“Quien no ha metido mano,
no es humano”. Graffiti en el barrio Campo de Oro.
Hay quienes creen, con San Agustín, que todo
cambio es diabólico. Así conozco a algunos escritores amigos que no sólo no
quieren nada con computadoras sino que, incluso, nunca dieron el paso de la
pluma a la máquina de escribir. Les parece que es como intentar un triple salto
mortal, sin nada abajo.
Lo anterior viene a cuento porque con la
incursión del libro virtual en el mundo de la tecnología, hay quienes se
niegan, so pena de muerte, a aceptar semejante cambio, y abogan por el libro de
carne y beso, el libro de cuerpo presente.
Alegan que con el libro virtual se pierde el
tacto del papel, el olor de la tinta y la voluptuosidad de la letra o la grafía
dejada por el linotipo. En cambio, en la pantalla las letras son siempre las
mismas, mayúsculas o minúsculas, un punto mayor o un punto menor, una terrible
monotonía gráfica.
Arturo Uslar Pietri no podría haberlo dicho
mejor. Dice: “No sólo se ha creado la necesidad del libro, sino la
voluptuosidad y el placer del libro. El tacto de la página, el aroma de la piel
y del papel, la armonía de la composición tipográfica, la belleza de los
caracteres y la presencia sólida del formato, son otros tantos regalos para la
sensibilidad refinada. El buen bibliófilo es el pupilo de todas las musas”.
Porque, al contrario de lo que se cree, leemos no
sólo con los ojos, o con la mente, sino también, y sobre todo, con nuestros
cuerpos. Libro de verdad es todo aquello que se pueda tocar, que se puede
intervenir, al que se le pueden hacer anotaciones, en fin, al que se le pueda
meter mano. El libro ama desde su tachadura, decía Derrida.
Algunos creen que es perversión, pero no hay
nada de qué temer. Hablamos del placer físico y de la fantasía que carga a
los libros de olores y de sentidos. A cuántos no les ha pasado, cuando entran
en una librería, como a aquel plomero que cuando entraba en una ferretería
empezaba a salivar.
Es que ir a una biblioteca es, literalmente, como
ir a una casa de citas. Claro, hay autores que citan más que otros. Y también
los hay autosuficientes, los se autosatisfacen ellos mismos, y no citan.
Como todo lugar para grandes iniciaciones, en el
pórtico debe haber una inscripción en latín. En este caso dice: “Qui male
leget, male finit”. Es decir: “Quien mal lee, mal acaba”.
Uno llega medio nervioso, tratando de descubrir
el libro que le gusta. La madama, es decir la bibliotecaria, nos anima.
—Venga, no sea tímido, los libros no comen a
nadie —dice tratando de ayudar, mientras nos ofrece un catálogo ilustrado a
todo color.
Aunque desde hace tiempo se tenga curiosidad por
las novedades, pregunta, sin embargo y con embargo, por aquella enciclopedia, la
grande que está en el rincón. Se supone que: “libro grande, ande o no ande”.
Pero hay sorpresas. Aunque no se crea, en cuestión de libros, como en el amor,
no hay nada escrito.
Lo más desprestigiado en estos lugares son los
llamados “cursos para lectura rápida”, estos cursos que son del tipo “rácata
pum chin chin el gallo sube” están hoy es franco desuso. Porque el mejor
homenaje para un libro es, sin duda, el coitus interruptus.
Aunque Macedonio Fernández decía que a él no
le gustaba llegar al final de sus libros, por eso los terminaba antes.
En una librería hay libros para todos
los gustos
Hay libros que son “Mírame pero no me toques”.
Sobre todo después que le vemos el precio. Sé de un amigo que cuando le
pidieron un precio excesivo, dijo: “No, gracias, yo lo hago sólo por amor”.
Un libro deber ser hijo de un país y de una
época, por eso en estos tiempos me inclino por los libros que más pesan
(problemas de la columna). Libros donde se nota que no hay mayores pretensiones
ni menores pretenciones. Libros sin erudición, sin prejuicios, e, incluso, sin
conocimiento de lo que se está haciendo. En estos libros se muestra plenamente
la mayor carencia del hombre contemporáneo: la carencia de carencias. Pongamos
por ejemplo “El manual del levante” del desaparecido amigo Pedro Chacín, y
“El manual del despecho”, de desconocido autor.
Hay libros que por donde pasan no vuelve a crecer
la hierba. También escritores.
Libros como puñales, que sólo sirven para matar
el tiempo.
Libros que vuelven en las noches de invierno.
Libros con solapas, como amores solapados.
Todo libro se escribe para la inmortalidad, pero a
veces pasa sus últimos días (el libro, no la inmortalidad) en esa especie de
geriátricos ambulantes llamados “remates”. Y uno va por la calle y de
repente ve aquellos libros inalcanzables y uno suspira y le reza a santa Rita,
Patrona de los Imposibles: “Tú que lo puedes todo, consígueme ese libro,
aunque sea por un ratico”.
El otro asunto son los lectores
La más antigua noticia que se tiene de un lector
es el caso de Eratóstenes, quien habiendo quedado ciego prefirió la muerte a
privarse de la lectura.
Hay los que, viciados de cultura, creen que todo
se encuentra en los libros, los que piensan que los libros reemplazan a la vida.
Los pobres están tan equivocados como los que creen que el tiempo se puede
encontrar dentro de los relojes o, lo que es peor, que la felicidad se halla
dentro del matrimonio.
Hay quienes creen que las lecturas deben estar
adecuadas a la edad. Será por eso que estos días sólo leo cuentos infantiles.
San Agustín decía: “temo al hombre de un solo
libro”. Sobre todo si el libro es de él mismo.
Hay muchos comentaristas de libros, que en
realidad son lectores de contraportadas o de solapas, y a lo máximo que llegan
es al prólogo o a la introducción. A esos “críticos” se les debería
hacer como decía Ovidio: “El que besa y no toma lo demás, bien merece perder
los besos dados”.
Lector pesimista es aquel que entre dos libros
malos, escoge los dos.
Borges dice que quizá no seamos ningunos
lectores. “Quizá seamos parte de un gran libro que es el mundo. Quizá sólo
seamos versículos o letras o palabras de un gran libro mágico que es el
universo”. O para decirlo con una canción más cercana a nosotros: “Ese
bolero es mío, porque su letra soy yo”.
Un lector abstemio decía: Amo a mis libros como
los bebedores aman a sus vinos: mientras más leo, más me emborracho.
Conclusión: Somos lo que bebemos.
Hay quienes no leen porque dicen que no tienen
libros. Lo cual es una verdadera aberración. Carecer de libros propios es la
más grande de las pobrezas. Carecer de libros ajenos es el colmo de la miseria.
Tampoco se debe obligar a nadie. Eduardo Galeano
recuerda en que pleno centro de Medellín vio este letrero que nosotros, en
parte, ya conocíamos: “La letra con sangre entra”, y más abajo otro
firmaba: “Sicario alfabetizador”.
Claro, no faltará el pesado, que después de leer
este “artículo”, diga con razón: “Mientras más leo, más amo a mi perro”.
Finalmente están los escritores
Los escritores, decía alguien, somos como los
animales, a unos les gusta producir miel y a otros pasarnos la vida volando.
Unos quieren ser gusanos y otros mariposas.
Hay también los escritores de carrera. De
cincuenta metros planos y en bajada. Una carrera con obstáculos, donde el
principal obstáculo son ellos mismos, los escritores.
Aunque, de todas maneras, como decía una
viejita: “Tarde o temprano todos los escritores se hamburguesan”.
Vuelta de página
“Virtual” o “real”, el libro no ha de ser
ni una mina para saquear ni un depósito o vertedero donde vaciar nuestras
miserias. El libro es un pontífice. Tiende puentes y es puente él mismo.
Puente de luz y no hervidero de luciérnagas. Aunque algunas de ellas queden
achicharradas por falta de humildad.
Los libros deben ser como las ramas de los
árboles, ofrendan el aire y las alturas pero sin cortarnos las alas, ofrecen el
cobijo y el reposo pero sin permitir el aburrimiento.
Para el sabio los libros no son libros, sino
huéspedes. Todos llevan ropa de familia.
Los libros son, como decía Pedro Laín Entralgo,
pura fiesta para el espíritu y aun para el cuerpo de quien los lee, suave
fiesta sin estruendo alguno. Y todo cuanto se haga en favor del libro, se habrá
hecho a favor del hombre, de lo más humano que hay en el
hombre, como pensaba don Alfonso Reyes.
Por eso José Martí pedía, y finalizo con esto:
“...que nadie debe estar triste ni acobardarse mientras halla libros en las
librerías, luz en el cielo, y madres, novias y amigos por
todas partes”.