melosas canciones de Manzanero fue si se quiere un precio muy bajo.

Pero no sólo en la música hay cursilería que juega garrote, sino en el arte, la poesía y sobre todo en la vida mundana y silvestre. Podemos hacer una lista sumaria de cuestiones cursis y que en el fondo llegan a ser cuasi pavosonas:

  • Viajar en microbús enfluxado a punta de 2 de la tarde en Maracaibo o en Ciudad Bolívar.
  • Dar serenatas con pista de karaoke.
  • Despecharse escuchando calipso.
  • Llegar a la funeraria y afectado por el dolor dar el sentido pésame a todos los presentes para luego comprobar que uno no sólo se ha equivocado de velorio, sino que aquello es un acto solemne para celebrar el día de la bandera.
  • Asistir a los ciclos de ópera en el Teresa Carreño para dárselas de culto y a los primeros acordes dormirse y de paso roncar a pierna suelta.
  • Escuchar una cadena de Chávez como si se tratara de la 5ª Sinfonía de Beethoven.
  • Asistir a la toma de posesión de la presidencia del club de bolas criollas en la parroquia.
  • Ser orador de orden en cualquier cámara municipal.
  • Llevar una ofrenda floral al padre de la patria muy serio y circunspecto para la foto.
  • Casarse de velo y corona en la catedral de Guasdalito o en una iglesia en Sabaneta de Barinas.
  • Las tanganas y golpizas que se forman en la Asamblea Nacional.

Son cursis los títulos de nuestras telenovelas: Lucecita, Por amor a mi madre, La mujer prohibida, La pecadora vestida, La invasora de Venus, El pecado de una madre, Tremendas lolas y yo sin freno, Trapitos íntimos con remiendos. Algo realmente cursi y que ocupó algunos episodios de mi adolescencia era un serial de radio titulado Martín Valiente, el ahijado de la muerte. La voz de este héroe vernáculo era de Arquímedes Rivero, quien en la actualidad es el asesor plenipotenciario de los dramáticos en Radio Caracas. En Martín Valiente se aglomeraban todos los ingredientes de lo cursi: un héroe con voz varonil casi invencible, un fiel ayudante negrito y asustadizo, una novia pura y virginal y un fiel caballo llamado Relámpago, mucho más inteligente que los escritores de la serie.

Cursis también son los raperos criollos. Algunos poemas de Andrés Eloy Blanco son cursilísimos por carencias, así como son cursis algunos poemas de Ramos Sucre por excesos. Cursi al cubo es la antología poética de Luis Edgardo Ramírez y los poemas de José Ángel Bueza.

En literatura, sobre todo en poesía, el abuso del lugar común desemboca de manera inmediata en poemas cursilones y así “noche estrellada”, “luz de mis ojos”, “dolor del alma”, “sueño despierto”, “ángel de mis anhelos” y “agua de mi dicha” son muletillas poéticas con las cuales se puede confeccionar el siguiente poema:

En la noche estrellada
Apareces cual ángel de mis anhelos
Y me aseguro de que no sueño despierto
Ya que en esta sed de mi soledad
puedes ser el agua de mi dicha
para calmar el dolor de mi alma
o hacer florecer la luz de mis ojos marchitos...

Como ven la cursilería literaria surge cuando el escritor es incompetente para darle un nuevo vigor y fragor con los materiales con los cuales trabaja. Para darle a las palabras de siempre una magia particular, una combinación creativa.

También hay cursilería en algunas películas nacionales con sus malandros y prostitutas de postín, cuyo lenguaje cloacal se lleva todos los premios. Cursi era un amigo mío que tenía un vaso de cama, de esos de peltre con flores. Mi amigo cuidaba dicho recipiente como si se tratara del Santo Grial. Un día en la pensión donde vivíamos se lo escondimos y el hombre casi se suicida.

La cursilería es un animal carnívoro peculiar en el bestiario existencial de los individuos. A veces somos una presa fácil, otras nos damos nuestras mañas para esquivar sus embestidas, sus emboscadas.

Lo peor que le puede pasar a un escritor es que lo lleguen a municipalizar, que lo conviertan en ejemplo egregio para la comunidad o que utilicen su nombre para proporcionarle identidad a una escuelita en un asentamiento rural o para darle plusvalía cultural a una calle que vendría siendo la suma de lo cursi. Salvarse de la cursilería puede ser la gran estratagema de este siglo que se avecina.