Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 2, del 3 de junio de 1996

Las letras de la Tierra de Letras

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Guajara

Claudio Castillo

Guajara cree en Dios, si no tiene un hombre arriba. Ella es leve de carnes. Labios descalzos de tentaciones. La negrez de los ojos aún sorprendidos. Tiernos los días en la piel. A veces se pone bendita y empieza a caminar. Se deja introducir. Se confunde si le dicen bonita y el mundo le sale por la boca y se vuelve olor y quejido y papaíto o mamaíta. Guajara llena de olores y orines. Guajara es puta con el cielo a cuestas. Guajara es virgen: asegura que los angelitos le llaman a los hombres para que se acuesten con ella. La noche para pensar en la vida; fumando sin querer dormir queriendo dormir; mirando en el techo los huecos de los pecados. A Guajara la hicieron querer, hasta que al último se le ocurrió decirle que las flores del mundo eran de ella, mientras le apretaba la mano. Nada más ver. Sólo fumar. Después un trompetero en la cabeza hasta el amanecer, y le corrían campanas y coros por su sien de luna. Y sembró una hija en el medio de las piernas. Guajara sin tristeza, sin nada. Le hablaron del cielo y de cómo llegar a él. La tierra hierve (decía quejosa), no deja a una tranquila. No es uno, es Dios (replicaba el hombre). ¿Cómo será Dios? Ella: uno, él.

El hombre se fue poniendo solo: un punto en la memoria de Guajara, y se cansó de llamarla loca, loca, locamente. Ella en la mitad del sueño y la recordadera. Se ponía a gritarle a Dios y a la virgen. Corría las calles. Insultaba su naturaleza y se decía virgen hasta la mitad y lo demás puta. Se hizo la feliz y se dejó morir.

A la hija de Guajara, le regalaron una muñeca de trapo y un caracol. Se creyó muñeca hasta que fue ultrajada en algún camino con todo el ruido del mar. Parió todos los hijos que se dejaron parir. No pensó y se halló feliz. Se charqueaba o se diluía en la sombra de los árboles. Cuando no la esperaba se le aparecía la luna grande y se la llevaba hasta alguna tierra madre y ahí los ojos se le engrandecían de vergüenza. Y se puso a bendecir sapos y a decirles cochinos. La hija de Guajara no sentía celos y le gritaba ¡mierda! a toda su sombra. Le vino una tremenda confusión cuando los hijos le preguntaron por qué la luna se veía arriba y en todas las charcas abajo. Es Dios redondo que quiere comérselos, les respondía; y les aconsejaba a sus hijas: en la vida hay que llenar dos huecos: el de la barriga y el de las piernas. El único hijo bueno que parió le nació sin piernas, y a ella le dio lástima y lo metió en una charca, para que el Dios redondo se lo comiera. De ahí en adelante, comenzó a ser feliz y a morirse.

Las nietas de Guajara recibieron la primera comunión, ya grandes. Con sus ropas blancas y humildes se fueron a celebrar a un botiquín que se llamaba "La Pureza"; después, "Los Diez Mandamientos". Ahí se quedaron hasta que la ciudad se les vino encima. La nieta de Guajara que se quedó con los hermanos, sentábase a ver pasar a sus hermanas borrachas; hasta que llegó un hombre y le sacó los ojos de tanto mirarlo. Y vio pasar urnas. Se puso a jugar con una vieja muñeca de trapo y el ruido del mar del caracol. Después reía y se desnudaba. La muñeca y el caracol se quedaron solos.


       


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Depósito Legal: pp199602AR26 • ISSN: 1856-7983