Rememoro al poeta Luis Hernández Camarero como a un joven
estudiante de medicina a quien le gustaba sentarse en los últimos escaños de
los salones de clase, vestido a veces con una camisa blanca adornada de
chorreras, a la moda del siglo XVIII, igual a las que usaban Voltaire, Mr. Darcy
o Túpac Amaru. Era serio sin ser hostil. Se relacionaba con los demás de una
manera limitada y mesurada. Y era que "había cerrado su corazón y
había perdido su llavecita, a propósito, para que nadie se lo pudiese
abrir".
Intervenía en las discusiones de una manera grave y elegante;
brillaba cuando se debatían temas que abordaban el campo literario como el del
pecado de Edipo o la lealtad de Antígona. En otros asuntos prefería mantener
un silencio cauto.
No era Luis como los demás aprendices de Avicenas que pasaban
horas y días tratando de detener las manecillas del reloj, descifrando
antiquísimos tratados de anatomía, para confirmar si la sangre de la vena
oftálmica se escurría por la hendedura esfenoidal o si el acueducto de Cloquet
se desprendía como una hilacha de la cápsula de Tenón. Hernández prefería
usar su tiempo leyendo las novelas de León Tolstoy, intentando averiguar las
motivaciones ocultas del conde Alexei Vronsky al concluir su romance trágico
con Anna Karenina. Otras veces buscaba con avidez los escritos de Alejandra
Pizarnik y se sumergía en las melancolías y las inclinaciones de Erzsébet
Bathory, la condesa sangrienta.
Poseía una aureola casi transparente de bohemio intelectual. Se
sabía que era un poeta celebrado y reconocido entre los miembros de su
generación. Pasaba las noches de garúa con otros escritores recitando versos
de Las flores del mal y de Altazor o persiguiendo, entre sillas y
mesas de bares penumbrosos, las huellas llenas de aserrín y las metáforas
lúcidas dejadas caer por Martín Adán en sus descuidadas travesías.
Por esa razón tal vez se rezagaba en las materias y no se le
veía por largas temporadas. ¿No representaban esas ausencias la necesidad de
recluirse en su casa de Jesús María, para escribir e iluminar con su propia
mano, en unos cuadernos cuadriculados de cien hojas, los poemas de Vox
horrísona, que después regalaría a sus amigos íntimos?
A pesar de su asistencia variable recuerdo haberlo visto en
algunas clases de práctica, con su tez pálida y nariz roma, como el Charles
Bovary de otros tiempos, con manos enguantadas y bata blanca, disecando el nervio
del serrato, o levantando con una pinza brillante el nervio del
deltoides, en una sala llena de luz del anfiteatro anatómico.
¿No lo hallé asimismo en el hospital Dos de Mayo, en una clase
de semiología, en el mismo pabellón en que Vallejo escribiera el poema LV de Trilce,
frente a una cama con letrero de madera amarilla, observando la respiración
desesperada de alguien que padecía un irremediable mal del corazón?
A pesar de su admiración por los descubrimientos de Harvey y de
Ambrose Paré, Luis se fue atrasando y no lo volví a encontrar durante los
últimos semestres de la facultad. Tiempo después lo divisé de lejos, de una
manera incidental y por última vez, cruzando la avenida Grau junto con
estudiantes de una promoción subsiguiente.
Luego de muchos años me enteraría que abrumado por una
dolencia antigua se había ido en busca de las noches llenas de luces de la
formidable ciudad de Buenos Aires, en pos del placer existencial y de su música
de bandoneones, que le permitirían leer con más autenticidad a Lugones y a
Quiroga. Posiblemente entonces comprendió que para un verdadero creador el
escribir o el pintar podía ser también el morir. Y que el suicidio se podía
convertir en la última expresión estética de un melancólico.
Todo artista o personaje que se inmola escoge un arma y un modo.
Werther, Van Gogh y Mariano José de Larra, ya cansados de seguir viviendo,
prefirieron empuñar la pistoleta. José María Arguedas y Ernest Hemingway, a
pesar de tener orígenes distintos, se inclinaron por la infalibilidad del fusil
de cañón doble. Yukío Mishima, hastiado de llevar un rostro que era a la vez
una máscara, practicó el ritual seppuku de sus antepasados con una
reluciente daga de doce pulgadas. Sylvia Plath, sollozante, se decidió por la
inhalación adormecedora del gas y Alejandra Pizarnik, por el desesperado
puñado de tabletas blancas de Seconal. Pero nuestro romántico poeta
Luis Hernández, al igual que Anna Karenina, en un acto muy valeroso, optó por
arrojarse a las vías de un tren en marcha que se le venía encima. Sólo La
Crónica de Buenos Aires anunció su fallecimiento ocurrido a 200 metros de
la estación Santos Lugares.
Tuvo que morir para renacer.
Desde esa vez su fama y su prestigio como poeta han ido
aumentando hasta convertirlo en el estudiante más conspicuo que haya salido de
su centro de estudios. Para los que testimoniamos por más de un lustro su
carácter noble, serio y valiente, su recuerdo se difunde y se nos pierde en la
música de un bandoneón maravilloso y en los acordes melodiosos y conmovedores
de un tango de Borges.